Creación

Manuel F. Labrada

Manuel F. Labrada (Jaén, 1958) publicará este otoño el libro de fábulas "Ciervos en África" bajo el sello de Trea Ediciones.

Foto de autor, Manuel Fernández Labrada

Manuel Fernández Labrada (Jaén, 1958) es doctor en Filología Hispánica y catedrático de enseñanza secundaria. Desde 1996 reside en Granada, donde ha colaborado con la Universidad en el estudio y edición del Teatro Completo de Mira de Amescua. Ha publicado diversos trabajos de investigación sobre literatura española del Siglo de Oro, y es autor de las novelas Viaje de invierno (2009), La hija del geólogo (2012), El refugio (2014) y La mano de nieve (2015). También escribe en su blog de literatura Saltus Altus (http://saltusaltus@wordpress.com) • Esta selección de fábulas pertenecen al libro Ciervos en África, de próxima aparición en Trea Ediciones.




Quejas de Caronte

Todos me reprochan que, ganando tanto dinero, vista pobremente y reme en una barca tan miserable. Olvidan quizás que no tengo tiempo para gastarlo, ni hay por aquí lugar alguno donde se pueda comprar nada. Además, el óbolo que aportan los pasajeros es una moneda muy pequeña, de escaso valor, y una norma no escrita de estos lugares me obliga a hacer la vista gorda con las falsificaciones, que son innumerables. No es mucho mejor cuando llega un rico presuntuoso, al que sus familiares han puesto en la boca una pieza mayor, pues indefectiblemente me reclama con insolencia el cambio o un lugar de privilegio en la embarcación. ¡Me verás entonces sacar el remo del agua! No faltan tampoco los que pretenden que los pase de balde, valiéndose de amenazas o de músicas, ni los que están pendientes de las necesarias exequias y no se resignan a esperar en la orilla. Como me muestro inflexible con el reglamento, algunos no dudan en arrojarse al agua y nadar, aduciendo que nada tienen que perder si se ahogan. Pero lo peor de todo son esos malditos poetas de la superficie, que no me quitan el ojo de encima y pregonan a los cuatro vientos cualquier descuido en el cumplimiento de mis obligaciones.

Por culpa de Afrodita

Desde que Afrodita castiga a los amantes perezosos con un par de cuernos, resulta comprometido carecer de una cabellera abundante que los camufle. No tiene otra explicación el enojo de Sansón al verse despojado de la suya por Dalila, su infiel esposa. Perdido el respeto de los filisteos, no le quedó ya otro recurso, para cubrir su infamia, que derribar todo un edificio sobre su cabeza.

Una retirada a tiempo

De los antiguos dioses supervivientes, el denominado Cupido es el más peligroso para los que llevamos una vida retirada en los conventos. Su pequeño tamaño, que le permite esconderse tras los retablos, así como su aspecto inocente y aniñado, que inspira confianza a las monjas, son sus bazas más señaladas. Además, el hecho de verse adornado con unas diminutas alas le ha facilitado un seguro camuflaje entre los escuadrones de ingenuos angelotes que pueblan estos lugares. Hoy mismo, durante la plática matinal, he avistado al citado demonio sobre la cabeza de Eloísa, la más piadosa de las novicias, sonriéndome con malicia mientras me amenazaba con un diminuto arco. Acto seguido, antes de que pudiera hacer algo en mi defensa, el pequeñajo me disparó un flecha en mitad del pecho, poniendo un inesperado punto final a mi sermón. Aunque creo que mis ropas talares me protegieron del ataque, es tanto el temor que este infausto suceso me ha provocado que, en cuanto termine de escribir estas líneas, arrojaré mis contaminados hábitos al fuego y luego huiré, junto con Eloísa, lejos de este impío monasterio.

La verdadera metamorfosis de Aracne

«Con sus fábulas y mentiras los poetas romanos hicieron mucho por disculpar los excesos y crueldades de las divinidades paganas. Tal es el caso de Ovidio, que atribuye a Minerva la famosa metamorfosis de Aracne, una tejedora que tuvo la osadía de competir con ella representando en sus bordados escenas de dioses borrachos. Una historia sospechosa de principio a fin, pues, si tanta inclinación mostraba la joven por los hilos, ¿qué clase de castigo era ese de convertirla en araña, una naturaleza que le permitía entregarse sin tasa a su afición, dotándola además de un potente aguijón para defenderse de sus enemigos? Ahora sabemos que el verdadero castigo fue mucho más cruel. Según lo testimonia un antiguo códice conservado en este monasterio, Aracne fue transformada en polilla, y luego obligada a comerse sus propios tapices.»

Los descuidos de Atlas

Las catástrofes y extinciones masivas que han jalonado la historia de nuestro planeta no obedecen ni a la colisión de un asteroide, ni al vulcanismo, ni a ninguna otra causa de las llamadas «naturales». Es más plausible imputarlas al cansancio de Atlas, que no puede evitar en ocasiones verse vencido por el sueño y deja caer a tierra, durante unos instantes, la bóveda celeste. Se ocasionan así los terribles daños que cabe imaginar.

De procedencia dudosa

«Cuando se produjo la anhelada caída de los dioses paganos, y sus principales templos y santuarios fueron entregados al fuego, algunos cristianos curiosos preservaron, a modo de trofeo, determinados vestigios del antiguo culto. Con el paso de los años, esas espúreas reliquias, que tan imprudentemente habían recogido, terminaron confundiéndose con las auténticas. Así, entre los abundantes fragmentos conservados del Lignum Crucis, es muy posible que se infiltraran astillas de la clava de Heracles, y que muchos Santos Prepucios venerados actualmente no sean otra cosa que simples fragmentos de la piel de Marsias. Algún Santo Cíngulo de inapropiado estilo bien pudo ser en su día una réplica del cinturón de Hipólita (o incluso, el original). No faltan los estudiosos que restituyen determinado Grial al mismo Dioniso, o que detectan en la cadena de San Pedro eslabones de la que en su día aprisionó a Prometeo sobre la roca. Plumas perdidas del águila de Zeus pudieron confundirse con las de algún arcángel, huesos de mártir mezclarse con los de un guerrero famoso… y así hasta un largo etcétera.

»Parece innecesario señalar que esta lamentable mezcolanza de reliquias explica sobradamente el hecho de que casi nunca concedan el milagro solicitado.»

(De Falsis Reliquiis, lib. I)

La seducción de Talos

Si he entendido bien lo que asegura Apolodoro en su Biblioteca, para derrotar al autómata de bronce que custodiaba la isla de Creta, Medea utilizó la misma táctica que le había permitido conquistar a Jasón: manipuló la clavija hasta conseguir que se derramara el licor.

Elpénor en la pocilga

Las horas que pasé en la zahúrda de Circe se cuentan entre las más felices de mi vida, pues la diosa me manifestó su predilección desde el primer momento. Me llamaba por mi nombre, me daba de comer en su mano las bellotas más escogidas y, en ocasiones, hasta me rascaba el lomo con el mango de su látigo. ¡Disfrutaba tanto viéndome retozar en el fango! Pero este halagüeño panorama de holganza sin fin se vio malogrado cuando el maldito Odiseo vino a desencantarnos. De nuevo me vi abocado a remar como un esclavo, a sufrir graves peligros y a soportar las más duras incomodidades. Fue tal mi disgusto al verme restituido a mi condición de hombre, que esa misma mañana me emborraché, y luego me caí tontamente desde la terraza del palacio. Ahora vegeto aburrido en el Hades, donde he escuchado a la sombra de Aquiles asegurar muchas veces que preferiría ser el más miserable de los siervos antes que reinar aquí. ¡Cuánto más no preferiría yo vivir como un cerdo a los pies de la bella Circe! He oído decir que Odiseo tiene previsto visitar en breve estas lóbregas moradas. ¡Que se vaya preparando! Aunque siempre le he guardado el debido respeto, ahora tendrá que escuchar duros reproches.

Derecho al olvido

Cuando Odiseo retornó a Ítaca y descubrió que su esposa lo había engañado, no tuvo más remedio que consumar la matanza de los pretendientes. Aunque perdonó la vida a Penélope, desde aquel momento recordó siempre con nostalgia sus pasadas aventuras, y de manera especial, sus amores con Circe y Calipso. Arrepentido de haberlas abandonado, solo lograba calmar su pena bebiendo agua del río Lete, un remedio que había tenido la precaución de traerse embotellado de su visita al inframundo.

El caballo de Filis

Los filólogos y medievalistas que han analizado el famoso Lai de Aristóteles no han entendido ni una sola palabra del texto. Que el filósofo se dejara embridar y cabalgar mansamente por una simple muchacha no debe rebajarlo en nuestra estimación. En el poema no se pretende representar la intemperancia de un anciano, ni tan siquiera el triunfo de la pasión amorosa sobre la razón. Si de algo pecó el sabio fue de soberbia: cargando sobre sus viejas espaldas a la adorable Filis pretendía nada menos que emular los jueguecitos de Zeus con Europa.

Causa est nescire

«…igualmente son injustos los judíos cuando culpan a los dioses y poetas romanos de fomentar la sodomía, una práctica que no se cansan de censurar y perseguir, olvidando interesadamente que el único responsable […] Desconocedor de la anatomía de un gran número de especies animales […] no acertó siempre a la hora de escoger ejemplares de diferente sexo […] Al cabo de cuarenta noches de obligada y estrecha convivencia, el libertinaje se había adueñado ya de una parte significativa del pasaje, incluidos…»

(Flavio Josefo, Fragmenta, XVI)

Polémica entre Diógenes y Simón

Diógenes:    He oído decir que presumes de asceta, pero solo a un vanidoso como tú puede gustarle vivir en lo alto de una columna, expuesto siempre a la mirada de todos.

Simón:        Elegí la columna para apartarme de la muchedumbre que me seguía. Tú, en cambio, arrastras ese sucio tonel a los lugares más concurridos, donde escandalizas a la gente con tu mal ejemplo y tus simplezas.

Diógenes:    ¿Hay mayor simpleza que vivir treinta y ocho años en lo alto de una columna?

Simón:        ¿Hay mayor estupidez que pasear en pleno día con una linterna encendida?

Diógenes:    Buscaba a un verdadero hombre; porque, a diferencia tuya, soy un ser sociable.

Simón:        Nunca me he negado al trato con mis semejantes. Una escalera apoyada contra la columna facilitaba a cualquiera subir a escuchar mis consejos.

Diógenes:    Escalera que utilizabas todas las noches para ir a fornicar con las prostitutas de Alepo…

Simón:        ¡Mientes, miserable! Hasta mi época ha llegado la noticia de tu indigno exhibicionismo, de tus públicos onanismos. Eres la vergüenza de toda Grecia.

Diógenes:    ¡Falso! El mismo Alejandro aseguró que, de no haber sido Alejandro, solo hubiera querido ser Diógenes.

Simón:        Cuando enfermé, el emperador Teodosio envió a tres obispos para que me suplicaran que bajara de la columna. Pero no lo hice, y me curé yo solo allá arriba. ¡Borracho!, toda tu impía filosofía está inspirada por los vapores que impregnan tu roñoso tonel.

Diógenes:    ¡Lunático!, todas tus fanáticas predicaciones son el resultado de una insolación crónica.


 

1 comment on “Manuel F. Labrada

  1. Pingback: Ciervos en África (Fabulario apócrifo) | Saltus Altus

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