Historia

Thatcher, Gramsci y las trompetas de Jericó

Del mismo modo que la historia no se repite, pero rima, lo mismo sucede o puede suceder con sus lecciones; y las de la década triunfal thatcherista siguen encerrándolas utilísimas para estos tiempos de eclosión de una alt-right que, como Thatcher, obra la alquimia de armonizar las doctrinas ultraliberales de Hayek y Friedman con los instintos reaccionarios de una vasta parte de la sociedad.

Thatcher, Gramsci y las trompetas de Jericó

/por Pablo Batalla Cueto/

La anécdota es muy conocida: en una ocasión, preguntaron a Margaret Thatcher, ya exprimera ministra, cuál consideraba que era el mayor logro de su largo mandato. Y la Dama de Hierro respondió lo siguiente: «Tony Blair y el nuevo laborismo. Obligamos a nuestros rivales a cambiar sus posiciones». Probablemente nunca se haya condensado tan concisamente la teoría gramsciana de la hegemonía; las lecciones carcelarias de Antonio Gramsci sobre cómo todas las grandes transformaciones históricas han ido siempre, van necesariamente precedidas de una modificación sustancial de eso que se da en llamar sentido común. Así sucedió con la revolución —pues tal cosa fue— thatcherista: dinamitó sin piedad el butskellismo, el consenso socialdemócrata al que los tories británicos habían llegado a entregarse, y levantó en su lugar un consenso nuevo que entronizaba como nuevos dioses al empresario voraz y al mercado libérrimo. «Toda ideología aspira a abandonar la Historia y convertirse en Naturaleza, y así hacerse invisible, funcionar a un nivel inconsciente», y el thatcherismo fue capaz de hacerlo con éxito apabullante. La cita es de Stuart Hall, polifacético y ya fallecido intelectual de origen jamaicano, quien a lo largo de los años setenta y ochenta publicó en diversos medios un conjunto de ensayos, posteriormente reunido en un volumen único, que, en estos días en que arrecian los vendavales de la contrarrevolución neoliberal, adquieren renovado interés como lo más certero que se haya escrito sobre el making of del desguace libertariano del Estado del bienestar. Carlos Pott acaba de traducirlos al español y el sello madrileño Lengua de Trapo de publicarlos con el título El largo camino de la renovación: el thatcherismo y la crisis de la izquierda. Sobre el thatcherismo versan y también, sí, sobre la izquierda, porque, tal y como escribe Jorge Lago en el prólogo de la obra, el thatcherismo conquistó Gran Bretaña por méritos propios pero también por deméritos del rival: un laborismo periclitante que «no estaba sabiendo engarzar y comunicar con las contradictorias formas en que demandas y aspiraciones se condensaban en un sentido común popular necesariamente ambivalente y paradójico» y que, sumido en ensoñaciones teleológicas, dejó expedito el camino para que el thatcherismo, «sin necesidad de complejas teorizaciones», actuara

desde una intuición clara y profundamente eficaz: la política como disputa cultural, como batalla por conquistar el sentido común popular y sus contradictorias formas de deseo, por dar respuesta a los nuevos miedos y ansiedades de la población desde todos los frentes en los que éstos se mostraban, por ganar el significado de las ideas y prácticas que articulaban el reparto de posiciones sociales, además del sentido de lo común y lo privado.

La lección que todo esto encierra para este presente en el que, como decía Mark Twain, «la historia no se repite, pero rima», es evidente. Y como escribe también Jorge Lago, si un valor tiene el libro que la editorial de la que dirige la colección de Ensayo publica es que, frente a la tendencia «a reducir esa década a un mero punto de inflexión, a una suerte de conmutador temporal entre un antes keynesiano y un después neoliberal», presta atención a «la complejidad y densidad tantas veces ignorada del mientras: cómo se operó ese cambio, qué necesidad histórica contenía (o no), qué relaciones de fuerza y contradicciones lo configuraban, qué límites de la socialdemocracia o el keynesianismo quedaron irreversiblemente al descubierto, qué transformaciones culturales lo desencadenaron y articularon».

Modernización regresiva

Las páginas más interesantes del libro están consagradas a cartografiar la ambigüedad desconcertante del thatcherismo, verdadera armonización de contrarios (mercado libre, Estado fuerte) a la que, sin embargo, nunca se le llegaron a desgarrar las costuras; así como a la tarea paralela de afear el mecanicismo de cierta izquierda arrellanada en la comodidad de un economicismo pedestre y de la convicción de que «la ideología es unitaria, sin contradicciones y coherente»; de que su coherencia «la garantizan los intereses de clase unificados que supuestamente refleja». Nos explicará Hall que, muy en cambio, la ideología funciona «según su propia lógica, capaz de sostener proposiciones que aparentemente se excluyen en una estructura discursiva más cercana a la lógica de los sueños que a las del racionalismo analítico».

Devoto gramsciano, para Hall no hay un sujeto unitario de la historia, sino que el sujeto está necesariamente dividido o por mejor decir es un conjunto; la armonización de una mitad prehistórica y otra capaz de contener —escribía el gran intelectual italiano— «principios de ciencia avanzada, prejuicios de todas las fases pasadas de la historia, intuiciones de una filosofía futura». Y ambas fases luchan —explica Hall— dentro de las cabezas y los corazones del pueblo para encontrar una forma de articularse políticamente. Thatcher y los suyos, conscientes de ello, supieron obrar la alquimia de engarzar las doctrinas ultraliberales de Hayek y Friedman con los instintos reaccionarios de una vasta parte de la sociedad y, además, camuflar con retorcida habilidad esa intervención ideológica y presentar sus representaciones del pueblo, la nación, la cultura y la sociedad, su propuesta de una suerte de modernización regresiva, no como un descubrimiento, sino como un redescubrimiento; como el despertar de un profundo letargo nacional. Sobre esto o, por mejor decir, sobre la posibilidad de esto, Hall nos ofrece páginas excelsas:

En realidad, es confuso dilucidar, de una forma directa, a quién representa el thatcherismo. He aquí el fenómeno desconcertante de la ideología pequeñoburguesa que representa, y está ayudando a reconstruir, el capital nacional tanto como el internacional. Sin embargo, en el proceso de representación del capital corporativo, consigue el consentimiento de sectores muy sustanciales de las clases subordinadas y dominadas. ¿Cuál es la naturaleza de esta ideología que puede albergar en su interior un rango tan amplio de posiciones e intereses diferentes y que parecen capaces de representar un poco de todo el mundo? Porque, no nos equivoquemos, una parte diminuta de todos y cada uno de nosotros está también en algún lugar en el interior del proyecto thatcherista. Por supuesto, todos estamos comprometidos contra él al cien por cien. Pero de vez en cuando —los domingos por la mañana, quizás, justo antes de la manifestación— vamos a los supermercados Sainsbury’s y somos en una parte diminuta de nosotros sujetos thatcheristas…

¿Cómo dotar de sentido a una ideología que no es coherente, que nos habla a un oído con la voz del hombre de mercado independiente y utilitarista, y al otro, con la voz del hombre burgués respetable y patriarcal? ¿Cómo estos dos repertorios pueden funcionar a la vez? Estamos perplejos ante la naturaleza contradictoria del thatcherismo. Como intelectuales, creemos que el mundo colapsará como resultado de una contradicción lógica: ésa es la ilusión del intelectual —que la ideología tiene que ser coherente, que todo en ella tiene que encajar, como una investigación filosófica—. Cuando, de hecho, el propósito último de lo que Gramsci denominó una ideología orgánica (es decir, históricamente efectiva) es que se articula en toda una configuración de diferentes sujetos, diferentes identidades, diferentes proyectos y diferentes aspiraciones. No refleja una unidad, sino que la construye a partir de la diferencia.

Make the UK great again

Se cuentan también entre las páginas más interesantes de El largo camino de la renovación aquéllas en las que Hall dirige su escalpelo analítico hacia el agua de mayo que para Thatcher fue la guerra de las Malvinas. Aquélla guerra por «un puñado de islas desperdigadas a ocho mil millas de distancia»; por —ironizaba Hall en 1982— «una parte tan integral del Imperium británico, tan instalada en nuestros corazones, que no hemos sido capaces de construir ni una carretera decente en todo el lugar, o de proveerla de suministro eléctrico con cierta continuidad», activó sin embargo de golpe y porrazo, y ello rindió a una ya impopular Thatcher pingües réditos transversales, un doble recuerdo, un recuerdo bífido: el de un Imperio que se hacía respetar, caro para la derecha, y el del antifascismo, caro para una izquierda que, desconcertada, acabó entregándose al espectáculo humillante —satirizaba también Hall entonces— de correr a remar detrás de las cañoneras en sus botes hinchables, pero eso sí, con la voz de la moderación exclamando: «¡No tan rápido! ¡Para un poco! ¡No tan rápido!». Escribía el intelectual jamaicano de los laboristas que, para su pasmo,

el thatcherismo les ha robado de la boca los eslóganes de autodeterminación y antifascismo. La soberanía del pueblo, el derecho de autodeterminación, la debilidad de los dictadores, la maldad de las juntas militares, la antorcha de la libertad, el gobierno de la ley y la cruzada antifascista, en un ejercicio horrendo pero práctico de ventriloquía, han sido alzados en el mástil de la derecha.

Mientras el gabinete de guerra se envuelva en la insigna de la Marina Real y el Mail recuerde su pasado, ¿a quién le importa que las obscenidades que comete el régimen argentino contra su pueblo, perfectamente documentadas desde hace tiempo, no hayan perturbado el sueño de Thatcher hasta antes de ayer? ¿A quién le molesta que Argentina se haya convertido tan rápidamente en la única junta militar fascista agresiva en toda Latinoamérica, y que la vecina Chile, donde la lista de desaparecidos es casi tan larga, sea una amiga de la democracia?

En general, Thatcher supo conectar muy bien con cierta psique británica, y en particular —escribe Hall— con cierto espíritu masoquista; con «la necesidad que todo inglés parece tener de que la abuela le regañe y le mande a la cama sin comerse el pudding; el cómputo por el que cada buen verano tiene que ser pagado con veinte inviernos malos». La premier conservadora

No prometió una sociedad obsequiosa. Dijo «tiempos de hierro», manos atadas, labios sellados, sigue adelante, sube a la bici, toma posición. Sostened con las viejas y probadas verdades la sabiduría de la vieja Inglaterra. La familia ha mantenido a la sociedad unida; mantened su ejemplo. Enviad a las mujeres de vuelta al hogar. Poned a los hombres a defender la frontera noreste. Tiempos difíciles a los que, algún día, seguirá el regreso de los buenos tiempos. Os pido que os atéis el cinturón, no durante un tiempo, sino dos y tres. Al final, dijo, podré redefinir la nación de tal manera que todos vosotros, por primera vez desde que el imperio empezó a irse por el desagüe, sentirá cómo es ser parte de una Gran Bretaña sin límites. Seréis capaces, una vez más, de enviar a nuestros chicos ahí fuera, de ondear la bandera, de recibir de vuelta a la flota. Gran Bretaña será grande otra vez.

Michael Foot, candidato laborista que en 1983 obtuvo los peores resultados electorales para su partido desde 1935.

Las trompetas de Jericó

«Gran Bretaña será grande otra vez»: Hall —corría el año 1987— no parafraseaba a Donald Trump, cuya victoria ni siquiera llegó a vivir para ver, y sin embargo parece hablarnos de él y de su éxito desde ultratumba. Todo su análisis de cómo una derecha iconoclasta, audaz y consciente de la necesidad de construir políticamente los intereses en lugar de entenderlos como ya dados supo reventar los quicios de la ventana Overtone vale casi punto por punto para la eclosión altrighter del siglo XXI, y sus dardos contra el laborismo de los años ochenta también pueden ser perfectamente reciclados para la inepcia de la izquierda contemporánea.

Escribía Hall entonces que «la izquierda ha acabado por especializarse en decirle al electorado lo que está mal del thatcherismo. Pero todavía no es capaz de convencer a un número significativo de los no convertidos, o de los desilusionados, de lo que, en la última década del siglo XX, podría ser lo correcto para el socialismo». Podemos imaginar, escribía también,

cómo sería un mundo según el evangelio de la libre empresa, el honor patriarcal y el orden autoritario. Sabemos cómo se esperará que criemos a nuestros hijos y les hagamos administrar su calderilla; cómo deberían vivir las mujeres; quién debería tener hijos y en qué circunstancias; quién debería, y quién no, irse a la cama y con quién; cómo los profesores en nuestras aulas deberían vestir y qué lecciones deberían impartir en la hora de religión —además de cómo debería ser el déficit presupuestario. [El neoliberalismo] es un futuro alternativo. Es una filosofía de vida. Lo único que no sabe nadie es cómo sería para el laborismo un modo de vida alternativo. Actualmente, no tiene ninguna imagen de la modernidad.

Los que no apoyaban el thatcherismo —lamentaba asimismo el intelectual— no apoyaban otra cosa en su lugar con demasiada convicción, pero los socialistas no corrían a colmatar esa laguna: antes bien, seguían asumiendo, con la fe de los miembros de una secta milenarista, la inquebrantable inevitabilidad científica del socialismo. No estará llegando —se decían— tan rápido como se esperaba, pero estaba llamado, más tarde o más temprano, a tomar el mando en tanto seguía siendo «el centro de gravedad natural de las ideas de clase trabajadora». Sólo «un conjuro mágico temporal podía estar apartando la conciencia de la clase trabajadora de su meta natural», se burlaba Hall, que advertía, sin demasiada esperanza de ser escuchado, de que no; de que el socialismo no nos será concedido por la trampilla de la historia gracias a un deus ex machina», ni es posible el triunfo de un orden social alternativo «que haya madurado lentamente, como el buen queso, en las despensas de la izquierda y deba ser sacado a la luz y empujado al territorio de la lucha en el momento adecuado», ni la relación de los socialistas con la tarea de volver a hacer triunfar el socialismo puede ser como «la de los ejércitos que asediaron la ciudad de Jericó, que tenían la esperanza de que con dar la vuelta siete veces a la ciudad, una ráfaga de trompeta y una oración rápida a los dioses, acabarían con aquel Palacio de Invierno de la Antigüedad». Nada asegura en absoluto que la disyuntiva marxiana entre socialismo y barbarie se incline necesariamente del lado del socialismo: muy al contrario, en demasiadas ocasiones se ha inclinado del lado de la barbarie. E indudablemente,

vivir en el polo explotado del sistema crea una tendencia poderosa a ver el mundo en términos de nosotros y ellos: los gobernantes y los gobernados, los poderosos y los débiles, los poseedores y los poseídos. […] El problema es que nosotros y ellos pueden ser representados a través de un número considerable de ideologías políticas diferentes. […] Así que hay muy buenas razones materialistas por las que, en ciertas circunstancias, las ideas socialistas consiguen apoyo entre la clase trabajadora. Pero no hay ninguna garantía materialista de que sólo el socialismo pueda representar los intereses de la clase trabajadora y sus expectativas para el futuro. […] La clase trabajadora, tal y como la conocemos, está profundamente dividida y estratificada internamente. No siempre está unificada en sus orígenes, aunque puede llegar a estarlo a través de la práctica política. […] el proceso de reconstruir la sociedad de acuerdo con un modelo diferente […] no cae del cielo como el maná. Hay que producirlo, construirlo y luchar por él. Las ideas socialistas sólo ganan porque desplazan otras peores y menos poderosas. Sólo dominan un espacio porque apresan la imaginación popular o conectan con la experiencia de la gente; o le dan mayor sentido al mundo en el que viven; o son mejores a la hora de analizar lo que está ocurriendo; o captan y encarnan las esperanzas de la gente.

Todo compromiso con la construcción de una nueva voluntad política —afirma Hall— «tiene que ser fundado, si quiere ser concreto y estratégico, en un análisis del presente que no sea ritual ni celebratorio y que evite las oscilaciones espurias entre optimismo, pesimismo y triunfalismo que tan a menudo caracterizan el pensamiento de la izquierda tradicional». El ritual y la celebración, espeta, «son para las religiones»; y el cuanto peor, mejor de cierta izquierda significa olvidar «cuántas veces en la historia reciente agudizar las contradicciones ha llevado a aceptar acuerdos y soluciones favorables al capital, y a la extrema derecha, antes que a sus contrarios». Hall también entiende, con Gramsci —suyos son los siguientes entrecomillados—, que 1917 «fue una situación histórica absolutamente única», en la que «corrientes absolutamente distintas, intereses de clase absolutamente heterogéneos, luchas políticas y sociales absolutamente contrarias se han fundido […] de una forma llamativamente armoniosa».

Hay en general, nos dice Hall, que leer a Gramsci, pero bien entendido que «no debemos usar a Gramsci (como durante tanto tiempo hemos abusado de Marx) como si fuera un profeta del Viejo Testamento que, en el momento necesario, tendrá la cita precisa que nos consuele». No ha de entenderse que tenga Gramsci «todas las respuestas o guarde las claves de nuestros problemas actuales. Sí creo —concluye Hall— que debemos pensar nuestros problemas de una forma gramsciana, que es distinto».

Romper el hechizo

Frente a los desnortamientos y tribulaciones que sacudían a la trinchera progresista, la derecha radical británica no estaba obsesionada «con un materialismo de bajos vuelos que te diga que, por supuesto, las ideas están completamente determinadas por las condiciones materiales y económicas», sino que sabía perfectamente que había que pelear para implantar la idea de mercado y que los acontecimientos y sus consecuencias siempre pueden ser interpretados en más de un marco ideológico. Y a pelear se lanzaron las huestes thatcheristas. Lo hicieron con algunos apoyos inestimables, como los de una buena parte de los medios de comunicación de masas, pero ello no hace menos mayúsculo el logro de traducir una complejísima ideología teórica a una jerga populista enormemente efectiva en la guerra de posiciones política.

Nada rehuían los thatcheristas, ninguna batalla renunciaban a plantear en su guerra por, decían, «romper el hechizo del Estado del bienestar». Disputaban la económica pero también las menores escaramuzas con fervor evangélico. Los thatcheristas consideraban, escribe Hall en uno de sus ensayos, «el catecismo del capitalismo, tan deslustrado y desacreditado para los jóvenes en los sesenta y los setenta, como si fuera el Sermón de la Montaña. Es un credo según el que vivir, con el que criar a los niños; una fe que moverá las montañas capitalistas; la salvación del mundo civilizado». Y eran extraordinariamente hábiles en el desempeño oratorio: tenían claro, como lo tenía Althusser, que «en la lucha política, ideológica y filosófica, las palabras también son armas, explosivos, tranquilizantes y venenos. En ocasiones, toda la lucha de clases puede resumirse en la lucha de una palabra contra otra. Algunas palabras luchan entre sí como enemigos. Otras palabras son el lugar de una ambigüedad: un paso adelante en una batalla decisiva pero sin decidir». Manejando como granadas de mano vocablos como gorrón, atravesadas de provechosas resonancias emocionales, Thatcher modificó completamente el sentido de otras dos grandes palabras: libertad y Estado. La primera, «una de las ideas más poderosas y escurridizas del vocabulario político», se desvinculó, antes no lo estaba, de la igualdad y el segundo atrajo para sí «todas las connotaciones negativas de la dispendiosa máquina burocrática totalitaria», dejando vacío el asiento para la libre empresa como nueva «chispa de esperanza, libertad y elección individual».

En general, el thatcherismo comprendía mejor que la izquierda que la contienda política no es tanto un concurso de razones como uno de emociones. En Gran Bretaña —nos cuenta Hall— sucedía que

Consultadas sobre las políticas que apoyaban, mayorías significativas tenían sólidas preferencias por el laborismo en temas como el desempleo, la salud, la vivienda y la educación —los asuntos del Estado del bienestar—. Durante la campaña, éstos siguieron siendo los temas más importantes para la mayoría de los votantes entrevistados. De hecho, realmente fue en parte un éxito del laborismo haberlos colocado en un lugar privilegiado de la agenda política. Sin embargo, tanto antes como durante las elecciones, si se preguntaba por la imagen (quién «estaba haciendo un buen trabajo», «dirigiendo el país», «haciendo que la gente se volviera a sentir feliz de ser británica), una mayoría contestaba con determinación: Maggie. Lo mismo ha estado ocurriendo en Estados Unidos, donde si no se pueden encontrar mayorías que apoyen medidas específicas dentro de los programas de desmantelamiento del Estado del bienestar, no obstante, cuando se trata de preguntar quién les hace sentir bien por ser americanos, la gente dice que Ronnie es su chico.

Una forma de interpretar esta tendencia es que, cada vez más, el electorado piensa, políticamente, no en términos políticos, sino de imagen. Esto no significa que las políticas no importen. Significa que las políticas no captan la imaginación política de la gente a menos que estén construidas sobre imágenes con las que se puedan identificar. […]

La clave de bóveda de toda esta ofensiva mercadotécnica era, claro, la propia Thatcher, ungida con el don de traducir el evangelio neoliberal «a los idiomas caseros de la vida diaria». Thatcher era, escribe Hall, «nuestra más querida y ejemplar ama de casa»; la matrona cabal que trasladaba a la gestión nacional los principios sabios de la microeconomía doméstica. Y también manejaba con soltura una retórica del outsider idéntica a la que hoy encumbra a Trump.

La política ingenieril

Hall también hace apuntes interesantes sobre los errores cometidos la gran huelga minera que paralizó el Reino Unido de 1984 a 1985, pero a la postre fue derrotada por una inflexible Thatcher. A su juicio, «con las muestras de solidaridad, los enormes niveles de apoyo que suscitó, la implicación sin precedentes de las mujeres en las comunidades mineras, la presencia feminista en la huelga, la ruptura de las barreras entre diferentes intereses sociales que presagió» la huelga minera «estuvo de forma innata con la política de lo nuevo [y] fue un inmenso combate contra el thatcherismo que debería haber marcado la transición a la política del presente y del futuro, pero fue luchada y perdida dentro de las categorías de lo viejo». También de un esclerótico tradicionalismo peca a veces la izquierda; también de «una política de gestos por la que es mejor perder heroicamente que ganar», y también de prácticas corruptas que el laborismo británico pagó muy caras. Escribía el intectual en 1984 que,

Atascado durante tanto tiempo en el fin de la estrategia de la socialdemocracia desde arriba, el pueblo se está tomando una venganza terrible contra el laborismo. Décadas de votos bloqueados, asuntos arreglados en la trastienda, acuerdos cerrados en reuniones con cualquiera, localidades en las que las mafias laboristas han cortado el bacalao como Borgias de poca monta, una visión de la política que depende de la movilización del honor antes que del radicalismo de la clase obrera […], la visión ingenieril o hidráulica de la política; todo esto ha acabado por estar profundamente arraigado en la cultura del laborismo. Pero los tiempos están cambiando.

Pero también cargaba Hall contra el maniqueísmo estólido de cierto marxismo vulgar que, daltónico para las escalas de gris, se entregaba, se entrega, a desajustadas visiones demoníacas del irredimible Estado burgués y en aquel Reino Unido se convertía en inestimable aliado objetivo del thatcherismo, con el que en última instancia se renunciaba a pelear. Nos explica Hall que

A pesar de su retórica, la izquierda también participa en el Estado: mediante el Estado del bienestar, que distribuye bienes a los necesitados, redistribuye los recursos a los menos favorecidos, atiende las necesidades de la sociedad y provee de servicios básicos y de ocio, y todo sobre una base universalista y no sobre los términos de mercado de «capacidad para el pago». El Servicio Nacional de Salud es el ejemplo clásico. […] La historia de las luchas de Nye Bevan por instaurarlo demuestran no sólo con cuánta vehemencia resistieron las fuerzas del mercado este avance en su territorio, sino que éste hubiera sido imposible sin un centro alternativo capaz de organizar un sistema de asistencia materialmente diferente; ese centro fue el Estado. ¿Cómo alguien que entienda la diferencia material que esto ha supuesto para las vidas de incontables personas comunes podría considerar este avance como algo contrario a la lógica del socialismo?

Aprender del thatcherismo: he aquí la moraleja fundamental de El largo camino de la renovación, que levantó ampollas cuando se publicó en Gran Bretaña precisamente por ello. No se trataba, explicaba en vano Hall, de asumir el thatcherismo íntegramente, sino de abandonar un moralismo de vuelo gallináceo («¿Es que acaso ella no es una arpía?») y consagrarse con humildad a comprender la lógica por la cual Thatcher arrasaba elección tras elección. Y no sólo a eso. Hall también exigía a la izquierda, y ello también le granjeó la animadversión de una parte de ella, adquirir consciencia de su propio reverso tenebroso y enfrentarse a él con resolución. Explicaba en este sentido el estudioso que

A comienzos del siglo, el lenguaje del socialismo estaba lleno de esperanza, de hecho, de una confianza científica en el futuro quizás demasiado ingenua. Pero la realidad del estalinismo y sus consecuencias han sumado una dimensión trágica al lenguaje del socialismo: la cruda posibilidad del fracaso. El experimento socialista puede salir salvaje y desastrosamente mal. Puede tener un resultado que sea a la vez reconocido como socialismo y aun así ajeno a todo lo que es inherente a nuestra imagen de cómo debería ser el socialismo. Puede tener consecuencias contra las que los socialistas deben levantarse.

El desafío así presentado sigue estando vigente en este mundo en el que un fantasma posfascista recorre el mundo y una izquierda exhausta en el combate fratricida contra sí misma y enredada en sus propias contradicciones no opone a esa amenaza resistencia suficiente. Así pues, libros como el de Stuart Hall relumbran con el fulgor de lo necesario. Del mismo modo que la historia no se repite, pero rima, lo mismo sucede o puede suceder con sus lecciones. Hall, por cierto, también las da en su libro, cuya parte central recoge una interesantísima historia de Gran Bretaña entre los añps 1880 y 1930, un momento de crisis del bipartidismo decimonónico que el intelectual de Kingston consideraba enormemente instructivo. Advertía por ejemplo sobre cómo

todas las nuevas fuerzas surgidas en la década de los ochenta estaban posicionadas de diferentes formas contra el Estado y las instituciones de poder vigentes. En diferentes grados, todas se dirigieron al electorado popular en un intento de reclutarlo para una reconstrucción de las formas y los límites del Estado. Esto incluía no sólo a los movimientos socialista y feminista, sino también a elementos que, bajo la égida del jingoísmo o el orangeismo, estaban seriamente involucrados en la construcción de movimientos de masas de derechas.

El desagüe de aquello fueron las dos más sangrientas guerras de la historia. Y no hay que echarle demasiada imaginación para equiparar tal situación a la actual.


El largo camino de la renovación: el thatcherismo y la crisis de la izquierda
Stuart Hall
Lengua de Trapo, 2018
468 páginas
23,5€


Pablo Batalla Cueto (Gijón, Asturias, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.clLa Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’.

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