Crónica

La huelga de la Canadiense

Israel Llano Arnaldo estrena una serie de crónicas históricas para EL CUADERNO con una sobre el auge sindical español de principios del siglo XX y la huelga de la Canadiense, que en 1919 conquistó por primera vez en España la jornada de ocho horas.

La huelga de la Canadiense

/por Israel Llano Arnaldo/

La llegada del siglo XX a España, lejos de acarrear unos cambios que se antojaban necesarios, supuso una continuación de la inestabilidad política y social que había caracterizado al país del siglo anterior desde que Napoleón empezase a interferir en la política española a finales del reinado de Carlos IV. Con la nueva centuria desaparecían de la escena política Cánovas y Sagasta, líderes del sistema de turnismo que se había impuesto con la Restauración borbónica, que implicaba la alternancia en el poder entre conservadores y liberales. Sus sucesores fueron incapaces de afrontar con garantías una situación política y social que se iba agravando con problemas como el impacto que supuso la pérdida de las últimas colonias de ultramar, el progreso del republicanismo como alternativa política, las sombrías conexiones del régimen con el caciquismo o la carestía de alimentos y de condiciones dignas de vida de gran parte de una población que malvivía en torno a una organización mayoritariamente de subsistencia agraria de autoabastecimiento. Todo ello entre cambios constantes de ejecutivos, presidentes y ministros, que destacaban por su brevedad en el cargo.

A todo esto se sumaban las aspiraciones de autogobierno del nacionalismo catalán, que se concentraban alrededor de un movimiento político, fundado en 1906, llamado Solidaridad Catalana y los continuos conflictos que tras el desastre del 98 se gestaban en el seno de un ejército preocupado con el trato que le dispensaban los gobiernos y el crecimiento del antimilitarismo en la sociedad, por lo que cada vez se inclinaban más hacia una solución drástica, con numerosos militares dispuestos a inmiscuirse en los asuntos civiles. Por otro lado, acontecimientos como la Semana Trágica de Barcelona de 1909, los continuos conflictos laborales entre patronal y trabajadores o el pistolerismo anarquista también ayudaron a elevar el clima de tensión que se vivía en la España de comienzos del siglo XX.

Pablo Iglesias Posse (1850-1925).

A la sombra de todos estos vaivenes sociales y políticos, los trabajadores de la industria, el comercio y los transportes, además de los campesinos, se fueron organizando alrededor de nuevos partidos y organizaciones sindicales en pos de mejorar unas condiciones de vida laboral paupérrimas. Destacaban dos tipos de corrientes ideológicas: por un lado las socialistas, agrupados en el PSOE —fundado en 1879 por un grupo de trabajadores de la industria tipográfica liderados por Pablo Iglesias Posse— y la Unión General de Trabajadores (UGT), nacida en 1888 e ideada para servir como el brazo sindical del PSOE con preceptos basados en las teorías políticas marxistas. Por otro lado, de carácter anarquista, surge la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), constituida en 1910 bajo la influencia de los preceptos de Mijaíl Bakunin. Estas asociaciones de trabajadores suponían un contrapeso a una pujante burguesía que, aunque retrasada respecto al resto de Europa, había copado prácticamente en su totalidad la actividad económica del país desde tiempo atrás. No obstante, el arraigo del sindicalismo en España ya desde sus comienzos en las últimas décadas del siglo XIX, debido sobre todo a su escasa cultura urbana e industrial, no se podía comparar al de países del entorno como Francia, Gran Bretaña o Italia, donde los sindicatos obreros se contaban por decenas, con cientos de miles de afiliados, y los partidos correspondientes contaban con numerosa representación en los parlamentos nacionales.

Cuadro de Antonio Estruch que representa una manifestación republicana celebrada en Sabadell en 1904.

Dos maneras de entender el sindicalismo

La socialista UGT fue fundada como un movimiento sindical de tipo democrático, moderado y jerárquico, que no tenía entre sus objetivos, en un principio, aspiraciones revolucionarias y aceptaba el juego de elecciones parlamentarias, a pesar de ser conscientes de que el sistema estaba totalmente controlado por el Gobierno que en cada momento ostentase el poder. En sus inicios, la acogida entre los trabajadores fue muy modesta, con sólo unos 3000 afiliados, pero tras la crisis del 98 derivada de la pérdida de las colonias, el número aumentó hasta los 26.000 en los primeros años de siglo, y tras la crisis de 1917 el número de filiaciones se multiplicó hasta superar las 200.000. La UGT estaba implantada principalmente en Madrid, Asturias, Vizcaya y algunas zonas de Andalucía y compuesta, sobre todo, por mineros, albañiles, obreros metalúrgicos y tipógrafos, gremio este donde había nacido el sindicato, como se ha indicado.

Por su parte, el anarquismo se había asentado con fuerza, sobre todo, en Cataluña y entre el campesinado andaluz y extremeño, pero carecían de una organización estable, lo que venía influido por su propia cultura de rechazo a las jerarquías. Desde 1890 proliferaron los actos individuales de terrorismo anarquista contra las autoridades, llegándose a atentar contra Alfonso XIII en varias ocasiones de las que salió ileso, aunque una bomba dirigida contra él y su esposa el día de la boda de ambos llegó a matar a 23 personas en 1906. La dura represión del Gobierno tras el atentado, que equiparó el anarquismo con el terrorismo, lejos de reducir la conflictividad, la agravó y los actos de violencia anarquista se multiplicaron hasta culminar con el asesinato de José Canalejas, presidente del Gobierno, en 1912.

No obstante, la necesidad de una organización ante la guerra frontal que el Gobierno había planteado y el convencimiento de que los atentados terroristas no servían para lograr sus propósitos llevó a un grupo de anarquistas a crear la CNT, que ya en su primer congreso de 1911 contaba con más de 30.000 afiliados, a los que se sumaban cada día numerosos miembros en un crecimiento que se tornaba imparable. Sus premisas se basaban en una serie de principios que resultaban muy atractivos para los trabajadores en circunstancias económicas límite: una organización de carácter local y no nacional, por lo que no existía una federación central que impusiera obligaciones al resto; cuotas mensuales muy limitadas —apenas unos céntimos— o incluso gratuitas cuando los sueldos eran ínfimos… Además, sus mandos no recibirían ninguna remuneración, lo que los diferenciaba de los responsables de la UGT. A finales de los años veinte, la CNT sumaba 400.000 afiliados sólo en Cataluña, siendo España el único país del mundo donde el anarquismo llegó a triunfar como fenómeno que arrastrase a las masas.

La huelga como instrumento político

Para hacer llegar su mensaje a los trabajadores, los sindicatos recurrían a diversos procedimientos, tales como la fundación de periódicos y la emisión de publicaciones, los mítines y asambleas o las Casas del Pueblo socialistas. Pero el recurso más socorrido, probablemente por ser el más eficaz, era el de la huelga. Desde las últimas décadas del siglo XIX, cuando campesinos y obreros habían comenzado a tomar conciencia de su situación y a organizarse, las huelgas habían estado presentes en el ámbito laboral, pero en las dos primeras décadas del siglo XX su cantidad y seguimiento fueron haciéndose cada vez más importantes. No obstante, no solían ser un fenómeno constante y se producían periodos que alternaban una intensa actividad reivindicativa con otros en los que las acciones se detenían de forma brusca. El ámbito geográfico donde las huelgas solían tener mayor repercusión era casi siempre Cataluña. En el resto del Estado hubo también paros y conflictividad laboral considerables, pero los más importantes se centraron en Barcelona, donde la CNT, que era el sindicato más dispuesto a las acciones más contundentes, estaba más fuertemente implantada. Por regla general, los actos de protesta no solían estar muy bien organizados y las autoridades conseguían reducirlos con facilidad. Además de las numerosas huelgas en ámbitos de actuación concretos para reivindicaciones de un gremio o dentro de una empresa concreta, se pueden señalar varias huelgas generales que por su importancia tuvieron una trascendencia mayor y que pretendían un cambio más profundo en las relaciones sociales y laborales.

Un primer momento de escalada en las protestas se produjo entre 1901 y 1903 por dos motivos fundamentales: el auge de los movimientos libertarios internacionales, sobre todo del sindicalismo revolucionario francés, que habían hecho de la huelga un instrumento eficaz de presión en sus respectivos países, y la profunda crisis que acompañó la caída de las ultimas colonias. Se declararon varios paros generales en distintas zonas de España, por ejemplo en Sevilla, donde llegaron a producirse hasta tres huelgas generales en ese periodo, pero la más destacada fue la de Barcelona de 1902, inducida por los anarquistas y que paralizó la ciudad durante una semana. La mencionada crisis del 98 había provocado una caída significativa de las condiciones laborales y se habían disparado el paro y la duración de la jornada laboral. Aunque en un principio los huelguistas lograron frenar la entrada de mercancías a la ciudad y hubo un cese de actividad en fábricas y transportes, Ejército y Guardia Civil no tuvieron apenas problemas para controlar la situación y la huelga terminó en fracaso ya que no se consiguió ninguna de las reivindicaciones obreras.

‘La carga’, de Ramón Casas, representa la represión de la huelga de Barcelona de 1902.

Otro punto álgido de demandas obreras sucedió durante la Semana Trágica de Barcelona de 1909: un levantamiento popular contra el reclutamiento de trabajadores para la guerra de Marruecos que acabó degenerando en una huelga general, entre marcados sentimientos anticlericales y antimilitares, y que paralizó la ciudad y se extendió hacia otros lugares. Esta vez no se trataba de una queja por los derechos laborales, sino que se protestaba contra una legislación que permitía que los llamados a filas pudieran librase de ir a la guerra mediante el pago de una cuota, la redención en metálico, por lo que las clases adineradas quedaban exentas del reclutamiento y eran los trabajadores los que debían acudir a una guerra que, además, estaba muy mal vista por parte de la sociedad española. El 26 de julio, declarada por el partido socialista de acuerdo con los radicales republicanos y los anarquistas, comenzó la huelga general, tomando en Barcelona la categoría de verdadera insurrección, que llevó al Gobierno a declarar el estado de guerra. Los insurgentes prendieron fuego a decenas de iglesias y conventos y durante una semana las calles fueron escena de numerosos actos de violencia. El gobierno también actuó con contundencia y la represión efectuada tras el final de los tumultos fue desproporcionada, con varias sentencias a muerte. La UGT extendería la huelga a toda España el 2 de agosto, una vez concluidos los disturbios en Barcelona, lo que le daría una gran popularidad y un gran número de nuevos afiliados al sindicato. Su brazo político, el PSOE, aprovecharía la coyuntura para formar una coalición con los radicales que en las siguientes elecciones les otorgaría una destacada presencia en los ayuntamientos y a Pablo Iglesias, por primera vez, un escaño en las Cortes.

El tercer punto crítico sucedió tras la primera guerra mundial. Durante el conflicto, España, se había beneficiado económicamente con las exportaciones efectuadas gracias a su neutralidad, pero su final trajo una crisis política y económica que supuso la descomposición definitiva del sistema de la Restauración. En el ámbito laboral, la galopante inflación redujo de forma drástica la capacidad adquisitiva de los trabajadores, por lo que los paros y manifestaciones, incluso los saqueos, abundaron y las huelgas llegaron a multiplicarse por cinco en un ambiente de enconada tensión. A partir de 1916, aunque sus diferencias ideológicas seguían siendo grandes, tanto UGT como CNT adoptaron una estrategia unitaria de lucha para la lograr una revolución social mediante un sindicalismo revolucionario que acarrease la caída definitiva del sistema, incluida la Monarquía. El 18 de diciembre de 1916 ambas centrales convocaron una huelga general que supuso el encarcelamiento de varios sindicalistas. En agosto del año siguiente, las centrales sindicales se unieron a un grupo de militares descontentos que se habían unido en las llamadas Juntas de Defensa y a varios políticos que pretendían un cambio de régimen para convocar una huelga general que nuevamente fue duramente represaliada y en la que el Ejército abrió fuego indiscriminadamente contra los obreros.

A pesar del crecimiento y la relevancia que había ido adquiriendo lentamente el movimiento obrero, tras varias décadas de luchas apenas había logrado avanzar en muchas de sus reivindicaciones más importantes y había sido sistemáticamente reprimido por los gobiernos a los que se había enfrentado, que se ponían del lado de las patronales a la hora de afrontar cualquier conflicto.

La Canadiense: el primer gran triunfo obrero

Riegos y Fuerzas del Ebro era una filial de la empresa Barcelona Traction, Ligth and Power, conocida popularmente como La Canadenca o La Canadiense porque su principal capital provenía de Canadá y Reino Unido, y su principal cometido era el suministro de electricidad para la Ciudad Condal. Fundada en 1911, era una empresa sumamente innovadora para la época, ya que pretendía cambiar el uso del carbón como fuente principal de energía por la eléctrica. Para ello, se ideó un faraónico proyecto que incluía la construcción de varias presas en el Ebro, carreteras que facilitasen el acceso a las mismas y la contratación de miles de obreros.

Las condiciones laborales de estos trabajadores eran muy deficitarias, con jornadas laborales superiores a las doce horas, exposición a temperaturas extremas, hacinamiento en barracones que eran fuente continua de infecciones, malos tratos de los encargados… Los obreros no tardaron en responder a la situación, y en junio de 1913 ya se había convocado una primera huelga que demandaba mejoras. Tras llegar a un acuerdo, se redujeron las horas de trabajo a once y se declaró la tarde del domingo de descanso obligatorio: un ejemplo como cualquier otro de una de las múltiples huelgas que se declaraban a diario en muchas empresas de toda España.

No obstante, la agitación sindical no disminuyó en ningún momento. En noviembre de 1918, la CNT convocó una huelga en las obras que la empresa realizaba en Camarasa que se acabaría extendiendo a toda la provincia de Lleida y que finalizó con la detención de 25 sindicalistas y la suspensión de las garantías a la provincia de Barcelona. El conflicto seguía latente el 5 de febrero de 1919, cuando a ocho empleados de las oficinas se les propuso firmar un contrato que los convertiría en trabajadores indefinidos, a cambio de lo cual la compañía les bajaría los sueldos. La negativa de los empleados a estampar su firma supuso su despido, lo que provocó que todo el departamento administrativo de Barcelona Traction iniciase un paro en solidaridad con los despedidos. Se dio inicio así a una de las huelgas más importantes de la historia de España: la huelga de la Canadiense.

La CNT, principal instigadora del conflicto, logró que la huelga se extendiera a otros sectores y empresas de Cataluña. Los trabajadores de la industria textil, que tenían sus propias reivindicaciones, se sumaron el 17 de febrero; el paro de los transportes prácticamente colapsó la ciudad, el suministro de electricidad sufría de cortes continuos, el servicio de gas y el de aguas se veían constantemente interrumpidos y hasta conseguir alimentos básicos era difícil.

El colapso no fue total porque el Gobierno decidió emplear al Ejército en las tareas que los huelguistas dejaban vacantes. De esta manera, los ingenieros militares se hicieron cargo del funcionamiento de los servicios de electricidad, agua y gas y los soldados tuvieron que emplearse en las funciones de los trabajadores. No obstante, la escasez de miembros y su falta de preparación provocaban constantes cortes y mal funcionamiento en los servicios.

Una huelga de principios del siglo XX.

En un primer momento, el Gobierno presidido por el conde de Romanones endureció sus posturas y suspendió las garantías de la provincia de Lleida, donde se había iniciado la huelga, uniéndose a la suspensión que ya pesaba en Barcelona desde noviembre, y se negó en redondo a una de las reivindicaciones que el comité de huelga había propuesto para iniciar las conversaciones: la liberación de los presos que aún estaban detenidos desde diciembre. El 12 de marzo se declaraba el estado de guerra y poco después se decretaba que los huelguistas fueran movilizados hacia sus puestos de trabajo, a lo que en su inmensa mayoría se negaron, por lo que casi 3000 trabajadores fueron detenidos y encarcelados en el castillo de Montjuïc. Además, la Barcelona Traction despidió a todos los trabajadores que seguían apoyando la huelga.

Ante la magnitud que estaban tomando los acontecimientos, Romanones, cambió su postura inicial por una más dialogante. En primer lugar, sustituyó al gobernador civil, González Rothwoss, por un catalán, Carles Montañés, y envió a dialogar a Juan José Morote, de perfil más moderado, lo que facilitó el acuerdo. Tras duras negociaciones, el gobierno aceptó sin reservas las reivindicaciones de los trabajadores, que incluían la liberación de los presos, la readmisión de los despedidos o limitaciones en el trabajo infantil, entre otras. Pero sin duda la demanda satisfecha más esperada fue la concesión de la vieja aspiración de una jornada laboral de ocho horas, por la que se llevaba luchando durante casi treinta años, que sería

Salvador Seguí (1886-1923).

firmada por Romanones justo antes de su dimisión. España se convertía así en el primer país europeo donde se implantaba esta medida.

En un mitin pronunciado en una atestada plaza de toros de Las Arenas con más de 20.000 trabajadores presentes sólo en su interior, el 19 de marzo de 1919, el anarquista Salvador Seguí, lograba convencer a los trabajadores para que aceptasen el acuerdo con la promesa de que si el 23 aún no se había liberado los presos, Barcelona entera se uniría a la huelga general. Tras 44 días, la Huelga de La Canadiense se cerraba con un éxito sin precedentes, siendo la primera victoria obrera sin paliativos desde que el movimiento obrero comenzara su andadura a mediados del siglo XIX.


Israel Llano Arnaldo (Oviedo, 1979) estudió la diplomatura de relaciones laborales en la Universidad de Oviedo y ha desarrollado su carrera profesional vinculado casi siempre a la logística comercial. Su gran pasión son sin embargo la geografía y la historia, disciplinas de las que está a punto de graduarse por la UNED. En relación con este campo, ha escrito varios estudios y artículos de divulgación histórica para diversas publicaciones digitales. Es autor de un blog titulado Esto no es una chapa, donde intenta hacer llegar de forma amena al gran público los grandes acontecimientos de la historia del hombre.

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