Narrativa

«Mandíbula», la nueva novela de Mónica Ojeda

Tras el éxito de crítica y público obtenido con "Nefando" (Candaya, 2016), Mónica Ojeda vuelve a la mesa de novedades con "Mandíbula" (Candaya, 2018).

[Fotos de la autora © Lisbeth Salas]

Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) ha sido una de las revelaciones de la temporada pasada con la edición en España de su novela Nefando (Candaya, 2016) y la consolidación como una de las voces literarias más relevantes de Latinoamérica en el Hay Festival, Bogotá 39 (2017). Nefando sorprendió por la fluidez con la que se fusionan en sus páginas los diversos registros del castellano y sus variedades ecuatorianas y mexicanas para construir, con un ritmo insistente y frenético, una historia en la que lo abominable, lo infame y lo perverso tienen cabida en un piso compartido en Barcelona por seis jóvenes de Ecuador, Madrid y México que elaboran un videojuego pronto censurado en la ‘deepweb’. La extraña voz poética que subyace en este libro es un indicio de los diversos registros de escritura en los que Mónica Ojeda, autora también de la novela La desfiguración Silva (Premio Alba Narrativa, 2014) y del libro de poemas El ciclo de las piedras (Rastro de la Iguana, 2015), se mueve como pez en el agua. Como muestra de ello, El Cuaderno publicó este verano una selección de poemas de su libro inédito Historia de la leche.

La autora ecuatoriana, recién instalada en Madrid, vuelve esta semana a las librerías con Mandíbula (Candaya, 2018), una magnífica  novela sobre el miedo y su relación con la familia, la sexualidad y la violencia. Toma rasgos del thriller psicológico para desarrollar el juego mental que se produce entre alumnas y maestras, así como las relaciones pasionales entre madres e hijas, hermanas y mejores amigas, recreando un mundo de lo femenino-monstruoso que se conecta con la tradición del cine de terror y la literatura de género.


Mandíbula

[Primer capítulo]

Abrió los párpados y le entraron todas las sombras del día que se quebraba. Eran manchas voluminosas –“La opacidad es el espíritu de los objetos”, decía su psicoanalista– que le permitieron adivinar unos muebles maltrechos y, más allá, un cuerpo afantasmado fregando el suelo con un trapeador para hobbits. “Mierda”, escupió sobre la madera contra la que se aplastaba el lado más feo de su cara de Twiggy-face-of-1966. “Mierda”, y su voz sonó como la de un dibujo animado en blanco y negro un sábado por la noche. Se imaginó a sí misma donde estaba, en el suelo, pero con la cara de Twiggy, que era en realidad la suya salvo por el color-pato-clásico de las cejas de la modelo inglesa; cejas-pato-de-bañera que no se parecían en nada a la paja quemada sin depilar sobre sus ojos. Aunque no podía verse sabía la forma exacta en la que yacía su cuerpo y la poco grácil expresión que debía tener en ese brevísimo instante de lucidez. Aquella completa conciencia de su imagen le dio una falsa sensación de control, pero no la tranquilizó del todo porque, lamentablemente, el autoconocimiento no hacía a nadie una Wonder Woman, que era lo que ella necesitaba ser para soltarse de las cuerdas que le ataban las manos y las piernas, igual que a las actrices más glamurosas en sus thrillers favoritos.

Según Hollywood, el 90% de los secuestros terminan bien, pensó sorprendida de que su mente no asumiera una actitud más seria en un momento así.

Estoy atada. ¡Qué increíble que sonaba esa declaración en su cabeza! Hasta entonces “estar atada” había sido una metáfora sin esqueleto. “Estoy atada de manos”, solía decir su madre con las manos libres. En cambio ahora, gracias al espacio desconocido y el dolor en sus extremidades, estaba segura de que le estaba ocurriendo algo muy malo; algo similar a lo que ocurría en las películas que a veces miraba para escuchar, mientras se acariciaba, una voz como la de Johnny Depp diciendo: “With this candle, I will light your way into darkness” – según su psicoanalista, aquella excitación que la acompañaba desde los seis años, cuando empezó a masturbarse sobre la tapa del váter repitiendo líneas de películas, respondía a un comportamiento sexual precoz que tenían que explorar conjuntamente–. Siempre imaginó la violencia como una consecución de olas que escondían piedras hasta que se estrellaban contra la carne de algo vivo, pero nunca como ese teatro de sombras ni como la quietud interrumpida por los pasos de una silueta encorvada. En clases, la profesora de Inglés les hizo leer un poema igual de oscuro y confuso. Sin embargo, memorizó dos versos que, de pronto, en esa posible cabaña o habitáculo de madera crujiente, empezaron a tener sentido:

There, the eyes are
sunlight on a broken column. 

Sus ojos tenían que ser eso ahora: luz de sol en una columna rota –la columna rota era, por supuesto, el lugar de su secuestro; un espacio desconocido y arácnido que parecía el reverso de su casa–. Había abierto los ojos por error, sin pensar en lo difícil que sería alumbrar aquel rectángulo sombrío y a la secuestradora que lo limpiaba como una ama de casa cualquiera. Quiso no tener que preguntarse por asuntos inútiles, pero ya estaba afuera de sí misma, en la maraña de lo ajeno, obligada a enfrentar lo que no podía resolver. Mirar las cosas del mundo, lo oscuro y lo luminoso cosiéndose y descosiéndose, el cúmulo de lo que existe y ocupa un lugar dentro de la histriónica composición del Dios drag-queen de su amiga Anne –¿qué diría ella cuando se enterara de su desaparición? ¿Y la Fiore? ¿Y Natalia? ¿Y Analía? ¿Y la Xime?–; todo en los ojos ardiéndole más que ninguna otra fiebre era siempre un accidente. Ella no quería ver y dañarse con las cosas del mundo, pero ¿qué tan grave era la situación en la que se encontraba? La respuesta anunciaba una nueva incomodidad: un levantamiento en la llanura de su garganta.

El cuerpo fregador del suelo se detuvo y la miró, o eso creyó ella que hizo, aunque a contraluz no pudo ver más que una figura parecida a la noche.

–Si ya te despertaste, siéntate.

Fernanda, con el perfil derecho aplastado contra la madera, soltó una risa corta e involuntaria de la que se arrepintió poco después, cuando se escuchó y pudo comparar el ruido de sus instintos con el llanto de una comadreja. Cada segundo que pasaba entendía mejor lo que le estaba ocurriendo y su angustia subía y se extendía por el espacio a media penumbra como si escalara el aire. Intentó sentarse, pero sus escasos movimientos fueron los de un pez convulsionando sobre sus propios terrores. Ese último fracaso la obligó a reconocer el patetismo de su cuerpo ahora agusanado y le provocó un ataque de risa que fue incapaz de controlar.

–¿De qué te ríes? –preguntó, aunque sin verdadero interés, la sombra viva mientras exprimía el trapeador para hobbits en la silueta de un cubo.

Fernanda hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para detener la risa de encías que la colmaba y, cuando por fin pudo recobrar el sentido de sí, avergonzada por el poco dominio que tenía sobre sus reacciones, recordó que había estado imaginándose en el suelo con un vestido azul eléctrico, como una versión moderna de Twiggy secuestrada, top-modelalways-diva hasta en situaciones límite, y no con el uniforme del colegio que en realidad usaba: caliente, arrugado y oloroso a suavizante.

La decepción tenía la forma de una falda a cuadros y una blusa blanca manchada de ketchup.

–Sorry, Miss Clara. Es que no puedo moverme.

El cuerpo arrimó el trapeador a una pared y, limpiándose las manos sobre la ropa de aspirante a monja, caminó hacia ella emergiendo de las sombras afiladas a una luz dura que le descubrió la carne rosa de pelícano desplumado. Fernanda mantuvo la mirada fija en el rostro ovíparo de su profesora como si fuese vital ese instante de lupa en el que pudo verle unas venas moradas, nunca antes identificadas, en las mejillas. ¿No que esas vergas solo salían en las piernas?, se preguntó cuando unas manos demasiado largas la levantaron del suelo y la sentaron. Pero por más que intentó aprovechar la cercanía con Latin Madame Bovary no pudo verle ninguna palabra atorada en los gestos. Había personas que pensaban con el rostro y bastaba aprender a leerles los músculos de la frente para saber de qué inundaciones procedían, pero no cualquiera tenía la habilidad de dilucidar los mensajes de la carne. Fernanda creía que Miss Clara hablaba un idioma facial primigenio; un lenguaje a veces inaccesible, a veces desnudo como un páramo o un desierto. No se atrevió a decir nada cuando la profesora volvió a alejarse y las sombras cambiaron de lugar. Así, sentada, pudo estirar sus piernas atadas con una cuerda de color verde –la misma que usaba en el colegio para saltar durante las clases de educación física– y ver los mocasines limpísimos que la Charo, su nana, le había limpiado el día anterior. Al fondo, dos ventanales que ocupaban la parte superior de la pared le permitieron ver un follaje exuberante y una montaña o un volcán de cima nevada que le hizo saber que estaban fuera de su ciudad natal.

–¿En dónde estamos?

Pero esa no era la pregunta que más importaba: ¿por qué me ha secuestrado, Miss Clara?, debió haber dicho, ¿por qué me ha atado y sacado de la ciudad de los charcos de agua puerca, zorra-mal-cogida-hija-de-la-gran-puta? ¿Eh, puta de mierda? En cambio aguantó el silencio con la resignación de a quien se le cae el techo encima y empezó a llorar. No porque estuviera asustada, sino porque otra vez su cuerpo hacía cosas sin sentido y ella no podía soportar tanto caos destruyéndole la conciencia. El autoconocimiento se le había resquebrajado y ahora era una desconocida a la que podía imaginar por fuera pero no por dentro. Temblando, observó con odio el cuerpo de su profesora moverse como una rama sin hojas mientras fregaba el suelo. Trozos de cabello negro le rozaban la mandíbula ancha –el único rasgo de esa cara de diario que era poco común–. A veces, cuando sonreía, Miss Clara parecía un tiburón o un lagarto. Una apariencia así, decía su psicoanalista, era discreta en su agresividad.

–Quiero irme a casa.

Fernanda esperó alguna respuesta que aliviara su ansiedad pero Miss Clara López Valverde, de treinta años, 1,68 metros de estatura, 57 kilos, pelo a la altura de las tetas, ojos de artrópodo y voz de pájaro a las seis de la mañana, la ignoró como cuando en clases le preguntaba cuánto faltaba para que sonara el timbre y pudiera salir al recreo, sentarse en el suelo con las piernas abiertas, decir palabras obscenas o mirar las cosas del mundo –que en el colegio eran siempre más reducidas y miserables que en ninguna otra parte–. Debió haber preguntado: ¿hasta cuándo estaré aquí, estúpida perra de orto sangrante? Pero las preguntas importantes no le salían de las entrañas con la misma facilidad que el llanto y la ira pelándole las muelas tan distintas a las de Miss Clara y a las que pintaba Francis Bacon, el único artista que recordaba de su clase de Apreciación al Arte y que, además, le hacía pensar en películas de terror viejas con la dentadura rabiosa de Jack Nicholson, Michael Rooker y Christopher Lee. Dientes rechinando y mandíbulas: esa fuerza guardada en los huesos no habitaba en su boca; llorar como lo hacía, con vergüenza y odio, era igual que desnudarse en la nieve de la mente de Miss Clara. O casi.

Paseó los ojos por el lugar que la encerraba y comprobó que la cabaña era pequeña y lóbrega; el hogar ideal para el gusano que ahora era, la guarida donde tendría que aprender a desvertebrarse para sobrevivir. De repente, el frío empezó a temblarle las manos y comprendió que estar fuera de Guayaquil era flotar dentro de un vacío suspendido en el que no podía proyectarse. Ese vacío, además, se suspendía en la respiración de Miss Clara y carecía de futuro. ¿Y si la muy zorra me sacó del país?, se preguntó aunque pronto desechó aquella posibilidad –no podía ser tan fácil sacar a una adolescente sin documentos, completamente dormida y maniatada, al extranjero–. Entonces intentó reconocer aquella montaña o volcán que se veía por la ventana, pero su conocimiento de las jorobas terrestres de su país-pulga-de-América-del-Sur se reducía a unos cuantos nombres rimbombantes y a unas pequeñas imágenes incluidas en su libro de geografía. La costa de orillas ocres, el calor y un río corriendo con el dramatismo del rímel sobre un rostro que llora, era lo único que su cuerpo identificaba como hogar, aunque lo odiara más que a ningún otro paisaje. “El puerto es una piel de elefante”, decía un poema que Miss Clara les había hecho leer en clase y con el que todas hicieron aviones que impactaron contra el pizarrón. Lo que veía a través de la ventana, sin embargo, era otro tipo de bestia. Maldito trozo de tierra en las nubes, pensó endureciéndose como una roca, y luego miró a su profesora con todo el desprecio que se había forzado a ahogar bajo las pestañas.

–Usted va a joderse por esto.

La silueta dejó de fregar y, durante varios segundos, pareció una pieza de arte contemporáneo en medio de la estancia. Fernanda esperó con paciencia alguna reacción que iniciara un diálogo, una voz que desequilibrara el silencio, pero ninguna palabra ocurrió. En cambio, Miss Clara atravesó la penumbra y salió por una puerta que, al abrirse, se tragó toda la luz de la tarde e iluminó el interior de la cabaña. Fernanda escuchó agua salpicando contra alguna firmeza, el ruido del viento despeinando los árboles y pasos que se agrandaban, pero antes de que la luz volviera a desaparecer vio un revólver brillando como un cráneo en el centro de una mesa larga.

Y su rabia reculó.

–No –dijo Miss Clara cuando ya era de nuevo una sombra–. Eres tú quien va a tener que joderse ahora.

Fernanda la vio acercarse y cerró los ojos. Algo estaba haciendo ese cuerpo de rama detrás del suyo. Un aliento vaporoso se derramó sobre su nuca y, después, sintió las cuerdas aflojándose alrededor de sus muñecas. El dolor de la libertad llegó con una tibieza que le recorrió los brazos en el preciso instante en el que pudo dejarlos caer a ambos lados de sí misma. Intentó desatar la cuerda que le amarraba los tobillos, pero sus manos respondieron con una rigidez y una torpeza similares a la de una máquina oxidada. El exterior, mientras tanto, se dilataba ensanchando sus ojos dolorosamente. ¿Por qué?, se preguntó cuando la cuerda cedió y pudo separar sus piernas hasta que la falda del colegio se le abrió como un abanico. ¿Por qué mierda estoy aquí? 

Frente a ella, Miss Clara la miraba con la autoridad que le daba el revólver a sus espaldas.

–Levántate.

Pero Fernanda-liberada se mantuvo quieta en su lugar. Sabía que no tenía sentido negarse, sin embargo, no pudo evitar reaccionar del mismo modo que cuando Miss Clara o Mister Alan o Miss Ángela la expulsaban del aula y ella, sin moverse de su silla, los miraba a los ojos esperando a que se atrevieran a tocarla porque sabía muy bien que nunca lo harían. Esa seguridad, ahora que había sido secuestrada, ya no existía. Por primera vez no era invulnerable o, mejor dicho, por primera vez tenía conciencia de su propia vulnerabilidad. Su mente parecía un barco llenándose de agua, pero el hundimiento podía ser una nueva forma de pensar.

–Levántate. No me hagas volver a repetirlo.

Obedecer. Su pecho era un roedor huyendo hacia las alcantarillas durante el día. Aún le resultaba incómodo flexionar los dedos de las manos, pero esta vez pudo apoyarlos en el suelo y ponerse de pie con torpeza. Evitó mirar el revólver que reposaba detrás de su profesora. Tal vez, reflexionó, si no lo miro ella creerá que no me he dado cuenta.

Pero Miss Clara señaló con su mentón la silla a un extremo de la mesa.

–Tú y yo vamos a tener que hablar sobre lo que hiciste.

 

[Segundo capítulo]

 

–Hola, mi nombre es Anne y mi Dios es una luciérnaga escarchada –cantó Annelise meneándose con una mano en la cintura–. Dice que es mi amante y usa tacones altos de aguja. Se pinta los labios para besarme en la garganta y bailarme una lambada roja cuando estoy triste. Su traje brilla en las madrugadas: sus uñas arrastran los cadáveres de los insectos estrellados que sacó de mi cabeza. Si necesitan saberlo, lo conocí una noche sobre el escenario chico de mi habitación. Cruzó sus piernas y me lamió la axila con sus pestañas. Su vestido soltaba leche y diamantes negros mientras arañaba los insectos más profundos de mi cráneo. Me llamó “hija” y yo lo llamé “madre” por su sonrisa vaginal abierta de ojos. Me dijo: “Sólo las caderas anchas pueden parir las dimensiones del universo”. Sus pestañas levantaron toda la tierra mojada de mi corazón. “Aprende”, dijo. “El padre de la creación es una madre que usa una peluca y huele a Dior”.

Fiorella y Natalia aplaudieron al ver a su amiga recitando de puntitas, levantando círculos de polvo blancuzco del cemento, de espaldas a una ventana sin cristales donde se acurrucaban las palomas que Analía espantaba, sin querer, con su mano regordeta y sudorosa.

–Déjalas en paz –dijo Fernanda mientras agitaba una lata de aerosol que le recordaba al spray Schwarzkopf-fijación-extra-fuerte que su madre se echaba en el pelo.

–Es que no puedo. Quiero tocarlas.

–¡Analía, para ya! ¡No seas bestia! –gritó Natalia.

–¡Deja de asustarlas! –gritó Fiorella. –

Hago lo que me sale del culo.

–¿Y qué te sale? Levántate la falda y déjanos ver.

–Muy graciosa.

–Seguro que tienes un culo horrible.

–No tanto como el tuyo.

–¡Ay! ¡Me hago pis!

El eco de sus voces contra las paredes inquietaba a las salamanquesas. “¿Son reptiles o anfibios?”, preguntó Natalia. “Son lagartos que parecen sapos”, le respondió Fiorella mientras se trenzaba el cabello. Allí gritaban más alto que en ninguna otra parte porque, con el tiempo, habían descubierto un placer enigmático en hablarse violentamente cuando nadie las escuchaba, como si en el fondo estuvieran cansadas de las buenas maneras y como si la amistad descarnada solo pudiera ocurrir entre chillidos esplendorosos a las cuatro de la tarde. Fue Annelise la que encontró el lugar. “Quiero enseñarles algo”, les dijo, y desde entonces lo visitaban a escondidas, después del colegio, para pintar en las paredes, cantar, bailar o no hacer nada, solo habitarlo durante unas cuantas horas vacías con la sensación a veces frustrante, a veces excitante, de que alguna cosa tendrían que estar haciendo allí adentro; algo que presentían en las articulaciones pero que aún eran incapaces de dilucidar. Era un edificio inacabado de tres pisos, una estructura grisácea con escaleras irregulares, arcos de medio punto y cimientos a la vista que, según les había dicho el padre de Fernanda, ahora le pertenecía a un banco que todavía no tomaba la decisión final de terminarlo o demolerlo. A todas les atrajo el espíritu de ruinas que flotaba sobre la construcción desnuda. “Nuestra guarida”, dijo Annelise. “Me gusta. Suena animal”, dijo Fernanda. Muy pronto se convirtió en su sede antipadres, antiprofes, antinanas; un espacio de sonidos fantasmales que tenía algo de tétrico y de romántico a la vez. Su belleza descansaba, en palabras de Annelise, en sus horrores insinuados, en lo fácil que era desembocar en abismos o hallar culebras marrones, cadáveres de iguanas y cascarones rotos por el suelo. A Fernanda le gustaba ver cómo la naturaleza iba cubriendo de vida lo que estaba muerto. “El caos divino se come al orden humano”, les dijo. “La naturaleza viva se come a la naturaleza muerta”, tradujo Annelise mientras veía cómo la hiedra se abría paso por las paredes del primer piso y los insectos se afincaban en sus esquinas. Había tardes en las que el edificio parecía un templo bombardeado, otras, un jardín colgante, pero cuando la luz empezaba a menguar y las paredes se ensombrecían, la estructura adoptaba el aspecto de un calabozo infinito –o de un castillo gótico, según Analía– que las inquietaba y las enviaba de vuelta a sus casas. Del grupo, Fernanda y Annelise fueron las primeras en saltar la cerca que rodeaba el terreno. Las demás las siguieron, aunque menos convencidas, para no quedar mal y porque “ser cobarde nunca ha estado de moda”, dijo Natalia aquella vez envolviendo el dedo índice con uno de sus rizos. Al principio les asustó la idea de entrar a la fuerza en una propiedad privada, pero tardaron poco en contagiarse del entusiasmo y de la curiosidad de Fernanda y Annelise –las inseparables, las hermanas sucias de conciencia; siempre desnudas de temores y dispuestas a inventarse aventuras con tal de no aburrirse–. Esa tarde, ya en zona prohibida, las seis se sintieron temerarias y rebeldes, con vidas dignas de ser filmadas y comentadas en un reality show o retratadas en una serie de televisión. De repente –lo supieron al instante– tenían un secreto de verdad. No como aquellos otros por los que no valía la pena bajar la voz y que, sin embargo, durante mucho  las mantuvieron hablando bajo, murmurando la receta de mamá, formando caracolas sobre los oídos de alguien porque susurrar de vez en cuando era chic y porque todas, a esa edad, querían sentir que eran dueñas de algo preciado que ocultar, algo que solo pudiera ser compartido con un número reducido de personas: un mundo privado, complejo, lleno de matices y de giros argumentales abruptos. Por eso, cuando traspasaron la cerca y sintieron la adrenalina empapándoles los ojos y las rodillas, estuvieron seguras de que la riqueza de su secreto-de-verdad residía en lo interesantes que las haría: ya nunca más serían solo estudiantes elite de un colegio Opus Dei, sino también exploradoras, violadoras de lo ajeno, enfants terribles, como les decía la madre de Ximena desde que se había apuntado a unos cursos de francés que recibía, bebiendo mojitos y caipiriñas, en el jardín de una de sus amigas del club de bádminton. A partir de ese mismo día intuyeron que adueñarse del lugar era el prólogo de un asunto mayor, pero no lo discutieron entre ellas porque no tenían claro para qué lo utilizarían. Se dedicaron, en cambio, a recorrer todos los rincones y fueron encontrando zapatos, jeringuillas y pedazos de sábanas de mendigos que alguna vez hicieron del edificio una casa improvisada. Durante los días siguientes tuvieron miedo de que alguien viviera allí –“una persona de la calle”, decía Fiorella como si hablase de un ratón debajo de su almohada–, pero tras varias semanas de visitar y recorrer hasta el último rincón del edificio concluyeron que eran las nuevas y únicas inquilinas.

–El lugar es nuestro, bitches –dijo Fernanda después de lanzarles un beso que rebotó contra todas las paredes.

Los pisos no tenían nada aparte de plantas trepadoras, polvo, insectos, caca de palomas gordas y grises –“ratas aéreas”, las llamaba Ximena, “cucarachas de cielo”, “sapos de las nubes”–, pequeños lagartos que provenían del manglar y ladrillos. Las escaleras eran peligrosas, inexactas y torcidas, con depresiones inesperadas en los descansos, pero el último piso tenía una terraza con columnas y alambres en donde se podía ver la caída del sol. Durante el primer mes se dedicaron a hacer lo mismo que hacían en cualquier lado, solo que allí adentro; rodeadas de la fauna y la flora que crecía sus jardines. “No vamos a adoptar este lugar, vamos a ser parte de su abandono”, dijo Annelise, resuelta a encontrar una trama espectacular que combinara con el espíritu de su nuevo escenario-castillo de The Rocky Horror Picture Show. Por eso conversaban, jugaban con los insectos, las salamanquesas, los huevos que disfrutaban de estrellar contra las paredes, se olían los cabellos, veían el atardecer con las pestañas pesadas por el sudor y luego se iban a sus casas a dormir la noche. Les gustaba entregar sus tardes a la nada que el edificio les ofrecía: al silencio que en realidad estaba plagado de ruidos animales, al ambiente postapocalíptico que respiraba residuos en cada piso-ruina-del-mundo; pero con el paso de los días, atardeceres y lagartos, reconocieron una frustración escamosa restregándose contra sus estómagos, una insatisfacción que respondía a no haber encontrado el clímax de su aventura. Era como si sus mentes titubearan ante lo impreciso y su deseo engordara sin que pudieran encontrar la forma concreta de complacerlo. Poco después del primer mes de imprecisiones y devaneos empezaron a explorar otras posibilidades: experimentos torpes destinados a no cuajar, pero que abrieron paso a una indagación conjunta que pretendía estirar los límites de lo que podía hacerse en un lugar sin adultos y sin reglas. Fue así como dejaron de compartir las mismas estancias para adueñarse de espacios que reclamaron como individuales. El juego empezó con la delimitación del territorio: Fernanda se tomó el último piso, Annelise el salón del primero y las demás, las habitaciones del segundo. Durante dos o tres horas se separaban y, solas en sus respectivos espacios, hablaban para sí mismas. Fernanda propuso el ejercicio, aunque no todas fueron capaces de ejecutarlo. Fiorella y Natalia terminaron cansándose y reuniéndose a escondidas a partir del cuarto día, mientras que Analía, en lugar de hablar en voz alta consigo misma –actividad que le parecía de locos–, decidió cantarse canciones del último disco de Taylor Swift –Ximena, desde una habitación cercana, cantaba de vez en cuando canciones de Calle 13–. “No me gusta escucharme. Me asusta”, le confesó a Fernanda. “A mí no me asusta, pero no tengo nada que decirme y me aburro”, comentó Fiorella. “Yo, en cambio, tengo cosas terribles que decirme y me las digo”, dijo Annelise con la intención de animar a su amiga.

–Mi psicoanalista dice que cuando te hablas en voz alta sin parar, durante mucho tiempo, y te escuchas de verdad, acaban saliendo los misterios de las enredaderas de tu subconsciente –explicó Fernanda un día antes de cambiar el ejercicio.

Fernanda se hablaba en voz alta cada vez que podía: cuando se duchaba, cuando se acostaba a dormir, cuando el chofer de su padre la llevaba al colegio, cuando almorzaba sola en la mesa de ocho sillas, cuando la Charo le ponía las medias y los zapatos por las mañanas, cuando se encerraba en su habitación, cuando se peinaba, cuando se cortaba su largo vello púbico con la tijera de uñas de su madre, cuando iba al baño del colegio y se quedaba sentada mirando los azulejos y la puerta número cinco plagada de testimonios Hugo&-Lucía-4ever, Salsa-is-not-dead, Daniela-Gómez-es-lesbiana, Te-amaré-X-siempre-Ramón, Bea-&-Vivi-BF, We-don’t-needno-education, Dios-nos-ama-pero-a-ti-no, Miss-Amparo-zorra, Mister-Alan-cabrón, cuando fingía hacer los deberes, cuando ensuciaba a propósito su ropa para que la Charo tuviera que limpiarla, cuando nadaba en la piscina y se orinaba en ella justo antes de salir, cuando veía películas sola o acompañada –sus padres, que nunca veían películas con ella, no tenían ningún inconveniente con su parloteo solipsista porque creían que se trataba de un ejercicio propuesto por el Dr. Aguilar, el psicoanalista que Fernanda visitaba desde que era una niña y que tenía un ojo vago, casi ciego, que cubría con un parche pirata por razones estéticas–. Se hablaba a sí misma porque quería y, aunque no era parte de su terapia, había descubierto que existía alguien más maledicente habitándola y compartiendo sus pensamientos; una chica que era ella y, a la vez, no. “Lo importante es que ese alguien siempre tiene cosas que decirme”, dijo. “Mi psicoanalista me aseguró que todas las personas tenemos una voz así columpiándose en nuestras cabezas”. Fernanda quería que sus amigas se escucharan por primera vez para saber si lo que se decían era similar a lo que ella se decía. Se preguntaba si sus voces ocultas serían más o menos iguales a la de ella, esa que le pedía a gritos cosas como golpear a la madre, besar al padre, o tocar los calzones de Annelise y morderle la lengua. El edificio le parecía un sitio ideal para hacer una terapia conjunta, pero Annelise no estaba convencida de que eso fuera lo que necesitaran hacer. De todos modos, para complacer a Fernanda, compraron aerosoles, brochas y pintura de distintos colores con el fin de escribir en las paredes. “Mi psicoanalista dice que la escritura es un lugar de revelaciones”, les dijo. “Odio escribir. Yo voy a dibujar”, dijo Analía poco antes de hacer una versión extraña de Sakura Card Captor en la pared. Ximena, Fiorella y Natalia escribieron sus deseos en forma de epigramas y Annelise dibujó a su Dios drag-queen en el primer piso: una muñeca de pelo en pecho, cejas búmeran, vestido cancán y barba ensortijada. De todas, Annelise era la única que compartía la búsqueda de Fernanda, aunque no sus métodos. El edificio les proponía el desentrañamiento de una revelación que latía adentro de ellas. “Aquí tenemos que ser otras personas, es decir, las que somos en verdad”, les explicó Annelise. Y durante varias semanas no volvieron a hablar del tema, quizás porque, aunque entendieron que para sacarle el jugo a la experiencia debían desnudar y abrir sus mentes, no tenían la menor idea de cómo hacerlo, ni mucho menos de cómo lidiar con la vergüenza de hacer cosas que no harían frente a otras personas. “Tampoco se trata de hacer cualquier cosa”, decía Fernanda mientras Annelise asentía a cada una de sus palabras. “Tenemos que hacer algo que no podamos hacer en ninguna otra esquina de este mundo”. Sabían que, fuera lo que fuera, tenía que tratarse de algo que tuviera sentido, algo que las removiera por dentro y que les provocara lo más parecido a una fiebre, pero también que las conectara y las uniera de forma especial. Un asunto poco sencillo que durante meses no supieron cómo resolver, pero que las hizo persistir a pesar de lo difícil que fue ocultarle a los adultos en dónde pasaban las tardes. Las excusas tenían que cambiar, forzosamente, cada cierto tiempo, y con ello tuvieron que reducir las visitas al edificio a tres días por semana. “Sus padres son unos pesados”, les dijo Ximena a Fiorella y Natalia, cuyos padres habían preguntado demasiado a pesar de que casi nunca estaban en casa porque eran dueños de una agencia de publicidad que todos los años estaba a punto de ganar El Ojo de Iberoamérica. “¿Y si dedicamos cada piso, y cada habitación, a alguna actividad?”, sugirió un día Analía. “Ya, pero ¿a qué actividades, mensa?”, le dijo Natalia. “¡Contemos historias de terror!”, soltó Fernanda inspirada por ¿Le temes a la oscuridad?, de Nickelodeon, un programa de los noventa que había visto en un video de Playground en donde un grupo de jóvenes se reunían alrededor de una fogata para narrar historias de horror. “Está bien, podemos intentarlo”, dijo Annelise. “Pero necesitamos algunas reglas”. La primera consistió en que las historias tendrían que contarse en el segundo piso, en una habitación sin ventanas que Fernanda había pintado de blanco; la segunda, que las narraciones fueran una vez por semana; la tercera, que en cada reunión solo se contara una historia; la cuarta, que los turnos se definirían al azar; y la quinta –quizás la más importante–, que quien relatara una historia que no le diera miedo a las demás tendría que cumplir un reto elegido por el grupo. La actividad inició con una cierta apatía de parte de Annelise, quien no confiaba en las habilidades de cuentería oral de sus amigas. Analía fue la primera en relatar su historia y, por supuesto, la primera en verse obligada a cumplir el reto. Las demás debatieron con intensidad antes de asignarle la tarea de levantarse la falda y enseñarle el culo a Miss Clara, alias Latin Madame Bovary –porque se parecía al dibujo de la portada del libro de Flaubert–. “No voy a hacerlo, ¿están locas? ¡Llamará a mis padres!”, chilló Analía. “Tienes que hacerlo sin que te vea”, le explicó Annelise. “Si triunfas, nadie llamará a tus padres. Si lo haces mal, pues te lo merecerás por tonta”. Esa tarde discutieron, se insultaron, y Analía volvió a su casa antes de tiempo, llorando de rabia. “Tal vez debamos cambiarle el reto”, dijo Fiorella, pero Annelise se negó rotundamente: “Si lo hacemos, esto ya nunca más será divertido”. Fernanda estuvo de acuerdo y le propuso a las demás no hablarle a Analía hasta que cumpliera su castigo.

–Me está empezando a gustar este juego –dijo Ximena.

Dos días después de la ley del hielo, Analía aprovechó un momento en el que Miss Latin Madame Bovary escribía en la pizarra algo sobre géneros literarios para levantarse la falda y menear el culo a sus espaldas. La clase contuvo la risa y, aunque el murmullo hizo que Miss Clara se volteara, no le dio tiempo a ver lo que había sucedido. Pronto, las tardes de contar historias de terror se convirtieron en una excusa para idear retos que, al principio, tenían la finalidad de entretenerlas y de hacerlas reír, pero poco a poco fueron cambiando hasta establecerse como lo que Fernanda llamó “ejercicios funambulistas”. Se trataba, al fin y al cabo, de realizar pequeñas hazañas: cosas que tuvieran un determinado grado de dificultad para quien las ejecutara, casi siempre a nivel corporal –el primer ejercicio consistió en un duelo de manos calientes entre Annelise y Fernanda, en el que ambas usaron anillos de sus madres y soportaron, durante una hora, los golpes; el segundo, en que Fiorella lanzara alaridos en la habitación de los gritos hasta quedarse sin voz; el tercero, en que Natalia saltara del segundo piso al primero sin usar las escaleras–. Había algo en aquellas actividades infantiles de resistencia que llenaba al grupo de una emoción difícil de disimular, una sensación de poder y de control que pesaba por encima del dolor físico. Eran juegos que todas habían jugado –o visto a otros jugar– en algún momento de sus vidas, como la ruleta rusa, o el juego de las bofetadas, y que a sus quince años jamás admitirían estar practicando por el simple hecho de que eran infantiles y de una fisicidad desconcertante, pero que allí adentro parecían haberse redimensionado para convertirse en eventos singulares, roturas en el tiempo que las hacían sentirse extrañamente encendidas. En poco más de un mes optaron por independizar los ejercicios funambulistas de las tardes que dedicaban a contar historias de terror e instituyeron el juego como un paso más hacia lo que buscaban: un sentido nuevo y unificador, un exceso de experiencia. “Creo que deberíamos tener otros nombres aquí”, dijo Fernanda unos días antes de que Mister Alan, alias Culo Cósmico, encontrara en el cuaderno de Ximena un boceto del Dios drag-queen de Annelise. El escándalo fue inmediato: no solo llamó a sus padres, sino que llevó el asunto al rectorado del colegio. “Me imagino que sabes lo grave que es jugar con el nombre y la imagen de Dios, y encima de esta manera, travistiéndolo, como si fuera un monstruo”, le dijeron. “Explícanos qué era lo que pasaba por tu mente cuando decidiste dibujar semejante cosa”. Frentes arrugadas, labios contraídos, la voz chillona de la madre de Ximena elevándose en todas las íes, la rectora taconeando el suelo, la Biblia sobre la mesa, Jesús crucificado sangrando junto a una falsificación de Guayasamín y Mister Alan, alias Culo Cósmico, mirándola como la oveja perdida del rebaño que era. Ximena, por supuesto, no resistió la presión y acabó delatando a Annelise. “¡Yo ni siquiera sé dibujar!”, dijo. Desde entonces se había distanciado del grupo, incapaz de dar la cara, y Annelise se expuso a numerosos sermones y al castigo de recibir clases extra, todos los viernes, de Lengua y Literatura.

–Algún día tendrá que volver con nosotras –dijo Fernanda mientras grafiteaba una pared.

–¿Quién? ¿Ximena? –preguntó Natalia.

–¿Quién más? –continuó–. Necesitamos nuevos nombres. Y un manifiesto o algo así.

–¿Por qué? –preguntó Fiorella.

–Porque sí. Leí que eso es lo que se hace.

–¿Ah? ¿Y dónde leíste eso?

–¿A ti qué te importa?

Y, en efecto, un día Ximena volvió. Apareció en el edificio con la mirada fresca y el uniforme manchado de cuando por la mañana, en la clase de educación física, Fernanda la hizo tropezar y caer sobre la tierra mojada. Menos avergonzada que resignada, se disculpó y prometió que nunca más volvería a ser una soplona. “De ahora en adelante preferiré cortarme la lengua antes que contar cosas que son nuestras”, dijo, y Annelise la miró sin decirle nada durante algún tiempo que a todas les resultó agobiante porque, a pesar de que el sentido nuevo y unificador que habían estado buscando se entretejía en ese mismo momento bajo sus lenguas, esperaban que fuera otra la que diera el paso, ese que el grupo necesitaba para cerrar el periodo de titubeos y empezar el tiempo de verdadera experimentación. Por eso, cuando Annelise dijo lo que dijo, además de excitarse, el grupo se sintió aliviado, liberado de la carga de verbalizar lo que pensaba cada una de sus cabezas, incluso Ximena, quien pareció anticipar y desear lo que ocurriría, y quien tuvo que enfrentar el primer reto real –el que hizo que todo comenzara– con admirable estoicismo.

Esa tarde todas fueron ellas mismas y ninguna sintió vergüenza.






Mandíbula
Mónica Ojeda
Candaya, 2018
288 páginas, 17.00€

Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988). Máster en Creación Literaria y en Teoría y Crítica de la Cultura, dio clases de Literatura en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Actualmente vive en Madrid, donde cursa un Doctorado en Humanidades sobre literatura pornoerótica latinoamericana. • Ha publicado las novelas Nefando (Candaya, 2016) que tuvo una espectacular recepción crítica y La desfiguración Silva (Premio Alba Narrativa 2014). En 2017 publicó el relato Caninos y otro de sus cuentos fue antologado en Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (Candaya, 2013). Con El ciclo de las piedras, su primer libro de poemas, obtuvo el Premio Nacional de Poesía Desembarco 2015. • Forma parte de la prestigiosa lista de Bogotá 39-2017, que recoge a los 39 escritores latinoamericanos menores de 40 años con más talento y proyección de la década.

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