Minimalist art gallery displaying black-and-white geometric prints and a chair
Poéticas

Galería Escher

José Carlos Díaz recorre 'Galería Escher', de Ricardo Pochtar (Eolas, 2026): aforismos que quieren ser poemas, una ironía que juega con la paradoja como los grabados del artista neerlandés y una invitación a no ceder la curiosidad del lector.

/ una reseña de José Carlos Díaz /

«Intento comprender a los grandes filósofos —la mayoría de las veces consigo captar tan solo jirones de sus valiosos pensamientos—», decía Adam Zagajewski en un poema titulado «Autorretrato». Esos jirones son también lo que uno quizás solo logre arañar en la engañosa sencillez con que escribe sus libros Ricardo Pochtar. En este caso, su reciente Galería Escher, publicado por Eolas. Sobre ese calado no visible a primera vista en los escuetos enunciados poético-aforísticos de Pochtar, me gustaría volver sobre una reflexión acerca de cómo los lectores no podemos seguir cediendo, según reclamaba Rafael Argullol recientemente en una entrevista: «primero cedimos la memoria, después cedimos la concentración y al final estamos cediendo la curiosidad». Así que este libro, como casi todos los de su autor, puede ser también, a través de esa paradoja, entre sencillez y profundidad, una oportunidad para la resistencia del lector, para que persevere en la curiosidad por conocer, por interpretar, por atravesar esa superficie de apariencia, solo de apariencia, ligera.

Galería Escher, el título, quizás deba interpretarse en su acepción de colección museística, de tal modo que los objetos de esta supuesta muestra, los pequeños textos poéticos del libro, entronquen con la voluntad paradójica de las figuras de Maurits Cornelis Escher, el artista neerlandés, conocido por sus grabados de paisajes o figuras imposibles, de mundos imaginarios. «Si usted quiere expresar algo imposible, debe mantener ciertas reglas. El elemento de misterio al cual quiere atraer atención debería estar rodeado y velado por una obvia y fácilmente reconocible normalidad» (Escher). Ese rasgo de paradoja que tiene la obra de Escher, tan imposible como meticulosa en el detalle real, se plasma en su desafío del sentido común, camuflando lo que quizás sea una verdad más profunda, o, puede que también, una duda irresoluble. Escher nos lleva a confrontar las limitaciones de nuestra percepción sensorial. Y la paradoja pretendida, y que se revela de modo implícito en la vocación del título que Pochtar ha elegido, se traslada a sus páginas en una de sus versiones: la ironía, incluso el humor. Es, por ello, elocuente lo que el autor (con ecos socráticos) escribe en la página 10: «Cuando el filósofo descubre las delicias de la ironía, pierde todo interés por el concepto y es inútil que su demonio interior se lo eche en cara: ya no volverá a dejarse tentar por la verdad». Podría ser esa la inspiración del libro: el cuestionamiento, siguiendo el modo de Escher en su paradoja espacial, a través en este caso de la paradoja poética de Pochtar, de cualquier verdad. Y esa consciente alineación con la ironía tiene una descripción muy reveladora en la página 62: HÍBRIDO / La ironía es un híbrido: lo inquietante con una mecha de fiasco, la broma que iba en serio, lo serio envuelto en broma.

Un libro este que se podría decir de aforismos o, siguiendo el deseo de su autor, de poemas —siempre en Pochtar el concepto termina rendido a la poesía—. AGÓNICO / El aforismo es el poema cuando una ola rezagada lo arroja a la arena: su lucidez dura para saber que dentro de nada se apagarán las branquias. El aforismo se tiene, por tanto, como una suerte de poema que boquea en la orilla de la playa. Y estos textos no tienen, sin embargo, voluntad de orilla.

He querido observar en el libro cierta descripción de lo creado como material que suele llegar de la noche, de ese duermevela en que nos sume la imagen poética, tributaria tanto de cuanto bulle en la reflexión como en el deslumbramiento sensorial. Somos, según el budismo, una mixtura de cuerpo, mente y emociones en cambio permanente. Esa es nuestra alma. Con ella pagamos la iluminación del poema, alumbrado en la noche para la luz. Así lo dice ÓBOLO, en la página 15: «No fue un mal sueño, era el alma contando sus monedas: el precio del poema para sobornar a los ujieres de la luz». Y así se reafirma en la página 18: «Como la flor del azafrán, los pistilos del poema se cosechan al amanecer: por poco que tardemos, habrá sido en vano madrugar, ya estará mustia la palabra».

El libro, además, parece discurrir en gran medida sobre un cauce argumental muy potente: una metapoesía no estrictamente ceñida al género, sino que más bien abarca el proceso creativo mismo del que surge y la materia con que se trabaja, la palabra. Así, Pochtar se sirve, como en obras anteriores, de la causticidad para evidenciar ciertos lastres que parecen juzgarse anacrónicos, y que tanto condicionan el texto poético: métrica, ritmo, el propio verso… Por eso, nadie se extrañe de que este libro, de apariencia formal aforística, se incluya, sin titubeo alguno por autor y editor, en una colección de poesía. Dice en la página 80: «El ritmo de la poesía también se gana la vida ayudando a la memoria, pero la monotonía está al acecho: el poema puede morir de nemotecnia». En ese breve aserto hay toda una declaración de principios acerca de la evolución del género y un conocimiento cierto sobre las motivaciones de sus estereotipos formales. Pero Pochtar incluso se pregunta por la propia conveniencia de la poesía, sobre si ciertamente salva el tiempo (referido a la memoria del instante que la motiva) o, por el contrario, lo malbarata, mudando su verdad por un intento de belleza (PALABRA EN EL TIEMPO, página 16: El poema tantea el tiempo, elige un buen momento… ¿Y lo salva? No: lo invade). Y en ese péndulo reflexivo de indagación sobre el poema, da de pronto un giro a su parecer y pasa a valorar en el oficio del poeta una voluntad de altruismo, de ser el otro y, por tanto, de serle útil: «pese al flagrante narcisismo, es una actividad esencialmente altruista» (página 91).

Intercalando estas reflexiones, la propia poesía en verso aparece en la página 44: ARRITMIA / Hasta donde puede, / el mundo aguantar / la respiración: / no tiene una estrategia, / una vez es nunca / y otra vez es hoy. Y la poesía más intimista y elegiaca, en la página 61, con una breve evocación de la figura paterna (en tres heptasílabos y un endecasílabo, quién sabe si involuntarios, pero rotundamente bellos): PASEO NOCTURNO / a mi padre / La noche de verano / el paseo hasta el río / el tintineo de los linotipos / su música espectral. Un pequeño poema que le da quizás razón al aforista que había manifestado unas cuantas páginas antes: «la indefensión es innata en cada ser, es pura ternura en el poema», una ternura que puede entenderse como vulnerabilidad al quedar lo escrito, ya sin argumento conceptual, poso solo de alma, al escrutinio del otro. Ese, quizás, que comparte soledad en la Galería Escher, una galería de espejos donde la insularidad multiplicada vuelve a ser paradoja.


Selección de poemas

Palabras veladas en la luz que hierve debajo de la noche: aún no saben si serán verso incandescente, gas letal o carta de amor equivocada.

El poeta cuida indefensiones, la indefensión es innata en cada ser, es pura ternura en el poema.

RELECTURAS. Más que recuperar libros del olvido, al releer constatamos que toda lectura es prematura.

GALERÍA ESCHER. El que escribe tiembla de infinito, pero no está solo, reparte su soledad con los espejos: en una galería de espejos la soledad es contagiosa.

ECONOMÍA & MORAL. Cuantas menos palabras, mayor responsabilidad: el aforista es un moralista. El poeta, en cambio, va sumando palabras: lo llama imaginación, las llama imágenes. Así se degrada moralmente, pero en el fondo —qué fondo— lo que pase le da igual.

(A Cl. Lispector). Del tamborileo indolente de los dedos en la mesa emana un ritmo, casi una llamada, hasta que alguna palabra asustadiza baja a beber en la página en blanco y sin querer, por distracción, entra al poema.

Se ha hecho tarde. Las cosas se miran de reojo y empiezan a plegar sus apariencias. «Mañana será otro día», dicen.


Galería Escher
Ricardo Pochtar
Eolas, 2026
110 páginas
14 €

José Carlos Díaz Pérez (Gijón-Xixón, 1962) es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Oviedo (1985). En 1984 fue fundador, con Juan Ignacio González, del Grupo Poético Cálamo, que desde entonces, entre otras actividades, viene convocando el Premio de Poesía Cálamo/GESTO. Junto a colaboraciones esporádicas a lo largo del tiempo en distintas publicaciones, es editor desde 2006 la bitácora digital Los diarios de Rayuela y autor de los siguientes títulos de poesía: Velar la arena (1986), La ciudad y las islas (1992), Contra la oscuridad (2004), Convalecencia en Remior (2015), Cantata de los días tasados (2017) y ha participado en la antología Parada Gijón-Xixón. Poemas (2024). En cuanto a obra narrativa, es autor de los siguientes títulos: Letras canallas (2009), Aunque Blanche no me acompañe (2014) y Vísperas de nada (2017).


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