Poéticas

‘Trashumante’, de Abel Murcia

Carlos Alcorta reseña 'Trashumante', el último libro de Abel Murcia.

Abel Murcia: Trashumante

/una reseña de Carlos Alcorta/

Abel Murcia

No resulta muy arriesgado afirmar que la excelente labor que como traductor desarrolla Abel Murcia (Vilanova i la Geltrú, 1961) ha ensombrecido en alguna medida su difusión como poeta. Es sabido por todo lector avezado que sus traducciones de poesía polaca —junto a otros traductores como Xavier Farré y Gerardo Beltrán, fundamentalmente— han contribuido a que el lector español tenga acceso a la poesía contemporánea de ese país con una amplitud y calidad de la que pocas lenguas pueden presumir. Autores de tanta influencia en la poesía española actual como la Premio Nobel Wisława Szymborska o el Premio Princesa de Asturias Adam Zagajewski deben gran parte de su éxito a los magníficos traductores que se han ocupado de su obra, y entre ellos está Abel Murcia. Pero este comentario debe eludir forzosamente este aspecto —y otros, como su afición a la fotografía o su labor cultural como director del Instituto Cervantes, actualmente en el de Moscú— para centrase en su labor poética y, especialmente, en su último libro, Trashumante, un libro que posee una estructura cuando menos llamativa, pues está compuesto por más de cincuenta poemas que fidelizan una estructura personal y atípica. Cada uno de ellos está formado por tres haikus que además, y como se tratara de tercetos encadenados, comienzan por el último heptasílabo del antecesor. No es la primera vez que Abel Murcia frecuenta la estrofa japonesa: ya lo hizo en Haikus ventanalmente preposicionales (Eclipsados, 2010), pero esta particular estructura resulta, para el autor de este comentario, absolutamente novedosa.

El concepto de trashumancia lleva aparejado el de nomadismo, es decir, el de una actitud vital que se caracteriza por carecer de asiento permanente. El viaje, el cambio de lugar y de hogar, es consustancial a esta manera de vivir. Es probable que Abel Murcia asocie su propio periplo vital con ese constante vagabundeo de un lugar a otro, de un destino al siguiente. Łódź, Cracovia, Varsovia, Moscú son algunos de sus destinos de los últimos años, razón por la que, deducimos, dicho título está perfectamente justificado.

Una de las primeras impresiones que nos asalta al leer estos poemas es la de que poseen un esquematismo de carácter fotográfico («huella en silencio/ momento congelado/ fotografía// fotografía/ ancla echada en el tiempo/ instante fijo / instante fijo/ tiempo hecho momento/ yo a la deriva») y parecen comulgar con Teju Cole cuando escribe:«La fotografía y las palabras llegan de forma simultánea. Se avalan mutuamente: crees las palabras porque la fotografía las confirma, y confías en las fotografías porque confías en las palabras». Muchos de estos poemas perpetúan instantes, como si de una instantánea se tratara. Veamos el primero de ellos (otra particularidad es la ausencia de mayúsculas y de puntuación en los poemas, dando a entender, acaso, que son fragmentos inconclusos que forman parte de un todo por construir): «cuelgan al aire/ mecidos por el viento/ cuerpo de tela// cuerpos de tela/ dibujan de colores un cielo azul// un cielo azul/ de colores de viento/ como paisaje». La reiteración tan patente en este y en otros muchos poemas, vista en el conjunto del poema, produce un efecto muy distinto al que provoca la lectura de cada uno de los haikus de forma individual. De hecho, creo que soliviantan uno de los principios en los que se asienta este formato importado, el de ser un chispazo intuitivo sin afán descriptivo, la evidencia de una impresión, sin otra pretensión que la de inclinar la balanza hacia la parte irracional de la mente. Por el contrario, la repetición de un mismo esquema reduce esa capacidad de sorpresa y convierte la imagen en una especie de bucle semántico que se alimenta de su propia incapacidad para definirse. Por supuesto, no pretendo con esta apreciación argumentar una crítica de este procedimiento porque no albergo duda alguna de que esta estructura está requetepensada y estoy seguro de que Abel Murcia se ha planteado este tipo de coyuntura, incluso en un estadio más desarrollado del que yo planteo en estas líneas. Intento esclarecer, esclarecerme, las razones que justifican este arduo trabajo de composición, ciertamente frecuente en otras épocas, pero inusual en la nuestra.

Dejando al margen el aspecto formal, y hablando ahora del contenido, los poemas de Trashumante («sin rumbo fijo/ trashumante mi cuerpo/ surca los días») abordan procedimientos tales como el uso de la metáfora como una característica innata al lenguaje poético («los pensamientos/ son pasos y miradas/ sin rumbo fijo»), la capacidad de asociar imágenes en principio dispares para crear un nuevo significado («hasta perderlo/ el sentido es cristal/ que se hace añicos»). También temas de absoluta actualidad poética, como la la metapoesía («busca la tinta/ la expresión del silencio/ sobre el papel»), el paso del tiempo («viejo este cuerpo/ muestra ya las costuras/ se ven los hilos») y la decrepitud consiguiente («ventanas rotas/ abandonados muros/ tiempo sin tiempo»); temas que se van repitiendo sin un orden aparente y que conforman un mosaico de intenciones encerradas en un cofre con una única llave, esa que permite abrir todos los candados; la complicidad entre el autor y el lector que, en el caso de quien esto escribe, ha surgido de inmediato. Como escribe Ada Salas en la contracubierta, estos poemas son «retazos, fragmentos, imágenes, instantáneas de la visión, del pensamiento, de la ensoñación, de lo evocado. Una mirada trashumante, el mundo advertido por la sensibilidad única de un poeta y cristalizado en poemas-joya a la vez simples y complejos o, dicho de otro modo, que Juan Ramón aplaudiría, con la complicidad mayúscula de lo simple».


Trashumante
Abel Murcia
Valparaíso, 2018
68 páginas
12€


Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como Clarín, Arte y Parte, Turia, Paraíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel Puente, Marcelo Fuentes, Rafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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