Narrativa

Ror Wolf

José Aníbal Campos traduce "Hombres varios" del inclasificable Ror Wolf, autor alemán completamente desconicido en España.

Lo que nos llama la atención en la prosa de Ror Wolf es la permanente metamorfosis de los géneros dentro del espacio mínimo de un texto que a menudo no llega a ser un cuento propiamente dicho. Hay elementos de toda la historia de la narrativa en Wolf: novela trivial o de horror, cuento de hadas, sátira, parodia, narración fantástica o de aventuras, experimentación con los lenguajes del género narrativo, intertextualidad. Su método de trabajo ha sido comparado por la crítica con la técnica cinematográfica de los hermanos Coen.


Fotograma de “Hail, Caesar!” (2016). Dirección y guión de Joel y Ethan Coen.

Un manual de «desaficciones»

/ por José Aníbal Campos / Café Zartl (Viena), agosto de 2017

Convivimos con ficciones. Y no solo con las ajenas. Las ficciones nutren e infectan nuestra vida, nos representan en público y pueblan nuestra esfera más íntima, como las bacterias y otros microorganismos. Nuestras vidas se construyen en torno a invenciones, a transfiguradas narraciones de hechos a las que recurrimos para hacernos más soportable una existencia física y espiritual que se manifiesta de forma frenética y fractal, una existencia que, en esa caótica manifestación, supera las posibilidades clasificatorias y de control de nuestra mente. La ficción es el intento por poner cierto orden en ese privado caos universal. Recurrimos a ella para darnos y dar alegrías, para engañarnos y engañar, para medrar y protegernos en la convivencia con otros hombres.

Lo anterior puede parecer una perogrullada, pero lo cierto es que son pocas las personas dispuestas a reconocer y admitir el elevado porcentaje de ficcionalidad que impregna sus historias vitales. La fe imperturbable en las ficciones propias es, a la vez, sostén y carga explosiva en nuestras vidas. Es la viga maestra, la pared de carga: tiene el doble poder de mantener en pie y, llegado el momento, hacer que todo se venga abajo sin dejar rastro.

Entender esto, y aceptarlo, va a resultar fundamental de cara al cambio de paradigmas que se avecina, que casi se ha instalado ya entre nosotros y se manifiesta en tantos aspectos de la vida social, especialmente en el desmontaje que van sufriendo ciertas tradicionales delimitaciones binarias como verdad-mentira, privado-público o realidad-fantasía.

La literatura, muy especialmente la narrativa, ha sido desde siempre el instrumento –precario, pero eficaz en su permanencia– con el que los hombres hemos intentado apuntalar nuestra mediocre existencia, tanto más mediocre, a mi juicio, cuanto más nos creemos nuestra Gran Ficción ontológica: la soberbia de considerarnos el non plus ultra entre los seres vivos, la especie reina de la creación, mediocridad que tanto más se empecina cuanto menos capacidad mostramos a la hora de ver nuestra relativa insignificancia en el engranaje del universo.

Hay ficciones para todos los gustos y necesidades: con ficticias narraciones puede el hombre cobarde estilizarse en su taberna habitual como un bravo guerrero (en un despliegue de fantasía que no suele ocasionar demasiado daño a nadie, a menos que, no teniendo la clara visión –mental, se entiende– de un Jorge Luis Borges, llegue a creerse a sí mismo su ficticia bravura y un día quiera convertirla en actos). Con una gran ficción de ficciones se construyen las proezas y los próceres nacionales o televisivos, a ellas oran a diario devotos de todas las religiones, con ellas los imperios vergonzosamente derrotados se crean una luminosa (y ficticia) historia de triunfos, mientras que el poeta-boticario de provincias, en su afasia, legitima ante sus adeptos su subvencionada improductividad neuronal.

Ror Wolf parece haber centrado su mirada en este fenómeno (tan obvio como ignorado) desde que comenzó a escribir en la década de 1950. Tan radical parece todavía su propuesta literaria que su obra se ha visto relegada hasta hoy a la marginalidad de unos pocos lectores atentos.

En las décadas de 1960 y 1970, cuando la literatura alemana, tan dada a los alpinismos mentales y a los submarinismos del alma, descubría boquiabierta el llamado “realismo mágico” latinoamericano y casi se lo apropiaba como una nueva forma de “liberación” que satisfacía sus siempre insatisfechos (y eurocéntricos) anhelos exóticos, Ror Wolf parecía escribir una literatura en la que lo extraño, lo insólito era precisamente lo cotidiano, lo insignificante: para Wolf lo insólito no es el dibujo ficticio que cada cual se hace en su cabecita anhelante y calenturienta, sino un mero juego de la sintaxis en función de una discreción éticamente impelida a callar sobre aquello que desconoce y que, por lo tanto, sabe que jamás podrá reproducir, por buena que sea la destreza con el lápiz, la exacta historia verdadera de otro hombre. A este autor no le interesa (ni le apetece) contarnos el suceso extraordinario ocurrido a un taxidermista, razón por la cual prefiere hablarnos de un hombre que agarra una llama, le abre un hueco en el gaznate y le saca por el hueco todo lo que está dentro del animal. Porque lo verdaderamente absurdo e insólito para Wolf, hasta lo verdaderamente relevante, es la mera existencia de un oficio llamado “taxidermia”, algo derivado de una de esas ficciones de supremacía de los hombres, que tanto gustan coronarse de trofeos ganados en contiendas desiguales o creen en la ficción de poder impregnarse del espíritu de la bestia masacrada si la cuelgan, ya exánime, en el salón de sus casas.

Tal vez por esa razón los hombres de Wolf, en su variedad, nos resulten tan parecidos todos, tan enigmáticos, pero a la vez tan familiares. Para conseguir tal efecto, el autor deroga todo pacto habitual con el lector de narrativa, llegando incluso a mostrarnos sus humoradas, diciéndonos exactamente cuándo un relato le parece insignificante o aburrido, cuándo desconoce el desenlace de una historia o cree oportuno callar sobre ella, e incluso interrumpirla tras haber generado el máximo suspense. Como en la vida y en la convivencia, donde apenas sabemos nada de los otros, o al menos no más allá de una verdad global: que en cada uno de nosotros conviven varios seres, malos y buenos, grandiosamente nobles y bostezantemente irrelevantes. El narrador de Wolf se mueve por el universo de este libro como uno más de los hombres que son objeto de su observación atenta: puede a veces, incluso, ser arrojado fuera de las páginas de una historia por otro personaje que irrumpe de forma inesperada. Ror Wolf renuncia al tradicional narrador omnisciente, todopoderoso, para achicarse y mostrársenos en toda su fragilidad y su impotencia.

En nuestra época –tan saturada de narraciones «veraces» en los ámbitos periodísticos, políticos, literarios y privados, tan superpoblada de reality shows que son todo menos reales, tan impregnada de una political correctness verbal y gráfica que muchas veces no es sino un nuevo mecanismo inquisitorial de dominación que coarta a los ciudadanos para llamar a las cosas por su nombre, cuando no constituye el desencadenante de una political incorrectness no menos mendaz–, se está operando un peligroso proceso en el que el hombre tal como es no cuenta, porque lo que cuenta es cada vez más la imagen transfigurada o la narración ficticia que se divulga de él. Hemos llegado a un punto en el que las ficciones nos asfixian, muchas veces también ciertas ficciones literarias con pretensiones de veracidad, las mismas que empezaron siendo, a sabiendas –como en los textos clásicos de la narrativa–, un paliativo, un precario sostén de nuestra frágil existencia. Las ficciones, en su soberbia, se han independizado, y se empoderan de un modo tiránico de nuestras vidas. Empezamos a ser devorados por nuestra propia criatura.

Quizá la mirada objetiva de Ror Wolf –objetiva, sí, como una cámara que mira y juzga solo hasta donde sabe–, la mirada de un autor cuyo narrador cohabitante muestra tantas veces el pudor de no opinar sobre lo que ignora, nos sirva para desintoxicarnos de tantas ficciones que, en lugar de liberarnos (que era, en el principio, la función de toda literatura), nos imponen nuevas cadenas.

Veinte años vengo portando conmigo el libro que hoy es objeto de esta traducción. Veinte años llevo reflexionando sobre la literatura de este desconocido Ror Wolf y sobre el enigmático mensaje que reservaba para nosotros. Verlo hoy en forma de libro en mi lengua materna figura entre las mayores satisfacciones de mi carrera profesional. Doy gracias por ello a varias personas: a Susanne Lange (que me regaló la obra de Wolf en 1997); a Nùria Molines y a Marta Martínez Carro, que me abrieron las puertas de ContraEscritura sin pestañear, tras haber leído apenas una breve selección de estos anti-cuentos; a la Casa de Traductores de Looren –mi hogar de reserva durante tantos años–, que con sus generosos ofrecimientos de estancia y becas me ha permitido seguir trabajando en esta obra breve pero inacabable. Y, finalmente, a todos los lectores (muy pocos) que me han animado a continuar traduciendo a Wolf, perseverando en el intento de traerlo a nuestra lengua.


Hombres varios

[extracto]

Un hombre tomó una llama, le abrió un agujero en la garganta y, a través de él, retiró todo lo que se encontraba en el interior del animal, es decir, no sólo las vísceras, sino también la carne y los huesos, de manera que al final sólo quedó una piel hueca. En ocasiones, cuando no tenía a mano una llama, otra cosa venía a ocupar su lugar.

Un hombre, un nadador, partió nadando de las proximidades de la escuela de natación, después de haber restablecido fuerzas con una pequeña merienda. En un principio, solo tenía la intención de nadar hasta Krems, pero como nadaba con mucha rapidez, no fue sino en Melk que se dio cuenta de que hacía rato había pasado nadando por Krems. Cerca del puente, un pescador notó su presencia y lo llamó. Surgió una breve conversación que acabó cuando se levantó un viento del oeste. Durante su recorrido, el nadador se tropezó tan solo con tres o cuatro vapores. Ya en Ybbs, salió del agua con una disposición de ánimo impecable y desapareció muy pronto entre la multitud.

Un día, a mediados de la década de 1940, un hombre muy culto, un tal Baumont, publicó en Boston, América, unas investigaciones sobre los jugos gástricos. Para ello se basaba en unos estudios que él mismo había hecho en su criado. A consecuencia de una herida de bala, a aquel hombre –por lo demás completamente sano– se le había abierto un agujero considerable que iba directamente de la superficie del vientre al estómago, permitiendo ver sin mayores dificultades los sitios más recónditos de la cavidad estomacal. Las investigaciones de Baumont, que en realidad se llamaba Baumann y había llegado de Alemania, despertaron el interés del público, y sus Tratados sobre la digestibilidad de los objetos del mundo al alcance se convirtieron pronto en punto de partida de muchas conversaciones. De modo que Baumann –o Baumont, como se hacía llamar– sometió a una precisa observación, sobre todo, las comidas que degustaban los círculos más distinguidos, siempre en relación con el comportamiento de esas comidas en el estómago. Según pudo observar, los callos y las patitas de cerdo desaparecían del estómago de su criado al cabo de una hora; el ganso no lo abandonaba hasta pasadas dos horas y media; las ostras, casi después de tres horas, mientras que la carne de ternera ahumada, según los cálculos de Baumann, se mantenían en el sitio durante casi hasta cinco horas. Y aunque para entonces el criado de Baumann, en Boston, manifestó tener una sensación de llenura, Baumann, en aras de la ciencia, le hizo devorar un jamón entero que necesitó seis horas para transitar por el estómago. A continuación, Baumann le sirvió un magnífico trozo de carne de novillo, un alimento que normalmente suele considerarse fácil de digerir. Pero, cómo describir el asombro del público al ver que la carne estuvo no menos de cinco horas y media en el estómago del criado, casi tanto tiempo como los huevos hervidos que Baumont le dio a comer después. La carne de cordero, por el contrario, desaparecía al cabo de cuatro horas y media, mientras que la leche no fluía tan rápidamente por el estómago del criado como cualquiera podía suponer, sino que, para gran perplejidad de la multitud presente, se hacía grumos y pelotas al instante. Unos años después, cuando las investigaciones de Baumann formaban ya parte hacía tiempo de las ciencias sobre la digestión, encontraron una piedra en el estómago del criado. La piedra, sobre cuyo origen aún no se había encontrado una explicación en el momento de yo escribir estas líneas, puede verse en el Museo Nacional de Boston.

Durante tres días un hombre anduvo vagando por el centro comercial de Utrecht en busca de la salida. Había perdido la orientación en el tumulto de las vísperas de Pascuas. Tras ser rescatado, el hombre declaró que no se había atrevido a preguntar por la salida.

Hace poco un alpinista –hombre oriundo de Goch– arrojó a un barranco un hueso de ternero mordisqueado. El hueso golpeó en la frente a otro hombre que estaba merendando en ese momento. Ese fue el comienzo de todo. Al final solo quedan en las que se trasluce el escaso valor de la vida humana. Eso basta. Todo lo demás sería mentira.

Sin motivo alguno, un hombre tuvo que bostezar de repente, y lo hizo aquí, ante nuestros ojos. Ello nos da motivo para interrumpir de inmediato la historia que acabamos de comenzar.

Cuando, a finales de la semana pasada, un domingo apacible, poco después de las doce del mediodía un hombre me preguntó por qué desperdiciaba mi tiempo de manera tan irresponsable contando estas historias, le respondí que, a veces, en las tórridas y pegajosas noches del sur, tuve el deseo de… No pude terminar la frase, porque resulta que otro hombre me apartó del escritorio dándome un tirón violento, así que perdí el equilibrio, y también el hilo de esta historia.


© De los textos originales: Ror Wolf / Schöfling & Co.
© De la traducción y la nota: José Aníbal Campos / ContraEscritura


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• Hombres varios
• Ror Wolf
• Traducción y nota de José Aníbal Campos
• ContraEscritura, 2017
• Edición impresa: 15,00 €

 

 

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