Crónica

Las lecciones de Tlatelolco

«Lo mismo los que murieron que los que sobrevivieron a Tlatelolco no nos hablan desde el pasado, sino desde el presente; y nosotros tenemos la responsabilidad de decir no solamente que no hay olvido ni perdón, sino también que seguimos en la lucha».

Pensar con Marx hoy

Las lecciones de Tlatelolco

Pablo Batalla Cueto asiste en Madrid al congreso Pensar con Marx hoy, que pasa revista al legado y a la vigencia de Karl Marx y su pensamiento cuando se cumplen doscientos años de su nacimiento; y EL CUADERNO publicará una crónica diaria de alguna de las conferencias plenarias celebradas durante los cuatro días que dura el evento.

Fue un 2 de octubre de hace exactamente cincuenta años. El gobierno mexicano dio la orden de disparar contra los miles de estudiantes que se manifestaban en la plaza de las Tres Culturas (o de Tlatelolco) de la capital del país para protestar contra el autoritarismo del presidente Gustavo Díaz Ordaz y perpetró una carnicería de la que el número de muertos aún no se conoce con exactitud, pero se lo calcula en más de trescientos. El acontecimiento marcó un hito sangriento en la historia latinoamericana y tuvo consecuencias profundas que atravesaron a toda la izquierda continental, definitivamente convencida de que de la no violencia era un camino cegado en lo que respectaba a acometer transformaciones sociales profundas en los distintos países. Y el congreso Pensar con Marx hoy, inaugurado justamente el 2 de octubre de 2018 en el campus de Somosaguas de la Universidad Complutense de Madrid, decidió sumarse a las conmemoraciones del acontecimiento dedicando a Tlatelolco y a las lecciones que la efeméride sigue ofreciendo media centuria después la segunda de sus doce conferencias plenarias programadas.

Marcos Roitman, profesor de sociología de la Universidad Complutense, fue el encargado de poner en contexto la masacre y sus consecuencias; y lo hizo remitiéndose en primer lugar a la Revolución cubana, cuya influencia a todo lo largo de la década de los sesenta había sido capital a todos los niveles para la izquierda política de un continente que en los años cincuenta se había enfrentado ya, en el contexto de la guerra fría, a los estrechos límites de unas democracias tuteladas por el gigante del Norte, la primera lección al respecto de lo cual había sido el golpe de Estado prepetrado contra el presidente guatemalteco Jacobo Árbenz bajo los auspicios de la CIA en 1954. La gesta de los barbudos cubanos había sembrado en todas las izquierdas latinoamericanas —explicó Roitman— «una nueva visión de América Latina: la de la revolución posible, la revolución viable, y también la demostración fehaciente de que la lucha ya no debía desarrollarse en base a la lógica parlamentaria, sino a la insurreccional». Retoños de aquella siembra eran, en aquél que en 1968 todavía era un «momento optimista», el Frente Sandinista nicaragüense, el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre acaudillado por Marco Antonio Yon Sosa en Guatemala, el ELN colombiano y toda otra miríada de movimientos emancipatorios que brotaban por doquier y lo mismo en gigantes como Brasil que en Pulgarcitos continentales como El Salvador. Tlatelolco —expuso Roitman— fue otra de esas expresiones, marcada asimismo por el «punto de inflexión» que había representado el asesinato del Che Guevara en Bolivia en 1967.

Pero no cabe hablar sólo de antecedentes políticos cuando se trata de explicar Tlatelolco: a juicio de Roitman, no menos importantes fueron en este sentido las transformaciones, igualmente radicales, que América Latina había experimentado en lo que respectaba al arte y a la cultura, e incluso a las luchas de género. Había comenzado a funcionar ya entonces —explicó Roitman— «una nueva visión crítica con respecto al patriarcado y en lo que respectaba a la concepción de la mujer como madre y esposa» de la que las manifestaciones más visibles eran la incorporación de numerosas mujeres a los distintos movimientos guerrilleros y a carreras universitarias eminentemente masculinas hasta entonces (como las ingenierías o la física) y nuevos usos y costumbres como el uso de pantalones o la utilización de la píldora anticonceptiva.

En lo que respectaba al arte en sentido amplio, las dos décadas previas a Tlatelolco habían sido los años del boom latinoamericano: un benemérito tsunami de revolución literaria que debía sus manifestaciones más excelsas a los Julio Cortázar, David Viñas, Miguel Ángel Asturias, Mario Vargas Llosa, José María Arguedas, Luis Cardoza y Aragón, Arturo Uslar Pietri o Juan Rulfo, también ellos representantes, de distintas maneras, de «una visión de la historia de América Latina que recogía la crítica a las dictaduras» y que articuló las luchas de aquellos años contra los distintos tiranos continentales. En novelas como El otoño del patriarca, El reino de este mundo, El laberinto de la soledad,  Historia universal de la infamia o Yo, el supremo, y también en la poesía de Mario Benedetti, Pablo Neruda o Gabriela Mistral, los jóvenes rebeldes de aquella generación encontraron acicates, arquitrabes y contrafuertes de sus ideas de emancipación, cristalizadas también en una nueva comprensión de las artes plásticas de la que la mejor expresión fue el muralismo mexicano de los Rivera o Siqueiros, replicado después en Chile por Julio Escámez, en Ecuador por Oswaldo Guayasamín o en Brasil por Di Cavalcanti. «Las murallas, los crisoles, las paredes de las universidades y los viejos ministerios, etcétera, empezaron a ser parte de la conciencia política colectiva», expuso Roitman. La cultura, añadió, «salía a la calle y se expresaba en un conocimiento de la memoria colectiva que antes se circunscribía a los museos y a las élites». Y todo ello redondeaba un avivamiento de la lucha antiimperialista que tenía en Vietnam su meca indiscutible, y que arreciaba tras cada golpe de Estado en la República Dominicana, Brasil o Argentina.

Uno de los murales de Oswaldo Guayasamín (1919-1999).

A todo ello, México añadía una conciencia acusada de la necesidad de una reforma universitaria profunda que arrebatara al todopoderoso PRI uno de los pilares de su hegemonía: la UNAM, centro de formación de sus cuadros gobernantes por excelencia. Que el PRI acabara convirtiendo las protestas estudiantiles en una dantesca sarracina lo explica esa preocupación y también el hecho de que aquel año se celebrasen las Olimpiadas en México: había que barrer cualquier elemento de conflictividad interna —explicó Roitman— en aras de que el país ofreciera ante el mundo una imagen aseada. Tlatelolco significó —desarrolló seguidamente el historiador— un punto de inflexión no sólo para la izquierda, sino también para el anticomunismo, que a partir de entonces renovó su convicción acerca de los riesgos que representaba una izquierda optimista y envalentonada y de que la respuesta ante ello debía ser brutalmente expeditiva; lección que se aplicó después en toda su crudeza en los potros de tortura del Cono Sur.

Terminó Roitman su intervención preguntándose qué significa hoy Tlatelolco y qué puede o debe celebrar o conmemorar la izquierda si es que hay algo digno de ello. No fue optimista el mensaje del profesor, que manifestó su convicción de que América Latina se yergue hoy ante el mundo presentando de nuevo un proyecto propio, «pero dentro de una lógica neoconservadora y neoliberal aparejada a una guerra de cuarta generación a la que ya no le hacen falta bombas ni golpes de Estado militares, pues se sirve de otros mecanismos de control y dominación no ya biopolíticos, sino psicopolíticos; de criminalización del pensamiento y de la pobreza». Ante ese panorama —opinó—, el desolador valor de Tlatelolco es la absoluta vigencia de los ideales de los jóvenes que protagonizaron el acontecimiento. «Lo mismo los que murieron que los que sobrevivieron a Tlatelolco no nos hablan desde el pasado, sino desde el presente; y nosotros tenemos la responsabilidad de decir no solamente que no hay olvido ni perdón, sino también que seguimos en la lucha», concluyó Roitman antes de recibir un aplauso estruendoroso.

Izquierdas parcelarias

Tomó el micrófono seguidamente Ángeles Díez, profesora de sociología de la Universidad Complutense, cuya intervención se alejó un tanto de la plaza de las Tres Culturas, conectó más bien con el título del congreso que con el de la charla, versó en su totalidad sobre el más estricto presente y quiso ser una respuesta a la siguiente doble pregunta: «¿Qué pasa con las izquierdas latinoamericanas y europeas en el siglo XXI? ¿Cuál es su relación con el marxismo?». Díez fue dura en su crítica a «unas izquierdas que por un lado se han colocado, en su mayor parte, en lo que ya Marx llamaba conocimiento especulativo y por otro se abonan a un democratismo legalista casi decimonónico: es casi como si se hubieran convertido en hegelianos de repente». Marx también criticó, recordó, la visión que los Jóvenes Hegelianos de su época tenían de la democracia como preámbulo de la revolución social: les replicaba que allí no sólo no estaba la superación de la división entre sociedad y Estado político, sino su perfeccionamiento; advertencia que al decir de la profesora conserva plena vigencia en el tiempo actual. Rechazó también Díez la complicidad de las izquierdas modernas con «una visión parcerlada, fragmentada, del mundo contra la que, una vez más, Marx arremetió en su época». Una de las muchas manifestaciones de esa parcelación es, a juicio de la profesora, el enorme número de lecturas distintas de Marx que se hallan en circulación y que oponen «el joven Marx al Marx maduro; el economista al filósofo y al humanista, etcétera», lo que en opinión de la profesora permite adaptar a Marx y su obra a la agenda de cada cual y debe ser combatido en busca de una lectura completa y compleja del pensador renano.

Díez achacó todas estas regresiones a la hegemonía ideológica del neoliberalismo pidiendo no olvidar que, aunque Estados Unidos haya entrado en una franca decadencia en los ámbitos militar, económico y político, conserva intacta su hegemonía en el ideológico o cultural. Hizo autocrítica al respecto manifestando que «los intelectuales de izquierda tenemos una gran responsabilidad en haber permitido que esos valores promocionados y alimentados por el capitalismo sigan siendo hegemónicos; en haber contribuido a reproducir una visión fragmentada, compartimentada, del mundo y haber desplazado el foco de nuestras tareas, obligaciones y responsabilidades del conflicto capital-trabajo a las consecuencias de ese conflicto: pérdida de derechos y libertades, empobrecimiento, desigualdad, etcétera». Mal regadas de esa manera, las izquierdas, hoy —opina Díez—, «en el mejor de los casos se entretienen buscando, como al Santo Grial, un nuevo sujeto revolucionario que no aparece en ningún lado y en el peor, en vez de remangarse y apoyar los procesos revolucionarios más o menos en marcha (Venezuela, Bolivia, etcétera), se convierten en abanderadas de una supuesta verdadera revolución». Y en general, se abonan a «distintas formas de distribución de los excedentes; a una mercadotecnia obsesionada con hacerse con cuotas de poder en las instituciones con propuestas programáticas que no pasan de ver cómo se gestiona mejor la miseria». Una izquierda así —afeó— «se convierte en la principal valedora del neoliberalismo; en un lubricante del sistema».

«Podemos afirmar —expuso Díez seguidamente— que estamos ante un reencantamiento del mundo que bajo mi punto de vista se inició después de Mayo del 68, y que en estos momentos dispone de dispositivos extraordinariamente potentes que construyen un mundo paralelo, virtual, que al tiempo que disfraza e invisibiliza el sometimiento y la explotación nos distrae y distrae las resistencias. Los intelectuales de izquierdas, sus líderes y los movimientos sociales se muestran incapaces de vislumbrar dónde está el frente de batalla. Ya no hay quien dibuje los mapas del poder tal y como pedía Foucault, que señalaba que la labor de los intelectuales no era ponerse a la cabeza de los movimientos sociales sino diseñar esos mapas; señalar los valles y las montañas de la concentración del poder a fin de facilitar lo más posible el derrocamiento del capitalismo». Los intelectuales viven en cambio —dijo Díez— una suerte de «mareo» o de «desconcierto», a los que además contribuye a incrementar un narcisismo promovido por el mercado editorial y mediático. Y en conjunto —concluyó—, el panorama actual es que «un nuevo idealismo posmoderno recorre Europa, salta mares y océanos cabalgando a lomos de un celular y recorre también América Latina desprendiéndose de la corporeidad de las necesidades más básicas, como la alimentación, la salud o la educación, y abogando en cambio por un relativismo constructivista para el que el ser humano es una realidad plástica y maleable y la política no tiene que ver con el poder, sino con la voluntad y en última instancia con el deseo». Se llega a discutir —lamentó— la incompatibilidad entre capitalismo y democracia o la posibilidad de reformas en el seno del capitalismo, que se daban certeramente por imposibles hace varias décadas.

La profesora concluyó su intervención haciendo una suerte de llamada a rebato a la intelectualidad progresista mundial: la de ponerse «al servicio de la vida concreta materia y en el centro el conflicto capital-trabajo, y en suma, indicar caminos reales para liberar las potencialidades revolucionarias del ser humano; para hacer posible lo necesario».

Siete enseñanzas

La mesa redonda se cerró con una intervención del profesor argentino Atilio Borón, que recogió el testigo de Díez lamentando a su vez la conversión del marxismo en una filosofía especulativa. Se llega hasta el punto, dijo, de que «los posmodernos renuncien no ya a transformar el mundo, sino incluso a interpretarlo: la sociedad se ha convertido para ellos en un texto susceptible de múltiples lecturas y se ha abandonado la idea de una interpretación verdadera y acabada de la realidad y en consecuencia una vocación genuina de cambiar el mundo». Lo achacó Borón al funcionamiento del sistema universitario y al habilidoso manejo que hace de las becas a modo de premios y castigos. «Hoy en día en América Latina —explicó—, aquel candidato que quiera presentarse a una beca diciendo algo así como que el desarrollo de los conflictos sociales entre los trabajadores y los empresarios en la industria metal-mecánica en Argentina revela dosis crecientes de radicalidad en las demandas obreras está condenado a ser apartado como un vulgar ideólogo o agitador. Si en cambio diserta sobre el evidente carácter contingente de todas las determinaciones sociales, que en su indefinición produce un desarrollo imposible de predeterminaciones, y que de ninguna manera puede ser reducido a leyes universales y causales, rápidamente se le da una beca, subsidios y se lo manda a España, a Francia, a Estados Unidos… Y eso es así porque ésos son conocimientos absolutamente inofensivos, que no tocan ninguno de los problemas fundamentales, y que en el fondo sirven para sembrar confusión y generar una especie de esterilidad en el campo de las izquierdas».

Borón, retomando la cuestión del legado de Tlatelolco, dedicó seguidamente el grueso de su intervención a proponer siete enseñanzas fundamentales de todo lo sucedido en América Latina durante el medio siglo transcurrido de que el presidente Ordaz diera orden de cargar contra la multitud. Fue ésta la primera de ellas: cualquier proyecto de transformación social, y aun los de naturaleza reformista, desatará siempre en los países de América Latina una virulenta respuesta de las fuerzas sociales de la burguesía; y la izquierda no debe hacerse ninguna ilusión con respecto a que reduciendo su perfil crítico vaya a obtener una respuesta más razonable por parte de la propia burguesía. «No hay ninguna chance de que eso ocurra: la experiencia histórica lo demuestra hasta el cansancio», manifestó el profesor, que acto seguido, y en línea con el punto anterior, expresó su convicción de que «un error fatal de las izquierdas ha sido caer en la ilusión de que cuando gobiernen se van a enfrentar a una oposición leal, que cree en la democracia y que apuesta por las reglas de juego de la democracia. No hay tal cosa, y lo hemos visto con gobiernos moderados como el del Frente Amplio uruguayo, el del PT brasileño o el kirchnerismo en Argentina, ninguno de los cuales era de izquierda radical pero concitaron igualmente una deslealtad sistemática por parte de la oposición, cuyas operaciones de desestabilización fueron permanentes».

La tercera de las enseñanzas que a juicio de Borón ofrece la historia reciente iberoamericana es que todo proceso de cuestionamiento al capitalismo origina una respuesta internacional del propio capitalismo, y podría hacerse axioma de que la que se haga en el país más pequeño de América Latina originará la misma que si fuera la Unión Soviética la amenaza, como demuestra —expuso el profesor— que «todos los cañones estén enfilados para destruir la experiencia democrática del Frente Farabundo Martí en El Salvador». El imperialismo —dijo— «no se anda con chiquitas y responde siempre con sus armas más contundentes para desarticular cualquier amenaza a su dominación». Ante este panorama, la existencia de un partido revolucionario ha demostrado al decir de Borón ser esencial para el éxito de todo proceso revolucionario o transformador. No lo hay que se sostenga al margen de un príncipe colectivo que tiene como función primordial desarrollar y extender la conciencia crítica al respecto de lo que es el capitalismo. La sabiduría popular es muy acertada en algunos terrenos, pero en otros no, explicó: «Por ejemplo, el campesinado boliviano tiene una sabiduría ancestral maravillosa en materia de cultivos o de crianza, pero en el fondo cree que la pobreza es endémica en cualquier sociedad. No se puede caer en la ilusión de pensar que el pueblo que ha sido sometido y embrutecido durante quinientos años, como el Che Guevara dijo en tantas ocasiones, desarrolle espontáneamente una conciencia clara de la sociedad en la que vive».

Siguió manifestando Borón su convicción de que «la educación, la concientización política al estilo de Paulo Freire, es esencial para cualquier proceso de transformación»; y expuso en este sentido que «un defecto fundamental que tuvieron las experiencias transformadoras en América Latina, desde el chavismo hasta el kirchnerismo, fue que no se creó ciudadanía transformadora. Se pensó que haciendo consumidora a la gente sacada de la pobreza se iba a generar una conciencia transformadora o revolucionaria: craso error. Se acabó confirmando la vieja teoría de un sociólogo norteamericano, Robert Merton, sobre los grupos de referencia en sectores sacados de la pobreza por Lula, Cristina [Fernández] o Correa que al acceder al consumo sin educación política pasaron a votar como clase media reaccionaria y conservadora. En El Alto, que era un páramo antes de Evo y donde hoy hay universidades y unos teleféricos maravillosos, ahora votan en contra de él, y votan en contra porque no hubo educación política».

Para que el gobierno transformador pueda cumplir con su misión histórica (sexta enseñanza), debe abordar a juicio de Borón «un esfuerzo permanente para evitar la deformación burocrática. Si no, esos gobiernos están condenados, porque la burocracia, como decía Max Weber, tiene una raíz eminentemente conservadora. El mayor obstáculo a los procesos de transformación en gobiernos revolucionarios de izquierda suele ser el aparato estatal».

Finalmente (séptima enseñanza), Borón consideró necesario subrayar que «una cosa es la conquista del gobierno y otra muy distinta y muy ardua la conquista del poder. Los gobiernos progresistas de América Latina cayeron en la ilusión de que habían conquisado el poder, pero nunca lo consiguieron. Los que más se acercaron fueron los venezolanos en la época de Chávez, pero el resto no lo tenían ni de lejos», dijo antes de desentrañar qué es en esencia ese poder que cuesta tanto conquistar: «Si tuviéramos que reducirlo a su esencia más compleja, sería el dominio del capital financiero y el control de los medios de comunicación de masas, y ninguno de estos gobiernos consiguió ni lo uno ni lo otro». Y fue con ese lamento que cerró su intervención.

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