Teatro

Mirar a través de un espejo

'Luces de bohemia', la obra emblemática de Ramón Valle-Inclán se representa en el Centro Dramático Nacional hasta el 25 de noviembre, y Jorge Omeñaca la reseña aquí.

Mirar a través de un espejo

/por Jorge Omeñaca/

Leí por primera vez Luces de Bohemia a la edad de quince o dieciséis años, entonces como parte del repertorio de lecturas obligatorias del instituto; volví al texto unos diez años después, ya como lector más atento; y he visto la obra por fin representada hace tan solo unos días. Supongo que el paso del tiempo y los diferentes lectores-espectadores que fui me llevaron a tener una visión diferente de la obra, cada vez más reveladora, pero en la que siempre hubo una constante: la poderosa mirada con la que Valle-Inclán deforma la realidad a la hora de representarla.

Luces de bohemia narra las últimas horas de la vida de Max Estrella, un poeta ciego y miserable que gozó en el pasado de cierto reconocimiento, pero que se encuentra en la recta final de su decadencia. A través de su periplo de veinticuatro horas por las calles de Madrid, descubrimos una ciudad turbia y marginal representada por una galería de personajes de lo más sórdido: prostitutas, borrachos, taberneros, funcionarios corruptos, libreros estafadores y demás chusma de bajos fondos que se va encontrando en soportales y tabernas. Junto a él camina el bohemio Latino de Híspalis, a la vez consorte y lado oscuro del protagonista, conformando una quijotesca pareja que es ya icono de nuestra literatura española, como caricatura o deformación de la original cervantina. No hace falta ser un avezado espectador para darse cuenta de que el Madrid de los años veinte que retrata Valle-Inclán es el de una España mediocre, carroñera, hipócrita, opresiva y corrupta, que bien valdría para representar la de ahora, pero también la de un relato más universal. ¿Quiénes serían Max Estrella y don Latino de Híspalis hoy en día?

La obra arranca con el poeta, ciego y desarrapado, ataviado con un bastón, acercándose a un gran espejo que ocupa el centro de la escena. Max se acerca tanto que su nariz casi toca con el cristal y comienza a hacer muecas frente a él que deforman su gesto en un reflejo que no puede ver, escena que recoge de modo brillante la esencia de la poética de Valle

En la obra de Valle-Inclán, el espejo es el instrumento que refleja la realidad y la deforma amplificando sus rasgos más perversos, y elemento esencial que explica la figura del esperpento. El espejo también está omnipresente en la adaptación de Alfredo Sanzol, quien introduce varios de ellos a lo largo de toda la obra. Espejos laterales, fracturados, emergiendo del suelo, o bajando, amenazantes, del techo; espejos como biombos, cuya función es la de reflejar esa forma poliédrica con la que Valle deformó sus personajes, pero también a los espectadores en el patio de butacas.

La adaptación de Sanzol en lo referente a tratamiento del texto, dirección de los actores, vestuario y puesta en escena es de factura clásica, fiel a la original, pero efectiva. Soberbio está Juan Codina en el papel de Max Estrella, perfectamente creíble en su ceguera desde el primer gesto hasta el último (una vez vista la obra es difícil imaginarse otro Max mejor), y magnífico también Chema Adeva en el del bohemio don Latino de Híspalis. Mención aparte merecen Paula Iwasaki en su doble papel como La Pisa Bien y secretaria del ministro, o Jorge Kent como farolero, pero se podría extender el aplauso a los demás actores del plantel.

Sanzol nos sirve el texto sin apenas actualizaciones, pues ha entendido bien que a pesar de los sesenta y cinco años que han pasado desde su estreno, Luces de Bohemia sigue siendo una obra llena de fuerza y actualidad.  En palabras del director:

La belleza de Luces de bohemia es la lucha por la dignidad, por edificar una obra a partir del desastre, de la descomposición, de la hipocresía, de la miseria, de lo precario. […] Es una obra que da testimonio, que acepta los límites y los usa para transcenderlos. No adula. No castiga. Es empática y es sarcástica. Es humor violento y tierno. La acción de Luces es el intento agónico de salvar la dignidad de sus personajes. De dar forma a un desastre informe, de ordenar con la risa un caos pedante y autoritario, miserable de dineros, de valores y de visiones.

¡Cráneo privilegiado!


Luces de bohemia
Ramón María del Valle-Inclán
Dirección: Alfredo Sanzol
Producción: Centro Dramático Nacional
Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar
Iluminación: Pedro Yagüe
Música y sonido: Fernando Velázquez
Reparto: Chema Adeva, Jorge Bedoya, Josean Bengoetxea, Juan Codina, Paloma Córdoba, Lourdes García, Paula Iwasaki, Jorge Kent, Ascen López, Jesús Noguero, Paco Ochoa, Natalie Pinot, Gon Ramos, Kevin de la Rosa, Ángel Ruiz y Guillermo Serrano

La obra estará en el Centro Dramático Nacional de Madrid hasta el 25 de noviembre, y dura 2 horas y 15 minutos aproximadamente.


Jorge Omeñaca Labarta (Zaragoza, 1981) estudió administración y dirección de empresas en la Universidad de Zaragoza. En diferentes períodos de su vida pasó por Italia, Reino Unido y Taiwán antes de afincarse definitivamente en Madrid en el año 2009. Ha desarrollado gran parte de su carrera profesional en el campo de la consultoría estratégica, actividad que compagina con la escritura. Desde hace años frecuenta talleres de escritura con profesores como José Ovejero, Marta Sanz o Ignacio Ferrando. Ha publicado la novela Retuerta (Adeshoras, 2018), a la que dedicó más de dos años. En la actualidad trabaja en un segundo libro.

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