Querido diario

Querido diario (1), por Avelino Fierro

Primera entrega de un diario del escritor leonés Avelino Fierro que irá publicándose sucesivamente en El Cuaderno.

El diario en marcha de Avelino Fierro, ahora en El Cuaderno

Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es además «escritor de diarios y de poemas, dibujante, melómano, lector empedernido, aficionado a la fotografía y a la pintura, coleccionista de libros y amigos, paseante, conversador, hortelano a ratos», como lo definió su amigo Julio Llamazares. Dice Avelino Fierro que es un «escritor por encargo». Con ello se refiere a la encomienda que le realizó un grupo de amigos, a los que les mandaba las crónicas de los aconteceres cotidianos de una capital de provincia. Aquellos textos, con algunos de los dibujos de línea clara que el propio Fierro realiza, a modo de los del maestro Ramón Gaya, se fueron agrupando en tomos que la editorial Eolas acogió en su colección literaria. El primero fue Una habitación en Europa (2010-2012), al que siguieron Ciudad de sombra (2013-2014) y La vida a medias (2015-2016). Avelino Fierro ha logrado trascender el confesionalismo ramplón, la mera crónica de limpieza de bajos, para acercar a sus lectores a una manera de ver el mundo, también de leerlo y, sobre todo, de hacer un poco más llevadera la existencia. Y en ello sigue. A partir de ahora, los diarios de Avelino Fierro y sus dibujos verán también la luz en EL CUADERNO en hermandad con la revista digital Tam-Tam Press.


Querido diario (19 de septiembre de 2018)

/por Avelino Fierro/

Antes de venir a pasar a la costa del Norte estos días de vacaciones, recuerdo que sobre la mesa de la habitación de los libros había dejado una cuartilla de papel, doblada, con algunas anotaciones para escribir una posible entrada para el diario. Tenía notas sobre la noche y su murmullo.

Esa tarde había bajado al parque a esperar a Libertad. Había ido al cumpleaños de una amiga del cole y la madre de ésta volvería en coche con ellas sobre las 20:30. Se retrasó bastante. Yo estaba apostado a la entrada; se hizo de noche; las estrellas aparecían ya tímidamente, como confeti de una fiesta infantil; miraba a la gente pasar. Así estuve casi una hora; nunca antes lo había hecho. Me he puesto a recordar.

Era una tarde de domingo de verano. Los últimos días de vacaciones escolares. El parque está flanqueado por una calle y por las vías muertas del tren de vía estrecha. Los árboles ya estaban frondosísimos y sus copas vibraban como si estuvieran enchufados a una toma de corriente subterránea: los estorninos ya habían llegado y se percibía un movimiento y piar incesantes mientras se daban las buenas noches, se ponían los pijamas y buscaban acomodo entre las hojas.

Dos hombres marroquíes estaban sentados en uno de los bancos y cuatro niños cercanos a ellos jugaban a la pelota mientras sostenían en sus manos paquetes ruidosos y brillantes de gusanitos y chucherías. Cerca, en un pequeño murete de piedra, una madre y su hijo. Son rumanos; lo he sabido porque al rato ha aparcado un coche a la entrada y de él ha bajado un hombre (Marian, le han llamado) y se ha dirigido a la mujer y al niño. Ha cruzado un joven vecino de la zona: tiene cierto retraso cognitivo; siempre va solo; siempre habla; siempre tiene alguna nueva dedicación: hoy traía sobre el pecho una enorme cámara fotográfica con teleobjetivo. Ha pasado un señor mayor, arreglado, bastante tieso, pelo blanco y largo, camisa rosa y pantalón azul, con mocasines del mismo color. Con un porte distinguido, inhabitual en este barrio. Va muy dignamente borracho. Anda despacio y levemente desacompasado. Se ha parado tras cruzar la fuente, al lado de un muro bajo con flores. Luego ha cruzado las vías y lo ha engullido la oscuridad.

Por la calle pasa un matrimonio con un carrito de bebé. Están gordos. Los andares de ella son como un ejemplo de la incertidumbre: a cada paso, bamboleándose, parece que la pierna de apoyo se quebrará bajo el peso de las masas de carne. Cruza la calle una esbelta adolescente con atuendo deportivo. Unos metros más arriba y a la izquierda de la entrada del parque aparca un coche del que empiezan a apearse perros, neveras, bolsas, sombrillas, personas. Parece que han ido a pasar el día al río. Despiden a dos de ellos, de amplios y coloridos ropajes y con pelo en rastas. Pasan ahora frente a mí musitándole a un perrillo que camina a su lado. En dirección contraria, por la misma acera, un hombre en silla de ruedas con motor, acompañado de otros dos. Uno de ellos va vestido de negro —parece un camarero que hoy libra de dar las cenas— y tiene un tic que hace que se le suba espasmódicamente el hombro derecho. Oigo, al pasar, que dice que la culpa de todo la ha tenido la hijaputa de la hermana. Un coche gira hacia la izquierda por la calle transversal, un tanto apurado: reconozco el perfil del acompañante, esa melena brillante y ondulada de uno de los gitanos que vivieron, al salir de la cárcel, en un piso en la trasera de la catedral. Dos mujeres hablan en la acera de enfrente: una tiene cierto acento extranjero y sujeta un perro sin raza. Hablan del tiempo, de Facebook y de otras inclemencias de la vida. Pasa un adolescente aceitunado, envarado, perfumado, demasiado abrigado para la temperatura de este día de verano. Sin duda tiene una cita y se ha probado su escaso guardarropa hasta ponerse lo más elegante. No ha podido prescindir de esa especie de chaquetón negro con bordados brillantes en el cuello y en la bocamanga. Pasa otro en pantalones cortos; cada cuatro pasos mira el móvil. Como la mayoría de los que he visto transitar. De repente caigo en la cuenta de que este paisaje humano tan diverso tiene un mismo rasero. Algo que a pesar de edades, creencias y culturas diferentes los pone a todos firmes y los iguala al residir en estos barrios de las afueras: la web, el algoritmo, el lado oscuro del big data. Todos van dejando un rastro de datos, compras on line, su navegación por la red, algunos impagos, una denuncia aunque sea poco fundada, su código postal… Nadie está a salvo. Todos llevamos tatuado nuestro número o nuestro código de barras. Pero el precariado lo tiene marcado a fuego, como reses estabuladas en las grandes fincas sin vallar del mercado global. Máquinas negras —opacas— procesan sin cesar petabytes con nuestra información. Modelos matemáticos que afectan a nuestras vidas. Los números de la desigualdad.

Dice una autora americana en una publicación reciente:

La crisis financiera dejó bien claro que las matemáticas no sólo estaban involucradas en los problemas del mundo, sino que agravaban muchos de ellos. La crisis inmobiliaria, la ruina de grandes entidades financieras, el aumento del desempleo: todo esto había sido impulsado e inducido por matemáticos que blandían fórmulas mágicas […] Se me ocurrió un nombre para este tipo de modelos perniciosos: armas de destrucción matemática o ADM.

Ese escrito sobre los paseantes de la noche de domingo en el barrio, se conecta así con el titular del suplemento económico del periódico de otro domingo, dos semanas después: «Se cumplen diez años del derrumbe del banco Lehman Brothers que provocó la Gran Recesión». Y también con el título de un poema en uno de los libros que estoy leyendo, de Robert Bly, «Domingo en Glastonbury», en el que en su primera estrofa se habla de otro barrio al anochecer: «Sucede en las afueras,/ en la fragilidad de los suburbios,/ donde la luz parece clarear/ a través de los muros».

Escribo ahora de madrugada. Un alarido de Mar (una pesadilla, sin duda) me ha despertado. Y el graznido histérico de una gaviota, en vuelo picado contra la casa, me ha desvelado.

Desde la ventana de la pequeña sala veo el paisaje que he dibujado de memoria estas últimas veces: los muelles del carbón y las grandes grúas que cargan y descargan los barcos. Tras leer un poema de Elizabeth Bishop en el que una antena de radio (luces rojas que arden en silencio) emite desde la costa, hice ese dibujo nocturno que luego he repetido. Y a esta poeta la he vuelto a encontrar citada, junto con Eliot, como maestra de Jorie Graham (1950) en el Libro de los otros, comentado con precisión y traducido por Jordi Doce: anotaciones que son una hermosa biografía de las palabras justas y del asombro.

Ayer lo leía en la playa, en la tumbona. Interrumpido solamente por un bañista solitario que se acercó a nosotros insistiendo en hablarnos de las corrientes marinas. Estuve subrayando a lápiz muchos versos: «Sendas de eucaliptos: un resto del pálido verano/ temblando en mi garganta». «Esas entrañas de pescado como si fueran luces/ parpadean de nuevo». «El agua arrodillada a la luz de la luna». Este es un verso de Bly. Yo he leído su correspondencia con Tranströmer. Ahora leo sus poemas y a veces se parecen a los del poeta sueco, al que Bly tradujo: de no ser por ello, ese otro verso («los tallos de soja transpiran») creo que no se le habría ocurrido al poeta americano.

Acabé susurrando «Mar cambiante», de J. Graham: «cada vez más/ y más lejos gotea y se pierde el/ pasado, mucho más lejos de lo que solía, batiendo/ contra los postigos que/ he vuelto a asegurar…».

Luego recogimos nuestros bártulos rápida y desordenadamente. Subía la marea y el agua había llegado de forma inoportuna hasta nosotros, llenando de espuma y sal las noticias sobre las tragedias del mundo y las idioteces de los políticos en el suplemento del periódico dominical.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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