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El Centro de Poesía José Hierro recibe el Premio Aula de las Metáforas

Entrevista de Jordi Doce a Julieta Valero, coordinadora de esta institución ubicada en Getafe.

El Premio Aula de las Metáforas ha recaído este año en la Fundación Centro de Poesía José Hierro, institución apoyada por la Comunidad de Madrid, el Ayuntamiento de Getafe y la familia Romero Hierro. Este galardón, convocado por la Fundación Aula de las Metáforas, tiene carácter bienal y se concede a una persona, entidad, medio o institución que haya destacado por su labor de apoyo, difusión y celebración de la poesía.

El premio consiste en una escultura original del artista mallorquín Pep Carrió que Julieta Valero, coordinadora general del Centro de Poesía José Hierro, recibirá este sábado 13 de enero a la 13:00 horas en la sede del Aula de las Metáforas, ubicada en Grado (Asturias), de mano de su fundador, el poeta Fernando Beltrán.

Jordi Doce ha mantenido esta charla con Julieta Valero para dar a conocer el origen, proyectos y labor cotidiana de la institución. Al final de la misma, las poetas Olvido García Valdés y Esther Ramón han tenido con El Cuaderno la gentileza de aportar su propia experiencia en el marco de las diversas actividades que desarrolla el programa del Centro de Poesía José Hierro.


Julieta Valero (Madrid, 1971)

La conversación de los márgenes

/ por Jordi Doce /

Pregunta.- Enhorabuena por el premio «Aula de las Metáforas» a la Fundación Centro de Poesía José Hierro. ¿Podrías explicarnos de manera más o menos breve o sintética la historia del centro?

R.- El impulso del proyecto de la Fundación nace originalmente de Margarita Hierro, una de las hijas de José Hierro, y de su marido, Manolo Romero, que además de yerno del poeta fue íntimo amigo suyo, alguien con quien había compartido muchísima aventura intelectual, poética y afectiva en la finca Nayagua, una vida familiar y creativa en común… Era un entorno muy rico en afectos.

De todos modos, José Hierro conoce en vida el proyecto de la Fundación, lo ampara. Le hace tanta ilusión, de hecho, que realiza el logo del centro de la institución y algunos diseños para las futuras colecciones de poesía que se querían editar aquí. Hierro era un hombre muy proteico en sus relaciones y en su manera de vincular gente, pero es Margarita —que fue profesora de literatura y que, junto con Manolo, había estado muy involucrada en el mundo del teatro desde joven con el grupo La Ortiga— la que lleva adelante el proyecto buscando apoyo en las administraciones. Finalmente son la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de Getafe los que deciden ir adelante con el proyecto del Centro de Poesía José Hierro. En un principio comienza como centro municipal de poesía gestionado por el Ayuntamiento con el copatrocinio de la Comunidad, con mucha ilusión y aceptación entre la gente. En 2007 se transforma en la actual Fundación Centro de Poesía José Hierro y se inaugura su sede, construida en terreno cedido por el Ayuntamiento de Getafe; el edificio lo financia la Comunidad de Madrid. Aquí estamos desde entonces, en el sector III de Getafe, un barrio de este municipio. Getafe es una población muy grande del sur de Madrid, donde se aloja la Universidad Carlos III; hay una vida y una actividad culturales muy intensas.

El sector III, en concreto, tiene una configuración especial: aquí al lado tenemos el Conservatorio de Música de la Comunidad de Madrid, un Centro Cívico y una Biblioteca del Ayuntamiento de Getafe, etc. Es una zona muy propicia.

P.- ¿Y qué función tiene el Centro? ¿Cuáles son sus prioridades?

R.- Estatutariamente la Fundación nace con el fin de promover y preservar el patrimonio de José Hierro, tantos sus escritos y su obra gráfica como el patrimonio intangible pero muy poderoso del poeta. Luego hay un aspecto que me parece central y que parte del mismo Hierro, de Margarita, de Manolo Romero, y es su deseo de que no fuera un centro académico alejado de la gente, sino todo lo contrario, que permitiera vivir la lectura y la escritura en condiciones de intercambio, de diálogo. Dicho de otro modo, que fuera un sitio vivo, convivencial, un centro de creación. Y así ha sido.

P.- Tengo la sensación de que el Centro es excepcional en relación con otras fundaciones literarias gracias a esa actividad docente que incluye no sólo talleres, seminarios, lecturas o presentaciones de libros, sino también el deseo de formar parte del tejido social, cultural y educativo de Getafe, de Madrid…

R.- Sí, nuestra actividad tiene dos grandes áreas: la formativa, que es la central y que consiste en los talleres que llevamos a cabo por las tardes. Hay cinco talleres anuales de poesía y uno de narrativa. De estos talleres de poesía tres son semanales, uno es cada quince días y otro mensual pero con las mismas horas lectivas. Además, a lo largo del año celebramos varios seminarios de tres días con invitados especiales que imparten un tema concreto sobre el que hemos detectado demanda o que ellos nos proponen y nos parece que puede cuajar.

Por las mañanas recibimos visitas de colegios e institutos y les ofrecemos un taller de dos horas donde se les enseña el Centro, se les habla de José Hierro y se les hace una breve pero intensa introducción al lenguaje poético. Se trabaja con los chavales desarrollando textos, buscando un estímulo lúdico, y así cada grupo según sus edades y su dinámica tiene una experiencia directa de la poesía que incluye, luego, la oportunidad de leer en el Auditorio del Centro lo que acaban de escribir en el taller, algo que siempre les ilusiona. Los niños conservan una relación con lo poético muy intuitiva, casi pre-lingüística, y por eso retienen la capacidad de metaforizar, de generar analogías, de dislocar el lenguaje, en suma. Son poetas; luego, eso se va perdiendo… Aquí tratamos de que el hilo no se rompa, de reforzarlo. Para nosotros, además, es una manera de asegurarnos de que entre savia nueva. Algunos de esos chavales vuelven luego por el Centro, empiezan a curiosear, se apuntan a un taller…

En los talleres se da una convivencia de generaciones muy transversal, y conscientemente buscada por quienes gestionamos la Fundación: en un mismo grupo puede haber estudiantes universitarios, jubilados, trabajadores adultos y chicos que están saliendo de la adolescencia. Algunas veces me preguntan si no sería mejor segregar grupos por nivel. Y no, hemos comprobado en estos años de trabajo, muy atento, que en nuestro caso la mezcla de niveles de formación propicia la apertura de miras, la empatía entre los alumnos; en definitiva, esa priorización de lo convivencial que es uno de los mejores legados de Hierro. Cada propuesta de taller genera una dinámica propia y, lógicamente, un espacio de referencias textuales y de recursos de modo que se da una adecuación natural de la persona al grupo; si no está cómoda, se cambia a otro taller donde sus intereses encuentren más alimento. Y tenemos el convencimiento de que a la larga, este planteamiento ayuda a que la formación sea más sólida, diversa y fértil.

 P.- De todos modos, entiendo que los talleres se van repitiendo o prolongando a lo largo de los años, es decir, que hay un grupo bastante fijo de profesores que se va renovando pero que se mantiene sustancialmente estable…

R.- Tienes que pensar que nuestra labor es a medio y a largo plazo… En los talleres hay alumnos que se vuelven históricos, por así decirlo. Con los años se genera una relación afectiva potente con el personal del centro, con los docentes, entre los propios alumnos… Es una relación de convivencia muy intensa. Así que cuando entra un alumno nuevo muchas veces se lo presentas a uno «histórico», que a lo mejor lleva siete u ocho años viniendo a talleres.

Pienso, además, que la naturaleza de los talleres de escritura (aunque también los de lectura, claro) implica un grado muy alto de exposición personal. Tiene que haber un pacto de confianza entre los alumnos, una actitud de apertura a los demás. No es como apuntarse a un taller de cocina. Intentamos que todo esto se haga de modo orgánico y siempre con respeto. Al mismo tiempo, nos aseguramos de que la gente pase de un taller a otro, que no se quede enganchada a una dinámica quizá terapéutica pero en última instancia limitadora, y que sea capaz de trascenderla, que se enriquezca y conozca otras cosas. Así que la mayoría de la gente busca renovar y al año siguiente cambia de taller. Hay además una dimensión administrativa insoslayable, claro: si un taller no tiene el mínimo de alumnos para ser viable, no se abre (cosa que ha ocurrido poquísimas veces), los profesores renuevan contenidos permanentemente y de forma también sustancial van cambiando tras cumplir su ciclo en este lugar. Nos enorgullece que su vínculo con el centro de poesía permanece, que nos quieren y recuerdan y referencian con mucha frecuencia. Y que vienen a vernos o participan de muestra actividad puntualmente: hay algo que se genera aquí muy perdurable.

El escritor Eloy Tizón (en medio, de perfil) durante una de las actividades programadas en la Fundación José Hierro

P.- ¿Cuántas personas trabajáis en la Fundación?

R.- El personal del centro lo componen muy pocas personas, todas mujeres, por cierto (y eso es algo que me gustaría destacar). La directora original, Margarita Hierro, falleció prematuramente al poco tiempo de inaugurarse el centro, y el relevo lo tomó su hija, María Ángeles Romero, «Tacha» Romero, que está en excedencia desde hace año y medio. Llevo trabajando como coordinadora del centro desde el verano de 2008 (antes lo había sido el poeta Gonzalo Escarpa). Ahora también desempeño labores institucionales de dirección, pero siempre desde mi cargo de coordinadora general. Luego está Mayka García, que es la administrativa y un poco el disco duro emocional de la Fundación, la persona que ha estado siempre ahí desde el principio, y en recepción tenemos a Rosana González Frutos. Desde hace año y medio contamos con María García Periñán como gestora cultural. La sintonía entre el personal es muy importante, porque este es un tipo de institución en el que la vinculación con la gente, la dimensión afectiva, es fundamental…

P.- Ya hemos repasado algunas de las patas sobre las que se sostiene la Fundación: primero, el cuidado y la difusión del legado de José Hierro; segundo, la dimensión social y educativa. Y falta una tercera, también muy importante, que son las lecturas poéticas y las presentaciones de libros. Da la impresión de que el Centro se ha convertido en un lugar muy favorecido por los poetas que presentan sus libros en Madrid. Y es que el público que asiste a las lecturas es un público informado, que muchas veces ha trabajado los libros con antelación. Se percibe una atención especial a la poesía viva, un respeto por lo que se está haciendo y publicando ahora mismo.

R.- Sí, la programación es otra área fundamental de trabajo, aunque está muy vinculada a la formación. Eso, conectar formación y programación, es algo que con los años nos parece más importante.

Tenemos actividad todas las semanas. La mayor parte tiene que ver directamente con la poesía, aunque también se organizan actos de poesía relacionados con otras actividades artísticas. También hay fiestas poéticas que se repiten de forma regular a lo largo del año. Hay, por ejemplo, un Festival de Poesía que este año se celebrará por tercera vez, «De poesía por Getafe»: una apuesta reciente pero llena de fuerza del Ayuntamiento de Getafe, que tiene ya experiencia en este tipo de festivales con Getafe Negro, el Festival de Novela Policiaca que se ha convertido en un referente internacional. También tenemos un Festival de Poesía Joven en septiembre que se llama «Poeticón», para dar cauce al trabajo y los intereses de poetas jóvenes de dieciocho, veinte o veintiún años. Ellos mismos vinieron a proponérnoslo y nos pareció muy bien.

Aparte de estas ocasiones especiales, nuestra programación permanente es semanal, casi siempre en jueves o en miércoles, y está vinculada a los talleres, porque el público objetivo son los alumnos y usuarios habituales del centro. Hay gente ajena a este espacio que viene a escuchar, bastante, pero nosotros pensamos sobre todo en los alumnos y personas vinculadas, que siguen la programación. Hay una combinación de materiales: presentaciones de libros de poesía, lecturas retrospectivas o no vinculadas a una novedad editorial de poetas consagrados o más jóvenes, y luego tenemos un ciclo muy querido por nosotros que es el ciclo «Encuentros». En ese ciclo, lo comento porque lo has mencionado y es interesante, la idea es que el autor tenga un diálogo directo, más cercano, con los alumnos. Si hay un autor que le apetece a un profesor, o que está dentro de sus intereses, se le invita para que pueda presentar su libro, hablar de él y de paso vender ejemplares, porque también queremos apoyar a las editoriales… En este caso, los alumnos reciben previamente un archivo con una selección de la obra del autor (no todo el mundo puede comprar siempre el libro) para comentarla y trabajarla en clase. El encuentro con el autor siempre es en abierto y tiene lugar con los dos talleres de la tarde; es un diálogo con los profesores y los alumnos que precede a la presentación oficial del libro en el Auditorio.

De hecho, hace poco vino Esther Zarraluki expresamente desde Barcelona para presentar su último libro, Cerca, publicado por Trea. Se lo presentó Teresa Shaw, pero antes tuvo lugar su «encuentro» con los alumnos… y una vez más se produjo un tipo de intercambio muy enriquecedor para las dos partes. Primero porque saberte leído y sentir que las preguntas van al corazón de ciertas cosas o a las zonas más conflictivas es muy interesante ¿no? Ves al escritor pensar en alto y en tiempo presente con los alumnos… Además, es muy apetecible promocionar el libro con gente que tiene verdaderas ganas de oírlo, que lo ha leído o lo va a leer.

P.- Me parece interesante señalar, en este sentido, que una parte importante de los autores que pasan por la Fundación son personas que en su creación están poniendo en cuestión muchas ideas recibidas, muchos prejuicios sobre la escritura, están poniendo en crisis el lenguaje, las ideas… ¿Cómo se concilia eso con una labor formación que suele operar en un plano más básico, de poner cimientos?

R.- A la hora de seleccionar quién viene a la Fundación hay dos principios para nosotros fundamentales: calidad y pluralidad. Y en este sentido las personas que trabajamos ahí y que hacemos la selección debemos confiar en nuestro criterio y nuestra formación. Y aunque también hay un elemento de subjetividad inevitable, sinceramente sí creo que el arco estético a lo largo de estos años ha sido variado.

No obstante, tienes razón en que habría una tercera condición dentro de que ese arco estético sea variado, y es que la relación con el lenguaje sea de compromiso, que se entienda la poesía como un hecho de lenguaje y no como un ejercicio cortesano… Eso para las personas que trabajamos aquí es un principio no cuestionable, es decir, ha venido gente que escribe desde sitios muy diversos, con temperaturas de lenguaje y con nociones de lo político muy distintas, pero en todos hay un compromiso de vida con la poesía. No me refiero a una militancia sectaria, me refiero a que no la conciben como un complemento social ni personal, como un adorno cultural, sino como una actividad profundamente vinculada con su forma de estar en el mundo…

Hay una palabra que se va repitiendo y que nos hace reír… Antes mencioné a Esther Zarraluki, pero pasó lo mismo cuando vino Blanca Andreu a inaugurar este curso o la misma Ana Blandiana que nos visitó el curso pasado. Es una palabra que a las trabajadoras del centro nos hace reír porque nueve de cada diez poetas que vienen cuando ven el centro, ya desde fuera, cuando ven físicamente el edificio, cuando conocen la esencia del centro y perciben la convivencia con la gente, cuando se enteran de que dos administraciones públicas llevan sosteniendo este proyecto quince años y además en circunstancias… porque hemos vivido unos años muy difíciles de crisis… pues lo primero que dicen es: «Esto es un milagro». La palabra es «milagro». Y sí, el milagro ha sido eso: sobrevivir.

Y es verdad que, tal como son las prioridades administrativas y el lugar tan lateral en el que la crisis ha dejado a la cultura en este país, que esto sea público, que esta Fundación se sostenga con dinero público y siga existiendo, es un milagro, sí, pero explicable: el resultado del compromiso de las administraciones y a la vez del equipo y de la gente que siempre ha apoyado esta casa.

En 2017 hemos relanzado con ayuda extra del Ayuntamiento de Getafe el Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro, que tiene su raíz en el premio homónimo que celebramos seis convocatorias, y que luego hubo que suspender. El libro publicado lo editará Pre-Textos, algo que es muy importante para nosotros en términos de proyección pública, tanto en España como en Latinoamérica; una editorial vocacional y muy prestigiosa, que acaba de celebrar sus cuarenta años de actividad. El libro ganador se publicará en abril y se presentará en el III Festival de Poesía por Getafe.

P.- No hemos hablando aún de la revista Nayagua, que de nuevo se distingue de otras revistas institucionales en que se interesa de manera explícita por las novedades, el aquí y el ahora de la poesía. El resultado es excepcional: dos números anuales de entre trescientas y cuatrocientas páginas, con reseñas, traducciones, artículos, textos ensayísticos… La verdad es que si uno quisiera hacer un análisis de lo que se ha publicado en España en poesía a lo largo de los años —tanto española y latinoamericana como extranjera—, bastaría con consultar los índices de Nayagua.

R.- Esa revista, y me refiero a la etapa en la que estamos, no se podría hacer sin el compromiso tanto del consejo editor (Marta Agudo, Carmen Camacho y Eva Chinchilla, además de Tacha Romero y yo misma) como de los colaboradores, que hacen todos un trabajo extraordinario casi por amor al arte, porque ha habido una precarización de medios enorme para todo el sector cultural. Si la revista se sigue haciendo es porque la gente tiene un sentido del compromiso enorme. Es la parte buena de trabajar en algo tan lateral. Naturalmente lateral, por la propia naturaleza del lenguaje poético, y socialmente lateral: quien está en la poesía es porque le interesa y la vive como una vocación.

Por otro lado, Nayagua se concibe como una revista muy plural, porque las personas que trabajan en ella tienen criterios y enfoques muy distintos que, sin embargo, se armonizan. Cubren incluso zonas geográficas distintas. Carmen Camacho, por ejemplo, es una actante cultural muy importante en el sur que nos acerca un montón de gente y de actividad que de otro modo se nos escaparía. Hacemos la revista con muchísima ilusión pero con pocos recursos, así que garantizar el compromiso crítico no es fácil… Es algo que a la gente que colabora con nosotros le pedimos frontalmente, y es que la crítica haga crítica… y que no se quede en acariciarse el lomo unos a otros…

P.- Vamos cerrando. ¿Qué tenéis previsto para el futuro inmediato, y, sobre todo, qué retos o cuentas pendientes habéis identificado más allá de asegurar la supervivencia de la Fundación?

R.- Hay varias cosas. En 2018 se cumplen quince años de actividad del centro de poesía. De toda esta actividad hay constancia audiovisual: nuestro Archivo Histórico, que honestamente creo atesora la mejor poesía contemporánea en castellano publicada y recitada. Y nos parece fundamental ponerlo a disposición pública. Por aquí han pasado los y las grandes poetas en activo de nuestra cultura. Llevamos dos años trabajando en la digitalización de los archivos más antiguos, así como en la edición y producción de los vividos ya en la era digital, para terminar y mantener al día —ya que crece cada semana— ese fondo que debe ser patrimonio de todos. En los actos de celebración de los quince años en activo que realizaremos en abril presentaremos este archivo y quedará disponible en nuestra web.

Además se cumplen los veinte años de la publicación de Cuaderno de Nueva York, que fue el último libro de José Hierro. Fue un libro que tuvo una enorme trascendencia en su momento, como sabes, y lo vamos a reeditar en formato ilustrado en la editorial Nórdica.

Esto forma parte del objetivo permanente de potenciar y revivificar la figura de Hierro a partir de las efemérides. En 2022 se cumple el centenario de su nacimiento. Será la ocasión idónea, tanto en el plano nacional como en el internacional, para seguir promoviendo su obra. Lo mismo hicimos en 2012, cuando se cumplió el décimo aniversario de la muerte y el nonagésimo de su nacimiento, en un momento dificilísimo porque estábamos en plena crisis, y que creo nos consolidó como institución.

Más allá de estas celebraciones, lo que queremos es potenciar el perfil de la Fundación con la idea de que está muy bien descentralizar la cultura, de que es estupendo que en un pueblo del sur de Madrid haya un proyecto de estas características. Y cuidar esa convivencia diaria, esa conversación de la que hablábamos antes, porque ahí está el alma del centro, absolutamente accesible desde las redes y a través de sus fondos… y hasta en directo: llevamos varias retransmisiones en streaming de los actos con mucho éxito.

A mi juicio, la asignatura pendiente es ayudar a que Hierro esté presente en la Universidad, a que su obra y su figura esté viva y muy presente a nivel académico. Esto trasciende un poco nuestra capacidad actual, pero es preciso reforzar su obra a través de investigaciones y tesis doctorales y una actividad más estrictamente filológica. Me gustaría poder trabajar en esa dirección en el futuro.


 

Olvido García Valdés

La torre De Chirico en Getafe

/ por Olvido García Valdés /

Yo soy una recién llegada. Bueno, no tanto. Recuerdo una lectura compartida con el poeta Mariano Peyrou en la antigua sede de la Fundación que, bajo la mirada de un José Hierro ya ausente, recién comenzaba su andadura; entonces conocí a Manolo Romero. Pero no fue hasta muchos años después, en 2011 o 2012, y ya de la mano de Tacha y Julieta, cuando comencé a impartir allí –instalada la Fundación en su emplazamiento actual de la calle José Hierro– seminarios y talleres de lectura de poesía contemporánea.

El lugar mismo merece la pena. En mi cabeza lo llamo la Torre De Chirico. No es exactamente, pero casi. El enigma de la llegada y el atardecer, de lo que ocurra dentro del cilindro de ladrillo rojo, ladrillo pobre casi mudéjar, pero ahí, hoy. Bastante prodigioso todo. Porque ahí, hoy, se hace todo, casi, de la nada.

Julieta Valero, Rosana González, María García Periñán, Mayka García (y Tacha Romero, que desde hace un par de cursos nos sigue atenta desde las campiñas inglesas). Solo cuatro personas para sostener y organizar una actividad imparable, que gira en torno al fenómeno poético, y que comprende lecturas, talleres, cursos, seminarios, presentación de libros, participación en festivales, difusión en el ámbito escolar, con nutridas visitas de estudiantes de institutos y colegios que se acercan –y suele ser el poeta Nacho Miranda quien los recibe–, preguntándose qué será eso de dedicar la vida a escribir poemas.

Y estamos las profesoras y profesores habituales, más todos los visitantes. Pero el verdadero capital del CPJH son sus alumnos y alumnas, que llenan la matrícula de talleres y seminarios de escritura y de lectura. Eso solo se puede conocer dentro del aula y lo que ocurre allí es impagable. Grupos heterogéneos (por edad, procedencia, dedicación, intereses…) confluyen en un sentir y una inquietud; leen, piensan, escriben, hablan, comentan, discuten. En una época en que es frecuente oír que no se lee poesía, se descubre que muchos creen que el poema es un lugar donde ir a buscar… Buscar más las preguntas que las respuestas seguramente. Son las que importan. «¿Qué ves?, ¿qué piensas?, ¿qué haces?». Las tres preguntas que Joseph Jacotot, el maestro ignorante, formulaba poco después de la Revolución Francesa, siguen activas hoy y sirven para aproximarnos a un texto, a un poema, quiero decir, a nosotros mismos. Un raro lujo. Algunos de los participantes dicen que la cosa, la casa produce adicción.


 

Esther Ramón

Los jueves, milagro

/ por Esther Ramón /

La primera vez que me invitaron a leer en la Fundación Centro de Poesía José Hierro no lo podía creer. La poesía queda tan fuera y debería estar tan dentro que encontrar de repente su nido, su lugar, era una especie de milagro. Fue como llegar al lugar al que en realidad pertenecemos, y ser reconocidos y acogidos así, como desde antes, como para siempre. Deseé intensamente formar parte de aquello, como fuese y cuando fuese, y el deseo se cumplió pocos años más tarde: en 2012 quedó vacante una plaza para impartir un taller, me solicitaron un proyecto y fue seleccionado. Desde entonces he escuchado muchas veces esa misma palabra que expresé la primera vez: «milagro» y he visto en los poetas que se encontraban allí por primera vez la misma cara de sorpresa, de deslumbramiento, de verdadera llegada que yo debí poner en aquella visita de descubrimiento.

Trabajar durante estos cinco años, ya casi seis, como profesora de la Fundación ha sido sin duda una de las mejores cosas que me han pasado en la vida, tanto a nivel personal como profesional, aunque resulta innecesario separar allí los ámbitos, porque se entrecruzan constantemente. Tantos momentos, clases, recitales de fin de curso, encuentros con poetas, risas, conversaciones, tantos poemas leídos y releídos, tanta buena gente junta, unida por la misma pasión: poesía vivida y compartida, poesía-árbol, poesía-pájaro, poesía pulso vivo. Rosana, Julieta, Tacha, Mayka y ahora también María mantienen vivo cada día ese milagro que bombea savia, que nos reverdece las arterias, sosteniendo este barco que navega en aguas verdaderas, haciéndonos creer, cada día, que los milagros existen y están aquí, tan cerca.


Fundación Centro de Poesía José Hierro (Getafe)
La torre roja (1913), Giorgo de Chirico

 

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