Sociología y antropología

Regreso a Reims

"Regreso a Reims", el ensayo autobiográfico de Didier Eribon, se distribuye por fin en España bajo el sello argentino Libros del Zorzal.

Determinismo y doble reinvención

/ por Moisés Mori /

De Didier Eribon (Reims, 1953), filósofo, sociólogo, autor de obras como Reflexiones sobre la cuestión gay (Anagrama), Herejías. Ensayos sobre la teoría de la sexualidad (Bellaterra) o una conocida biografía de Michel Foucault (Anagrama), nos llega ahora Regreso a Reims, un título de 2009 (Retour à Reims), del que la editorial argentina Libros del Zorzal ya había publicado una primera edición en 2015 que, creemos, no se distribuyó en España.

Regreso a Reims es un ensayo que va de lo autobiográfico (joven de familia obrera, buen estudiante, que se marcha de Reims a París para vivir libremente su homosexualidad, que pronto se integra en el mundo intelectual…) a lo sociológico, al análisis de las formas de vida de la clase obrera en una ciudad francesa del siglo XX (la vivienda, la escuela, el trabajo…), a la construcción y reproducción de ideas, actitudes y pautas sociales en ese ámbito popular. Y todo ello se expone a través de un relato cuyo eje lo constituye el recorrido vital del autor, su autoanálisis, pues Didier Eribon –intelectual, ensayista, profesor universitario– quiere explicar cómo se apartó –mediante la cultura, al adquirir otra condición, incluso sexual– de ese origen, al mismo tiempo que trata ahora –mediante la escritura– de regresar, de comprender a sus padres, a ese mundo que le rechazaba, que le avergonzaba, y del que necesitaba apartarse.

La memoria biográfica compone un testimonio vital en el que no faltan la confesión ni la culpa, pero el discurso no se inclina a lo psicológico, busca siempre la comprensión de hechos y determinaciones sociales; el libro posee así una dimensión crítica (de ensayo crítico), una decidida voluntad de intervenir en el debate con posiciones muy definidas, que desarrollan planteamientos ya expuestos en otros libros del autor sobre la marginalidad o la cuestión gay, y que nos conducen asimismo a Pierre Bourdieu, de quien Eribon siempre se ha sentido muy cerca y del que toma herramientas críticas y conceptos (habitus, distinción, campo de los dominados, capital social…). Ahora bien, el libro es, a su vez, narración, un texto que no solo dialoga con Foucault o Bourdieu, sino con tradiciones literarias que le resultan próximas y muy en particular con Annie Ernaux, cuya obra (El lugar, Una mujer, La vergüenza…), centrada en el origen familiar de la escritora y su malestar posterior como ‘tránsfuga de clase’, representa para Eribon un modelo de análisis sociobiográfico, de escritura. Y así, en cierta medida, Regreso a Reims puede leerse como un texto literario.

El relato se abre con la muerte del padre (“Yo no lo amaba. Nunca lo había amado”); es esa muerte la que –causa inmediata– pone en marcha el discurso de Eribon, su vuelta al origen: la ciudad, la familia, las coordenadas que configuran una identidad. El hijo no asiste al funeral: nunca visitó a su padre en la residencia para enfermos de Alzheimer en que pasó sus últimos días; en realidad, hacía más de veinte años que no veía a sus padres, ni siquiera conocía Muizon, esa rurbanización (“¿cómo llamar a un lugar así?”), a unos kilómetros de Reims, donde sus padres han residido estos últimos años. “Había huido de mi familia y no tenía ganas de reencontrarme con ellos”.

El proceso de reconciliación había comenzado, no obstante, meses antes, cuando su madre se quedó sola en la urbanización; el hijo ha viajado hasta allí para verla, vuelve al día siguiente del funeral de su padre: están solos, charlan toda la tarde, ella saca unas cajas llenas de fotos antiguas (padres, hermanos, el escritor de niño, adolescente…). Y es entonces –en la muerte del padre–, a través de esas fotografías tanto tiempo guardadas (“había sacado de un armario cajas llenas de fotos”), cuando el intelectual, el hijo, recibe un extraño impacto, pues se le presenta de forma particularmente clara “el medio obrero en el que había vivido, la miseria obrera que se lee en la fisonomía de las viviendas en segundo plano, el interior, la ropa, los propios cuerpos”. En definitiva, el cuerpo propio se revela ahí claramente como cuerpo social o de clase; es decir, lo más íntimo o individual se inscribe y modela en ese específico medio, pasa a entenderse ante todo como pertenencia a una historia y una ubicación concretas.

Dejemos al margen el poder de las fotografías y las circunstancias especialmente elocuentes en las que se produce esta suerte de revelación, lo decisivo aquí es que regresa el pasado social; un pasado que el profesor Eribon había querido olvidar, del que se avergonzaba y del que, en definitiva, quería escapar. Porque algo ha cambiado, se remueve con esas imágenes; surge así la pregunta central del libro, que el autor formula desde las primeras páginas: “¿Por qué yo, que escribí tanto sobre los mecanismos de dominación, nunca escribí sobre la dominación social? ¿Por qué yo, que le otorgué tanta importancia al sentimiento de vergüenza en los procesos de sometimiento y subjetivación, no escribí casi nada sobre la vergüenza social?”.

Como él mismo nos recuerda, la obra anterior de Eribon en torno a la cuestión gay había puesto de manifiesto esos mecanismos de opresión, los consiguientes estigmas, los sufrimientos por esa vergüenza sexual. Su propia trayectoria vital, dice, ha seguido “el típico recorrido del gay”: sufrir insultos, agresiones (“Soy un producto de la injuria. Un hijo de la vergüenza”), marchar de la ciudad, buscar nuevas redes sociales, descubrir la cultura gay, inventarse como gay en ese mundo que ha descubierto, superar, en definitiva, una identidad maltratada por la homofobia, la violencia y el rechazo social. “Había ido a París con la doble esperanza de poder vivir libremente como gay y convertirme en un ‘intelectual’. Logré la primera parte del plan sin grandes dificultades”.

Pero no se trata, por supuesto, de minimizar las dificultades de ese típico recorrido, sino de relacionar la reinvención personal (“reinventarme a mí mismo”) y, en suma, el recorrido propio con la ocultación que él mismo ha hecho de esa otra vergüenza, con el silencio que hasta ahora se había impuesto sobre su procedencia social. “Formulémoslo de la siguiente manera –resume Eribon–: me fue más fácil escribir sobre la vergüenza sexual que sobre la vergüenza social”. Pues abandonar, con veinte años, la ciudad de sus padres supone afirmar su sexualidad, pero también un modo de negar a los suyos, de huir tanto de un padre homófobo y de las peleas domésticas como de aquello que la familia representa: actitudes, lengua, ideas… pobreza. Se evoca así “la escena primitiva”, una escena familiar “obsesiva y precisa” (el padre que vuelve a casa después de tres días desaparecido, completamente borracho, y lanza botellas contra su mujer, mientras el niño y su hermano lloran y se agarran a la madre…), no para concederle un alcance psicoanalítico (la supuesta “llave de mi homosexualidad”), pues el reino de Edipo –escribe– “desocializa y despolitiza”; sino porque esa escena representa, más bien, el estadio del espejo social: el reconocimiento de un lugar sociológico o de clase, la huella indeleble del origen. Verse en ese espejo –violento, miserable–, anuncia un destino: la imagen de lo que seremos. Y todo ello produce dolor, la repulsa de esa miseria.

No obstante, aun con la marcha a la capital y la nueva vida (“Era feliz”), el estigma social permanece; es justamente lo que el intelectual de París no supera con su ganada reinvención, al vivir libremente su sexualidad. Señala así Eribon cómo, en definitiva, salió de un armario para encerrarse en otro: “Mi salida del placard sexual, el deseo de asumir y afirmar mi homosexualidad, coincidió en mi recorrido personal, con el ingreso en lo que podría describir como un placard social, es decir, los condicionantes impuestos por otra forma de disimulación”. Esto es: nuevos subterfugios, medias palabras, otros secretos, el miedo a traicionarse, los cambios de registro según el interlocutor, la vergüenza, en suma, de un origen pobre, marginal. Regreso a Reims representa el fin de esta segunda disimulación: el regreso de lo reprimido, la escritura antes autocensurada, reinventarse de nuevo.

Ya hablemos de una u otra vergüenza, la reinvención de sí –insiste en ello el autor– no puede realizarse desde la nada sino a partir de aquello que el orden social ha hecho de nosotros. Regresar a Reims significa, por tanto, regresar a la familia, al orden social que la ha configurado, curar esa herida, restaurar en lo posible aquella brecha que se produjo entre el joven Eribon y los suyos (huir, no amar, no asistir a las exequias del padre, no hablarse con los hermanos, avergonzarse de todo ello). El sociólogo emprende así una tarea que le es propia, expone la realidad de ese mundo, condiciones, datos y cifras de una historia familiar que se reproduce a sí misma por encima del tiempo, de abuelos, padres o hermanos: analfabetismo, doce hijos, a los catorce años en la fábrica, un abuelo andaluz que se esfumó, casas sin baño, la abuela rapada tras la Liberación, el hambre, borracheras, abortos, nosotros los obreros, la madre que sirve en otras casas, el albañil, la portera, jubilarse y morir, el carbonero, la guerra, dormir todos en la misma habitación…; datos concretos –la Europa desarrollada, siglo XX– que han producido actitudes, maneras de estar y de sentir, todo eso que el nieto, el hijo, ha de comprender y en definitiva asumir de algún modo, justamente lo que está cumpliendo con este regreso, aunque tal vez –si se piensa en el padre– sea demasiado tarde. “Lamenté no haber vuelto a verlo. No haber intentado comprenderlo. O no haber intentado hablar con él en otro tiempo. De hecho, de haber permitido que la violencia del mundo social me venciera, como lo había vencido a él”. Este análisis sociológico del medio constituye también el relato de una novela familiar, lo cual no implica hacer más digerible la historia, esa dureza concreta; al contrario, el texto incide así en la sensibilidad y el imaginario social.

La historia se reproduce de padres a hijos (el limpiacristales, el aprendiz de carnicero), todo es homogéneo, sin posibilidad de salida, apenas cambian matices, adaptaciones temporales, la escala de una misma distancia con los otros, con el mundo burgués. La escuela desempeña un papel central en este sistema de selección y reproducción social; la misma escuela, sin embargo, que ha permitido al profesor y autor del análisis saltar esa ley. “Hay una guerra contra los dominados y la escuela es uno de sus campos de batalla”. Las excepciones (Bourdieu, Ernaux, Eribon…) confirmarían la regla… Lo cierto es que el estudiante de Reims encontró en la cultura la vía para diferenciarse de los suyos y afirmar así su identidad sexual, para forjarse un mundo propio y “dar sentido” a su condición de gay; hasta la militancia trotskista significaba un modo de distanciarse de unos padres entonces en la órbita del PCF. “Es decir, que elegí la cultura contra los valores populares y viriles, porque esta es vector de ‘distinción’”. La cultura –la escuela– permite afianzar la subjetividad, la diferencia, y en consecuencia marca distancias con el medio familiar, pronto hace del joven un intelectual, lo convierte en “tránsfuga de clase”; cobra cuerpo así la vergüenza del origen, ese otro escondite (“había sacado de un armario cajas llenas de fotos”) del que el autor sale aquí, pues es esa misma cultura –Retour à Reims, analizar, escribir– la que permite regresar. Entre el determinismo social y la ilusión de una liberación absoluta, escribe Eribon, “se pueden atravesar algunas fronteras instituidas por la historia y que ciñen nuestras existencias”.


 

Regreso a Reims
Didier Eribon
Traducción de Georgina Fraser
Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2017,
256 páginas; 15,68 €                                                      

 

 

 

 

 

 

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