Crítica

Poesía romántica alemana

En torno a Floreced mientras

/ por Javier Alcoriza /

Nuestra vida es como una confederación germánica
Thoreau

“Ah, si los días oscuros aún traen a la luz / la prudencia del hombre y el feroz poder del hombre, / el tiempo podrá devolvernos en su curso / la sabia mente de Goethe y la fuerza de Byron; / pero ¿dónde hallará la hora tardía de Europa / de nuevo el poder sanador de Wordsworth?” No es un sarcasmo, a pesar de los tiempos que corren, volver a oír los Memorial Verses (April 1850) de Matthew Arnold en homenaje a Wordsworth. El poder sanador de la poesía no conoce fronteras lingüísticas, como bien saben los amantes de los clásicos, para los que leer es corroborar que los grandes libros guardan los pensamientos más nobles de la humanidad, no los que nos mejoran de inmediato, sino los que obligan al lector a un esfuerzo heroico, a sabiendas de que “nuestras vidas están sostenidas por una cantidad igual de algún tipo de virtud”. Las anteriores son frases de Thoreau en Walden, el “país de los lagos” para los trascendentalistas americanos, que fueron, a su modo, las almas progresivas del Romanticismo: “No busco lo grande, lo remoto, lo romántico, lo que se hace en Italia o Arabia, el arte griego o la poesía provenzal; abrazo lo común, exploro y me siento a los pies de lo familiar, de lo inferior”.[1] Para Emerson lo romántico era ya una noticia antigua. Incluso la actitud de Arnold tendría un acento elegíaco intempestivo en el gran poema que sería América para Whitman. Empiezo así por trazar un puente entre los románticos alemanes y esa revolución de la cultura al comienzo de Naturaleza, el libro más romántico de Emerson: “Nuestra época es retrospectiva. Escribe biografías, historias y crítica. Las generaciones precedentes contemplaban cara a cara a Dios y la naturaleza; nosotros, a través de su mirada. ¿Por qué no habríamos de disfrutar también nosotros de una relación original con el universo?”. Esa relación original no es una aspiración diversa a la que reconocemos, por cierto, en la poesía y la prosa de Shlegel, Tieck o Brentano. Las generaciones precedentes habían admitido que la poesía quedara sometida a la teología, ya que la teología era, como decía Boccaccio, la “poesía de Dios”. Los escritores antiguos trabajaron sobre la fe de sus oyentes y lectores, se beneficiaron de lo acumulado y depurado por la tradición, aumentaron el inmenso caudal de los bienes poéticos. “En los antiguos leemos la letra acabada y perfecta de toda poesía, en los nuevos presagiamos el espíritu en su llegar a ser” (p. 590). Los románticos no pudieron dar por supuesto lo acabado y perfecto. El Romanticismo literario quiso fundar su propia tradición, rehacer la materia de la poesía para el pueblo, rehacer al pueblo mismo sobre la base de sus versos. Apartados de una literatura para el pueblo, pero sin el pueblo, forman ya la “primera vanguardia” (p. 22), una asamblea constituyente de la poesía moderna. Sin embargo, el foro de la poesía romántica será, en adelante, la conciencia privada del lector. El suyo será, cada vez más, un logro exclusivo para los poetas. Dante había sido un gran lector de los poetas antiguos (Infierno, IV, 101) y, al mismo tiempo, un poeta para el pueblo toscano (Infierno, XVI, 73). Los nuevos tiempos dictan condiciones que mitigan esa función de ser, a la vez, un creador para todas las épocas y un profeta para su momento. El “divorcio” (p. 569) llegaría hasta el punto de considerar que, a la hora de volver a la poesía del Romanticismo alemán, “aquí es más posible que en su propio ámbito lingüístico, aquí apenas podemos saber nada de su dimensión popular y, si acaso la conocemos, no la padecemos” (p. 40). Los términos en que se entiende hoy la comunicación poética obedecen al sentido de una multiplicidad inherente al acto de leer. Los antiguos elementos normativos han desaparecido del horizonte intelectual y, con esa perspectiva, la poesía del Romanticismo ha sido “una obra gigantesca que transformó la literatura occidental” (p. 32). Lejos de asumir que la poesía ponga límite a la materia del canto, lejos de respetar el “freno del arte” (Purgatorio, XXXIII, 141), los románticos habrían aumentado de manera exponencial la intensidad de su quehacer; proponen, sobre “la clave inspiradora del lenguaje” (p. 577), una “poesía de la poesía” (p. 593). Con las palabras de Isaiah Berlin que aparecen como cierre de este libro: “No sostienen un espejo más o menos ideal ante la naturaleza, sino que inventan; no imitan, sino que crean los medios y hasta las metas que persiguen; y estas metas son la expresión de la visión interior y singular del artista”. El artista romántico enmienda así la advertencia de Hamlet a los actores sobre la función primordial del arte como espejo de la naturaleza, “to show virtue her own feature” (Hamlet, III, ii). Ahora bien, Shakespeare habría sido “el poeta” tanto para Herder (p. 573) como para Emerson en su galería de “hombres representativos”. ¿No ha de significar esto que hace falta un marco, si no religioso, como en las generaciones precedentes, al menos político, para dirigir de manera adecuada la corriente de “sabiduría de la vida” que puede contener la poesía? ¿No sería ese el esquema mental más liberador para las voces poéticas del futuro, desde Whitman hasta Wallace Stevens, con el texto de América como metáfora de una humanidad democrática? “Los mensajes de los grandes poetas a cada hombre y a cada mujer son: Venid a nosotros en condiciones de igualdad, sólo entonces podéis comprendernos”.[2] Atenernos a los términos de Berlin, por el contrario, supondría dar por hecho que la apoteosis de la voluntad romántica, como “rebelión contra el mito de un mundo ideal”, tiene el valor de un antídoto contra un proyecto de la modernidad que habría pervertido el antiguo sueño de una edad de oro en forma de pesadilla colectiva.[3] Y la duda que nos embarga entonces es la de si no será peor el remedio romántico que la supuesta enfermedad clásica, una vez igualados, algo a la ligera, el paraíso de los antiguos y la utopía de los modernos. A mi juicio, la revisión de la cultura antigua o europea que implica la relectura constitucional o representativa de Emerson permite, por su parte, una transición que no desvirtúa las proporciones del presente ni el pasado: “La vida privada de un hombre será una monarquía más ilustre, más formidable para su enemigo, más dulce y serena en su influencia sobre el amigo, que cualquier reino de la historia”. El medievalismo romántico parecería un signo inequívoco de impotencia intelectual. Si la vida humana necesita contextos de sentido, politizar el acto de leer y escribir, o captar la dimensión cívica del mundo de lectores, era una manera serena de apostar por la educación del género humano sin renunciar a la capacidad de ejercer, mediante la poesía, como quería Arnold, la crítica de la vida. Esa deficiencia de un trasfondo político adecuado para la “poesía universal progresiva” (p. 585) habría hecho de Heinrich Heine, el judío converso y reconvertido, y el último de los románticos incluidos en esta magnífica antología, el más agudo y certero fiscal de la “escuela romántica”.[4] ¿Y sería sensato, en tal caso, emanciparse de la tradición sin tener en cuenta el poder civilizador que había tenido el cristianismo en el pasado, o comprender ese poder sin un desprendimiento del espíritu feudal de las generaciones precedentes? ¿No sería visible, por el hado literario de estos poetas, el callejón sin salida al que se enfrentaba el arte del Romanticismo alemán? ¿No habría en la célebre afirmación de Goethe sobre la necesidad de otro Lessing un pronóstico de los desórdenes asociados a una emancipación nacionalista de la inspiración poética (p. 570)? ¿Y no podría leerse la advertencia de Hamann —“el árbol de la ciencia nos ha apartado del árbol de la vida”— como un indicio sobre la oportunidad de hebraizar allí donde la filosofía y la poesía avanzaban posiciones sin un sólido trasfondo moral? Solo así, “al proceder desde un corazón religioso”, podría admitirse, al tiempo que eludimos el estremecimiento histórico causado por la “confederación germánica”, la exhortación de Emerson a ver en las obras de arte “señales de poder” y no buscar en ellas “un asilo ante los males de la vida”.[5]


[1] R. W. Emerson, Naturaleza y otros escritos de juventud, trad. de J. Alcoriza y A. Lastra, Biblioteca Nueva, Madrid, 2008, p. 110. Cf. con Novalis: “Romantizo cuando doy a lo común un significado superior”. Floreced mientras. Poesía del Romanticismo alemán, ed. de J. A. García Román, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017, p. 574. Las páginas citadas en el cuerpo de texto remiten a esta edición.
[2] W. Whitman, Hojas de hierba, trad. de F. Alexander, Mayol Pujol, Barcelona, 1980, p. 31.
[3] I. Berlin, El fuste torcido de la humanidad. Capítulos de historia de las ideas, trad. de J. M. Álvarez Flórez, Península, Barcelona, pp. 378-379.
[4] H. Heine, La escuela romántica, en Obras, trad. de M. Sacristán, Vergara, Barcelona, 1964.
[5] R. W. Emerson, Ensayos, trad. de J. Alcoriza, Cátedra, Madrid, 2014, pp. 290-291.


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• Floreced mientras. Poesía del Romanticismo alemán
• Edición bilingüe de Juan Andrés García Román
• Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2016
• 640 páginas, 25.00 €

 

 

 

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