Música

La música no es tan importante

Pablo Moro plantea una "reactualización" de lo que supone desarrollar hoy en día una carrera musical.

/ por Pablo Moro /

Hay un mantra extendido entre algunos músicos que no acabo de entender muy bien a estas alturas de cambio de paradigma. Desde esa trinchera elegida de una estudiada ingenuidad de carácter afirman que si no se dedicasen a la música no pueden adivinar qué sería de ellos, pues “no saben hacer otra cosa en la vida”. Suena bien, lo admito. Aparentemente profundo, muy bohemio, eso del artista entendido como un ser elegido para dedicarse a la búsqueda elevada de la belleza, alejado del mundanal ruido de, por ejemplo, qué se yo, un papeleo en Hacienda, confeccionar un currículum, montar un chifonier o arreglar la tapa del delco. Cosas prosaicas. Parece como si esa completa identificación con su oficio, esa entrega involuntaria a la que el destino les aboca y que aceptan con impostada humildad proporcionara un nivel de calidad superior a su trabajo. Un estadio de autenticidad que hace que sus canciones sean mejores. He oído rumores incluso de alguno del que decían despreciaba a todo músico que además tuviera otro trabajo. Sin quererlo se parecen mucho a todos esos jóvenes que aparecen en los castings de programas de televisión que todos conocemos, esos jóvenes sobreexcitados a los que ellos mismos tantos improperios dirigen. Esos que repiten que la música es su sueño sin saber que la música es, sobretodo, en la gran mayoría de los casos, la cruda realidad. No entiendo, insisto, eso de que no saben hacer más que, simplificando, canciones.

¿Para qué se escribe una canción? Principalmente para ser escuchada. Si nos dejamos de análisis cuasiadolescentes sobre la necesidad de desahogo o vómito una canción es sencillamente un acto de comunicación en el que un emisor pretende enviar un mensaje a un receptor. El principal problema que tienen los músicos en la actualidad es cómo hacer que su mensaje llegue al mayor número de receptores posibles. Al menos a algún receptor en el peor de los casos. Es la gran paradoja de la última revolución industrial. Cuantos más medios existen para facilitar el trayecto del contenido del mensaje, menor es la audiencia. O lo que es lo mismo: cuanto más público potencial existe, menos público real escucha las canciones. La democratización y desindustrialización del sector han traído cosas buenas, pero también han condenado a las nuevas propuestas a navegar, normalmente a la deriva, en un océano de música y artistas que podríamos tildar de sobrecogedor. Si uno se da una vuelta por Spotify enseguida se dará cuenta de que es un laberinto sin salida que produce más vértigo y ansiedad que placer. Desde luego que el modelo anterior de grandes discográficas no era el deseado, pero al menos existía un filtro, una brújula. Los músicos, ahora, lanzan sus canciones en botellas, como náufragos, esperando que lleguen a los pies de alguien que escucha en las orillas. Aun así, los hay que se sientan a esperar y los hay que tratan de hacer señales de humo o construir una balsa.

El artista avilesino Lecter Bukosky anunciaba hace unas semanas el lanzamiento de su nuevo trabajo, A lo salvaje, de forma un tanto peculiar. Su nuevo disco se edita solamente en una única copia física que está siendo subastada, junto a unos cuantos artilugios relacionados con el álbum, en una puja abierta a todo el que quiera hacerse con ella. Pero hay una condición específica para la transacción: el afortunado ganador no podrá mostrar el contenido sonoro del disco hasta pasados veinticinco años. Lo que puede parecer una simple extravagancia es exactamente eso. Una extravagancia convertida en estrategia de marketing que ha hecho que su nombre aparezca en muchos medios, no sólo de tirada regional sino también nacional. Así que Lecter, además de escribir intensos y poderosos versos, sabe componer un proceso promocional, administrar una puja digital y su marco legal, convocar ruedas de prensa y algunas cosas más. Y si no sabe por sí mismo, al menos sabe rodearse de gente que sí. Es sólo un ejemplo de los variados movimientos que muchos artistas hacen en el mundo para tratar de enviar su mensaje. ¿Cuántos han aprendido a realizar vídeos? ¿Cuántos has confeccionado estrategias de marketing digital? ¿Cuantos han buscado formas de financiación con cláusulas legales que nunca soñaron entender? ¿Cuántos simplemente han decidido hacer caso a mi padre cuando me decía que primero me asegurara el plato de lentejas, que así luego era más fácil dedicarse a hacer canciones? No me malinterpreten. Los músicos deben hacer todo lo que sea posible para vivir de su trabajo. Pero eso, en el siglo XXI, es sinónimo de trabajo multidisciplinar. Podría decir muchas cosas en contra de Operación Triunfo, ahora que se ha puesto de moda nuevamente, pero la que menos me gusta es, tal y como está el panorama, la vetusta presentación de la figura del artista como alguien tocado por un talento tremendamente especial que debe dedicar su vida a desarrollarlo y que el mundo sepa que lo posee porque sólo en esa búsqueda encontrará la felicidad. Empeñarse en hacer eso por no saber hacer otra cosa. Aparte de que esa intensidad en la creación de expectativas es una fábrica de crear juguetes rotos, se trata de una forma de entender el oficio hortera, anacrónica y tremendamente dañina si lo que queremos es concienciar al público de la importancia de la música y las canciones, del esfuerzo que hay detrás de un disco o una carrera. Entre todas esas clases que ofrecen en la academia podrían incluir, qué se yo, un curso para manejar tus redes sociales, nociones básicas de legislación sobre propiedad intelectual y derechos de autor o cómo conseguir dinero para sacar adelante un proyecto.

Lecter Bukosky

Un alto porcentaje de músicos que conozco tienen otros trabajos. Habrá quien piense de ellos que perdieron la batalla o que renunciaron a quién sabe qué. Incluso algunos de ellos seguramente aseguren “que no saben hacer nada más” porque el poder de la “honestidad” y la “autenticidad” ha hecho mella en la visión idílica de cómo debe comportarse un artista. Ahora no lo recuerdo, pero es probable que hasta yo mismo haya dicho algo semejante en alguna ocasión. Nobody’s perfect. Hace unos días leía unas declaraciones del filósofo surcoreano Byung-Chul Han. “La gente se vende como auténtica porque todos quieren ser distintos de los demás. Y es imposible serlo hoy auténticamente porque en esa voluntad de ser distinto prosigue lo igual. Resultado: el sistema sólo permite que se den diferencias comercializables”. No creo que haya que concluir que no existe la “autenticidad”, ni que no haya que valorarla. Simplemente parece que se trata de algo distinto a lo que se nos suele vender como tal.

A los músicos, concretamente a aquellos que quieran sacar un proyecto adelante en esta época contradictoria y global, no les basta ya con ser músicos. Deben comprender y poseer una visión completa del sector para poder llevar a buen puerto el hecho comunicativo. Deben saber hacer más cosas en la vida. Hay que ir más allá del arte para desarrollar el arte por completo. Así, si no logran triunfar, al menos no serán seres frustrados que se queden en casa, con unas canciones estupendas, quejándose de que el público no sabe, no entiende…bah. Simplemente harán otra cosas tanto o más interesantes. La música, en el fondo, no es tan importante.


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