Estudios literarios

Ruedas y bolígrafos: ciclismo y literatura

Compartimos con los lectores de EL CUADERNO un artículo publicado hoy en A QUEMARROPA, periódico de la Semana Negra de Gijón, escrito por Eugenio Fuentes sobre la vieja y fértil relación entre el deporte de Eddy Mercx y de Miguel Induráin y la escritura y un relato de Miguel Delibes sobre la primera vez que montó en bicicleta.

Ruedas y bolígrafos

La vieja y fértil relación entre ciclismo y literatura es uno de los temas que vertebran este año la Semana Negra de Gijón, inclasificable festival literario y lúdico que, fundado por el escritor asturmexicano Paco Ignacio Taibo II y dirigido actualmente por el historietista e ilustrador Ángel de la Calle, viene celebrándose cada verano en la ciudad asturiana desde hace treinta y dos; y A Quemarropa, el periódico del festival, publica en las páginas centrales de su número 2 este artículo de Eugenio Fuentes, que ha ejercido esa relación cicloliteraria personalmente (es autor de una novela negra de temática ciclista titulada Contrarreloj), acompañado de un extracto sobre ciclismo de Mi vida al aire libre, unas así subtituladas Memorias deportivas de un hombre sedentario que Miguel Delibes publicó en 1989 en la editorial Destino. Compartimos ambos con los lectores de EL CUADERNO.

Julio Cortázar, montado en su bicicleta.

Ciclismo y literatura

/por Eugenio Fuentes/

Quizá porque de todos los atletas el ciclista es quien dispone de más tiempo para reflexionar, el ciclismo es el deporte que más se parece a la literatura. Entre ambas actividades hay un parentesco especial. Al contrario de los que se practican en grupo (fútbol, baloncesto…) o de los que necesitan un adversario (tenis, boxeo…), el ciclismo es una tarea de solitarios, como la escritura es un trabajo que se ejerce en soledad. Cierto que en las carreras profesionales el corredor va encuadrado en un equipo que lo ampara bajo una marca, una camiseta y una imagen y le paga por su esfuerzo, del mismo modo que la casa editorial incluye al escritor en su catálogo, le edita los libros con su sello, formato y logotipo y le paga por los derechos de comercialización y venta, pero en ambos casos los patronos exigen rendimientos: el director del equipo quiere victorias en carreras o etapas y el editor exige que se vendan los libros. Si transcurre un par de años y no reciben beneficios, rescindirán amablemente los contratos.

En las etapas fáciles y llanas, el ciclista puede ampararse en el grupo, entre compañeros que colaboran con él en la lucha contra el viento, lo relevan y le pasan el bidón de agua si tiene sed. Pero en las etapas decisivas, la contrarreloj y la montaña, el ciclista, como el escritor, se enfrenta solo con sus fuerzas contra la gravedad de la Tierra, contra la escasez de oxígeno en los altos puertos, contra el dolor de rodillas, contra el cansancio y la fatiga, contra las dudas sobre la validez de su trabajo. En los momentos trascendentales, subiendo en solitario una montaña o ante una página en blanco, de nada valen los demás, y es uno solo el que tiene o no tiene fuerzas o talento. Ni el entrenador puede empujarlo para que vaya más deprisa, ni el editor puede venir a decirle qué palabra es la adecuada en una frase que se atraganta de banalidad.

Ambas pasiones imprimen una marca indeleble en quienes las han practicado. Ni se olvida montar en bicicleta, ni se le olvida escribir a quien escribe. Por otra parte, las dos son carreras de fondo, de largo recorrido, de paciencia larga. Si un aforismo se parece a un salto de trampolín, o un relato breve, un artículo o un soneto pueden parecerse a los esfuerzos intensos y brillantes de una carrera de cien metros, donde se mide el número de pasos como en el poema se mide el número de versos o de sílabas, una novela o un ensayo, en cambio, exigen la misma concentración, resistencia y fe que empujan a un ciclista a seguir pedaleando cuando aún faltan doscientos kilómetros para la meta y doscientos lobos se turnan en su persecución. Y cuando por fin se terminan, sus autores quedan agotados, vacíos, sin reservas después de haberlo dado todo.

Un libro colectivo es una contrarreloj por equipos en la que todos deben aportar solidariamente el mismo sacrificio, sin que se produzcan altibajos, aunque siempre alguien tira con más fuerzas.

En su libro Manual de literatura para caníbales, Rafael Reig compara la historia de la literatura con una carrera de equipos, como la «Vuelta a España: los románticos, los naturalistas, los modernistas, los surrealistas, los novísimos y así sucesivamente» y afirma que, asimismo, también en la escritura existen los líderes, los gregarios, los fuguistas, los escaladores, los esprínteres y hasta el rey de la montaña.

Hay carreras que el ciclista emprende por una necesidad interior de dar fe de su existencia, por el prestigio, por la gloria del triunfo: el Tour, el Giro, la Vuelta o las grandes clásicas, y hay criteriums locales en los que participa por motivos alimenticios, del mismo modo que el escritor asiste en ocasiones a ferias, congresos y mesas redondas que no le interesan demasiado, pero con cuyos frutos compra tiempo para intentar contar lo que sabe del corazón del hombre.

A menudo, el ciclista y el escritor, a pesar de hacer los mayores esfuerzos en todo el proceso, resultan los más frágiles y vulnerables, y prueban en la piel los mordiscos del asfalto y en los dientes el sabor del barro y de la sangre, y soportan el abuso de los fuertes, de los poderosos que cuentan con mejores armas: de los automovilistas blindados en sus coches, o de quienes manejan los poderes políticos o los media para atacar o silenciar a los contrarios.

En ocasiones se pregunta por el dopaje de los escritores. A veces se ve a algunos demasiado acelerados por un chute en vena de un suero donde van mezcladas las campañas de marketing, las pantallas, las orquestas de grupos y de afines. Pero los mejores escritores llevan la sangre limpia, sólo se alimentan de ideas, de palabras y de las lecciones que ofrecen los viejos maestros.

Por último, ciclismo y literatura no se parecen en nada en un aspecto. En los anuarios ciclistas están grabados con oro los nombres de los triunfadores, y hundidos en el olvido los de excelentes gregarios que nunca ganaron una carrera o una etapa. En la literatura, en cambio, sucede a menudo lo contrario y una suerte de justicia poética termina poniendo las cosas en su sitio. ¡Con cuánta frecuencia el tiempo eleva a la inmortalidad a los escritores gregarios de ayer y reduce a cenizas los best-sellers de quienes en la misma época batieron récords, subieron al podio y se colgaron todas las medallas!

Y como el ciclismo es el deporte que más similitudes tiene con la literatura, no han faltado autores que han escrito sobre la bicicleta (Alberti, García Márquez, Amos Oz, Muñoz Rojas, Roland Barthes, L. P. Hartley, Joseph Roth, Conan Doyle, Flann O’Brien, Pablo Neruda, Blanca Varela, Martín Garzo, Paco Ignacio Taibo II…). Y escritores que han practicado este deporte, desde León Tolstói, que aprendió a montar en bicicleta a los sesenta y siete años, a Emile Cioran, desde Friedrich Dürrenmatt a Coetzee, desde Julian Barnes a Javier García Sánchez.

No tengo aquí espacio para desarrollar una relación de obras sobre ciclismo. Solo indicaré algunas ideas generales. Por un lado, abundan más las biografías de ciclistas que las novelas sobre ciclismo. En España, hay biografías de Julián Berrendero, de Mariano Cañardo, de Jaume Janer, de Federico Martín Bahamontes, de Perico Delgado, de Ruiz Cabestany, de Luis Ocaña (excelente, por cierto, escrita por Carlos Arribas), de Alberto Contador… Y fuera de España, de cientos de ciclistas. Y en cuanto a la narrativa, sería muy injusto comenzar a citar títulos cuando se tiene la seguridad de que otros quedarán en silencio. Así qu, es preferible dejarle a Wikipedia la responsabilidad de la bibliografía y puestos a elegir, mencionar una sola obra, uno de los textos más hermosos de todo lo escrito: Mi querida bicicleta, de Miguel Delibes. Sus treinta páginas son un canto de amor a este frágil y maravilloso vehículo, con el que mantuvo una relación que duró toda su vida. Con talento, nostalgia, gracia y orgullo, lo vincula a recuerdos de su padre, de su mujer y de sus hijos. La bicicleta, que en otros autores es un artilugio de sufrimiento, en Delibes está muy cerca de ser nube, asociada a la libertad, a la luz, al esplendor físico.

Ray Bradbury

Mi vieja bicicleta (extracto)
/por Miguel Delibes/

Yo no hacía más que dar vueltas por los paseos laterales, a lo largo de la tapia, con regreso por el paseo central, pero, al franquear el cenador con su mesa y sus bancos de piedra, las enredaderas chorreando de las pérgolas, azotándome el rostro, vacilaba, la bicicleta hacía dos eses y estaba a punto de caer pero, felizmente, la enderezaba, y volvía a pedalear y a respirar tranquilo: tenía el camino expedito hasta la vuelta siguiente. Y así, una y otra vez, sin medir el tiempo. Mi padre, que todos los veranos leía el Quijote y nos sorprendía a cada momento con una risotada solitaria y estrepitosa, me había dicho durante el desayuno, atendiendo mis insistentes requerimientos para que me enseñara a montar:

—Luego; a la hora de comer. Ahora déjame un rato.

Para un niño de siete años, los luego de los padres suelen durar eternidades. De diez a una y media me dediqué, pues, a contemplar con un ojo la bicicleta de mi hermano Adolfo, apoyada en un banco del cenador (una Arelli de paseo, de barras verdes y níqueles brillantes, las palancas de los frenos erguidas sobre los puños del manillar) y con el otro, la cristalera de la galería que caía sobre el jardín, donde mi padre, arrellanado en su butaca de mimbre con cojines de paja, leía incansablemente las aventuras de don Quijote. Su concentración era tan profunda que yo no osaba subir a recordarle su promesa. Así que esperé pacientemente hasta que, sobre las dos de la tarde, se presentó en el cenador, con chaleco y americana pero sin corbata, negligencia que caracterizaba su atuendo de verano.

—Bueno, vamos allá.

Temblando, enderecé la bicicleta. Mi padre me ayudó a encaramarme en el sillín, pero no corrió tras de mí. Sencillamente, me dio un empujón y voceó cuando me alejaba:

—Mira siempre hacia adelante; nunca mires a la rueda.

Yo salí pedaleando como si hubiera nacido con una bicicleta entre las piernas. En el extremo del jardín, doblé con cierta inseguridad y, al llegar al fondo, volví a girar para tomar el camino del centro, el del cenador, desde donde mi padre controlaba mis movimientos. Así se entabló entre nosotros un diálogo intermitente, interrumpido por el tiempo que tardaba en dar cada vuelta.

—¿Qué tal marchas?

—Bien.

—¡No mires a la rueda! Los ojos siempre adelante.

Pero la llanta delantera me atraía como un imán y había de esforzarme para no mirarla. A la tercera vuelta reconocí que aquello no encerraba mayor misterio y en las rectas, junto a las tapias, empecé a pedalear con cierto brío. Mi padre, a la vuelta siguiente, frenó mis entusiasmos.

—No corras. Montar en bicicleta no consiste en correr.

—Ya.

Le cogí el tranquillo y perdí el miedo en menos de un cuarto de hora. Pero, de pronto, se levantó ante mí el fantasma del futuro, la incógnita del «¿qué ocurrirá mañana?», que ha enturbiado los momentos más felices de mi vida. Al pasar ante mi padre se lo hice saber en uno de nuestros entrecortados diálogos:

—¿Qué hago luego para bajarme?

—Ahora no te preocupes por eso. Tú, despacito. No mires a la rueda.

Daba otra vuelta pero en mi corazón ya había anidado el desasosiego. Las ruedas siseaban en el sendero y dejaban su huella en la tierra recién regada, pero la incertidumbre del futuro ensombrecía el horizonte. Daba otra vuelta. Mi padre me sonreía. Yo me mantenía en mis trece.

—Y cuando me tenga que bajar, ¿qué hago?

—Muy sencillo; frenas, dejas que caiga la bicicleta de un lado y pones el pie en el suelo.

Rebasaba el cenador, llegaba a la casa, giraba a la derecha, encarrilaba el paseo junto a la tapia, aceleraba, alcanzaba el fondo del jardín y retornaba por el paseo central. Allí estaba mi padre solícito. Yo insistía tercamente:

—Pero es que no me sé bajar.

—Eso es bien fácil, hijo. Dejas de dar pedales y pones el pie del lado que caiga la bicicleta.

Me alejaba de nuevo, sorteaba el cenador, topaba con la casa, giraba a la izquierda, recorría el largo trayecto junto a la tapia hasta alcanzar el fondo del jardín para regresar por el paseo central. Mi padre iba ya caminando lentamente hacia el porche.

—Es que no me atrevo. ¡Párame tú! —supliqué al fin.

Las nubes sombrías nublaron mi vista cuando oí la voz llena de mi padre a mis espaldas:

—Has de hacerlo tú solo. Si no, no aprenderás nunca. Cuando sientas hambre, sube a comer.

Y allí me dejó solo, entre el cielo y la tierra, con la conciencia clara de que no podía estar dándole vueltas al jardín eternamente, de que en uno u otro momento tendría que apearme; es más, con el convencimiento de que en el momento en que lo intentara me iría al suelo. En las enramadas, se oían los gorjeos de los gorriones y los silbidos de los mirlos como una burla, mas yo seguía pedaleando como un autómata, bordeando la línea de la tapia, sorteando las enredaderas colgantes de la pérgola del cenador. ¿Cuántas vueltas daría? ¿Cien? ¿Doscientas? Es imposible calcularlas pero yo sabía que ya era por la tarde. Oía jugar a mis hermanos en el patio delantero, la voz de mi madre preguntando por mí, la de mi padre tranquilizándola, y persuadido de que únicamente la preocupación de mi madre hubiera podido salvarme, fui adquiriendo conciencia de que no quedaba otro remedio que apearme sin ayuda, de que nadie iba a mover un dedo para facilitarme las cosas; incluso tuve un anticipo de lo que había de ser la lucha por la vida en el sentido de que nunca me ayudaría nadie a bajar la bicicleta, de que en éste como en otros apuros tendría que ingeniármelas por mí mismo. Movido por este convencimiento, pensé que el lugar más adecuado para el aterrizaje era el cenador. Debería llegar hasta él muy despacio, frenar junto a la mesa de piedra, afianzar la mano en su superficie y, una vez seguro, levantar la pierna y apearme. Pero el miedo suele imponerse a la previsión y, a la vuelta siguiente, cuando frené e intenté sostenerme en la mesa, la bicicleta se inclinó del lado opuesto, y yo me vi obligado a dar una pedalada rápida para reanudar la marcha. Luego, cada vez que decidía detenerme, me asaltaba el temor de caerme y así seguí dando vueltas incansablemente hasta que el sol se puso y ya, sin pensármelo dos veces, arremetí contra un seto de boj, la rueda delantera se enrayó con las ramas y yo me apeé tranquilamente. Mi padre ya venía a buscarme.

—¿Qué?

—Bien.

—¿Te has bajado tú solo?

—Claro.

Me dio en el pestorejo una palmada cariñosa.

—Anda, di a tu madre que te dé algo de comer. Te lo has ganado.

Miguel Delibes

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