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junio, 2020 a las 11:54 am #45639
Javier Echeverria
InvitadoA lo que te ha respondido Lola añado tres comentarios, Adolfo:
En primer lugar, el hecho de que Internet sea ahora más audiovisual que alfanumérico no excluye que siga siendo alfanumérico, como tú mismo señalas. Una cosa es la máscara visual del cuerpo -los avatares que mencionas, con razón- y otra las diversas máscaras de una persona física. La máscara por antonomasia de las personas, por lo que a los Estados respecta, es su nombre y apellidos, documento de identidad o pasaporte, lugar de nacimiento, lugar de residencia, etc. Esa máscara sigue existiendo y es alfanumérica. Para dialogar en este foro, que ya está ubicado en la web, y por tanto en el tercer entorno (sin dejar de estar en el segundo) usamos nuestras respectivas máscaras alfanuméricas, en particular nuestra dirección de correo electrónico. Los tecnonombres de los que hablamos en el libro son máscaras alfanumericas y siguen funcionando, sin perjuicio de que en los últimos años hayan surgido otras máscaras, más audiovisuales. A finales del siglo pasado ya había usuarios de Internet y comunidades virtuales (recuerda el libro de Rheingold, pero también Avatars! de Bruce Damer en Peachpit Press 1998) que construían sus propios avatares, aunque eran una minoría. Hoy en día, casi todos los millones de usuarios suben a las «Nubes» su propia foto o máscara, y la cambian cuando quieren. Eso se hace en cada una de las redes sociales donde cada usuario está. Por eso cada persona genera varias tecnopersonas, con sus correspondientes máscaras. Pero la identidad básica en Internet y en la web sigue siendo alfanumérica (el tecnonombre: email, número de teléfono móvil, URL, etc.). Por eso hablamos de tecnonombres y de tecnomáscaras. La evolución de la Web hacia lo audiovisual no implica que lo alfanumérico haya desaparecido. Lo audiovisual se superpone a lo alfanumérico.En segundo lugar, en el mundo físico tenemos varias identidades, no sólo una. Y no porque lo esquizo aporte uno de los modos de ser persona en nuestra época, como dirían Deleuze y Guattari, sino simplemente porque hemos sido niños. Nuestra identidad a las 4 años en absoluto es la misma que nuestra identidad a los 40, aunque mantengamos el mismo nombre propio. La identidad personal no se reduce al nombre propio, aparte de que este también puede cambiar. En cuanto a la identidad física de los cuerpos humanos, cambia muchísimo a lo largo de la vida. Y no digamos tras la muerte, para no entrar en cuestiones metafísicas (aunque no renunciamos a lo que hemos escrito sobre los tecnomuertos). Lo que insistimos es que, desde una misma identidad física, por ejemplo en un determinado momento de nuestra vida, podemos generar varias tecnopersonas distintas en Internet, en la WWW y en las redes. Sin embargo, eso no sólo lo hacemos nosotros, las personas. Ocurre que para que esas tecnopersonas nuestras existan es imprescindible que los dispositivos -y las empresas- que mantienen a nuestras tecnopersonas sigan existiendo, así como que las aplicaciones que dan soporte a nuestras fotos, nuestras imágenes y nuestros videos estén operativas. Las tecnopersonas son en parte nuestras y en parte de las empresas y aplicaciones que las muestran en sus redes. Son entidades híbridas, nuestras y ajenas. Y, desde luego, cada persona puede generar múltiples tecnopersonas. Por cierto: muchas de ellas desaparecen al poco tiempo. Si uno no actualiza sus aplicaciones, sus tecnopersonas devienen tecnológicamente obsoletas y acaban esfumándose. Aquí radica una de las fuentes del tecnopoder de los Señores del Aire (o de las Redes) sobre las tecnopersonas: Refresh or Perish!
En tercer y último lugar: cuando hablamos de tecnomirada no sólo aludimos a cómo nos vemos y nos miramos los unos a los otros (o a nosotros mismos) a través de las redes sociales, o simplemente en las pantallas de nuestros móviles, sino ante todo a cómo nos mira la aplicación misma, es decir, el software que subyace a la aplicación «cámara» de nuestros móviles. Eso es la tecnomirada, en el sentido fuerte del término. Por eso aconsejamos que, cada vez que alguien se haga un selfish, tenga claro que no sólo se mira a sí misma al hacerlo, sino que es mirada por el Señor del Aire, que va a incorporar automáticamente esa foto a su propio álbum, el cual está ubicado en la «Nube», y no en la memoria de nuestro teléfono móvil, tableta u ordenador. Las tecnomiradas las diseñan los programadores del software de imágenes. En el fondo, los usuarios usan esa tecnomirada, que ha sido construida previamente a su acto de mirar. Cuando nos miramos a «nosotros mismos» ejecutamos la tecnomirada diseñada por otros. En la pantalla de los móviles no nos vemos a nosotros mismos, sino a una de nuestras tecnopersonas: la que hemos construido al ponernos al servicio de quien ha diseñado y desarrollado esa forma de tecnomirar. Obviamente, hay muchas formas de tecnomirar, no una sola.
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