Estudios literarios

Philip K. Dick: el ‘beatnik’ que escribía novelas de desamor

Juan Manuel Santiago nos adentra en la figura del gran literato de ciencia-ficción, en quien es experto.

Philip K. Dick: el ‘beatnik’ que escribía novelas de desamor

/por Juan Manuel Santiago/

Philip K. Dick está vivo y nosotros estamos muertos. Su cuerpo falleció en 1982, a la edad de 53 años, pero su obra y su legado están hoy más vigentes que nunca. Por eso resulta tan oportuno el homenaje que la Semana Negra le rinde en esta edición de 2019, justo el año en el que está ambientada Blade Runner, la adaptación cinematográfica más recordada de su obra. El 1 de enero de 2020, Blade Runner se habrá convertido en una película retrofuturista, vintage incluso: ya no nos parecerá un filme sobre nuestro futuro intersubjetivo, sino sobre un posible futuro que ya sabremos que no pudo ser. Y será un buen momento para que hablemos menos de Blade Runner (no me malinterpreten: es mi película favorita) y más de su fuente de inspiración: la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, a la que la Blade Runner 2049 de Denis Villeneuve es más fiel que la cinta de Ridley Scott.

Es bueno escribir acerca de Philip K. Dick cada cierto tiempo, porque siempre tienes algo diferente que contar; un enfoque distinto sobre el que centrar tu artículo. Hablar de Philip K. Dick en 2019 ya no es (sólo) hablar de una biografía alucinante indiscernible de una obra irregular pero necesaria para entender la mentalidad del cambio de milenio, ni de su tremenda influencia sobre la literatura, la cultura y la vida cotidiana del mundo actual, sino (también) de cómo este se parece cada vez más a los sueños desquiciados del autor o de sus personajes. Nuestro mundo ya no se nos antoja esa distopía resultante de la fijación enfermiza de Dick con Richard Nixon, su némesis desde la época en que fue gobernador de California y bestia negra de la incipiente contracultura del Área de la Bahía de San Francisco, sino más bien una trama enloquecida de los que cierto sector de la crítica da en llamar (de manera tan condescendiente como errónea) «Dick menores». Porque los Dick menores no existen: tan sólo hay Dick más o menos trabajados, más o menos coherentes. Los pequeños detalles aparentemente banales que atesoraba en sus novelas al igual que el J. R. Isidore de ¿Sueñan los androides…? acumulaba su kipple o morralla se han convertido en parte de nuestro día a día. El cambio climático que hace tan agobiante Los tres estigmas de Palmer Eldritch podría parecer un detalle decorativo en 1964, pero en 2019 es una realidad incontestable. Los simulacros de Abraham Lincoln que aparecen en Podemos fabricarte ya no se nos antojan un tierno homenaje a los autómatas de la exposición Futurama que se celebró en 1939 en Nueva York, sino que casi, casi parecen el código fuente de ese replicante sin aparente fecha de caducidad que es Donald Trump. Los taxis robóticos de «Un regalo para Pat» resultan indistinguibles de los planes de Uber para desarrollar taxis aéreos a comienzos de la próxima década. El sector militar y de seguridad está experimentando con uniformes indetectables y virtualmente invisibles, sospechosamente parecidos al famoso monotraje mezclador de Una mirada a la oscuridad. ¿Qué hemos hecho mal como sociedad para que el mundo actual parezca sacado de los momentos más desquiciados de una novela del Philip K. Dick anfetamínico de los años sesenta o de los falsos noticiarios de las películas de Paul Verhoeven de finales del siglo pasado?

Más aún: ¿cómo hemos llegado a todo esto? ¿Qué hizo de Philip K. Dick el icono de la cultura popular que es hoy en día? En primer lugar, su vida. Nacido en diciembre de 1928 en Chicago, hijo de Joseph Edgar Dick, un funcionario del Departamento de Agricultura, y de Dorothy G. Kindred, estuvo a punto de morir de hambre debido a unos cuidados paternos y maternos que siendo piadosos podríamos considerar deficientes. Su hermana melliza, Jane, corrió peor suerte que él y falleció con apenas un mes de edad. En su lápida se grabó también el nombre del pequeño Phil; claro está, con la fecha de óbito sin rellenar. ¿Cómo no te va a marcar la visión de tu propia tumba durante más de medio siglo, cómo no vas a estar obsesionado con la muerte? Poco después, Dorothy obtuvo el divorcio y se mudó a California con su ya único hijo.

Phil creció como un individuo poco sociable (pasó desapercibido para una ilustre compañera de instituto, Ursula K. Le Guin, que más tarde lo admiró hasta el punto de urdir la mejor novela dickiana no escrita por Dick, La rueda del cielo), que prefería leer revistas pulp y escuchar música clásica. Tal vez no habría pasado de ser un modesto vendedor de discos de ópera de no haber sido por su vocación literaria, que se tradujo en que, a lo largo de los años cincuenta, escribió un centenar de relatos, muchos de ellos canibalizados (en el sentido chandleriano) en sus novelas posteriores, que forjaron su estilo inconfundible y le granjearon un nombre en las revistas de la época. Pero publicar relatos cortos en The Magazine of Fantasy of Science Fiction o Galaxy apenas daba para comer, por lo que comenzó a escribir novelas de literatura general. Todas fueron rechazadas, y Dick, que en el fondo siempre se sintió como un miembro más del ambiente contracultural de la California beatnik, claudicó para dedicarse en exclusiva a la ciencia ficción. Tampoco es que esa reorientación lo sacara de la sempiterna amenaza de ruina: casi siempre pasó estrecheces económicas, hasta el punto de que Robert A. Heinlein le remitió en cierta ocasión un cheque para que se comprase una máquina de escribir eléctrica. Las decepciones iban de la mano de su cada vez más turbulenta vida personal. Dick se casó en cinco ocasiones, tuvo tres hijos, no demasiadas aventuras extramatrimoniales (se definía a sí mismo como «monógamo secuencial») y sólo encontró algo parecido a la estabilidad emocional con la tercera de sus mujeres, Anne Rubinstein, quien lo define en su ensayo autobiográfico The search of Philip K. Dick como un estupendo padre adoptivo para sus tres hijas, a quienes les cocinaba pasteles y les dedicaba cuentos infantiles, pero que la abandonó en diecisiete ocasiones y nunca le explicó el verdadero motivo de su separación definitiva. Emmanuel Carrère menciona en su estupenda aunque tal vez demasiado creativa biografía de Dick, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, cómo le hacía luz de gas a su segunda esposa, Kleo Apostolides, con quien no obstante se conchabó para sacar de quicio a los agentes del FBI que los investigaban por las supuestas actividades antiamericanas de ella.

Es esta una anécdota deliciosa, sin duda, muy dickiana en el sentido en el que la caza de brujas del macartismo influyó en novelas como Tiempo desarticulado, aunque hay otra, mucho más desagradable y menos favorecedora para la imagen del autor de culto, pero más significativa en mi opinión, que refiere Anne en el documental The penultimate truth about Philip K. Dick, de 2007. Ella trabajaba como orfebre y él empezó a colaborar con el negocio familiar, por lo que, por primera vez en muchos años, vivía con cierta holgura económica. Ello le permitió escribir una de sus novelas más recordadas, El hombre en el castillo (1964), que le supuso el premio Hugo y su salto definitivo a la primera división del género fantástico. Pues bien, Anne contaba que habían pasado una luna de miel estupenda y el matrimonio transcurría con una placidez extraordinaria hasta que leyó el manuscrito de Confesiones de un artista de mierda (que había escrito nada más regresar de la luna de miel, pero permaneció inédita hasta 1975) y descubrió horrorizada cómo la mujer del protagonista, una de sus habituales mujeres destructivas y controladoras, vestía y hablaba exactamente igual que ella. Como es lógico, no daba crédito.

Lo cual nos lleva a hablar del eje central de la vida de Dick: la enfermedad mental. Se ha escrito mucho sobre este asunto, que él mismo supo explotar como imagen de marca personal (se le atribuye la famosa sentencia «el que seas paranoico no quiere decir que no te persigan»), aunque existe cierto consenso en darle la razón a Pablo Capanna, quien en su biografía Idios kosmos diagnosticó a Dick como un esquizofrénico paranoide. El trastorno se manifestó en la primera de sus crisis nerviosas cuando tenía diecisiete años (gracias a la cual descubrió la obra de Carl Gustav Jung), dio un salto cualitativo en los años cincuenta a raíz de la vigilancia a la que el FBI lo sometió para comprobar si su esposa Kleo era comunista, se acentuó durante la década siguiente debido al consumo creciente de drogas (anfetaminas para rendir más en el trabajo, como atestiguan las cuatro novelas que escribió en 1964; marihuana y LSD, como casi todo su entorno hippie, y antipsicóticos por prescripción facultativa) y alcanzó un punto de casi no retorno durante los primeros años setenta. En 1972 intentó suicidarse tras la desquiciada conferencia que impartió en la convención mundial de Vancouver y se pasó varias semanas ingresado en una clínica de desintoxicación y recuperándose de una pancreatitis aguda. Descubrió el gnosticismo y desarrolló la fantasía, nacida durante uno de sus viajes ácidos, de que aún vivía en un Imperio romano que existía en paralelo al mundo que consideramos real; tan solo había que rasgar el velo de la realidad para discernir entre el koinos kosmos (realidad objetiva) y el idios kosmos (realidad subjetiva). El 3 de febrero de 1974 experimentó la epifanía definitiva que le cambió la vida y lo convirtió en el icono pop que es. Indispuesto tras la extracción de una muela del juicio, encargó a la farmacia una dosis de pentotal sódico para sobrellevar los dolores. La farmacéutica llamó a su puerta y, cuando él se fijó en el colgante que llevaba ella, un pez dorado similar al que llevaban los primeros cristianos, llegó la anamnesis; es decir, comprendió que sus fantasías lisérgicas eran reales y «recordó» que «el Imperio [romano]» nunca tuvo fin.

Robert Crumb escribió y dibujó un estupendo cómic que ilustra este episodio, «La experiencia religiosa de Philip K.», y el propio autor hizo de este el motivo central de sus últimas obras, comenzando por Valis y concluyendo con la Exégesis, una monumental colección de varios miles de anotaciones, desvaríos en su mayor parte, en las que desarrolla su filosofía gnóstica y nos habla de otras realidades. El Dick de los años setenta se ha desenganchado de las drogas, proceso que aborda la estremecedora Una mirada a la oscuridad, pero ha perdido el norte de manera definitiva. Alterna los episodios psicóticos con la provocación pura y dura. Gracias a uno de los primeros se le detectó una hernia inguinal a su hijo Christopher: siempre sostuvo que se lo comunicó un rayo de luz rosa. En cuanto a la segunda, fue especialmente comentada su conferencia «Si encuentran ustedes este mundo malo, deberían ver algunos de los otros», que pronunció en la convención de ciencia ficción de Metz en 1977. Se acerca cada vez más al entorno de la New Age californiana (como atestigua su novela póstuma, La transmigración de Timothy Archer), a la par que se distancia del llamado Grupo de California, su círculo de amigos y vecinos escritores de ciencia ficción; entre ellos, James Blaylock, K. W. Jeter y Tim Powers (de cuya novela Las puertas de Anubis se rumorea que escribió una página, a modo de divertimento). Sus polémicas con Joanna Russ, Ursula K. Le Guin y, sobre todo, Stanisław Lem (a quien acusó de ser un espía del KGB) son cada vez más truculentas y descabelladas. Si bien su economía no levanta cabeza, la fama mundial le llega en forma de adaptación al cine de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? por parte de Ridley Scott. Se mostró muy ilusionado por los escasos minutos de metraje que pudo ver de Blade Runner, aunque no vivió para verla estrenada: una sucesión de derrames cerebrales acabó con su vida el 2 de marzo de 1982.

Una vida apasionante como la de Philip K. Dick ayuda a fomentar un mito, pero no lo explica en su totalidad.

Tenemos que hablar, pues, de un segundo factor: la obra de Dick. Por pura comodidad, y porque Dick es uno y trino, los expertos damos por buena la periodización establecida por Gregg Rickman y hablamos de tres etapas muy bien delimitadas.

La primera es la etapa política, que, grosso modo, abarca los años cincuenta. En ella tenemos cerca de un centenar de cuentos (cuatro de los cinco volúmenes de los que constan sus Cuentos completos), novelas primerizas como Lotería solar, otras más interesantes como Ojo en el cielo y obras maestras como Tiempo desarticulado. En ella se prefiguran los temas principales de la obra fantástica de Dick. Se la consideraba poco menos que el preámbulo de lo que vino después, pero la puesta en valor reciente de sus novelas de literatura general ha obligado a la crítica a replantearse muchos de sus apriorismos. Parece que Dick reaprovechó ideas de estas novelas en las obras fantásticas de su primera etapa, y nadie que haya leído Confesiones de un artista de mierda, Ir tirando o Mary y el gigante (por mencionar las traducidas al español) podría considerarlas unos Dick menores. Uno de los retos editoriales que habría que acometer tarde o temprano es una edición sistemática en español de estas novelas de literatura general o, como Dick prefería llamarlas, experimentales. Otro, retraducirlas en condiciones: una de las noticias editoriales de este año 2019 es la nueva adaptación al español que Juan Pascual ha realizado de El mundo que Jones creó: nada, pero que nada que ver con la ilegible traducción anterior, aparecida como El mundo doblado en la mítica pero rematadamente cutre editorial Cénit. Por rizar el rizo, tal vez no haya Dick menores, sino Dick muy, muy, pero que muy mal traducidos.

La segunda es la etapa metafísica, que cubre los años sesenta. Se inaugura a lo grande con El hombre en el castillo, su único premio Hugo y tal vez la ucronía más famosa de todos los tiempos. Se nota, para bien, que es una novela escrita con mimo, con tiempo y con una actitud muy zen, sobre todo si la comparamos con la vorágine que se desatará tras la ruptura del matrimonio con Anne: en solo dos años, 1963 y 1964, Dick escribió once novelas, algunas de ellas tan emblemáticas como Clanes de la luna Alfana o Los tres estigmas de Palmer Eldritch, cuya fuerte carga religiosa llamó la atención de un John Lennon que se planteó llevarla al cine. Mediada ya la década, Dick bajó el ritmo; así, en 1966 sólo escribió tres novelas: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, cuya reciente retraducción por parte de Julián Díez le confiere nuevos matices (igual que a Gestarescala, otro de los Dick supuestamente infumables que, sorpresa, ahora que tiene una traducción digna funciona mejor que bien); Nick y el Glimmung, su única novela juvenil, cuya edición se demoró veinte años en inglés y casi cincuenta en español (con otra magnífica traducción de Juan Pascual), y Ubik, una de sus novelas más conocidas y tal vez la quintaesencia de la narrativa dickiana. Esta etapa concluye con Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, que obtuvo el premio John W. Campbell y muy bien podría ser su novela más amarga…

… si no fuera por Una mirada a la oscuridad, la obra que inaugura la etapa mesiánica de Philip K. Dick y en la que aborda directamente sus adicciones;mresulta conmovedor el epílogo, un listado de todos los amigos de Phil (incluyéndose a sí mismo) dañados o fallecidos por culpa de los abusos con las drogas. Dejó en el cajón Radio Libre Albemut, su primer intento de plasmar la teofanía de 1974, un anticipo de Valis aparecido de manera póstuma. ¿Por qué descartó su publicación? Es una buena pregunta, ya que se trata de una estupenda novela, pero el tono distópico, muy centrado en los mecanismos dictatoriales de Richard Nixon, se aparta un tanto de la preocupación central de Dick por relatar su experiencia religiosa. Por este motivo la reescribió de arriba abajo. El resultado es Valis, otra de sus novelas indispensables, acaso la más árida para un lector primerizo. Con ella comienza una trilogía completada por La invasión divina y La transmigración de Timothy Archer, aparecida de manera póstuma y cuya preocupación por los textos gnósticos hace presagiar un giro temático hacia el esoterismo puro y duro. Nos quedaremos sin saber en qué se habría materializado ese giro temático, si Dick se habría dejado abducir por alguna de las muchas sectas New Age que proliferaban en la California de la época, incluso si habría encabezado alguna de ellas, como hizo L. Ron Hubbard, o si tal vez habría seguido practicando la ciencia ficción más tradicional. Lo poco que ha trascendido de The owl in daylight, la novela en la que estaba trabajando cuando lo sorprendió la muerte, arroja escasísimas pistas al respecto. En todo caso, permite entrever que el Dick escritor estaba a punto de meterse en un callejón sin salida por culpa de Phil el exdrogadicto psicótico. La disociación entre Amacaballo Fat y Phil Dick, el (los) protagonista(s) de Valis, parecía mucho más que el argumento para una novela semiautobiográfica de catarsis interior. Sería de gran utilidad al respecto que Minotauro publicase esa edición española de la Exégesis que lleva unos diez años anunciando.

Todo esto nos lleva a ese culto dickiano, mitad posmodernismo pop y mitad religión, que se ha traducido en cómics como el ya citado de Robert Crumb o el universo Fanhunter de Cels Piñol, novelas y relatos de Michael Bishop (como La ascensión secreta o «Tomate errante», en el que Dick despierta convertido en un tomate del tamaño de un planeta), Paul McAuley o Paula Ruggeri; obras de teatro (de Brian W. Aldiss) e incluso un proyecto cinematográfico de biopic protagonizada por Paul Giamatti del que nunca más se supo. El adjetivo dickiano es una de las grandes aportaciones de la ciencia-ficción a la cultura general de este cambio de milenio. Dick es sólo la figura más notable (acaso por sus circunstancias personales, o tal vez por ser un reflejo perfecto de las inseguridades del ciudadano medio con respecto a una realidad que se tambalea, un esto no me puede estar pasando a mí elevado a la categoría de filosofía de vida) de una pléyade de iconos pop surgidos en las páginas de las revistas de ciencia-ficción que, por una serie de motivos, se han convertido en el mainstream del siglo XXI, casi todos ellos con carácter póstumo. Apenas reconocidos en vida, o reivindicados solo por y para las minorías, estos autores que describieron la vida cotidiana del siglo XXI en las revistas frikis del siglo XX son ahora el nuevo canon: Dick, Ballard, Lem, Bradbury, Vonnegut, Le Guin, los hermanos Strugatski… Lo dickiano se ha popularizado hasta el punto de referirse a toda aquella situación, ficticia o no, en la que ya no sabemos si nuestra realidad es un engaño. Las adaptaciones de Philip K. Dick al cine (Blade Runner, Una mirada a la oscuridad, Desafío total o Minority Report) y la televisión (El hombre en el castillo o Electric dreams) son apenas la punta del iceberg de la ficción dickiana entendida en un sentido amplio. Tenemos novelas dickianas tan solventes como la ya citada La rueda del cielo, de Ursula K. Le Guin, o Mundo simulado, de Daniel F. Galouye (en la que se basó la película Nivel 13). Por supuesto, no hay que olvidarse de las películas que, sin adaptar la obra de Dick ni inspirarse en sus tropos habituales, tienen un aire inequívoco a Philip K. Dick, desde Abre los ojos y Matrix hasta Origen y Dark City, pasando por eXistenZ, Olvídate de mí o Código fuente. Dick puede ser objeto de conversaciones casuales (como el monólogo de Steven Soderbegh en la Waking Life de Richard Linklater), homenajes indisimulados (El show de Truman le debe mucho a Tiempo desarticulado) o incluso delirios contados en una clave muy similar a la de los escritos de Dick (véanse la toma de conciencia de la esquizofrenia de John Nash en la oscarizada Una mente maravillosa de Ron Howard, la disociación entre el narrador y Tyler Durden en El Club de la Lucha de Chuck Palahniuk/David Fincher o el engaño colosal que sufren durante años los protagonistas de la Underground de Emir Kusturica). Todos estos ejemplos son indicativos de que lo dickiano se ha adueñado no sólo de la cultura popular, sino también de la vida real: no hay nada más dickiano que las fake news y el deep fake. Por retomar la referencia a los mal llamados Dick menores, parece como si viviéramos en el ambiente de paranoia y manipulación de La penúltima verdad. Dick, convertido en un dios de justicia, nos vigila con sus ojos metálicos. Dick nos sueña desde su cápsula de semivida. Dick es nuestra única realidad. El Imperio nunca tuvo fin.


Juan Manuel Santiago (Madrid, 1970) es licenciado en historia moderna y contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid y máster de edición de la Universidad de Alcalá / Editrain. Ha publicado relatos en distintos fanzines y revistas de ciencia-ficción. Es ganador de dos premios Ignotus, uno de ellos por la obra colectiva Las cien mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX (La Factoría, 2001). Ha dirigido y coordinado las revistas StalkerGigamesh Artifex Cuarta Época y participado como jurado en los premios Xatafi-Cyberdark. También ha sido profesor del máster de Historia del cine en 50 películas de Estudiodecine. Escribe su propio blog.

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