Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (2)

Tomás Sánchez Santiago sigue registrando el murmullo del mundo en esta segunda entrega de su serie. Habla en esta ocasión del aliento de gelatina de un día de verano, de algunas expresiones enigmáticas que suturan por las esquinas del idioma, de un champú de fructanos de agave, de la pintura de Manolo Sierra, de una casa en Otero de Curueño y otras varias porciones del paisaje.

Los cuadernos pálidos (2)

/por Tomás Sánchez Santiago/

Abre el día sus fauces y ya se nota, desde primera hora, ese aliento de gelatina que hará otra vez insoportable la jornada. Y así va siendo: una pereza melosa empieza a apoderarse de los cuerpos. Perros boquiabiertos y ancianos que circulan casi a tientas por plazuelas y jardines. A la tarde se pondrá a bailar por la piel, arriba y abajo, el rastro de un caramelo pegajoso. Muerde duro el verano a quienes nos quedamos en la ciudad negociando con el ministerio del sol. Entre los harapos del ánimo, una desgana entra hasta oscurecer los tendones de las cosas.

«Por lo pronto», «cuando menos», «antes bien», «así y todo», «a la postre»… Esas enigmáticas expresiones que suturan por las esquinas del idioma lo que se va contando. Las usamos casi sin querer, con instinto meramente adhesivo, y apenas nos fijamos en su raro relieve escasamente razonable. Pero si uno se para ante ellas de momento («¡de momento!») y las hace sonar solas, desentendidas de lo demás, entonces se alzan así, misteriosas e incomprensibles como poderosos astros inmediatos. Están llenas de una vivacidad más allá de la puerta abierta que lleva al entendimiento: «ahora bien», «con todo», «mientras tanto», «desde luego»…

«Señoría». En estos días de ping-pong político se invocan así los parlamentarios recién elegidos en el ceremonial atufado que ya se ha abierto y donde, justo como en un baile de disfraces, se inaugura para estos recién llegados una nueva identidad. Pero todo es pura filfa y juegos escabrosos de pactos sibilinos. Y nosotros seguimos escuchando esa palabra —señoría— usada con denuedo como para hacer creer a unos y a otros que la apelación lo reviste todo de dignidad antigua. Me recuerda a aquellos mendigos del siglo XVII que, mientras disputaban unos canteros de pan duro y unas raspas de queso, se trataban de Vuesa Merced como para hacer más honorable el ejercicio del hambre.

Levantarse del sueño a media noche: la llamada del cuerpo y sus desechos obligados. Al volver a la cama, maniatado aún por una conciencia entontecida y sucia, algo que se abandonó está ahí esperando. Y un estrépito de chasquidos se clava en la espalda de quien vuelve a tumbarse tanteando por lo oscuro. Son los añicos del sueño que se había reventado; estaban aguardando al durmiente y ahora se le clavan como una puntiaguda venganza por no haberlos dejado cumplirse del todo. Uno trata de recomponer esos cristales en vano. Pero ya no se dejan; y forman un caleidoscopio desdichado e intraducible de escenas que resisten por su cuenta, molestando hasta el alba.

Champú para el mes de julio: Purificante, como el del mes pasado. Pero este está hecho con ortiga antisebo. PUREZA, se llama, y contiene fructanos de agave para estimular la microcirculación del cuero cabelludo. Eso se lee en el bote… Vaya, ahora un champú de ortiga… Ya me pica la curiosidad. Al menos eso. ¡A por él!

La nefasta proliferación de enchufes y enchufes en las casas: recuperar aquella primera unión onfálica con la madre, que ahora es la Técnica. Otra de las maneras sibilinas que tiene el progreso para evitar, como sea, dejarnos a solas ante nosotros mismos.

La soledad de los paisajes y las criaturas en la pintura de Manolo Sierra. Es una soledad diluida que golpea al espectador a través de la compasión y el encantamiento (ese uso de la infancia, valiente y luminoso en los colores) y que desasosiega y atrae a la vez. El artista ha inundado la ciudad por un tiempo con sus cuadros y sus dibujos. Por dos veces he ido a verlos, también a escucharlo a él. Su relato es vibrante y musculoso, como el propio Manolo, y asaltado por convicciones vitales y decisiones estéticas que él expone sin ínfulas. Cuando termina, nos encontramos a solas, más a solas, ante esas pinturas llenas de cercanía: naturalezas muy suyas —siempre recién inauguradas, como si Sierra hubiera estrenado esa misma mañana una caja de pinturas y quisiera emplearla cuanto antes— y retratos de hombres estremecidos —tal como si viesen cosas más allá de la vida ordinaria— y mujeres que han caído aquí desde una desolación antigua. Hay algo incompleto, algo que no se ha resuelto en la vida de estos cuadros; algo que remite a la llamada de la justicia y que no se ha cumplido todavía. Mientras esto esté así, los paisajes y las criaturas de Manolo Sierra exhalarán ese olor a desvalimiento, a necesidad irresuelta, que pone en guardia al espectador aunque no sepa a ciencia cierta qué está pasando en medio de esa fiesta de luces donde limitan, tan solapados, el candor y la denuncia.

Los ancianos del alba. ¡Se tiran tan temprano de la cama! Como convocados por una necesidad misteriosa de estar en pie. Quién sabe. Tal vez para comprobar si todavía pueden andar lo suficiente para escapar de algo, si pueden esparcir estas primeras horas sus pasos pequeños que van envolviendo a la ciudad por aquí y por allá. Y así se prueban a sí mismos con lo único que saben hacer a solas antes de compartir con otros los trazos inseguros de sus biografías desdentadas.

¿Quieres pesar el alma del verano? Miraste de frente el cielo de esta tarde, su piel tirante y erizada como una detenida digestión. Ni bocinas ni pájaros. Solo la melodía de lo exhausto. Lo blanco y tú en sostenida y absorta unanimidad que te desarbola. Pues, como en el poema de Westphalen, solo conocerás al Verano si te vuelves Verano.

© Encarna Mozas

Una casa en Otero de Curueño. La lealtad del actual dueño a sus orígenes le ha llamado a conservar el espacio donde trabajara su padre, un humilde carrero. Allí siguen desafiando al vértigo de la actualidad aquella misma fragua y aquellos mismos instrumentos con que el señor Ricardo —y antes que él su padre, el señor Generoso— se fueron ganando la vida. Vuelven a estallar en la boca nombres viejos (buje, carlanca, tocón, sobeo, tentemozo) y todo adquiere el rango de una convocatoria, como si ese que está en una fotografía fuese a entrar de un momento a otro a prender el carbón que lo sigue aguardando. Nada que ver este orden y esta armonía con la higiene distante de los museos; lo entrañado, lo emocional, un rumor afiliado a la sangre aquí lo empaña todo de otra cosa: del sobrecogimiento que nos pone cerca de la pobreza, de la menesterosa luminosidad de la verdad de otras vidas que nos precedieron. Eso vi ayer en una casa de Otero.

Todo aniversario —la entraña de esta palabra ya lo dice— propone una reposición y un desafío: dar la vuelta al calcetín del Tiempo para volver a usarlo como fue antes, lanzar la fecha hacia atrás para reclamar a quien debería seguir entre nosotros. «Vuelve», decimos todas las horas de este día en el inútil ejercicio de desmontar hacia atrás la memoria. Diecisiete de julio.

© Encarna Mozas

Una pluma ha aparecido en la galería de la cocina, la que da al patio interior. Es pequeña, con un fino cañón blanco y un ocelo negro que destaca sobre las barbas grises, de ese mismo color enfermizo de las perlas. Me pregunto cómo ha caído aquí, qué ave o qué ángel se ha descuidado al sobrevolar por encima de estos tejados soñolientos.

La anciana —eso me cuenta el poeta Castrillón— ya empieza a despedirse de sí misma. El otro día se vio repetida en el espejo de un ascensor y, embargada por el asombro, se saludó así: «¡Pero, mamá, qué haces tú aquí!».

Cantábrico. Miro la dentellada del mar, que una y otra vez llega a la orilla con su equipaje inaudito de pequeñas realidades, arrastradas hasta nuestros pies. Esos lengüetazos insistentes nos hablan en un idioma desconocido de gárgaras rizadas. El idioma de los atragantados, los que no encuentran abecedario propio tras ser golpeados alguna vez por los nombres del mundo.

Pasa un niño hoy su primera noche en el mundo, para él la capital de la extrañeza. Todo quietud y párpados. Hugo.

Quiero, al fin, en estos días —el país tan caliente— saber algo de la política: salgo a la calle a escuchar los estorninos del atardecer. Bulla que da a lo oscuro.

En el desayuno, un haiku se abre paso con facilidad inusitada:

Microondas. Mundo.
Vueltas que da una taza.
Mi corazón.


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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