Crítica

La política y los políticos

Se publica la recopilación de artículos del rector Leopoldo Alas Argüelles, hijo de Clarín, algunos de una vigencia sorprendente, como el que reproducimos hoy en El Cuaderno.

Ediciones Trea y la Universidad de Oviedo publican la recopilación de artículos del rector Leopoldo Alas Argüelles, hijo de Clarín, fusilado en el Oviedo de 1937. Algunos de ellos mantienen una vigencia asombrosa


El volumen Obra periodística de Leopoldo Alas Argüelles (1883-1937), de casi seiscientas páginas, recoge 150 artículos periodísticos de Leopoldo Alas Argüelles, hijo de Clarín, catedrático de derecho civil y rector de la Universidad de Oviedo que fue fusilado por el bando fascista de la guerra civil española en 1937. Compilados y contextualizados por Joaquín Ocampo Suárez-Valdés, Sergio Sánchez Collantes y Francisco Galera Carrillo, en ellos —publicados en medios como El Sol, La Aurora, España o La Opinión, entre otras publicaciones de la época— se da una buena medida de la época convulsa en que vivió el malogrado profesor: los hay sobre economía, el combate entre religión y laicismo, republicanismo, cultura, educación, cuestión social o política internacional (el rector fue corresponsal de El Sol en Alemania hasta la Primera Guerra Mundial), entre otros temas; y algunos de ellos, además de estar magníficamente bien escritos, pues Alas era digno hijo de su padre y había heredado su pluma ágil y mordaz, mantienen una vigencia asombrosa para los casi cien años transcurridos. En El Cuaderno hemos seleccionado uno de ellos.

Acto homenaje en el 80º aniversario de la muerte de Leopoldo Alas (20 de febrero de 2017) en el lugar en que fue fusilado, la antigua cárcel de la ciudad de Oviedo.

La política y los políticos

/ por Leopoldo Alas Argüelles /

[Publicado en España, núm. 395, 10 de noviembre de 1923]

Somos los españoles aficionados a vivir de frases hechas, a sustituir el esfuerzo mental con tópicos y recetas que admitimos como buenos en cuanto nos libran del trabajo de pensar por cuenta propia. Es ello grave mal e indicio a la vez de graves males, pues si, por una parte, nada bueno puede salir de guiarse a tontas y a locas por frases hechas que se caen de viejas, no anima mucho a creer que tal defecto pueda remediarse el hecho de que seguimos aferrados al sistema, y tópico y frase hecha que aceptamos los convertimos en una especie de Evangelio, lo que prueba que no gustamos de discurrir gastando el fósforo de nuestro cerebro, acaso por una vaga sospecha de que se nos acabaría tan pronto como empezáramos a usarlo.

Pero como no hay mal que por bien no venga, puede ser que la presente situación nos produzca el inmenso beneficio (y todo podría darse por bien hecho) de desacreditar para siempre algunas de esas frases hechas que son como piedra angular en el envejecido edificio de nuestra ideología. Una de esas frases hechas, hechas acaso exclusivamente para uso de españoles, es la de que todos nuestros males los produjo la política. Hablar mal de la política, abominar de los políticos, nos acredita entre la gente de orden como hombres serios y sensatos. Hacer política es aquí algo equivalente a un delito. «La política todo lo corrompe». «Esto no tiene nada que ver con la política». «Menos política y más administración». «Que se vayan los políticos y que gobiernen los técnicos», etcétera. Todas esas y otras muchas frases por el estilo están siempre en la boca del español castizo y poco amigo de enterarse de lo que en el mundo pasa.

Porque da la peregrina casualidad de que precisamente fueron todas esas cosas de que el buen español abomina las que mejor resistieron en la terrible prueba de la pasada guerra universal. Miles de veces se ha dicho fuera de España, y lo repitieron aquí algunos hombres bien intencionados y capaces de enterarse, que la victoria de los pueblos aliados se debe precisamente a su capacidad política; a que en ellos se ha hecho política siempre. Las instituciones débiles en apariencia, poco aptas para la vida internacional y para los momentos excepcionales de la guerra, como antes se creía, fueron las que dieron la victoria a los pueblos que las poseían. Cayeron, en cambio, en la lucha los pueblos que creíamos más fuertes, gracias a su organización, a su técnica perfeccionada y al apartamiento de la política. Y cayeron en uno y otro bando. No solo se hundió el imperio germánico y se disgregó el mosaico de Austria. El imperio ruso, la esperanza de los aliadófilos, que temían la debilidad de la República francesa, se vino a tierra estrepitosamente, mientras continuaba firme su presunta protegida. Podrá censurarse el imperialismo que hoy se atribuye a los aliados, cabe el desengaño por los resultados de la guerra, pero que la victoria fue de los pueblos políticos organizados democráticamente es un hecho que no admite discusión.

Y tan no la admite que los propios pueblos vencidos se apresuraron a reconocer esta verdad organizándose democráticamente y procurando, en la medida de su preparación, adaptarse a la vida democrática e imitar a sus vencedores en lo que fuera posible. La gran importancia que se concede hoy en las universidades alemanas a la preparación política de los estudiantes es buena prueba de lo que digo. La gran verdad proclamada por Hugo Preuss en plena guerra de que los pueblos sin aptitudes para la política eran pueblos destinados al fracaso parece hoy reconocida por los mejores y más numerosos elementos de la vida pública alemana.

Lo dicho no significa, ni mucho menos, que me parezca una calamidad nacional lo que les ha ocurrido a los políticos que hasta ahora nos gobernaron. La llamada vieja política merecía, y muy merecido, el puntapié que le dio la bota de montar; aunque me hubiera parecido mejor que ese puntapié lo hubiera recibido de la popular alpargata. Pero conviene evitar confusiones, que pueden ser muy dañosas.

Una cosa es que la política al uso que en España padecíamos fuera una cosa nefasta y otra muy distinta la de que haya de prescindirse de todo lo que suene a política en el Gobierno de la Nación. Hay quien pide esto último de buena fe, porque cree que política es necesariamente politiquería de caciques; pero también hay quien pide la supresión de la política porque sabe que pide al mismo tiempo la supresión de la democracia; la desaparición de la poca libertad que nuestras leyes nos dejan. Con estos últimos no hay para qué hablar. Van a lo suyo, como vulgarmente se dice, y sería inútil tentativa querer persuadirlos del error en que se hallan. En cuanto a los primeros, ya es otra cosa. A estos hay que convencerlos de que el grave mal de España es que aquí nunca se hizo política, lo que se llama política, y las instituciones modernas que en otros pueblos produjeron tantos bienes no han sido aquí más que una vana sombra sin realidad en la vida.

Piensen un poco y vean si nuestra vida pública se parece más a la de los pueblos maestros en la política —Francia e Inglaterra, por ejemplo— que a la de los pueblos balcánicos. Ya que ahora tanto se busca el ejemplo de lo que pasa fuera para justificar ciertas actitudes, busquemos todos igualmente lo que pasa en otros pueblos. Y si sabemos ver y oír, la lección será bien elocuente.

No nos hagamos ilusiones ni nos dejemos engañar con frases hechas. La mayor calamidad que puede acontecernos es la de que nunca arraigue aquí la verdadera política. Nada de tecnicismos y especialismos presuntuosos, que sabemos a qué abismos conducen a los pueblos más fuertes y poderosos (ahí está el ejemplo de la tecnicísima y especializadísima Alemania). Todos los grandes pueblos están gobernados por políticos, y solo en pueblos gobernados de este modo surge en la hora crítica el hombre capaz de evitar los peligros que amenazan. Apartar al pueblo de la política, glorificar el apoliticismo (valga la palabra) podrá ser muy útil para algunos, pero es perjudicial para la Nación, que es lo que en definitiva nos importa.

Y es ridículo pensar en desarraigar el caciquismo con cierta clase de remedios. Al caciquismo, aunque parezca paradoja, tan solo puede matarlo la política. El vacío de una verdadera opinión pública activa lo llenará siempre el cacique.


Obra periodística de Leopoldo Alas Argüelles (1883 -1937)
Joaquín Ocampo Suárez-Valdés (ed.), Sergio Sánchez Collantes y Francisco Galera Carrillo
Ediciones Trea, 2017
560 páginas; 45,00 €

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