... Ensayo

Cataluña y los artistas del hambre

"El laberinto de la identidad nos atenaza, porque hemos vivido en él sin saber que era un laberinto, y ahora, sin previo aviso, nos damos cuenta de que caminamos en medio de él dando vueltas y angustiados sin encontrar la salida".

Happening, performance y relatos nacionalistas. Cataluña y los artistas del hambre

 / por José Manuel Querol /

Es muy difícil hablar de una herida abierta con la cabeza despejada. Es muy difícil hacerlo cuando lo emocional se solidifica en cada acto y cada noticia del telediario, cuando el sentido común advierte las mentiras, las tácticas, las estrategias que conducen  directamente al absurdo, como siempre ocurre en la España del esperpento real, absurdo del que algunos, también como siempre, obtendrán beneficio mientras el resto, el pueblo, la ciudadanía, eso que no sabemos qué es, los que nos levantamos cada día para ir a trabajar, los que cogemos el coche, el tren, el metro, el autobús, los que visitamos hospitales, llevamos a los niños al colegio y, de vez en cuando, muy de vez en cuando, nos podemos parar a mirar amanecer antes de empezar el día o detener nuestra prisa con algún amigo al caer la tarde, nos miramos perplejos unos a otros. Es difícil.

Sobre todo, es difícil cuando el laberinto de la identidad nos atenaza, porque hemos vivido en él sin saber que era un laberinto, y ahora, sin previo aviso, nos damos cuenta de que caminamos en medio de él dando vueltas y angustiados sin encontrar la salida.

El laberinto catalán no es el laberinto de la independencia, del sentimiento nacional del otro lado del Ebro, es el mismo laberinto de España, que hemos recorrido soltando el hilo de nuestra Historia, repudiándola porque hemos asumido los relatos de otros, porque nos han obligado a aprender otros relatos falsos y porque nos han robado un relato propio y construido entre todos. Franco nos robó el relato de España y nos obligó a creer en un mito falso, una España de cartón piedra, pero también hay culpa en nuestras alforjas. Hemos asumido leyendas negras que no nos corresponden, hemos construido nuestra identidad sobre las arenas movedizas de una modernidad inestable, aun cuando nuestros viñedos, nuestros olivos, nuestros campos y nuestros mares nos anclan y nos reúnen a todos desde hace tanto tiempo.

El relato nacionalista es el mal que trae la crisis. No el relato nacionalista catalán, sino todos los relatos nacionalistas. La Historia, hay que decirlo ya, no es un relato, la Historia es un happening, que dicen los ingleses; el relato es el resultado de intervenir en la realidad con voluntad ideológica, religiosa, política, estética, y el nacionalismo, desprovisto de la adulteración y manipulación que originan esos componentes, no es nada, salvo la negación de la fraternidad revolucionaria.

Que la lengua sea un hecho diferenciador es un invento de Fichte, que creó para unir a los alemanes (no para separarlos) después de la tormenta napoleónica, que la Historia sea un hecho separador concibe un modelo hermenéutico que debería preocupar a la ciudadanía, porque toda fractura es una fractura de poder y de economía. La manipulación de lo emocional y de la Historia fue la gran idea del fascismo en Europa, un necro-romanticismo excluyente y exclusivo, ávido como pocos de poder, que fue apoyado por las altas burguesías europeas para impedir la reunión del proletariado y conjurar así la posibilidad de una revolución como la rusa en el resto del continente.

El nacionalismo es burgués de necesidad, como es burgués el romántico, y el burgués es genéticamente un homo economicus, tenga el aspecto del criollo nacionalista, del empresario global o del político secesionista. Lo que extraña en esta modernidad decadente y oscura es que la izquierda europea, y especialmente la española, sea nacionalista, y en su relato integre los mismos vicios del relato nacionalista español franquista pero en su  modulación local. Moleste a quien moleste, la renacionalización del proletariado es lo que ejecutó en Alemania el nazismo, en Italia el fascismo y aquí la Falange.

Pero el problema no es España, ni Cataluña, el problema es una sociedad cansada, sin identidad, salvo aquella que describe a sus ciudadanos en toda Europa como demócratas estetizados y habitantes de un estado del bienestar en plena crisis por culpa de los desajustes de la segunda fase de la globalización neoliberal. Europa, que fue un sueño, mal construida sobre la voluntad de los mercados antes que sobre la fraternidad de los pueblos, sufre ahora en sus carnes la atomización del sálvese quien pueda: deshecha por dentro y amenazada en su periferia por dos identidades sólidas, la descarnada identidad religiosa eufemizada del islam y la descarnada identidad global del destino manifiesto neoliberal norteamericano, y también sí, quizás por alguna más, agazapada en el Oriente que aún no acaba de despertarse para cumplir la profecía de Napoleón. El repliegue del ciudadano, temeroso de perder esa pobre identidad, tan líquida, del estado del bienestar es ejecutado como refugio, y en cada geografía el virus ataca su debilidad estructural manifestando como síntomas el repunte y alzamiento de la ultraderecha en muchos lugares, Francia o Alemania incluidas, o la disgregación nacionalista en otros, no sólo Cataluña. Si no sabemos contrarrestar el relato, veremos también a vascos, bretones, habitantes del Véneto, bávaros y otros muchos sucumbir al miedo y buscar refugio en el clan, en la sangre, aunque esa sangre lleve el ADN de todos los que entonces ya serán para ellos extranjeros, y Europa morirá. Sí, es más fácil romper los huesos del animal, despiezarlo, para poder llevárselo del bosque. ¿Dónde quedará entonces garantizada la fuerza de la ciudadanía si está enfrentada por el color de las banderas?

Es extraño concebir a los grupos anti-sistema como nacionalistas ¿Habrán leído alguna vez a Marx, a Lenin, a Gramsci? Es extraño encontrar a la izquierda hablando del derecho a la autodeterminación de los pueblos que no han sufrido un proceso de descolonización en vez de poner de manifiesto que los “recortes” (eufemismo feo este), la dureza de los efectos en los derechos de los trabajadores de las erráticas políticas de recomposición del orden mundial, planificadas al otro lado del Atlántico y puestas en práctica en las revoluciones de colores o las primaveras árabes, y la respuesta expresada en términos de nueva Guerra Fría postmoderna en la que andamos sumidos (no hace falta ser politólogo para darse cuenta de esto) no son sino el advenimiento cruel de la profecía de Fukuyama o algo peor (lo malo de los happenings, al menos si seguimos la definición que de ellos hiciera Allan Kaprow en los 50, es que el artista genera una veintena de escenarios posibles de resolución sin mantener el control de la actividad performativa).

Ya nos costó sangre resolver el marco dramático estético-político (recordemos a Benjamin) que esos artistas del hambre de los años 30, como llama Christian Salmon a nuestros políticos usando la metáfora de Kafka, jugaron a escenificar poniendo en el escenario las vidas de 60 millones (y acabó como las tragedias auténticas, con los sesenta millones muertos en escena al terminar el tercer acto). ¿Es hora de volver a jugar a la performance política? ¿Qué razones hay para ello?

Yo no encuentro otra razón que la misma que llevó en aquellos tiempos al desastre, salvo que ahora, igual que los golpes de estado postmodernos, que son incruentos (casi, salvo daños colaterales), la renacionalización postmoderna del proletariado se necesita para que soporte, envuelto en una bandera, su vuelta a la condición proletaria del siglo XIX, la de explotado del siglo XXI, que deje de comer caviar de lumpo, caviar de pobre, para poder fotografiarle comiendo patatas otra vez, como en aquel cuadro de Van Gogh.

“Los comedores de papas”. Vincent van Gogh, 1885. Van Gogh Museum, Amsterdam.

La época de la reproducción mecánica que describía Benjamin en los años 30 se ha redibujado ahora como época de la reproducción digital, pero los elementos de estetización de la política parecen inherentes al proceso de decadencia en Occidente. La ciudadanía debe ser educada, la ciudadanía debe escoger: o “Blut und Boden” (sangre y tierra) o la fraternidad, algo que la economía financiera, y esa metonimia oscura que denominamos “los mercados”, contemplan como su mayor pesadilla. Y la tecnología es el arma performativa de la conversión del público en pueblo y del pueblo en público en este juego estético en el que nos va el futuro, la economía y el corazón.

Será la ciudadanía el actor colectivo que ejecute el cambio. Las directrices políticas son el guion dramático en el que dos demiurgos teatrales se enfrentan en el mismo juego. Para aceptar esta idea sólo hace falta preguntarse a quién beneficia, quienes son los actores principales y sospechar que todos ellos persiguen el mismo fin.

Durante la insurrección catalana de 1934 la alta burguesía catalana, la Lliga, enfrentada a la alta burguesía “española”, la CEDA, resolvieron un espectáculo de oposición, ayudados por el fiel secundario, ERC, que al final sólo les benefició a ellos (porque la identidad política de la Lliga y de la CEDA era la misma). Sólo los anarquistas en aquel entonces vieron venir el engaño, y lo pagaron caro, porque al final fueron ellos los encarcelados aunque ni siquiera secundaron la huelga general, pero de todo aquello, junto con más cosas de las que también puede culparse a los mismos, vino nuestra guerra civil.

Se puede acusar a estas líneas de simplistas, pero a lo mejor es que el guion no era mucho más complicado: el miedo de la alta burguesía de las dos riberas del Ebro era el mismo, y lo demostraron con creces. El apoyo de la burguesía catalana a Franco fue de los más llamativos, y los mismos vuelven ahora a reponer la función que dieron, y como entonces, la izquierda colabora porque es iletrada desgraciadamente, y no sabe leer lo que hay detrás del telón, junto al atrezzo y en el foso. Rafael Reig lo dejó claro cuando hablaba de la Transición en Todo está perdonado: “nosotros ganamos la guerra, nuestros hijos que ganen la paz”, ahora toca la guerra digital de los nietos para seguir ganando.

El proceso es un ejemplo práctico de cómo se construyen relatos a partir de lo que José Luis Molinuevo llama “imágenes in-intencionales”, y de cómo la realidad se pixela, se aumenta y se rematerializa, resolviéndose en un constructo ideológico y auto-referencial (concomitante con la auto-referencialidad del texto artístico). Da igual que la realidad material informe de que el origen es la corrupción sistémica de los modelos democráticos estetizados, y de que esa corrupción general y personal cuenta con el apoyo cómplice de los medios de comunicación y de miles de ciudadanos anónimos que, crédulos, colaboran en las redes de internet para construir un relato que con-mueva (en términos horacianos, esto es: “mueva a”, “haga actuar”) a otros ciudadanos y a sí mismos en el escenario de las calles.

El modelo es aplicable, desde luego, a un lado y otro del Ebro: la estética de las manifestaciones juega con el arrebato emocional de las banderas, de las canciones en Madrid y en Barcelona. La aplicación de la modernidad construye espacios escénicos nuevos, en los que el mitin y las sintonías de partido ya no tienen recorrido porque se ha jugado la baza de la transversalidad, incluso la transversalidad ideológica que reúne en un discurso falso ideologías diferentes en los dos lados de la balanza, y cuya única diferencia es la bandera de algo que nadie sabe muy bien qué es. Los mitos falsos del españolismo y del catalanismo, que no voy a cometer el error aquí de hacer evidentes para no cansar a nadie, pero que con leer un rato quedan al descubierto, enfrentan a dos partes iguales, tanto en su hetereogenidad como en sus intereses, estableciéndose dos niveles de actantes en la performance, aquellos que sí saben lo que ocultan, y aquellos que despojan sus dudas racionales y necesitan el amor de la sangre y la tierra (repito: “Blut und Boden”, como en la Alemania nazi, pero postmoderna) porque el estado del bienestar les ha decepcionado. Mentira sobre mentira.

Aun así, no basta sólo con incendiar a la ciudadanía con proclamas salidas de tópicos erráticos, hay que construir el relato del discurso, y aquí encontramos un conflicto entre dos autores, dos amanuenses con ganas de ser artistas que componen una cronología de actos ambiguos que les permita una salida de escena si sale mal el texto y los personajes se rebelan contra los autores. Las deliberadas fases de declaraciones que no declaran, de firmas de documentos no registrados, de ofertas de diálogo que no son diálogo y que todos desatienden, las apelaciones a mediaciones y a resolver internamente “el conflicto”, las proclamas de los buenistas que quieren ver sentimientos legítimos en todas las partes (debo recordar: legítimo, legal, democrático y otras cosas no son sinónimos en nuestro Diccionario de la Lengua) intervienen en cada acto y, he de reconocer, es apasionante, porque, hay que admitirlo, y también Christian Salmon lo advertía en La ceremonia caníbal, lo que la ciudadanía, convertida en espectador desde que el visionario McLuhan describiera la “aldea global” quiere, es una historia apasionante con sus héroes y sus villanos, es acción, es un relato emocional que les saque de su anodina vida y de los problemas reales, como no llegar a fin de mes, y eso ya lo definía Aristóteles como la función principal de la tragedia: la catarsis, “purgarse”, encontrar en la representación un modo de superación de la alienación real a través de una emoción artística. Sí, efectivamente, nuestros políticos son unos artistas del hambre.

En los momentos en los que escribo estas líneas aún estamos en el primer acto. Con las imágenes falsas y verdaderas de los sucesos del 1 de octubre es posible ejecutar decenas de relatos diferentes, porque las imágenes no son la realidad, sino sólo una instantánea de un segundo, sin contexto, sin apoyo alguno. Las imágenes de la policía cargando, siendo siempre terribles, pueden ser constitutivas de relatos opuestos, y pueden también ser argumentos de atenuación o de fortalecimiento de los acontecimientos ¿Cuántas veces hemos visto cargar a la policía en otros contextos también contra la ciudadanía, no sólo en España, sino en todas partes del mundo? ¿La policía se defendía o atacaba? Es sólo un segundo captado de luces y sombras, de colores: sin un antes o un después, sin una explicación, la hermenéutica se hace en virtud de una idea preconcebida, por unos y por otros.

Con las palabras ocurre lo mismo en este final del primer acto. Es sintomático que todo un parlamento deba preguntar al presidente de la Generalitat qué es lo que ha dicho, si ha declarado o no la independencia en un discurso televisado para todo el país. Decir y no decir nada también es una estrategia (el vacío del que hablara Benjamin), como preguntar aquello cuya enunciación es ambigua y sostener una respuesta a una imaginada declaración también ambigua. La ley queda pasmada ante la confusión de los acontecimientos, varada concienzudamente para que la salve la “política” (no es un problema de legalidad, eso se apresuran a decir todos, es un problema político) y la política se enreda como las cerezas porque es un constructo vacío rematerializado, desgraciadamente, como bien de consumo para la ciudadanía.

Más aún, las matemáticas también se hacen políticas y se vacían imposibilitando el esclarecimiento de lo real para que este alcance un estatus categorial. Más votos que ciudadanos que votaron, urnas en las calles y hasta en los cuartos de baño si hace falta, y sí, la culpa es de quien no dejó que se votara, quizás porque no podía porque hasta ese momento la ley no estaba varada y confundida por el relato, pero también de todos quienes dieron validez a un exabrupto propio de la República marxiana de Freedonia. A fin de cuentas, el problema con los votos del referéndum/no-referendum es semántico, nadie sabe realmente lo que fue, pero, en su ambigüedad, se ha convertido en una materialidad inapelable, argumento también de unos y de otros, y significa una cosa y la contraria.

Dan ganas de decir “dejadnos en paz”, procurad que nuestros hospitales funcionen, que nuestros colegios, institutos y universidades sirvan de verdad para algo, que los jueces puedan hacer su trabajo (así, a lo mejor, no necesitamos de estas performances revolucionadas en happening porque, me temo, detrás de todo no hay otra cosa sino dinero, corrupción, y afecta a los de siempre, los señoritos de este país de señoritos y jornaleros, aunque ahora todos podamos llevar corbata). Hablad, sí, hablad, Hablemos, pero hablemos de algo concreto, o nos vamos a morir todos de hambre abrazados a nuestras banderas, y algunos ni siquiera tienen claro a qué bandera abrazarse. Hablad, pero dejad las emociones para el cine o la literatura: la política, o es el reino de la verdad y la razón, o es tiranía estetizada. Hablad de fraternidad, aunque os asuste que entonces sea ese pueblo que ya no existe, la ciudadanía, la masa, como queráis llamarnos, el que se proclame de verdad regente -el demos gobernante- y os diga de verdad lo que quiere. Y lo que quiere, aunque yo no sea nadie para erigirme en su portavoz, sospecho que es trabajo, paz, poder ver crecer a sus hijos, tranquilidad, estabilidad y solidaridad entre todos, y quizás también buenas películas y novelas cuando vuelva cansado de un trabajo digno que sí le permita llegar a fin de mes.


 

2 comments on “Cataluña y los artistas del hambre

  1. Solamente desearía que este análisis fuera objeto de una sosegada meditación.

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    • Estimado Guillermo, para eso lo escribí, y no con el ánimo de dar lecciones a nadie, sino con la sospecha de habitar en una representación de la que no sé si quiero ser parte. Muchas gracias por tu comentario. Un cordial saludo.

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