Mirar al retrovisor

¿Lo pensaron bien Trump y sus acólitos?

«Los emires tienen dinero, armas modernas, ciudades con rascacielos, lujosas mansiones con grifería de oro, pero carecen de algo muy importante: gente dispuesta a luchar por ellos». Un artículo de Joan Santacana.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Hace unos cincuenta años, los Emiratos Árabes tenían menos de cien mil habitantes. Vivían de la pesca, la ganadería nómada y la búsqueda de perlas, pero en su subsuelo tenían petróleo. Como no disponían de tecnología para extraerlo, importaron técnicos occidentales. Hoy el país tiene más de once millones de habitantes; un crecimiento brutal, jamás conocido. De estos, solo un millón trescientos mil son ciudadanos emiratíes. Por su parte Arabia Saudí tiene en la actualidad treinta y cinco millones de habitantes, pero hace alrededor de medio siglo solo tenía siete millones: su crecimiento ha sido del 368 por ciento. Ello significa que el 45 por ciento son emigrantes, igual que en los Emiratos.

¿De dónde son los no árabes? Se trata de trabajadores extranjeros de India, Pakistán, países europeos, etcétera. Puede que convivan en el territorio unas doscientas nacionalidades. Todos emigraron a Arabia o los Emiratos atraídos por el dinero y la estabilidad que ofrecían. Si una de estas dos cosas falla, podrán irse en pocas horas.

Los emires tienen dinero, armas modernas, ciudades con rascacielos, lujosas mansiones con grifería de oro, pero carecen de algo muy importante: gente dispuesta a luchar por ellos. Para construir esas ciudades modernas y toda la infraestructura, tuvieron que comprar técnicos, ingenieros, arquitectos y diseñadores, para luego importar trabajadores, tanto para puestos de dirección como para el servicio doméstico, hoteles, restaurantes, etcétera. Esta mano de obra importada está compuesta, sobre todo, por hombres jóvenes y pocas mujeres. Su demografía está muy desequilibrada: en Arabia el 76 por ciento de la población son hombres; y el resto, un 24 por ciento, mujeres. En los Emiratos hay trescientos varones por cada cien hembras. Tienen, sí, armas y dinero, pero no la base humana para construir un ejército nacional; han de confiar la defensa a mercenarios importados de cualquier país, especialmente de Latinoamérica.

¿Qué harán esos diez millones de extranjeros que viven en los Emiratos si hay una guerra del Golfo? Marcharse en estampida y vaciar las ciudades. ¡Estos países pueden perder el 90 por ciento de sus residentes en una semana! Es cierto que disponen de unas fuerzas armadas bien equipadas de quizás más de 50.000 efectivos. Pero son mercenarios extranjeros.

Cuando Estados Unidos introduce un factor desestabilizador en esta parte del mundo, todo el sistema puede venirse abajo; y ellos lo saben, los dirigentes iranies también, y por ello sus misiles se dirigen a sus infraestructuras. Saben que los ejércitos emiratíes o saudíes jamás podrán atacar a Irán, un país extenso, montañoso, habitado por noventa millones de personas, el 90 por ciento de religión musulmana chií. Los practicantes de la Chía saben que el ideal supremo de sacrificio es el martirio.

Por otra parte, basta mirar un mapa de la antigua Persia para darse cuenta de que dos tercios del país están dominados por las tierras altas de la meseta irania, rodeada de poderosas cadenas montañosas como los montes Zagros, paralelos al golfo Pérsico y las cordilleras orientales que separan al país de Afganistán. Y antes de la islamización de Irán, los iranios eran los protagonistas del Imperio sasánida, que logró derrotar y humillar a varios emperadores romanos, siendo el caso de Valeriano, derrotado en el 260 d.C., el más famoso y catastrófico de la historia de Roma, pero no el único; también derrotaron a Gordiano III y a Juliano el Apóstata. Todos creyeron poder vencerles; ninguno lo consiguió.

Con estos antecedentes históricos, ¿qué les puede ocurrir hoy a las petromonarquías del Golfo? Y si Trump dice que ha ganado la guerra y se va, como parece querer hacer, ¿qué les va a ocurrir a sus socios árabes? ¿Lo pensó Trump?


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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