/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /
Escribió Ray Loriga, haciéndose eco de palabras de Marguerite Duras, que «“Hay que volver a decir”. No hay otra razón para seguir escribiendo». Lo dice al final de un bello pedazo de prosa que escribió hace más de veinte años y que yo leí hace también mucho, poco menos de veinte años. Ha pasado el tiempo, pero esas palabras se han quedado en mí, fijadas a mi memoria mejor que otras muchas quizá más sabias o más bellas que se llevó el viento. Ciertamente, una gota es igual que otra y que otra y que otra, pero hacen falta todas para que se impregne la tierra, y el pan que nos llevamos cada día a la boca también es el mismo, sabe igual y contiene los mismos dos o tres ingredientes básicos, pero lo necesitamos todos los días, nos nutre y nos salva cada día. Así que vamos allá.
Se avecinan semanas, en realidad ya han comenzado, en las que volveremos a ser sometidos al lanzamiento continuo de asquerosa propaganda política. Como propaganda que es, nos tropezaremos con ella a cada paso, en todas partes. Ensuciará nuestros pueblos y ciudades, entrará en nuestras casas, nos la meterán por los ojos, por los oídos, por las narices. Todo a nuestro alrededor apestará a propaganda política y su hedor se incrustará en nosotros. Impregnará nuestra ropa, nuestro pelo y nuestra piel, que deberían oler a cosas mucho más sanas y estimulantes. Como hienas, los «medios de comunicación» acudirán todos los días al despliegue de tanta carne muerta, ya lo están haciendo; aplicarán sus focos y ventiladores sobre toda esa basura, la iluminarán, la amplificarán y la dispersarán en cada hora de cada día, nos la servirán por radio, prensa y televisión en el desayuno, en la comida y en la cena, y nosotros nos tragaremos toda esa porquería, bocado a bocado; y lo peor no es que, encima, seremos nosotros, las víctimas de este asedio, quienes pagaremos de una forma o de otra o de todas lo que cuesta este aluvión de propaganda infecta, la oficial y la otra, la que se reconoce como tal y la que se presenta como «información», como «análisis», como «debate», como «opinión». De nuestras carteras saldrán los billetes que cuesta este festival obsceno de propaganda política, y cuesta una verdadera pasta que mucho mejor haríamos gastándonos en vino, no digamos ya en artículos de primera necesidad como escuelas u hospitales. Lo peor de todo no es eso, lo peor es que toda la toxicidad que sale por boca de políticos, todo ese veneno que subrayan, amplifican y difunden cada día y cada hora los periodistas y sus «medios de comunicación», acabará contaminando, si no lo ha hecho ya, nuestra sangre, nuestro corazón y nuestro cerebro. Arruinará nuestra alegría y pudrirá nuestro aliento, nosotros mismos seremos propagadores de toda esa pestilencia en las comidas y sobremesas familiares, en las cañas con amigos, en el trabajo, en la charcutería, en la cola del Imserso y hasta en la santa cama donde nos recibe nuestro amante. Nada ni nadie se librará de la peste y nos sufrirán nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros compañeros de trabajo, nuestros pobres hijos, y por supuesto nosotros los sufriremos también a ellos. En eso consistirán nuestras vidas durante las próximas semanas, eso lograrán hacer con cincuenta millones de personas una camarilla de politicastros, asistidos por las bien (o mal) pagadas hienas del periodismo, cuyas risas nos llenan de escalofríos, unos y otros al servicio de otra camarilla aún más vil de ruines e insaciables señores feudales de la tecnología, el armamento, la banca y otros negocios fabulosos. En realidad, la política degenerada, degradada a esta diaria y constante producción de basura informativa, de veneno que nos emponzoña la convivencia y nos arruina cada hora del día, no se limita a las campañas electorales, ni siquiera a los largos períodos preelectorales. Desde hace mucho, acaso desde siempre, pero cada vez más y peor, las legislaturas enteras son campañas publicitarias desplegadas por los partidos políticos con el objetivo de retener o recuperar el poder y seguir metiendo la mano en la caja de los billetes. Es agotador, insoportable, claro que sí. Es peor que insoportable, porque lo peor no son ellos, que ya es bastante, lo peor no es una clase política infestada de bárbaros y sociópatas, unos más zafios y otros más elegantes, lo puto peor somos nosotros sosteniéndoles el tinglado, jaleando a estos o a aquellos, asintiendo y aplaudiendo en los mítines (¿hay imagen más patética, más vergonzante?), nosotros financiando a maleducados, a incultos, a mentirosos, a delincuentes. Lo peor es lo que hemos dejado que la política haga con nosotros, que acudamos cada día y cada hora a revolcarnos en el estercolero de esta política en descomposición. La responsabilidad, y esto es lo que quería «volver a decir», no es suya. Es nuestra, siempre y plenamente. La clase política solo cumple la función insana de acoger lo peor de nosotros, son nuestra proyección, nuestro vaciadero. Su hipocresía y su corrupción son las nuestras, enteramente; su indecencia, sus bajezas y sus delitos son los nuestros, los de sus cómplices necesarios. Nos consuela y nos libera pensar la política como charca y atontadero, y ciertamente eso es, eso ha acabado siendo; pensar en los políticos como colectivo peligroso del que hemos de cuidarnos muy mucho, y sin duda eso son. Pero si lo son, si han llegado a esto, si hemos acabado así, la responsabilidad es enteramente nuestra. No es la política, vuelvo a decir, es la sociedad. Somos nosotros, haciéndonos eco de su propaganda, dándoles crédito una y otra vez, siguiendo a toda esta corte de analistas, influencers, estrategas, posteadores y espindóctors del carajo, esa chusma que pretende enseñarnos algo. Somos nosotros, eres tú, cada vez que reproduces una línea de su argumentario; soy yo, cada vez que consejos vendo, que para mí no tengo; es él, que se conforma con el mal menor a sabiendas de que el mal menor sigue siendo el mal. ¿Alguien quiere aprender algo? Yo propongo esta humilde y amarga lección: en España, muchos millones de personas llevan décadas votando a formaciones políticas que se han corrompido una y otra vez, millones de personas han respaldado a oligarquías políticas que nos han defraudado y traicionado antes, durante y después, han sostenido a clanes políticos que han robado, mentido y delinquido de diferentes maneras, todas graves y algunas gravísimas. Y bien, ¿a alguien se le ocurre responsabilizar a esos millones de individuos de la situación en la que estamos, hemos estado y seguiremos estando? Qué cosas tengo, la gente no se equivoca nunca. Repitan conmigo: «La gente no se equivoca nunca». Claro que no, a millones no se les puede responsabilizar de nada porque su responsabilidad compartida, difusa, diluida, es su libertad y su derecho. Para qué asumir responsabilidades, además, si podemos responsabilizar a Putin, a Pablo Iglesias, a Puigdemont, a Maduro, a los renos de Santa Claus. Antes que asumir ninguna responsabilidad en los desaguisados pasados, presentes e inminentes, esos millones sostendrán que la culpa de todo la tiene el comunismo, el sursum corda o una formación política minoritaria a la que el régimen entero, con toda su batería de «medios» e instituciones, ha tratado de destruir y casi ha destruido, pero aún humean algunas cenizas y ese rescoldo es el responsable de todo mal, ellos y sobre todo ellas, víboras de ambición, responsables por no dejarse apagar y morir del todo, ellas y especialmente la perversa Irene Montero, bruja malvada en el cuento para niños tontos que nos leen cada noche y cada día los «medios de comunicación»: ella es la responsable de que nos vayan a gobernar dos desalmados esbirros del capital y toda su corte de sanguijuelas y bestias rabiosas, de chulos reaccionarios, de insufribles maleducados, ella y no sus millones de votantes. «Fantasías de la normalidad democrática española», escribía Luisa Elena Delgado. Fantasías a las que nos abrazamos, que reproducimos y propagamos porque nadie quiere aprender nada, queremos seguir entretenidos y aturdidos y por eso somos nosotros, verdaderamente, los que apestamos, los que sostenemos y agrandamos día a día y hora tras hora este gran despliegue de la maldad que es la política, que son los partidos políticos, sus «medios» y su propaganda; nosotros los que hacemos posible esta grandísima impostura que llamamos democracia, y tan tranquilos. Si hay alguna remota posibilidad de revertir una situación tan degradada, pasa necesariamente por reconocer nuestra entera y exclusiva responsabilidad en el desaguisado, por asumir que solo nosotros, muy esforzadamente, podremos rectificarlo. ¿Alguien quiere aprender algo? Que empiece por apagar la maldita tele, por favor. Y la radio, el periódico, el móvil, sobre todo el móvil y sobre todo estos días terribles que vivimos, los aún más terribles que se avecinan. ¿Quieren estar informados? Abran cualquier libro de Chomsky, de Teresa de Jesús, del dichoso Arturo si no hay más remedio. Hagan el favor de ilustrarse y apaguen todos los «medios» que nos aturden y encanallan.
¿Lo ven? El tema nos envenena, nos amarga el día. Pero yo quería «volver a decirlo», justo ahora. Que no son ellos, somos nosotros. La falta de educación, de honradez, de compromiso, de verdad. A los políticos, claro, no podemos perdonarlos, cómo vamos a poder. Pero en última instancia no son ellos, somos sus millones de cómplices necesarios; nosotros, que hemos convertido la política en una excusa de nuestra indolencia y nuestra estupidez, en un circo y un desahogo, una proyección de lo peor de nosotros. Pura alienación. Y a nosotros nos lo perdonamos todo cada día, nos reafirmamos, nos premiamos.
Loriga, decíamos arriba, muy lejos. Y quizá sea el principio y el final lo único bueno de este artículo, que no servirá ni siquiera para envolver pescado porque ni siquiera es de papel. Ray Loriga es un escritor elegantísimo, un hombre culto, un estupendo conversador. Un narrador fino como el coral, un pensador cuidadoso. Un autor al que da gusto leer, vean: «También se puede contar una historia con cuidado, como quien entra en una tienda y teme tocar nada, pues no puede condenarse a una compra ni a una deuda». Así, no sé cómo, escribió Loriga prodigios de finura, textos tan encantadores como Sombrero y Mississippi, Virginia se enamora o Los oficiales y el destino de Cordelia. Pura delicia. Loriga, que en el mismo artículo, titulado «Los libros quemados», añadía justo después de lo anterior (qué largo paréntesis): «También hay que volver a escuchar. No hay otra razón para seguir leyendo».

Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017), El trabajo está hecho (2021) y Un dominio invisible (2025), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015),Como un perro en la tumba de un cruzado (2019), Desposesión (2024) y Victoria (2025). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.
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