Danza

Filosofía en Danza (I)

Como experiencia humana, la danza es el lugar donde uno se reconoce poseído por y de sí mismo, es el estado-lugar donde el artista puede verse por dentro, pero también por fuera, y todo ello a la vez; y esa sensación al completo la proporciona el hecho de bailar.

La filosofía del cuerpo en el cuerpo de la filosofía

Senso móvil: alargar un concepto, pensar un tacto

/ por Yolanda Vázquez/

La universidad española acogió en 2017 el l Congreso Internacional de Filosofía de la Danza, el primero que se organiza en territorio nacional. La Universidad Complutense de Madrid, a través de las facultades de Filosofía y Letras y de Bellas Artes, fue escenario para el desenvolvimiento de giros y saberes, y en él se hizo evidente la necesidad de llevar los estudios e investigaciones sobre danza a un entorno, el académico, en el que tradicionalmente, en nuestro país, o no han estado presentes o lo han hecho tangencialmente. La idea fue de tres mujeres en busca de una verdadera intelectualidad hispánica para la danza. Y en busca, también, de un lecho donde generar pensamiento nuevo y abrir huecos para el arte del movimiento, sus génesis, significantes y significados, y marcar un camino de estudio que promueva perspectiva académico-artística. Acometer la dialéctica actual de la danza pensada y no pensada, pero, sobre todo, la dialéctica concebida para ser expresada a través de lecturas móviles sin rango de procedencia, físico o tecnológico, fue parte de la base argumental de esta primera cita. Fenómeno y movimiento, butosofía, grados de racionalidad, dualidad física (hombre_realidad, danza_espejo), teoría, historia y razón filosófica de la danza… Estos fueron algunos de los parámetros de estudio que actuaron de nexo aglutinador de un encuentro tan necesario como innovador. Un encuentro que se da en un momento de nacimiento y expansión de la investigación académica respecto a la danza, y que sirve para traer al frente la necesidad de pensar y escribir sobre danza en España; precisamente en España, un país que baila desde siempre, desde que sus primeros pobladores, los íberos, construyeron sus sueños a orillas del Mediterráneo. La cita internacional que se celebró durante cuatro días de este pasado junio estuvo organizada por tres mujeres filósofas e investigadoras, una de ellas asturiana, y sirvió para hacer de puente entre personas, puntos de vista y necesidades, un aspecto no poco importante; se antojó uno de los que más. Explicar las claves principales de esta iniciativa, que tiene voluntad de continuidad, y dar alguna idea sobre cómo dice y piensa nuestro cuerpo con el objetivo de interpretar hoy la realidad como expresión de lo mutable, es la prioridad de este doble artículo.


Casi todo lo que ocurre durante la danza, y que se ve fuera, ocurre primero dentro del cuerpo (justo) instantes antes. Es una idea de la forma que se hace exa_forma; lo que estuvo fuera de la forma no bailada, primero, y luego se convirtió en baile formal o formado después: una serie de pasos, una secuencia coreografiada, el discurso visible que al punto se hace invisible. Si esto se traslada a algo más entero y menos intuitivo, podríamos decir que bailar es la única manera de trasladarnos hacia delante y hacia atrás creando un lenguaje, con signos o sin ellos, que nos permite sustraer y percibir inmanencia y trascendencia al mismo tiempo. Podríamos asemejarlo a una cota cero, el punto del plano arquitectónico desde el cual se puede hacer cualquier cosa, en cualquier dirección y en cualquier dimensión, y para cualquier estado sólido o líquido. Y todo ello creando perspectivismo, cultura (arte) y memoria. Bailar es lo que propone cierta estructura desestructurándolo todo, mientras se apunta racionalidad de modo grave y ligero. Bailar significa todo eso.

De la misma manera que no se puede existir sin haberse movido, es imposible pensar sin moverse. El argumento es sencillo: salimos de dentro (útero-líquido) afuera (aire-sólido), con lo que nacer ya es en sí un movimiento, y además alterno para avanzar: respiración, pujo-empuje (feto-madre). Y lo repetimos tantas veces como sea necesario, con una cadencia: a tempo en un tempo en el tiempo. Trasladado a una fórmula musical, diríamos: compás + clave + periodo; es decir, nacemos a ritmo; o lo que es lo mismo: somos del movimiento. Es una parte de lo que se conoce como butoh o pensamiento natalicio. El feto en el canal del parto tiene una sensación de gran velocidad dentro de una potente sensación de marasmo. Por eso pensar es una ejecutoria, y además biológica: no podemos ser sin actuar; en definitiva, sin hacer: el ser siendo es pensamiento.

Así que hay un orden y un concierto; la vida dispone de una forma concreta de dar vida, aunque ahora existan clínicas que marcan importantes cambios en este proceso natural. Pero en la danza de hoy, y en algunas otras de antes, no hay orden, hay desorden; mejor dicho, aparente desorden, que a veces muta en orden y otras veces no. Con todo ello, el I Congreso Internacional de Filosofía de la Danza mostró que el decir de la filosofía como ciencia social y de pensamiento precisa del arte del movimiento para aferrar el devenir de nuestro cuerpo como actor pensante y como interlocutor válido para canalizar la función social de una lingüística propia, híbrida o no, que tiende a infinito, puesto que lo que se dice como lo razonable es pensamiento en movimiento. Y eso ocurre siempre y además tiene carácter literario. Y su entendimiento es universal, no necesita traducción.

Filosofar con el cuerpo

Acotemos un poco el terreno y echemos mano de la filosofía; por ejemplo, de la de Foucault, Rancière o Nietzsche, muy presentes en esta primera cita nacional de la filosofía con la danza. Su legado, indiscutible para comprender el arte del movimiento como elemento pensante y de poder, ha contribuido como factor argumental de primer orden para entender al hombre como individuo social primero, y como hombre danzante después. Todos ellos, en su tiempo, nos explicaron quién es el que danza y por qué lo hace. Pero también, sobre todo ahora, miremos a quienes no estando tan arriba se llegaron a Madrid para hablar de por qué es necesario que la filosofía siga teniendo en cuenta todo lo del cuerpo con plenitud de senso móvil. Ese fue el caso de la experta y bailarina francesa Marie Bardet, una gran docente pero, sobre todo, una extraordinaria pensadora, autora del esclarecedor y paradigmático libro Pensar con mover. Un encuentro entre danza y filosofía, publicado por Cactus Ediciones en 2012.

Para Bardet, la conjunción en plenitud de pensamiento y movimiento es la base primera sobre la cual se organiza un entramado filosófico-corporal que abunda mucho en la parte racional y emocional del pensamiento bailado. “Hay que tocar mirando y mirar tocando; es la única manera en que nos dejamos desplazar por una danza, porque tocar es una parte de pensar y es algo supremo, solo que lo olvidamos”, dijo Bardet en la conferencia de clausura de la cita congresual.

Si seguimos este hilo argumental se puede bosquejar, incluso prescribir, el modo en que la sabiduría del cuerpo puede, al otro lado del espejo (mi otro mí), integrarse plenamente en el cuerpo de la filosofía (formular pensamiento). El que baila y es consciente de que está en ética podría ser un individuo que, cuando se mueve, alarga un concepto y piensa un tacto con la idea de promover un bien en el otro (persona) o en lo otro (sociedad). Esto supone ser consciente de la dimensión deontológica, inmanente y trascendente a la vez, que la danza puede llegar a tener; pero, ante todo, es mostrar: es la carne que, mientras dibuja, dice, explicita principios de comportamiento humanístico sin figuración. Y eso es poder y también lenguaje. Improvisar un contacto y tocar un hecho.

Bailar buscando ética

Por tanto, lo que buscan algunos investigadores y algunos bailarines y coreógrafos es ética y, por extensión, pensamiento; y se busca, entre otras razones, porque el cuerpo ad movere no dispensa ángulos, es decir, es plenitud total en todas las dimensiones, igual si se ve como hecho tecnológico (bot) que como atecnológico (ser humano). Es más que 360 grados, más que cuatro puntos cardinales, más que traslación y rotación. Es la herramienta perfecta para la consecución de esa ética. Por decirlo de forma física: es como si hablásemos de vectores de luz multidireccionales, fríos y calientes. (Se hace difícil explicarlo de otro modo.) Y esto, claro, podría considerarse axioma a la vez que fe, cientificismo a la vez que espiritualidad. Pero superponer un concepto a otro significaría no hacer honor a la verdad testifical emanada de la excepcional cita filosófico-artística: pensar el hombre desde la danza es hacer sociedad, interpretar la realidad y construir el futuro con una lingüística tan específica como inabarcable. Y si ya se hizo en el origen de nuestro origen, debemos seguir haciéndolo ahora. Es una parte de lo mucho que propone el inicio de la película 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968). Solo una parte: del hueso al espacio. Escenario.

Esta disposición natural, la del pensante que baila (o viceversa), sitúa al danzante en un plano de privilegio para utilizar la danza como lenguaje lúdico que explique una parte de lo que reside dentro de la voluntad de poder en la sociedad contemporánea. Si pensar es un territorio compartido por la danza, entonces debemos otorgarle rango de transcendencia entre la idea pensada (esquema mental) y la imagen corporal proyectada (el baile propiamente dicho). Y esa trascendencia es la que debe emplearse para enviar un mensaje artístico interpretador: formular preguntas, intentar dar respuestas, elaborar reflexiones y, por supuesto, hacer crítica. Si a ese mensaje le unimos cierta prospección, cierta capacidad para prescribir futuro desde el presente, entonces habremos hallado la manera de lanzar el hecho bailado hacia adelante, habremos recolectado su vigencia desde la ética.

Se hace necesario decir que una declaración artística (la que sea) debería poder convertirse en una declaración del momento presente, no ser solo mera exhibición. Desde este ángulo, el hecho artístico, entendido además como fenómeno conceptual, debería incitar a pensar, no ayudar a distraer, no proporcionar solo placer y estética, sino algo más: debe incomodar, que nos haga decirnos: ay, uy, no, a ver… por qué otra vez no hay una vez antes de esta vez. Si esto último es así, se puede pensar que igual estamos ante verdadera creación ante un hecho que, respetando, avanza sin quitar nada; al contrario, añade. Y la filosofía y la danza, al lado del resto de las artes, pueden ayudar a entenderlo.

Experiencia de sentido, sentido de la experiencia

Pero, volviendo a la danza y a la casi (imperiosa) necesidad de delimitar su función artística actual, y echando mano de los símiles de la navegación, diremos que el artista que baila se encuentra ahora ubicado ante un cuadrante de coordenadas con el reto de elaborar una cartografía de espacios físicos y emocionales que no se conocen y que, de momento, dicha cartografía, de elaborarse, sería simbólica por perecedera y consumible, y porque nadie la transcribe; aunque eso no significa que sea desestimable.

Estamos en tiempo de guerra, incertidumbre e interrogación constantes, mientras, presos de la velocidad, vivimos manteniendo atención parcial (la atención plena es ya lujo total); un tiempo donde estar presente es no estar presente en un siempre virtual que merma considerablemente nuestros modos íntimos y nuestro espacio para la reflexión personal. Por eso el artista no debe caer en el mecanismo exhibicionista de esa parte (una parte) del uso que ostentan las plataformas digitales como intercambiadores de relación humana; solo de esa forma podrá explicar creativamente qué pasa y por qué. Y el artista-danzante, por su condición dual, podría ayudar a entenderlo desde la perspectiva bailada, esa que ostenta experiencia de sentido (dolor y dicha / elegiaco y dionisiaco) y sentidos, llenando a la persona de sentido de la experiencia con un algo entero: el danzante posee el fluido de la transferencia y eso es tanto analógico como digital.

Como experiencia humana, la danza es el lugar donde uno se reconoce poseído por y de sí mismo, es el estado_lugar donde el artista puede verse por dentro, pero también por fuera, y todo ello a la vez; y esa sensación al completo la proporciona el hecho de bailar. Por eso, entre otras cosas, la filosofía de la danza sirve para la multiplicación de lógicas, de razonamientos, puesto que nunca estamos en el mismo sitio, ni, puede, que al mismo tiempo. Esto lo argüía Gilles Deleuze (París, 1925–1995), un pensador de vertebración ideológica indispensable, al menos eso pensaba de él Foucautl (Poitiers, 1926 – París, 1984), por ejemplo, el crítico histórico por excelencia de la modernidad, un indispensable para alguien como Antonio Negri.

La noción artística de la danza como tensión cultural ha sido avanzada y objetivada por pensadores como el francés François Jullien (Embrún, 1951), quien aún se atreve a argumentar que no todo se encuentra en la red. Internet (al menos el que conocemos hasta ahora) no puede devolver al danzante, de forma silenciosa, individual, y no provisional, lo que le ha devuelto el espejo durante siglos: una configuración no figurada y simultánea de sí mismo, porque si él desaparece, la configuración también. O siendo más filosóficos a la vez que enormemente sencillos: devolver sinceras y automáticas las preguntas: ¿quién soy? ¿cuál es el sentido de la vida? Pero Internet sí puede dar otras cosas, otras funcionalidades como la de seguir proporcionando sensaciones reales a través de cuerpos artísticos reales, como pasa con la música, y hacer que eso vehicule con objetivos concretos para causas concretas: la realidad inmaterial de la materia. Lo ya mencionado antes.

Las pruebas contemporáneas

Y en este arranque podría tener mucho qué decir la danza contemporánea y la danza performativa que se hace ahora. La creación dancística de hoy pasa por intuir discursos, formas y evoluciones que tienen que ver más con otro tipo de hombre, otro ser humano, uno que siendo ya más fragmentario, bogue más perfecto; y más perfecto también en su productivismo y en su rentabilidad, una especie de homo sapiens tecnologicus todavía emocional que no se canse tan pronto. Y para hacernos alguna idea, veamos algunos ejemplos.

  • ‘OCD Love’ de Sharon Eyal y Gai Behar. L-E-V Dance Company. Repeticiones y progresiones geométricas. El traslado al hombre sin hombre. La equiparación física y mental de los sexos. La modernísima apuesta de Sharon Eyal y Gai Behar. En vivo son únicos.

 

  • ‘Woke up Blind’ de Marco Goecke. Nederlands Dans Theater (NDT). Vídeo: Repeticiones y progresiones aritméticas. La equiparación física y mental de los sexos.

 

  • ‘The Hole’ de Ohad Naharin. Batsheva Dance Company

El agujero para la catarsis, el alineamiento de la contemporaneidad. El miedo del ser temblante para el resto de la individualidad. La definición del momento presente. Una coreografía única; en vivo es deslumbrante.


 

  • ‘Null’. Vertigo Dance Company.

Los nuevos románticos vienen de la mano de la defensa de la naturaleza. Bailar con alto valor emocional y estético. Amor y defensa. Ser y Estar.


 

  • ‘Reshimo’. Vertigo Dance Company

La Tierra está tensa. ¿Por qué está tensa la Tierra? Semilla y pan ácimo. Razón (agricultura), tributo y ecología.


 

  • ‘Garbo Laughs’ de Marco Goecke. Nederlans Dans Theater.

Buscando códigos, otra inteligencia. Otra vuelta de tuerca al estado de irritación humana.


 

Cerrando esta muestra, podemos proponer el tipo de experiencia que desarrolla desde hace algunos años en España el israelí Sharon Fridman con su Rizoma (2013), por ejemplo, una probatura al natural con más de 70 personas en la calle. Un ensayo de palabras_danza a tiempo real en un espacio real. Y, sobremanera, el importante rumbo a tomar por las grandes producciones de ballet en caja escénica, en las que sin ninguna duda destaca la renovación-recuperación de Alexander Ekman (Suiza, 1984) de entre lo mejor del presente. Para muestra, un resumen de sus trabajos con ingredientes, todo hay que decirlo, muy a lo Pina Bausch. Elocuente y divergente, ambas cosas por igual. El toque de queda:


 

Alargar un concepto, pensar un tacto: la filosofía de la danza es plástica

Así que volviendo al principio, forma, antiforma, exaforma o sin forma son algunas de las condiciones físicas que permiten al cuerpo humano actual desligarse de presupuestos y arquetipos emanados directamente de los cincos sentidos y convertir lo cárnico en otra cosa. No es cuestión de figuración, sino de apercibimiento de lo transhumanista, del nacimiento de un lenguaje móvil nuevo y autónomo en el que el cuerpo (cuerpo + mente) interpone un mensaje: el que sea en cada caso, que puede ser ayudado o no por la tecnología; eso, a elección. De lo que se deriva que la esfera ética del arte, eso que nos ayuda a tomar perspectiva como personas y que individualmente nos valida, debe emanar imantando lo bueno de lo que funciona, engrasándolo continuamente, y debe fluir desde lo creado, desde lo real, no desde lo supuesto, tanto si cae como si no cae el pensamiento clásico del principio de contradicción. Eso debe dar completamente igual. Ese ciclo está ya periclitado.

Porque ahora el bailarín y el coreógrafo pueden ensayar el nuevo tipo de hombre que se alumbra, ese que nos avanza la neurociencia, la nanotecnología y la medicina especializada en biomecánica y robótica articular; un hombre de cuerpo y mente más plástico y dúctil en todos sus aconteceres y multitareas, las humanísticas y las científicas. Entonces se podrá hacer de todo ello tiempo de optimismo, cogiendo por entero las riendas de lo artístico y no estando solo a expensas del ritmo de la promoción, el yoísmo y el mercadeo. Porque si la danza otorga una especial y nueva sensibilidad al cuerpo del danzante, y proporciona más fisicidad y unos excedentes de conocimiento por encima de los de otros individuos y de todos los animales, y siendo todo eso importante: ¿no puede parecer hoy que al tiempo que a la danza le faltan espacios de reflexión e intelectualidad, a la filosofía le faltan espacios de movimiento y persuasión para ganar confianza y futuro?

¿Usted qué cree?

 

 

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