Poéticas

‘Mis fantasmas’, de Juan Pablo Zapater

Carlos Alcorta reseña a un poeta que traza en sus poemas un recorrido biográfico, pero sin que la presencia del yo anule el sentido de cercanía con el prójimo; que logra hablar de sí mismo como si hablara de todos los hombres, lo que es una de las virtudes de la gran poesía.

Juan Pablo Zapater: Mis fantasmas

/una reseña de Carlos Alcorta/

Juan Pablo Zapater

Juan Pablo Zapater (Valencia, 1958) no es un poeta acuciado por las prisas ni por entregar a la imprenta un libro tras otro con peligrosa asiduidad, sin apenas dejar tiempo para que reposen los versos, como ocurre con muchos poetas de hoy en día, y no hablo sólo de los jóvenes. Su trayectoria poética, seria, firme, consolidada, está integrada por dos títulos: La coleccionista (1990), que fue reconocido con el Premio Fundación Loewe a la Creación Joven, y La velocidad del sueño (2012), a los que debemos sumar ahora este nuevo título, Mis fantasmas, con el que obtuvo el Premio Ciudad de Burgos. Tres libros en casi treinta años es una renta ciertamente escasa, pero suficiente cuando se trata de escribir obligado por la necesidad imperiosa de hacerlo. Por otra parte, dicha necesidad ha creado un estilo que mantiene una encomiable unidad de tono desde su primer libro hasta este último, aunque, como es lógico, el peso de la edad se vaya haciendo cada vez más difícil de sobrellevar y la muerte, antes solo entrevista, se convierta ahora en una presencia que vigila nuestros pasos desde su privilegiada atalaya; una muerte que se vive, sin embargo, sin excesivo pesar. Se asume su inevitabilidad, claro, pero se interpreta su llegada como un peldaño existencial más, hasta el punto de que la vida no transcurre pendiente de tal espada de Damocles: «Pero sólo una muerte nos aguarda/ y lleva nuestro nombre; sólo una.//  Por eso es necesario que vivamos/ sin temer su llegada clandestina,/ pues cuando se presente y nos reclame/ quizás la vislumbremos como un modo/ de volver al origen,/ una forma serena de sentirnos/ el huésped que al partir deja colgada/ su llave para un nuevo pasajero», escribe Zapater.

Mis fantasmas está dividido en tres secciones perfectamente estructuradas en doce poemas cada una de ellas. Los poemas que integran la primera, «Apariciones», tienen una fuerte vinculación con la infancia, una infancia en la que —siguiendo a Piglia— todo es real. Sólo en la madurez se recuerda esta con cierto grado de ficción, como podemos comprobar en el comienzo de «Relato fantasma»: «La habitación que un día/ dejé para mudarme a la casa del mundo/ aún guarda en sus armarios/ el fantasma de un niño que parece/ conocer mis más íntimo secretos». El pasado se vislumbra como un territorio envuelto en una bruma de nostalgia. Al protagonista de aquellos años, ese niño que aún vive en el adulto de un modo tan difuso, con tan pocas certidumbres que se le puede considerar un fantasma, le cuesta enhebrar el hilo del recuerdo. Ciertos signos —la naturaleza cómplice, la inocencia infantil, el sabor del pan recién horneado— permiten reconstruir el mundo perdido, pero no para anclar la mirada en el ayer, sino para levantar la vista hacia el presente, porque, al fin y al cabo, «El ayer es un mero decorado/ que aguante el armazón de la memoria,/ y el futuro una sombra, pues no hay foco/ que pueda iluminar lo que no existe./ Lo vital es el día, nuestro día,/ ese vaso de luz que nos bebemos/ y se vuelve a colmar cada mañana». Esta es la mejor enseñanza que podemos recibir. Una alegoría del collige virgo rosas que, en este caso, no se circunscribe a la juventud, sino a cualquier momento de la existencia.

«Presencias», la segunda sección, tiene en el amor una de sus columnas vertebrales, aunque una presencia, escasamente fantasmal a mi juicio, se hace sentir de forma rotunda: la de los demonios del mediodía, que aparecen a deshora, en este caso algo que, de manera expresa, apreciamos en poemas como «El veneno» («Con una piel distinta/ que los años han vuelto invulnerable/ al frío de la ausencia, la serpiente/ conserva en su interior, como una presa/ que agoniza en silencio, la memoria/ del placer entregado y recibido») o «Cebo tardío» («Pero el riesgo no importa,/ has visto como aquella carne/ tan fresca y deliciosa que parece/ un bocado de dios, por eso subes/ sin pensarlo siquiera y pronto acabas/ colgado esclavamente del extremo/ de ese fino sedal,/ último anzuelo puro/ que se atrevieron a morder tus labios»). Otra de esas columnas de las que hablábamos es la conciencia del paso del tiempo, presente de un modo u otro en casi todos los poemas, aunque quizá el poema que transmita con mayor intensidad esa sensación de desconcierto sea «Tazas vacías». El padre toma conciencia de que la ley de la vida exige ciertas renuncias que no son fáciles de asumir, como la emancipación de los hijos: «Te hiciste la promesa al despedirles/ de mantener el tipo hasta que vuelvan,/ pero un padre es un hombre al fin y al cabo/ que no puede cumplir siempre con todo/ aquello que a sí mismo se promete». No puedo dejar de citar, aunque sea una anomalía en la sección, el poema «Otra cita con ella», dada mi querencia antigua por la metapoesía. Juan Pablo Zapater establece, siguiendo el ejemplo de Bécquer y el de Juan Ramón, una hermosa analogía entre la mujer y la poesía, resuelta con gran vuelo imaginativo: «Quizás llegará hoy, quizás no vuelva nunca, pero si viene a verme sabré por fin que es ella/ y no esa impostora que a menudo la imita.// Sabré por fin que es ella/ cuando se haya marchado y en la página quede/ la marca de sus labios a los pies del poema».

La tercera y última sección, «Visiones», repite esquemas vistos con anterioridad, aunque ahora aparece un concepto con gran contenido simbólico: el alma en sentido espiritual, no como sinónimo de inocencia, como ocurría con el alma de cántaro. El alma es «el país del sueño eterno,/ donde todos nacemos y al que todos/ sabemos regresar con nuestros muertos». Tanto la muerte («La muerte que es el hoy, vaso donde la rosa/ se pudre irreversible hasta teñir de luto/ el agua transparente que la mantuvo viva») como esos demonios a los que hacíamos referencia en la sección anterior, regresan al poema —convertidos en lobos—, aunque ahora no es el deseo quien los azuza, sino «el tiempo y el olvido, el dolor y la muerte». La sombra del Margarit de Los motivos del lobo parece posarse sobre estas reflexiones. Al final de la travesía, al ser humano que es Juan Pablo Zapater le quedan algunas, pocas, certezas, fruto de su experiencia vital, más allá de las constataciones de carácter físico: «que el amor es un galgo que galopa/ con el alma de un lobo moribundo, […]// que la muerte es un niño amamantado/ por la leche materna de la vida». De amor y muerte trata este libro, escrito con palabras directas, sin excesos retóricos y sin alambicadas piruetas literarias. Juan Pablo traza en sus poemas un recorrido biográfico pero sin que la presencia del yo anule el sentido de cercanía con el prójimo. La edad serena permite al autor hablar de sí mismo como si hablara de todos los hombres, y ésa es una de las virtudes de la gran poesía.


Selección de poemas

La extraviada

Tu voz me conmovió desde el principio,
cuando apenas tu idioma conocía
y llenabas con nuevos evangelios
la bóveda del alma.

Aquellos cantos mágicos tan tuyos
sonaban como música traída
de un reino prodigioso, como rezos
que buscaban un dios
escondido entre pétalos de rosa.

Juré tomar tus hábitos y anduve,
descalzo y penitente,
en mi humilde labor de escribanía.
Yo quería imitarte: por las noches
me sentaba a tu lado y de mi pecho
se escapaban también aves azules.

Eras tan especial, tan poderosa,
que pronto decidí afrontar contigo
los momentos de duda, los reveses
del amor y la vida, circundados
de encierro y soledad. Yo te llamaba
espadas como labios, la voz a ti debida,
canción desesperada y otros nombres
preciosos como esos.

Mas algo en mí cambió y en veinte años
dejé de convocarte y me entretuve
montando otros caballos de batalla.
Olvidé la ternura de tus brazos
y también su desnuda fortaleza.

¿Fui yo quien te perdí? Nadie te huye
si no le das la espalda, si no cesas
de decirle al oído esas verdades
que sólo tú conoces.
Qué larga fue la noche de tu ausencia,
qué enferma de silencio.

Hoy has vuelto, tan honda y luminosa
como yo te recuerdo, sin dejarme
ni entonar un reproche.

Y el verso que derramas en mi frente,
hecho de luz cantada y viento dulce,
renueva mi bautismo con su lluvia
de benditas palabras.

Rosas para otras manos

A Carlos Marzal

Esas rosas silvestres escondidas
en el suave desierto de la carne,
rosas secas que al tacto se humedecen
y destilan su esencia entre las yemas
de unos dedos esclavos.

Esas rosas cerradas que se abren
como el labio sediento de la vida
y aguardan suplicantes una nube
para ser bien regadas por su loco
chaparrón pasajero.

Son las rosas que amé y que sigo amando,
aunque no se me ofrezcan como antes
y las sienta entregadas al cuidado
de unas manos, no mías.

Rosas ciegas, sensibles, disolutas,
que esta noche de fiebre y de desvelo
me llaman y me arrastran poderosas
a su gozo sin fondo.

Milagros cotidianos

Amanecer envueltos de otro mundo
en el santo sudario de los sueños.

Caminar sobre el agua de los días
sin hundir nuestros pies en la tristeza.

Echar con fe la red al mar oscuro
y capturar la luz que allí se esconde.

Multiplicar el aire y repartirnos
una hogaza de sol cada mañana.

Imponer una mano en nuestra sombra
para así acariciar su imagen pura.

Devolver la mirada al niño ciego
que nos guarda la flor de la conciencia.

Ungir el corazón con el aceite
que sana las heridas más profundas.

Vencer la tentación aunque sepamos
que el ángel y el diablo son amantes.

Oír al mudo amor y ver el tiempo
que baila sin pareja a nuestro lado.

Levantarnos y andar hacia la vida
cuando nos dan por muertos

Anochecer creyendo en quienes somos
sin apenas habernos conocido.


Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas(2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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