Poéticas

El peso nominal

La poética de Luis Marigómez, dice Tomás Pérez Santiago, pugna por plegarse a las presencias: realidades naturales y seres vivos guardan un comportamiento que el poeta no modifica por el hecho de transformarlo en escritura. Es, dice, como fotografiarlo todo con palabras y sin trampa.

El peso nominal

/una reseña de Tomás Sánchez Santiago/

Luis Marigómez (1957- )

Concebir la poesía como un aquilatamiento extremo, sin gambetas retóricas ni propuestas —al menos aparentes— más allá del rigor de la constatación debe de ser tarea desencadenada desde una disciplina interior que el poeta gestiona mediante una naturalidad que sólo él sabe. Es el caso de Luis Marigómez, el escritor segoviano que nos ha acostumbrado a algo parecido a eso en cada una de sus narraciones (Ramo, Vísperas, Rosa, A través, Sinfín), todas procedentes de esa destilación estricta que el autor mantiene también en su poesía. Tras Año, su primer libro de poemas (Icaria, 2008), llega ahora Fronda (Huerga & Fierro, 2018), donde se siguen poniendo de relieve tanto las habituales constantes verbales como el itinerario elegido a menudo por Marigómez para desarrollar su escritura; un itinerario presidido por la visión serena y determinante del paso del tiempo.

En Año quedaba explícita esa especie de persecución de las modulaciones de la existencia a través de las estaciones. Allí, el don de la observación del poeta velaba para captar el transcurso de los hechos naturales como si un vigilante anotase cuidadosamente en su carnet las novedades («primer día de calor// confetti blanco/ bajo unas acacias// otoño/ para los magnolios») a la vez que en ciertos poemas se inmiscuían escenas de alcance civil, humano («camina por la calle/ —sin afeitar, pelo corto negro, boca abierta, / los dientes blancos, los ojos cerrados—/ grita/ viste una camiseta blanca y lleva/ en brazos —las manos la sujetan sin esfuerzo—/ a una niña/ en pijama, la piel muy pálida») que parecen contrapesar y llenar el mundo radiografiado de otro tipo de espesor diferente al de esos otros poemas, más próximos al apunte de un naturalista.

En ambos casos, el lector de la poesía de Luis Marigómez advierte de inmediato esa dicción objetiva, inmanente, que sorprende por evitar entrar en juegos de correspondencias y analogías o en cruces de planos. En la línea objetivista de William Carlos Williams —a quien Marigómez ha traducido con esmero— o en la estela de una poesía guilleniana, cuyo timbre hímnico se reduce a ratificar el mundo concreto con palabras expresadas desde la economía de la exactitud, la poética del autor pugna por plegarse a las presencias: realidades naturales y seres vivos guardan un comportamiento que el poeta no modifica por el hecho de transformarlo en escritura. Es como fotografiarlo todo con palabras y sin trampa. De eso se trata.

Fronda: ojo y memoria

En la estructura de Fronda asistimos a una agudización extrema. El libro se configura en tres secciones intervenidas entre sí —«Tierra», «Miedo», «Agua»— que hablan de una experiencia; la experiencia de quien es capaz de mantener su itinerario vital sin perder de vista la elementalidad implacable de lo real incierto, eso que se escurre de la mirada. Marigómez lo lleva a cabo mediante un discurso de dos filos. En él la mirada oscila entre la atención al mundo inquietante de lo terrestre y al mundo misterioso de las formas del agua. En ambos casos, la mirada se fija en mundos de lo mínimo, transcursos casi desestimados de la atención humana: insectos, brozas vegetales, raíces y ramas sobrantes, charcos perdidos, hilos de hielo… Un juego de luces y sombras captado con la sobriedad del fotógrafo (Luis Marigómez lo es) que distingue incidencias que desmienten el estatismo inerte de las realidades, por menores que estas sean: «una rama rota colgando/ de otra todavía sujeta/ al tronco a la tierra/ recibe la luz del sol de la tarde/ proyecta sombras/ sobre los restos».

Esas señales inequívocas de que todo concursa en la vida siquiera así, en la influencia inadvertida de lo mínimo, no oculta una certeza que ya va a hilar estos dos mundos —el de la tierra y el del agua— con el de la impresionante sección central, «Miedo». Esa certeza, insinuada de diversos modos a lo largo de Fronda, es la de la tendencia irremediable a la desaparición por identificación definitiva en una última unidad general. Menudean así en el libro referencias a esa ósmosis terminal en que la tierra y el agua son la última materia residencial de los seres: «ya no hay rojos ni amarillos ni verdes/ ni malvas ni azules ni rosas/ se van poniendo pardas/ haciéndose despacio/ con la ayuda de vientos y de aguas/ tierra/ en la tierra». Y esto mismo vuelve a plantearse así en el mundo del agua: «arrastrar arena hojas y ramas/ hacer remolinos y barro/ flotar hundirse inundar/ perder la forma y el sentido/ ser agua en el agua/ huir/ desaparecer».

Por tanto, en el libro se advierte esa tensión entre la necesidad de constatar el peso de las presencias naturales, por mínimas que estas sean, y la resolución final de la existencia en un magma común; un coma terminal que devolvería a toda especie a la cualidad primigenia de los agentes primordiales: tierra, agua, aire… Nada que no estuviese ya inscrito en las visiones cosmogónicas de nuestros primeros padres poéticos, aquellos hombres que en el albor del mundo del pensamiento poético vinculaban la palabra y el ritmo a la necesidad de explicar los fundamentos de la existencia. En Fronda, esta trascendencia inesperada de las pequeñas realidades naturales en el orden del mundo se expresa en un lenguaje estrictamente nominal; a veces meras listas de palabras que adquieren, en su resplandor aislado, un peso y una fuerza que obliga al lector a detenerse en cada una de ellas asegurándose mucho, como si estuviese atravesando piedra a piedra el paso de un río. Son palabras escogidas de un léxico especial, apartado por lo general de los usos comunes y perteneciente al mundo natural del entorno de quien habla. Cuidadosamente espaciadas y sin jerarquías tipográficas, se establecen entre ellas -— eso le parece a quien escribe esto— fricciones internas con ecos de rimas y suaves aliteraciones («agujas miera grajos/ barrujo piñas musgo/ arena potes nícalos/ pegueras miedo teas») que sostienen la atmósfera poética empastada, en último término, en una levedad acústica. La ausencia de acciones, cifrada en una escasez de verbos, respalda esta poética de predominio sustantivo y acentúa la incierta quietud del mundo aquí presentado, sin movimiento aparente: «una rama de roble/ en el arroyo/ apenas unas hojas todavía amarillas/ sujetas a un tallo».

Aun en esas estampas detenidas, finalizadas en sí mismas, hay ocasionalmente indicios, presentimientos de una resurrección que habrá de terminar por devolver cada realidad a la vida en el consabido proceso cíclico:

hojas y tallos pardos se deshacen
algunos brotes de musgo en las piedras verdean
[…]
Rosa trajo un brote de tejo
lo plantamos junto al arroyo
apenas sobrevivió el primer año
Rosa murió
ahora el tejo tiene agujas nuevas.

Ese mismo proceso cíclico se advierte —con la maestría agazapada y discreta que caracteriza al autor de Sinfín— en la configuración de los propios poemas que, en ocasiones, adoptan ellos mismos esa disposición circular como para, replicando al contenido, constituir también un discurso en bucle, interminable, cuyo último verso devuelve al poema a su origen:

no llueve
el agua del río parada

las hojas amarillas
marrones rojas secas
guardan polvo de meses
caen

sol largo aire sucio
no llueve 

castañas locas brillan
entre la broza
que a veces mueve el viento
no llueve

Frente a esa fuerza nominal (hasta los adjetivos son a menudo alejados gráficamente por el poeta de sus correspondientes sustantivos) y frente a ese juego de apariciones/desapariciones que caracterizan los poemas de «Tierra» y «Agua», la sección central «Miedo» plantea un registro bien distinto. Descarnados y ausentes de cualquier ornato poético previsible —pero también vigilando la economía verbal—, los poemas se dirigen ahora a un que ya ha muerto, como si el sujeto que habla precisase mantener aún una última vinculación con él, convirtiendo así a las palabras en un puente capaz de edificar una relación ya extinguida. Frente a ese otro estilo —el que domina las secciones «Tierra» y «Agua»— coagulado en palabras sueltas como eslabones suficientes o en descripciones comprimidas que recuerdan los fogonazos del lenguaje cinematográfico, en «Miedo» hay novedades que afectan a todos los planos. El mundo de la naturaleza es sustituido por otro ámbito doloroso y real: el de cuanto afecta al curso de una enfermedad incurable. También el registro se aleja del que predomina en el resto de Fronda. Ahora es propiamente un relato crudo, una crónica retrospectiva con intervenciones ajenas interpoladas y una voluntad de interlocución imposible que lo hace todo más emocionante en ese sesgo mantenido de oralidad, de deliberada imprecisión que sin embargo es más veraz porque se sujeta a la vivacidad de las confesiones espontáneas: «la cirujana nos dijo que hasta que no abriera/ no sabría cómo estaba la cosa […] lo primero que preguntaste/ fue si te habías librado del bicho».

La explicitud sin reservas de cuanto se narra y la distancia enunciativa logran una secuencia de difícil filiación poética. Es como si el escritor hubiese preferido emboscar la intensidad dolorosa de lo que se cuenta en un tratamiento de reportaje, cercano a la objetividad del periodista que ha presenciado, sin involucrarse emocionalmente, el suceso que está describiendo. El juego de distancias entre el peso interior de la intimidad del extenso poema que es «Miedo» y su exposición objetivada hace pensar en una solución expresiva capaz de empuñarse por el autor sin damnificaciones emocionales. Luis Marigómez nunca sobrepasaría los umbrales que conducen al patetismo ni buscaría el alto voltaje del poema en una mera orfebrería verbal. Fiel a su proverbial estilo elíptico («a punta seca», así lo hemos definido en alguna ocasión), el escritor es capaz de encontrar modulaciones inesperadas sin traspasar esa lección de contención y estricta tasación verbal que siempre nos ha dado con su escritura. En Fronda vuelve a lograrlo.


Fronda
Luis Marigómez
Huerga y Fierro, 2018
82 páginas
11,40€


Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) es escritor. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de la novela Calle Feria (2006) y de Años de mayor cuantía (2018). Próximamente publicará en Ediciones Trea El murmullo del mundo. Es asimismo coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016) y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

1 comment on “El peso nominal

  1. Pingback: Luis Marigómez presenta en León su segundo poemario, “Fronda”, acompañado por Tomás Sánchez Santiago | Tam-Tam Press

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