Poéticas

La urdimbre luminosa

Un largo poema de Antonio Gracia en el que cabe el leve edén de la solidaridad cósmica y humana; el abandono de la solitariedad y el abrazo a la convivencia; el afán de no abandonar este mundo sin haber intentado dejarlo mejor de como se lo encontró.

La urdimbre luminosa

/por Antonio Gracia/

Quien vive infiernos sueña paraísos. No hay mayor enemigo que nuestro propio yo. La palabra me llevó, al fin, a encontrar uno, más creado que creído, que mitiga la existencia: el leve edén de la solidaridad cósmica y humana. El abandono de la solitariedad y el abrazo a la convivencia. El afán de no abandonar este mundo sin haber intentado dejarlo mejor de como lo encontró.

I

Salgo al día. Contemplo
la luz, y su pureza
ilumina mi alma, abre mis ojos
a una dicha que no he sentido nunca.
Absorto ante el prodigio,
me abrazo al esplendor
de tan claro momento.
…………………………………………..Cuántas sombras
han debido en el tiempo conciliarse
para que el universo decidiera
amanecer hoy mágico, ofrecerme
tanta delectación, tanta belleza.

Miro atrás. La ciudad
y los años vividos me reclaman
con voces y recuerdos. Las palomas
asedian las estatuas, y los labios
aún se estremecen en la despedida.

El aroma del alba me seduce
con su jazmín y menta. El alto sueño
de la razón —vencer
la muerte, coronar la vida—
pende del cielo, traza
su talismán como una espada heroica
que yo debo empuñar.
…………………………………………..Sigo la brisa
en su amable camino venturoso.
Un pájaro gorjea
en medio de su vuelo. Sobre mí,
una nube desorientada fluye
igual que un río de regreso en busca
del manantial. Detrás
del ayer y el mañana la existencia
teje su laberinto.
…………………………………………..Yo quisiera
haber hallado los jardines plácidos
donde sobrevivir: un monasterio
alfombrado de códices, la torre
de una ciudad sitiada; y componer
una gesta votiva, un pentagrama
para la eternidad;
…………………………………………..y sobre todo:
más que escribir poemas inmortales,
quiero salvar de su desdicha al hombre.

II

La brisa y las gaviotas me conducen
a los sembrados florecidos donde
la vida se renueva
a pesar de la muerte del espíritu.
Árboles como siglos elevados,
hermosas geografías,
milenarios alcores.
…………………………………………..Me acompaña
el rumor de las fuentes,
ya resueltas en río luminoso.
El agua es una estrella
que ha disuelto su luz para saciarnos
y mitigar la sed de inmensidad.

El paisaje ennoblece mis sentidos,
quita desolación a la aventura
del viaje a la agonía.
…………………………………………..Yo, en verdad,
necesito olvidar el ansia, ser
puro y sencillo, como
el labrador, el trigo.
¿De qué sirve sumar los desengaños?

III

Diviso el mar. Detrás de aquella roca
un hombre primitivo
adoró al monstruo inmóvil de ágil lengua
cuyo cadáver siempre renacía
como lluvia yacente y solitaria.
Los arrecifes, como lentos náufragos,
hienden el aire, otean
la fugitiva playa.
…………………………………………..Miro
mis huellas en la arena
fundidas con las conchas, los primates,
el magnífico Robinson,
las sierpes, la osamenta
del tiempo en este oro de la infancia,
cuando los peces engendraban saurios.
Y en la resurrección de la memoria
veo nacer el firmamento, escucho
volcanes, estallidos,
soles fraguando luz,
ciénagas y diluvios,
estertores, vagidos: el origen.
Así nació la súbita armonía
y así nacieron los desasosiegos.
El resplandor fugaz signó las almas
con ansia y potestad.
Pero el estigma de la sombra urdió
devastaciones, sueños.

IV

Llegan las olas como esquivos peces;
borran el tiempo, lo sacuden, trazan
arabescos sinuosos.
Un espejismo crea su verdad
y es fábula la Historia.
Estoy en el recuerdo, en la ceniza.
Un invisible pájaro cantaba
y la yedra llovía su rocío.
¿Tan sólo soy el eco del que fui
o es aquel mi creación?
Veo un lago apacible coronado
por arcoiris y serenas nubes.
Fragmentos de mis vidas y mis muertes
quieren recomponer mi autorretrato,
su  identidad presente, y no recuerdan
cuál es su origen, ni la forma exacta
del errante fluir de la conciencia
que hoy pregunta por mí y llora conmigo
el desconocimiento de su nombre.
Detrás de ese dolor hay catedrales,
ciclámenes y lascas en la cueva,
el rayo que prendió fuego en la noche
y las esporas de otros mundos fértiles
que sembraron mi arcilla
y la dotaron de su inteligencia.
Y hay un clamor oceánico
luchando por llegar hasta una playa
y derramar sus caracolas.

V

Una grieta en el cielo
deja caer la lluvia,
apenas una escarcha
sobre mi piel, y siento:
«La bondad, la maldad
combaten en el mundo y nada puedes
sino soñar, sentir que cuanto haces
es digno de los hombres, no de un dios.
Siempre hay otra cima que alcanzar.
Pero sólo el olvido da sosiego».
Yo, sin embargo, sé
que si un recuerdo muere nada queda
de lo que ayer vivió.
En un recuerdo están Egipto y Grecia,
la luz y el monasterio, y cada hombre
que dibujó en su mente esos paisajes.
¿Adónde iré, decidme,
si no hay más territorio que el recuerdo
y la memoria siempre nos alcanza?
¿Por dónde aventurarse
—decidme todos, pronto,
vosotros, Juan de Yepes,
Luis de León, Teresa, que entrevisteis
el íntimo lugar del regocijo,
y vosotros, Luis Bonmatí, Ángel Luis
Prieto de Paula, amigos,
alcabaleros de almas encendidas—,
decidme todos, pronto,
¿por dónde aventurarse
cuando toda certeza es la apariencia
de una verdad que mostrará su error?
Qué mácula, sentir.
Cuánto dolor, el noble pensamiento.
Cuando yo me llamaba Ulises Mèrou
—cuando el hombre era sólo un corazón—,
todo era claro, todo
era un descubrimiento;
pero todo lo extingue
el hombre reflexivo.

VI

Una gaviota otea el porvenir
y vuela hacia lo lejos.
En el acantilado, sobre una roca, hay
un libro abandonado.
O acaso son dos libros aún no escritos
leyéndose, escuchándose.
Sé que escribir es mi única trinchera
contra la muerte. Sigo
las líneas paralelas, horizontes
que siempre me devuelven a mí mismo.
Y encuentro un corazón, isla remota
que sabe lo que siento, que me dicta
lo que debo sentir: amor por todo.

VII

Hay un ritmo en la sangre, una energía
en la Naturaleza que prolonga
el deseo de ser más allá de la muerte,
y que otorga a la vida un poder expansivo,
a pesar del dolor, celebratorio.
¿Cómo aceptar que la pulsión humana
del vivir sin morir sea inextinguible
y se agote la vida, sin embargo?
Puesto que la Naturaleza exige vida
y la muerte detiene su fluir,
¿debo aceptar que existe otra existencia?
¿O para desterrar las agonías
de saberme materia de la nada
tener el nihilismo como fe
y despreciar cuanto es inalcanzable?
Si la razón pudiese doblegar
la encendida pasión de la supervivencia,
¿no atentaría contra el hombre mismo?
¿No es, en verdad, más noble, aunque doliente,
dignificar a la Naturaleza
reconstruyendo la inmortalidad?
Ahora que sé que el hombre sufre y llora
porque quiere vivir abrazado a ese júbilo,
mi escritura no puede sino ser
la voluntad del hombre irreductible,
una firme canción a la existencia.
Rompo la tradición agonizante
del dulce lamentar consolatorio
y me esfuerzo en sembrar entre mis versos
jubilosa alegría.
Quiero hacer de mi pluma mi destino:
que jamás
mi vida contamine mi escritura,
sino que se contagie mi existencia
de su cantar voluntarioso y firme.

VIII

Qué hermoso es caminar, tocar la tierra,
sorprender las montañas y los valles
en su recién nacido día, ver
cómo brotan los árboles, la dicha.

Y en ese renacer del universo,
sentir el pulso de una estrella errante
y las constelaciones emergiendo
en un lugar llamado corazón,
cauce del alma, fruto del origen.

A través del sendero luminoso,
el manantial de la memoria dicta
su sigilosa efigie;
y esquirlas ancestrales recomponen
el laberinto de la identidad.

En lo alto del prodigio,
preguntas incesantes languidecen
aguardando respuestas.

Pero el amor inventa voluntades
y prolonga existencias
de ayer para mañana.

En su insomne reducto inaccesible,
dice el alma soñando con el gozo:
«Sólo busco la ausencia del dolor».
Y el remoto horizonte se transforma
en una placidez inhabitada
donde perdura el dulce paraíso:
la frágil beatitud de la niñez.

IX

Ubicuo es el dolor, dueño del mundo,
y ubicua es la esperanza, su derrota.
La muerte no es el fin, ni es el principio
el nacimiento. Ayer
no tiene tiempo, era
antes de la inmortalidad,
y su sustancia
es generar espacio sensitivo.
Voy al ayer y busco
la fértil comprensión de los instantes.
Hay una luz dichosa. Soy
un hálito confuso en una carne
peregrina,  fugaz, perecedera.
Rostro del talismán, el tiempo emerge
y fluye el corazón como un río de sueños.
En medio de la caza y su arrebato
sueña el tigre con prados y sosiego,
y de la sangre derramada brota
agua para el sediento de existencia.
El mundo nace y muere cada día,
y, en su secreto enigma, así cumplimos
tan infinitas muertes como vidas.
¿No es eso acaso la inmortalidad?
La eternidad es una
sucesión de existencias
que a través de la muerte
prolongan su esperanza.

X

Hay almas que conservan el recuerdo
de sus vidas pasadas en lo oculto
de la conciencia, y no se reconocen
como habitantes de sí mismas, lejos
de la materia germinal.

Mientras el gran naufragio crea sus islas,
peregrino en mi viaje, voy buscando
la gris conciencia que llamamos yo.
Acaso en mi interior un saurio repta
y un pez hostiga espejos abisales.
¿Fui una vez un cuervo, como Arturo,
un cisne, como Leda?
¿Llevo en mis ojos todos los paisajes
que un pájaro escribió en sus ojos libres
desde la prehistoria de mi alma?
¿Soy la ceniza del que fui un día
o la semilla de quien quise ser?
¿Soy acaso un fantasma milenario,
nacido en Grecia y resurrecto siempre
que una pluma da fe de su aventura?
¿Mi vida es la memoria de otras vidas
que sembrarán recuerdos y ansiedades
en otro ser en el que, al fin, seré?
¿Soy sustancia estelar sin fin ni origen?
Si pertenezco a un sueño inacabable,
¿cómo librarme de mi soñador
y que será de mí cuando amanezca?
¿Soy yo quien sueña o soy el que es soñado?

Enardecido, el corazón persigue
la unión inmaculada,
el coito emocional consigo mismo;
y, cuando se halla, canta
porque vuelve al edén nunca olvidado.

Escucho el canto de la vida. Brota
la fuente en el desierto. Estallan
los astros en la noche y sueña
la carne con hallar un paraíso.
Un estremecimiento transfigura
cuanto soy, cuanto fui, cuanto he de ser.
Veo la luz. Emerge el infinito.
Tiene el rostro sagrado de la infancia.

XI

No sé qué habita en la Naturaleza
que, con sólo mirarla, el corazón
se llena de alborozo;
no hay secreto o enigma
que despierten revelación tan pura
como el arrobamiento ante un paisaje.
Ese conocimiento me hace libre,
me aleja del dolor.
Y desde esa pulsión exuberante
todo parece hermoso; las criaturas
ofrendan paraísos, y florece
la solidaridad universal.
Sé que dentro de mí habitan las palomas,
el torrente y el mar, las nubes, los corales,
las hormigas, los álamos,
los frutos de la tierra,
los manuscritos en los que se dice
que yo estoy escribiendo estas palabras
como un torpe exorcismo funerario,
porque la muerte sólo es una errata
en los ojos de aquel que lee el libro
de la clara existencia.
Alguien, dentro de mí, toca la vida
y ensaya un himno errante.
Todo en el mundo tiende a la alegría.
Todo cuanto ha nacido de una causa
es esplendor y júbilo; la alondra
lo sabe y lo celebra,
y el mundo se enaltece en cada trino.
Quiero escribir: Naturaleza, soy
el pentagrama donde el hombre canta.
Y el universo reverbera en mí.

Pero la soledad.
Qué hermosa soledad la que es hallada
no por huir del mundo,
sino por el hallazgo de sí mismo.
Dentro del corazón
están todos los hombres, las montañas,
los prados y la lluvia;
todo es pureza, como si lo hubiesen
creado nuestras ansias.
La fértil soledad. Qué hermosa compañía
para quien ha saciado sus pasiones.
El hombre solo y digno, qué nobleza;
qué majestad en su alto afán; el astro
que con más esplendor brilla en el cielo
no vale tanto. Pero el firmamento
caería de bruces
si las constelaciones fuesen hombres
agrupados, queriendo destellar;
la armoniosa quietud de las estrellas
se abismaría en la devastación.
Sin dioses y sin héroes, sombras somos
de una gesta que dura en la memoria.
Nada puede salvarnos, pues nos hemos
condenado nosotros,
y el único perdón es el castigo.

XII

Sé que escribir es mi única victoria
contra la muerte. Escribo.
Lanzo palabras como redes densas
para apresar la vida. Fluyo
hacia el oasis de la infancia. Veo
edenes emergiendo por los ojos,
transparencia en los sueños.
Bach transcribe el rumor de las estrellas
y el pentagrama alumbra la Ofrenda musical.
¿Quién hablará de vida si no acepta
que componer es convertirse en música
o que escribir es diluirse en versos?
Igual que una ostra herida
se defiende forjándose una perla,
así el dolor construye sus poemas.
Ay, si pudiera ser que la palabra
redimiese las almas de la sombra
en que fueron cayendo; con nombrar,
surgiría la luz; y si la muerte
amenazara con su certidumbre,
bastaría borrar cuanto está escrito.

XIII

Dentro de mí hay un hombre antiguo y solo
pintando rostros y tallando sílex,
biografías de ciervos y bisontes
que son la incandescencia de su alma.
Una estatua esperando ser mi cuerpo
inventa el mundo, otorga
orden al caos de la eternidad.
Ocurrió en el principio,
cuando el hombre era un dios ajeno al desengaño
y a la conciencia de que sólo era
un hombre que soñaba.
Yo amaba a las criaturas, sobre todo
a la criatura humana,
pues nada hay más hermoso
que el corazón del hombre cuando sueña.
Pero un día llegó un titán soberbio
y los infiernos lo incendiaron todo.

XIV

Sé que escribir es mi única defensa
frente a la vida. Nombro
la carne y el espíritu del hombre,
el alba y el ocaso. Busco
su cielo en sus infiernos.
Sé que su frente aspira a las montañas,
al aire puro y libre de las manos
unidas, florecidas. Quiero
hallar la metafísica del verbo
y conjurar la muerte con palabras
hasta decir: «Creo en el hombre,
su voluntad es su destino.
Nazca de nuevo el hombre y que el sosiego,
la generosidad y beatitud
ordenen su futuro».
El hombre en el que creo está formado
por glaciares y ríos, cataratas
y lluvias torrenciales,
por altos ojos y esforzado orgullo,
por libros, partituras, lienzos, almas
devastadas que irguieron su caída
y construyeron puentes y destinos
sobre mares rebeldes y furias dominadas.
El hombre en el que pienso está forjado
por hombres expulsados de un edén
que, presos en sus ruinas, trazaron utopías;
lejos de recrearse inútilmente
en el dolor de sus limitaciones
alentaron las brumas,
el vigor, el fulgor.
Cae la fruta del árbol dando gracias
a la rama que, al darle vida, fue
causa de que gozase savia y sol,
y de que con su aroma diese gozo.
Yo no soy tierra fértil.
Y mientras me pregunto qué hago aquí,
de dónde vengo y hacia dónde voy,
considero, tedioso,
que aquel que nada espera nunca muere,
aunque todo lo tiene menos vida.
Contemplo la morada silenciosa
de la existencia, y sé que, finalmente,
la Historia sólo es la iconografía
de algunos hombres libres
que detuvieron con su voz el tiempo
y enseñaron a ver de otra manera,
forjaron otros mundos,
convirtieron en himnos la elegía.
Yo soy una derrota de esos hombres.
Soy un griego perdido en el presente,
y si regreso a Ítaca seré
algo más que una muerte: un desengaño.

XV

Amo a los hombres puros que se esfuerzan
en ensanchar el corazón y borran
las lindes de la vida.
Por encima de todos, a aquellos que exiliaron
la culpa y el castigo como herencia
de una naturaleza abominable.
Enseñan a ver luz donde la luz
rige desde el principio, y muestran la alegría
como sed mineral de las criaturas
y como su esencial satisfacción.

Hay lugares hermosos, mas ninguno
como aquellos que dicta la nostalgia;
no existe el tiempo en ellos y todo permanece
puro y exacto, igual
que el agua de un aljibe;
cuando alguna amargura nos acosa,
a sus prados volvemos, y en su oasis
abandonamos la melancolía
y regresamos nuevos para el mundo.

En un lugar remoto de la sangre
se gesta el magma de la identidad.
Estos versos asedian ese espacio;
y aunque se saben mudos y perdidos,
su búsqueda prosiguen y su viaje.
Miro a un niño. Sonríe
bajo los arcoiris.
Es el origen. Nebulosamente,
el orden se establece sobre el caos
y la materia busca geometrías
para su informe espíritu. El fulgor
de los volcanes cuaja en cuarzo y humo,
mientras fecunda el agua la creación.
Desde el fondo del mar, una conciencia
de vida se difunde por la roca,
y sus raíces crecen
hasta forjar el rostro de los árboles,
la efigie de las fieras, las criaturas.
Han pasado milenios. Aquel niño,
sentado sobre el tiempo, rememora
paisajes ancestrales, huellas fósiles
de lo que fue pasado y es nostalgia,
corazón seminal transfigurado.
En la pizarra de la tarde pinta
la luz del primer día, la penumbra
de la primera noche: y de repente,
como si su mirada destellase,
todo vuelve a nacer, apenas signo
de la inocencia, cosmos rescatado
para la eternidad desde la muerte.

XVI

El ocaso se inclina hacia la noche.
Grajos errantes y un sonar de flautas
me trasladan al canto del pastor,
a hirsutas parameras
en donde se alza la eremita encina
y el pájaro juglar desaparece.
Como un tatuaje sobre el horizonte,
—mejor no lo pintara Miguel Ángel—,
Couperin, D’Anglebert,
las brumas del recuerdo,
aprisionan el tiempo en pentagramas,
bálsamos de templanza y plenitud.
El tiempo me saquea y da ceniza.
¿Construyo un mausoleo con mi vida
o un crisol para aquellos que me escuchan?
Quiero ser como el ave,
que canta sin conciencia de la muerte.
Entra en mi corazón el agua pura
—el agua clara y pura, como
la frágil inocencia—
del claro manantial, igual que entró
en el alma del hombre primigenio;
y se iluminan mis sentidos como
se iluminaron los amaneceres
en los primeros días:

Tal vez porque los pájaros cantaban
y reían las fuentes, y los álamos
abrazaban el aire de la tarde,
o quizá porque el dulce firmamento
derramó sus estrellas sobre mí,
sentí mi corazón estremecerse
y extasiarse mi carne.
Extendía la noche sus dominios
sobre el ocaso, floreciendo aromas
como ofrendas del día, y en el aire
se aquietaba una brisa melodiosa
igual que un madrigal dormido, preso
en el acorde de un latido cósmico.
Ya el árbol no era un árbol: sino médula
de mi espíritu alzado en el paisaje.
Sentí en mi pecho las doradas hojas
quebrarse como leves corazones
marchitos del otoño.
Las nubes descargaban en mi alma
su lluvia torrencial.
Todo confluyó en mí: fuentes, estrellas,
montañas, pergaminos, claridades,
biografías para la eternidad.
Todo era hermoso y mío, como un lento
fluir desde la aurora hasta el crepúsculo.
Y en medio de la luz sentí, de pronto, 
el dulce y silencioso escalofrío
de la revelación.

XVII

E un mundo voraz en el que todo fluye
hacia la incertidumbre y los naufragios,
sólo vale el instante de la revelación,
el momento fugaz en el que comprendemos:
«Vivir es ordenar en los estantes
de la experiencia la memoria fértil,
hasta sumar un anaquel erguido
con la sabiduría del fracaso.
Si has hecho alguna cosa imperdonable,
perdónate a ti mismo.
Los dioses mueren cuando el hombre piensa».

Oigo el canto del alba,
y, ya el desasosiego sosegado,
un mar de luz inunda las tinieblas
y se ennoblece el verbo mientras arde
el corazón en súbita armonía.
Ningún hombre me habló tan noblemente
como me hablan las cosas;
nada me transformó como me transfigura
la caudalosa luz que alumbra mi conciencia.
Guiado por la oscura
y ambiciosa humildad
de quien desde el infierno aspira al cielo,
quisiera yo nombrar cuanto quise hacer mío
para ser la más fértil
transparencia del alma.
Un músico amanuense rememora
péñolas y legajos, laberintos
de la insondable inefabilidad.
Tras el bosque se eleva el gran incendio
del ocaso temprano.
Arde la voz, y los silencios arden.
Y el corazón invoca su mudo testamento:
«Dejo mis sueños a la dulce abeja
para que laboriosamente los construya
y los ofrezca al hombre a fin de que
se eleve y sea capaz de ser un dios:
cuanto quise y no pude conseguir».

XVIII

Si la vida pudiera moldearse
como un trozo de arcilla y darle el rostro
de la risa prudente, la alegría
invadiría jubilosa el mundo.
No obstante, cada hombre es muchedumbre
cuando olvida su isla.
Sólo en la soledad puede encontrarse
la interior libertad, el nombre propio
que ordena y rige y calma
la vastedad de la conciencia umbrosa.
El corazón, el bosque solitario,
arde para anhelar, y porque anhela
inventa mundos donde ser un dios.
Soy un ciego que sólo ve hacia adentro
y convierte la luz en un paisaje.
No hay en el hombre una mayor virtud
que aquella que le impulsa a conocerse:
Meta de la razón es comprender,
escrutar los secretos de la tierra
y el cielo, penetrar el corazón
procurando aliviar serenamente
el excelso dolor, que es el morir
sin haber comprendido;
y sin dignificar a las criaturas.
Pero el hombre y el tiempo son inermes
ruinas mortales, sueños.
No es el otoño el que nos da tristeza,
sino que entristecemos los paisajes
mirando desde la melancolía.
Acepto la derrota.
Abrazo el flamigerio
del paraíso humano y voy en busca
del íntimo lugar del regocijo.
Nada pueden hacer por mí los hombres
y nada puedo hacer por ellos yo.
Vivir saben sin mí
y sé morir sin ellos.
Les dejo mi escritura
—escribo sobre mí para que todos
se reconozcan y huyan de mis pasos—,
perdida senda en busca de sí misma
y de mi oscuro rostro.

…………………………………………..Mientras tanto,
emergiendo en la arena,
la memoria se expande desde una caracola
sonando entre amuletos
y gemas, biografías
de la belleza de los artificios.
Desciende el sol. Contemplo a Beatriz Dante.
Atravieso los siglos y regreso.

Regreso hasta el hogar con la mirada
de la niñez en mi retina.
Aquí observo el esfuerzo de la abeja
y la templanza de los manantiales.
Abriré a quien me llame sin codicia
de mundanales glorias;
encenderé algún fuego;
miraré los crepúsculos arder.
Evitaré el acoso de la muerte
y a los vivos que sólo dan sepulcros.
Solamente deseo
abrir un libro y escuchar su música
a la par que el aroma de la noche
brilla bajo una estrella.
Qué gozo, este destierro
a las meditaciones sensitivas.
De la luz bebo luz
y el agua que da sed sacia mis ansias.


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario(2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

2 comments on “La urdimbre luminosa

  1. Antonio Gracia

    Saludos

    Le gusta a 1 persona

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