Poéticas

Margarit: un asombroso invierno

Carlos Alcorta se adentra en 'Un hivern fascinant/Un asombroso invierno' (Visor, 2018), el último libro del poeta leridano, en el que ausculta las erosiones y las pérdidas acumuladas por un hombre que optó por la dignidad.

Joan Margarit, en los destellos de la senectud

Senescere addiscentem (envejecer aprendiendo) es uno de los consejos que del viejo estoico Cicerón hizo suyos Joan Margarit (Sanahuja, Lleida, 11 de mayo de 1938). Y lo sigue llevando a la práctica. En el tiempo de la senectud, este poeta en activo y catedrático jubilado de la asignatura de cálculo de estructuras en la Escuela Politécnica de Arquitectura de Barcelona ha publicado en el año en que se ha adentrado en la octava década de su vida el poemario Un hivern fascinant/Un asombroso invierno y el libro de recuerdos Per tenir casa cal guanyar la guerra (Proa, 2018). Cirujano de la anatomía del sufrimiento propio y ajeno, Margarit lleva desde su adolescencia de posguerra en la poesía con los útiles de su lengua materna, el catalán, pero también con los de la lengua impuesta, el castellano. Da lo mismo el idioma que utilice, porque la palabra herida y sintiente de Margarit trasciende los límites de los códigos lingüísticos. En estos dos volúmenes escritos en la vejez, el poeta leridano es consciente de los riesgos que entraña auscultar el pasado con el fonendoscopio del autoengaño y de la falsificación de la propia memoria. Sin renunciar a los aprendizajes del dolor y del amor, no hay en su dicción nostalgia por los almanaques amarillentos, pero sí una conciencia ética de las erosiones y las pérdidas acumuladas de un hombre que optó por tomar la senda de la dignidad.

El poeta y crítico Carlos Alcorta dedica su crónica poética semanal en EL CUADERNO a bucear en los abismos de Un hivern fascinant/Un asombroso invierno, un libro en la que la verdad agreste y doliente de Margarit muestra que la herida es el lugar en el que estamos condenados a vivir. Como es habitual, se ofrece también una selección de textos que se publican en catalán y con su versión en castellano, realizada por el propio poeta.


Joan Margarit: Un asombroso invierno

/una reseña de Carlos Alcorta/

Resulta evidente que Joan Margarit (1938) no pertenece a ese grupo de poetas que, en sintonía con ciertas tendencias críticas actuales, defienden la autonomía del texto y la desvinculación casi absoluta del autor y su mundo. Todo lo contrario: Margarit no elude en ningún momento que el poema, el poeta, bebe de la realidad y, por tanto, no es baladí conocer algunos de los acontecimientos personales que sustentan el discurso del poema, lo que, por otra parte, no nos debe hacer pensar que el poema se reduzca a una mera narración de hechos más o menos sustantivos. Hay, sí, narración y un registro de la experiencia en el que confluyen lo experimentado con la percepción que de ello logra rescatar el lenguaje. Como pensaba Gerardo Diego, el poema pasa entonces a convertirse en una permanente invitación al lector. Joan Margarit busca siempre la complicidad con él para redondear un poema que, como hemos dicho, va más allá de lo puramente decible y se interna por el camino misterioso de lo inquisitivo, de la indagación en la realidad.

En Un asombroso invierno, su último libro, escrito en una lucidísima vejez, no se interna, como ocurre con muchos libros escritos en el ocaso de la vida, por el camino de la nostalgia ni por la visión elegíaca de un pasado irrecuperable. Es cierto que hay momentos que se intentan rescatar de la memoria para comprender mejor el presente, para poder soportarlo, como en el poema «Conocida crueldad», en el que una Barcelona irreconocible se le presenta al poeta como una afrenta que sólo el recuerdo puede atemperar: «Quizá no la amaría si no fuera/ por todos mis recuerdos», escribe. Pero el mismo adjetivo, asombroso, que acompaña a invierno nos inclina a sospechar que Joan Margarit es un hombre sabio que ha aprendido con los años a disfrutar del momento concreto que le toca vivir, por esa razón sabe extraer del instante la savia que alimenta sus pensamientos. El primer poema lleva el mismo título que el libro completo y finaliza con estos versos: «No es ningún infierno: permite comprender./ Llega el olvido, tranquilizador./ Y vuelve, siempre vuelve, la alegría». Alegría que se impone por encima de la añoranza.

Margarit,  fiel a unos modos expresivos asentados en la tradición, es capaz de reinventarlos y construir un artefacto verbal, si no prefecto formalmente, que también, absolutamente convincente, en el que la emoción prevalece por encima de cualquier otra consideración. Un yo que se nutre del amor y de la historia (Margarit era demasiado joven para tomar conciencia de los trágicos acontecimientos de la guerra civil: es después, en la madurez y en la vejez cuando se erige en testigo de cargo de aquella época) se va desnudando en unos versos que se complacen con la inteligibilidad, que no buscan, ni necesitan, enrevesados hermetismos para ahondar en una realidad que el poeta sabe ver desde una perspectiva personal, pero también coparticipativa, y aquí es donde radica uno los atractivos mayores de esta poesía: la asombrosa capacidad de empatía que trasmite, porque, a pesar de usar un lenguaje corriente, comprensible, no hay riesgo de que su sentido más profundo pase desapercibido porque siempre se insinúa la posibilidad de leer entre líneas.

El lector percibe la entereza y la honestidad que el autor desgrana en los versos sin temor a entonar un mea culpa pero con el arrojo de quien no teme enfrentarse con la verdad, aunque eso conlleve ciertos riesgos: «El olvido jamás me hará inocente./ En cambio la ignorancia siempre me hace culpable». Como vemos, no hay espacio para la autocompasión en estos versos. Margarit no permite que un pasado idealizado empañe su vista del presente, quizá porque «El pasado/ ha perdido el poder de conmovernos» (aunque una mayoría de los poemas recreen hechos de ese pasado que se cuestiona)  y el presente es la constatación de que se «pertenece a otro tiempo».

Más que cualquier comentario externo, quien mejor aclara las claves de Un asombroso invierno —y de toda su poesía— es el propio poeta en el epílogo que cierra el volumen. Margarit nos ofrece aquí, resumido, su ideario poético: «La poesía se escribe solo desde el interior del poeta. La voz propia —incluso lo que llamamos, en el sentido más profundo, el estilo— no se elige, forma parte de lo que estrictamente somos. Cada poeta la alcanza buscando en su interior el material básico […] sobre el cual la vida va amontonando, además, el largo aprendizaje del uso de los lugares comunes». No cabe duda de que esta teoría poética se adapta como un guante a su escritura. Esos lugares comunes que menciona son el escenario perfecto para contrastar la revelación del yo y su circunstancia histórica con la página en blanco. Quienes leemos a Margarit tenemos la fortuna de comprobar cómo, de una manera sutil, sin estridencia, se funden poema y realidad y de esa fusión nace una verdad existencial susceptible de ser adoptada por cada uno de nosotros. Margarit combina como pocos vida y literatura (en estos poemas aparecen Manrique, Verdaguer, Juan Ramón, Rimbaud o Gil de Biedma, por ejemplo), pero también experiencia personal y realidad histórica. Así, cada poema deja testimonio  de un momento que se actualiza al recordarlo, pero, claro, no lo restituye. No hay, sin embargo, autoengaño. El poder de remembranza de las palabras es limitado y el poeta ya conoce todas las artimañas, por eso, escribe, «Ahora ya no puedo admitir más mentiras  y la verdad no es más/ que sencillos deseos de cuando ella vivía». Aun así, sus lectores mantenemos intacta nuestra confianza.


Selección de poemas

Un hivern fascinant

Les roselles van desapareixent,
eliminades com les males herbes.
Molt aviat ja no s’escamparan
les roges pinzellades del vent als camps de blat.
Qui podrà entendre un dia
els quadres de Van Gogh?
Visc encara en un món familiar,
malgrat que subtils canvis ja
m’alerten: no tornarà a ser el meu.
No es tracta d’un infern: permet comprendre.
L’oblit arriba, tranquil·litzador.
I torna, sempre torna, l’alegria.

Un invierno fascinante

Pronto no habrá amapolas.
Eliminadas como malas hierbas,
van desapareciendo de los campos.
Ya no se extenderán las rojas pinceladas del viento en los trigales.
¿Quién entenderá, entonces,
los cuadros de Van Gogh?
Todavía es un mundo familiar, aunque
cambios sutiles ya me alertan:
no volverá jamás a ser el mío.
No es ningún infierno: permite comprender.
Llega el olvido, tranquilizador.
Y vuelve, siempre vuelve, la alegría.

Cuesta de Atocha

Ens creuem. Ells dos pujen:
la cadira de rodes on s’asseu
encongit, gemegant, un home jove
i el pare, que l’empeny.
Per fer més força, tira els peus enrere i
estira tant com pot cames i braços.

Així, encorbat i tens,
gairebé no pot vèncer la pujada.
Sé el que sent: que es fa vell.
Un maleït instant, en compadir aquest
pare, m’equivoco: encara té el seu fill.

Ara que ja han passat,
contemplo amb un somriure com s’allunyen.
Una dona a un portal em mira amb mala cara.
No sap en quina escena d’amor s’està ficant.

Cuesta de Atocha

Ellos dos van subiendo y nos cruzamos,
en la silla de ruedas,
sentado y encogido, solloza un hombre joven.
El padre, que la empuja,
echa hacia atrás los pies y, para hacer más fuerza,
estira cuanto puede las piernas y los brazos.

Así, encorvado y tenso,
puede vencer apenas la subida.
Sé lo que siente: que se ha hecho
viejo. Por un maldito instante
compadezco a ese padre: un error,
puesto que él todavía tiene a su hijo.

Esbozo una sonrisa mientras van alejándose.
Desde un portal,
una mujer me mira con reproche.
No comprende en qué escena de amor se está metiendo.

Treballs d’amor

El motiu tant és.
Cal buscar entre les restes el que ha sobreviscut.
¿Podríem no sentir-nos insegurs,
si els nostres sentiments
són territoris de frontera
perduts, recuperats, tornats a perdre?
Perquè estimar no és enamorar-se.
És tornar a construir, una vegada i altra,
el mateix pati on escoltar les merles
quan a la primavera encara és de nit.
És l’únic cant d’ocell que podria ser
Schubert. Tu i jo com als vint anys, sols a la
cuina, ens fem forts amb aquesta melodia.
Més claredat no l’hem tinguda mai.

Trabajos de amor

El motivo no importa.
Hay que buscar entre los restos
lo que ha sobrevivido. Nunca estamos seguros.
¿Podríamos sentirnos de otro modo,
si nuestros sentimientos
son como territorios de frontera,
tantas veces perdidos,
recuperados, vueltos a perder?
Porque el amor no es enamorarse.
Es, una y otra vez, construir el mismo
patio donde escuchar el canto de los
mirlos, cuando aún es de noche, en
primavera. De entre todos los pájaros,
es el único canto que podría ser
Schubert. Solos en la cocina, como
a los veinte años, a ti y a mí
nos hace fuertes esa melodía.
Más claridad no la tuvimos nunca.

Familiaritats

El recordo en mirar com la boira gelada
va embolicant un edifici en obres.
Era un bon arquitecte a qui els dos
bàndols havien obligat a acotar el
cap. Ens enteníem bé.
Fins que em vaig convertir en un home jove
i ell a poc a poc començava a confondre
l’arquitectura amb la immundícia
dels llocs on a vegades la va haver de buscar.
L’obra sense ningú continua en la boira.
Em commou sentir en mi la seva covardia.

Familiaridades

Lo recuerdo al mirar la niebla helada
que va envolviendo un edificio en
obras. Era un buen arquitecto: los dos
bandos le habían obligado a agachar
la cabeza. Nos entendimos bien.
Hasta que yo me convertí en un
hombre mientras él, poco a poco,
empezó a confundir la
arquitectura con la inmundicia de
los sitios donde a veces la tuvo
que buscar. La obra, sin nadie,
sigue envuelta en la niebla.
Me conmueve sentir en mí su cobardía.

D’injúries

Tots els condicionaments tendeixen a assolir que
la gent s’estimi el seu inevitable destí social.

(Aldous Huxley: Un món feliç)

Uns joves passen
amb texans estripats, ensenyant els
genolls. Els hi porten també homes i
dones grans. És la moda i s’exposa en
els aparadors. Pertanyo a un altre temps
on aquesta elegància esquinçada
hauria estat infame. Igual que escopir a un pobre.
Som en un nou camí. Vers una altra misèria.
No puc renunciar a la sensatesa:
potser la vida ho ha d’estripar tot
i ella mateixa és un esvoranc enorme.
Però si fos així,
no caldria haver fet les catedrals.
Ni calien els crims. Amb l’amor ja bastava.

De injurias

Todo condicionamiento tiende a lograr que
la gente ame su inevitable destino social.

(Aldous Huxley: Un mundo feliz)

Unos jóvenes pasan
con los tejanos rotos, mostrando las
rodillas. También los llevan hombres y
mujeres que dejaron atrás su juventud.
Es la moda y se expone en los escaparates.
Pertenezco a otro tiempo
en el que esta harapienta elegancia
hubiera sido infame. Como escupir a un pobre.
Es un nuevo camino. Hacia otra miseria.
No puedo renunciar a la cordura:
quizá la vida todo lo desgarra
y es un enorme roto ella misma.
Pero, de ser así,
no se necesitaba construir las catedrales.
Ni hacían falta crímenes. Con el amor bastaba.

Càstig del record

Veníem travessant la crueltat
de l’estiu de secà, una mena de pàtria. A
Tàrrega hi entràvem per una carretera on
el primer que vèiem era l’om:
davant de les piscines, igual que el
personatge d’un conte, ens protegia la seva
ombra. I saber que, dins l’aigua, la Joana
nedava lliure com les altres nenes.

Van tancar les piscines i l’om es va morir.
Quedaven secs la soca amb tres monyons.
El silenci del cant de centenars d’ocells, del
murmuri del vent entre les fulles,
de les veus ressonnat-hi aquells dies feliços.
La indignitat d’exagerar records.

Castigo del recuerdo

Veníamos cruzando la crueldad
del secano en estío, una especie de
patria. Entrábamos en Tárrega por una
carretera donde lo que veíamos primero
era aquel olmo frente a las piscinas.
Igual que el personaje de algún cuento
infantil, nos protegió su sombra.
Y saber que Joana, una vez en el agua,
podía nadar libre como las demás niñas.

Cerraron las piscinas. Murió el olmo.
Quedó su tronco y tres muñones secos. El
silencio de cientos de pájaros cantando,
del murmullo del viento entre las hojas, de
voces resonando en los días felices. La
indignidad de exagerar recuerdos.

Carretera

Estreta i amb l’asfalt de fa molts anys:
damunt dels ganivets de roques fosques,
un revolt rera l’altre sobre el mar.
I ara han fet un túnel que travessa el passat.
Però cap nou camí no em pot portar
al lloc més lluminós, que res no embruta
ni tampoc desendreça l’esperança.

L’antiga ressegueix amb lentitud el
mar. Al peu hi ha l’aigua transparent
que un dia va ser dels nostres fills.

Aquesta carretera som tu i jo.
Cap dels dos no ho sabrem però, aviat,
en l’horitzó serem per sempre a casa.

Carretera

Raído ya el asfalto sigue, estrecha,
sobre el acantilado y los cuchillos
de sus rocas oscuras,
una curva tras otra sobre el mar.
Y ahora han hecho un túnel que atraviesa el pasado.
Pero un nuevo camino jamás podrá llevarme
al lugar luminoso, ese que nada ensucia, y
que ni la esperanza desordena.

La antigua va siguiendo con lentitud el mar.
A sus pies está el agua transparente
que fue de nuestros hijos una vez.

Somos tú y yo esta carretera.
Ninguno de los dos alcanzará a saberlo,
pero muy pronto, en el horizonte, ya
estaremos en casa para siempre.

A través del dolor

Mai no he oblidat el clatellot d’un guàrdia
dient-me fort i sec: Habla en cristiano, niño.
Fins als meus quaranta anys, la policia va
fer interrogatoris amb tortures
només en castellà.
Però a través de tantes humiliacions
he pogut estimar el Ramón, el Luis,
i les pitjors paraules, les que m’han fet més
mal, les he sentides en la meva llengua.

Abans que les paraules va arribar una altra cosa.
Suau i indestructible.
Tan lúcida com res ja no ho seria mai.
Va arribar des d’un lloc que penso que és la infància.

A vegades la sento barrejada amb la música,
com deu o quinze notes que de sobte em
commouen, però no sé per què ni des de
quan. Com si fos una tomba sense nom
a la qual per amor sempre he dut roses.

És la força i la llum d’una cosa que ignoro.
M’avisa, em protegeix d’algun lloc que no estimo.
D’una inútil rancúnia. De mi mateix. Dels altres.
D’alguna perillosa indiferència.
És en els meus poemes.
Que per això, també, els he escrit en castellà.

A través del dolor

Nunca he olvidado el pescozón de un guardia
que con voz fuerte y seca me decía:
Habla en cristiano, niño.
Duró hasta que tuve cuarenta años:
la policía, en Cataluña,
llevaba a cabo interrogatorios
con torturas tan sólo en castellano.
Pero a través de tanta humillación he
llegado a quereros, Ramón, Luis, y
las peores entre las palabras,
las que más daño iban a causarme,
las he escuchado en mi propia lengua.

Antes que las palabras llegó algo.
Indestructible y suave.
Lúcido como nada alcanzaría a serlo.
Llegó desde un lugar —yo diría la infancia—
y a veces lo he sentido mezclado con la música.
Son diez o quince notas. Me conmueven, pero no
sé por qué ni desde cuándo.
Una tumba sin nombre a la que, por
amor, siempre he llevado rosas.

Es la fuerza y la luz de algo que ignoro.
Me avisa y me protege de un lugar que no amo.
De un inútil rencor. De los otros. De mí.
De alguna peligrosa indiferencia.
Está en mis poemas.
Por eso los he escrito, también, en castellano.

De senectute

L’amor dels joves
no té en compte l’oblit.
Mana el futur, encara que llueix
només com un bassal en el fons del cervell.
El dolor posa ordre, sona com un avís:
és la botzina del remolcador
que ens arrossega fins a fora port.

Es paga car l’intent de destruir el
dolor perquè l’amor també és allí.
La intel·ligència és salvar-ho tot.
Que els nostres ulls llueixin,
vigilants, la seva esplèndida
inutilitat. Sense el dolor
mai no hauríem pogut estimar així.

De senectute

El amor de los jóvenes no piensa en el olvido.
Manda el futuro, aunque sólo brille,
al fondo del cerebro como un charco.
El dolor pone orden, suena como un aviso:
es la bocina del remolcador
que nos arrastra hasta salir del puerto.

Se pagan caros los intentos
de destruir el dolor, porque
también está el amor ahí.
La inteligencia es salvarlo todo.
Que nuestros ojos vigilantes
luzcan con esa espléndida
inutilidad. Nunca, sin el dolor,
podríamos haber amado así.


Un asombroso invierno
Joan Margarit
Visor, 2018
106 páginas
11,40€


Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como Clarín, Arte y Parte, Turia, Paraíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel Puente, Marcelo Fuentes, Rafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

1 comment on “Margarit: un asombroso invierno

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