Teatro

Enemigos todos

Reseña de la obra teatral 'Un enemigo del pueblo (Ágora)', versión libre a cargo de Àlex Rigola de la obra clásica de Ibsen.

Enemigos todos

/por Jorge Omeñaca/

Entro al teatro Pavón-Kamikaze con esta frase de Miguel del Arco en la cabeza: «Adaptar un texto clásico no significa ponerle vaqueros a Hamlet». Reconozco que la opinión de uno de nuestros más destacados directores de escena (y cofundador de la compañía Kamikaze) me pone a la expectativa, y más aún cuando veo sobre el escenario a Israel Elejalde vistiendo tejanos.

Henrik Ibsen estrenó Un enemigo del pueblo en 1883, antes de que se generalizara el sufragio universal, antes de que Europa fuera Europa, antes incluso de la total abolición de la esclavitud, es decir, en un mundo en el que los seres humanos eran de clase A, clase B y hasta Z; un mundo tan distinto del nuestro. O quizás no tanto.

Àlex Rigola hace una adaptación libre del clásico de Ibsen con el reto de interpelar al ciudadano del siglo XXI a partir de un texto escrito en el XIX. Y en eso, precisamente, basa Rigola el núcleo de su adaptación: en involucrar directamente al espectador, quien, durante hora y media, se convierte en «el pueblo» que, con su voto, decide el devenir de la obra. Pero vayamos por partes.

Un enemigo del pueblo relata la historia de una pequeña ciudad que ha prosperado gracias a la presencia de un balneario, principal atractivo turístico y motor de la economía local. Un día, esa prosperidad se ve amenazada por el descubrimiento de una bacteria contaminante en el sistema de alcantarillado que puede poner en riesgo el funcionamiento del balneario y la salud de toda la población. La bacteria es descubierta por el doctor Stockmann, un hombre de férreos principios, quien se propone hacer público tal descubrimiento. El deseo de Stockmann encontrará la oposición en diferentes personalidades de la ciudad: la alcaldesa, el representante sindicalista o los periodistas del diario local. Las autoridades parecen más preocupadas por los inconvenientes que generaría el cierre del balneario y por no comprometer la economía de la ciudad que por la salud de sus ciudadanos.

Éste es el planteamiento de la obra de Ibsen. Al inicio de la representación, en un ejercicio democrático que es trasunto de la propia obra, se someten a votación varias preguntas que los espectadores deben responder con las papeletas SÍ o NO, verde o roja, que les han dado antes de comenzar la representación. No revelaré cuáles son tales preguntas, pero sí puedo adelantar, sin ánimo de hacer spoiler, que el abanico de opciones que se deriva de ellas encierra en sí lo contradictorio y manipulable de la democracia. Me pregunto, cuando oigo el recuento de la última pregunta, si todo esto no es más que un truco encubierto del director, o si el ejercicio viene a confirmar el conflicto ético que Ibsen ya adelantó hace más de un siglo. En la duda tal vez esté la respuesta.

Estas preguntas son formuladas por los actores; y cuando digo actores, no me refiero a los personajes de ficción, sino a quienes los encarnan: Israel Elejalde (el doctor), Irene Escolar (la alcaldesa), Francisco Reyes (el representante sindical), Nao Albet y Óscar de la Fuente (los periodistas). Así se nos presentan al comienzo de la obra, para luego, una vez llevada a cabo la ronda de votaciones, mutar en los personajes de la ciudad del balneario enfrentados ya de pleno a su conflicto.

Rigola recurre a este recurso para difuminar la línea divisoria entre realidad y ficción, de modo que es inevitable escuchar hablar al doctor Stockman y pensar que lo hace el propio Elejalde, y lo mismo con la alcaldesa y el resto de personajes de la obra. El segundo recurso que el directo pone en práctica para difuminar esta línea es interpelar directamente al espectador, con el que los actores-personajes establecen un diálogo continuo.

Poco a poco, vamos conociendo resto de la historia gracias el testimonio de los diferentes personajes, testimonio que abarca todas las partes implicadas y puntos de vista, personajes que intervienen estableciendo un diálogo con el espectador, justificando cada una de sus opiniones y actos. ¿Os suena?

Tras la última intervención-alegato del doctor, quien defiende con enérgico ímpetu sus argumentos frente al público, comienza el debate. Se reparten micrófonos; el espectador tiene la palabra. Un hombre se muestra a favor de lo afirmado por Stockmann: que en una democracia no todos deberían poder votar, puesto que no todos están capacitados para ello. Otra espectadora le contesta que a la hora de votar no debería ser posible la discriminación de ningún tipo, que eso no es democracia. El doctor Stockmann replica que a priori a ninguno se le debería negar el derecho a voto, al igual que a nadie se le niega el derecho a conducir, pero que solo aquellos que superan un examen de certificación pueden hacerlo. A lo que un chico joven, probablemente estudiante, responde que en ese caso la certificación debería correr a cargo de las instituciones más prestigiosas y fiables, como la Universidad Rey Juan Carlos. El público ríe. El doctor ríe. Y yo me pregunto si quien ríe y quien defiende un sistema de voto por carné son personas distintas, si es el doctor Stockman o Israel Elejalde. Una mujer alza la mano y se pone en pie para protestar: ella esperaba ver representado el texto original de Ibsen y no este sucedáneo en el que encima le piden opinión. Amenaza con marcharse. Los personajes-actores la disuaden a que lo haga. La última intervención corre a cargo de una adolescente, quien coge el micrófono para decir que todavía no está en edad de votar, pero que si tuviera qué hacerlo, no sabría muy bien cómo porque todavía no entiende lo que es la democracia. Y esa, a mí, me parece la intervención más lúcida de la noche.

Los cinco actores cumplen con notable eficacia en trasladar las ideas del texto original, tanto en su papel como personajes como en el suyo propio, aunque es cierto que la propuesta dramática de Rigola se presta menos al lucimiento interpretativo y más al de concepto. Solo Israel Elejalde, en su papel de médico-enemigo del pueblo, consigue romper esa imposición formal en un par de ocasiones: la primera, en el discurso que precede a la votación del público, en el que irrumpe con fuerza paseando por el entarimado que se adentra en el patio de butacas, provocando a la audiencia; y la segunda, en la vehemencia con la que defiende sus ideas frente a las distintas opiniones expresadas por el pueblo.

La virtud de los cinco actores, en cualquier caso, de todos ellos, es hacer desaparecer sutil y verosímilmente la línea que separa al individuo-actor de su correspondiente personaje de ficción. La gran virtud de Rigola estriba en eliminar con maestría la barrera imaginaria entre escenario y patio de butacas para hacer partícipe al espectador del conflicto ético que planteó Ibsen hace más de un siglo. Como buen adaptador y sabio director, Rigola dota al texto de Ibsen de un formato y un lenguaje dramático más acorde con los de nuestro tiempo, pero respetando sus ideas esenciales, que llegan a nosotros con un nuevo relieve y renovado vigor, sin que por ello el mensaje original se vea alterado.

Este fue mi enemigo del pueblo. Si tenéis oportunidad de ver la adaptación de Rigola, probablemente, veréis otro distinto. Pero estoy seguro de que será un Ibsen, sea cual sea el que veáis. Y también de que no llevará vaqueros. O tal vez sí.


Un enemigo del pueblo (Ágora)
Henrik Ibsen
Versión libre y dirección de Àlex Rigola
Dramaturgista: Ferran Dordal
Intérpretes: Nao Albet, Israel Elejalde, Irene Escolar, Óscar de la Fuente y Francisco Reyes
Dirección de producción: Jordi Ruxó y Aitor Tejada
Producción ejecutiva: Pablo Ramos Escola
Escenografía: Max Glaenzel
Iluminación: Carlos Marquerie
Diseño gráfico: Patricia Portela
Comunicación: Pablo Giraldo
Ayudante de dirección: Alba Pujol
Asistente a la dirección y a la producción: Lucía Díaz- Tejeiro
Una producción de El Pavón Teatro Kamikaze

La obra estará en el teatro Pavón-Kamikaze de Madrid hasta el 6 de octubre, para luego marchar de gira por varias ciudades de España. La primera, Zaragoza, los días 19 y 20 de octubre.


Jorge Omeñaca Labarta (Zaragoza, 1981) estudió administración y dirección de empresas en la Universidad de Zaragoza. En diferentes períodos de su vida pasó por Italia, Reino Unido y Taiwán antes de afincarse definitivamente en Madrid en el año 2009. Ha desarrollado gran parte de su carrera profesional en el campo de la consultoría estratégica, actividad que compagina con la escritura. Desde hace años frecuenta talleres de escritura con profesores como José Ovejero, Marta Sanz o Ignacio Ferrando. Ha publicado la novela Retuerta (Adeshoras, 2018), a la que dedicó más de dos años. En la actualidad trabaja en un segundo libro.

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