Arte

Antonio Navarro desapareciendo de sí

María Jesús Soler reseña 'MA: desaparecer de mí', una exposición acogida por el Castillo-Fortaleza de Santa Pola y que hace referencia al vacío, al todo, a la nada, sumiéndose Navarro en paisajes espiritualistas de la tradición pictórica oriental, donde el referente es el espíritu, el Ser, alejado de una representación figurativa.

Antonio Navarro desapareciendo de sí

/por María Jesús Soler/

«Aun para hacer un punto, conviene que haya vacío en lo lleno. Sólo entonces el punto se torna viviente, como animado por el espíritu […] Una pintura empieza por los trazos del pincel-tinta para llegar al no-trazo del pincel-tinta. Partir de lo claro y de lo tangible para llegar al estallido de vacío no está al alcance de un principiante» (François Cheng: Vacío y plenitud, p. 144).

Todo esto y mucho más podemos verlo, intuirlo, sentirlo, en un trayecto cuyo recorrido es un bucle; un desandar el camino andado para meterse en el alma de la exposición que tiene lugar en uno de los espacios expositivos del Castillo-Fortaleza de Santa Pola, ciudad costera de la Comunidad Valenciana. El pasado junio se inauguró la Exposición MA: desaparecer de mí del artista Antonio Navarro; una muestra en la que, ineludiblemente, aparece un tándem indisociable entre lo intelectual y lo plástico, ambas cosas propias de la idiosincrasia de un artista inquieto cuya base conceptual sale al exterior en una dialéctica procesual entre materia, forma y concepto. MA: desaparecer de mí es un ejemplo de ello; un sugerente título con un cierto halo de misterio en el que se hibrida no sólo una concepción del tiempo y su afección en nosotros en un diálogo entre Oriente y occidente, sino también sus efectos en la experiencia propia. Ello nos lleva a interpretar la obra de Antonio Navarro como un proceso, como una catarsis en la que los materiales empleados, sin dejar de ser ellos mismos, van mutando. Lo mismo ocurre en el ser humano, que sin perder su identidad personal va transformándose en su desarrollo a lo largo del tiempo.

Es así que, desde la potencia matérica del carbón, se pasa a la tinta calcográfica que en él tiene su origen para, posteriormente, transformarse en la huella del polvo de grafito sobre papel de arroz para acabar desapareciendo paulatinamente, mostrando el Yo en su desnudez primigenia, tal vez perdida, pero reencontrada en este proceso. En cualquier caso, un Yo ciertamente mutante, que apela a su desnudez en esta era del artificio.

Siempre me gusta referenciar el lugar expositivo y en este caso motivos no me faltan. Se trata de un castillo de planta cuadrada, construido en el siglo XVI en estilo renacentista. En el interior se hallan el patio de armas y el aljibe El patio es también cuadrado con los ángulos achaflanados. Por ellos se accede a las dependencias situadas en los baluartes y los torreones y en las esquinas de este patio se encuentran la capilla de la patrona de Santa Pola, el Museo del Mar, con dos espacios expositivos, y el Museo de la Pesca, que se ha reconvertido en un espacio expositivo en una zona etnográfica de gran valor antropológico. Finalmente, la Sala del Baluarte se dedica a actividades culturales entre las que se encuentra la presentación de exposiciones.

Actualmente, el castillo-fortaleza se ha convertido en un potente centro cultural en el que se desarrollan actividades diversas, tanto de carácter cultural como festivo o de otra índole. Desde que María José Cerdá, directora de museos y socióloga, asumió su dirección, ha sido una gran dinamizadora de la evolución de las actividades culturales expositivas, musicales, presentaciones de libros y un largo etcétera. Arqueología, etnografía, arte, cultura… se dan cita en este lugar emblemático.

En el ámbito de este artículo, presencié el acto de inauguración de la exposición de Antonio Navarro en la Sala del Baluarte con las palabras introductorias de su directora, una mujer cuya competencia está fuera de cualquier duda. Gracias a su disposición y rodeada de un magnífico equipo de montaje con Juan Bautista Piedecausa al frente, María José Cerdá plantea las exposiciones mediante convocatoria anual, siendo revisadas por un comité de expertos. Todo ello hace que este espacio vaya convirtiéndose cada vez más en un importante referente cultural.

Antonio Navarro

Antonio Navarro, acompañado de los textos, presentó su exposición con la lectura de unos pensamientos de filósofos y artistas dejándolos abiertos a la reflexión personal. Los reproduzco a continuación, pues me parece muy interesante esta idea, ya que pone de relieve una base teórica interiorizada, ineludiblemente unida a su creatividad. Asimismo, porque reflejan muy bien ciertos códigos de su exposición:

«El lenguaje no pertenece a la lengua, sino al corazón. La lengua es sólo el instrumento con el que se habla. Quien es mudo es mudo en el corazón, no en la lengua […] Déjame oírte hablar y te diré cómo es tu corazón». El pensamiento del corazón, de James Hillman.

«El negro contiene en sí la gama infinita de los colores; es la matriz de todos ellos […] Debes comprender esto: en la infinita pequeñez del espacio de nuestros cuadros, no hacemos sino reproducir el principio de lo infinitamente grande que es el cosmos […] Mi pintura no expresa la voluntad de rivalizar con antiguos maestros ni de imponerme a los demás, sino un deseo de voluptuosidad, de beatitud, un refugio contra la tristeza, el placer que procuran los bellos paisajes, que desde la infancia, me han aportado los momentos más intensos de alegría y de paz». Pasajera del silencio, de Fabianne Verdier.

«El silencio es para el hombre como la poda que lo pone de nuevo en forma y limpia de maleza el terreno en el que se debate». Cuaderno viajero. Fugaz. Desde el silencio, de Pablo d’Ors.

«Cada artista, en definitiva, debería cumplir con la misión asignada por Dante, explorar a la vez el infierno y el paraíso. De hecho, una de las pruebas de la existencia de esa belleza virtual se encuentra en la creación artística misma […] El arte auténtico es en sí una conquista del espíritu; eleva al hombre a la dignidad del Creador, hacer surgir de las tinieblas del destino un relámpago de emoción y de goce memorable, un rayo de pasión y compasión compartible». Cinco meditaciones sobre la belleza, de François Cheng.

«Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi propio mundo». Ludwig Wittgenstein.

Lenguaje, silencio, mundo, tiempo, sentimiento emoción, vacío, lleno… aparecen en el proyecto expositivo de Antonio Navarro situado en el Museo del Mar a lo largo de tres espacios intimistas a través de los cuales aparece un hilo discursivo contundente, cuya poética sitúa a los espectadores ante un proceso vital; ante una cosmovisión del artista que nos incita a la reflexión sobre la concepción del mundo y el transcurrir del tiempo; un tiempo apretado de acontecimientos que van superponiéndose bajo una vertiginosa velocidad, signo de nuestra contemporaneidad. Es así que el proyecto de Navarro incide directamente en el cuestionamiento de cosas que aprehendemos y acaban sobrepasando nuestros propios límites. Es necesario un cierto vaciado espiritual de esta abigarrada plenitud en la que estamos inmersos; una cierta fenomenología de la experiencia personal que nos sitúe ante nosotros mismos y nos abra la posibilidad de nuevos mapas vitales.

La poética de Antonio Navarro muestra una experiencia personal arraigada en el impacto que le produjo el pensamiento oriental, concretamente el Tao o filosofía zen, conectando con una cosmovisión en la que el silencio, la no-acumulación, la simplicidad, etcétera, cobran carta de naturaleza invitándonos a un vaciado interior, de los lastres de nuestra identidad personal siempre en construcción.

Introducen la exposición dos sugerentes piezas tridimensionales que conjugan matéricamente trozos de carbón engarzados en la transparencia del hilo de sedal que baja desde el techo. En la composición, el artista utiliza grandes trozos de carbón que, simbólicamente en su conjunto, representan el silencio; un silencio que para mí es la puesta en escena del individuo social. Un silencio que se produce al entrar en esta primera sala y encontrar estas potentes piezas opacas y transparentes al tiempo, proyectando su sombra en los muros. El público se queda sin habla ante las mismas. Dichas piezas son, asimismo, un elogio de la sombra en el sentido en que Tanizaki plantea el enigma de la sombra, el sutil juego de las modulaciones de la sombra. Del ser y el parecer en constante movimiento.

La expresión ojo atento, mano lúcida expresa muy bien la mirada y el gesto de Antonio Navarro, grabador, artista con una profunda carga intelectual cuyas obras son producto de un proceso interior en el que la mímesis deja paso a la expresión de la emoción y a una visión del mundo para la que, como dice John Berger, «lo visual es siempre el resultado de un encuentro irrepetible», convirtiendo al arte auténtico en una conquista del espíritu en donde prima la emoción, la gestualidad, la sugerencia. Una cosmovisión ciertamente nómada, fruto de cierta síntesis cultural entre Oriente y Occidente en las vivencias de Navarro dentro de este mundo globalizado.

Es así como en Antonio Navarro se fusionan sus raíces occidentales con el espíritu oriental del Tao y el Zen, alejado de la vertiginosa línea temporal de sucesión de acontecimientos de nuestra cultura occidental, cuyo denominador común es un cierto amontonamiento de los mismos, produciendo un incesante ruido. «Hay que vaciarse», dice Antonio Navarro a modo de lo que representa el Enso, un círculo abierto de un solo trazo donde conviven la plenitud del instante y el vacío vivencial. El Enso simboliza un momento en que la mente se libera para simplemente dejar que el cuerpo o espíritu se ponga a crear en un movimiento del espíritu en un tiempo. Antonio Navarro estuvo investigando en aquello que le mueve o le conmueve, de lo cual surgió la serie Enso con unos trabajos que, como él mismo dice, «están muy vinculados al arte oriental y se alargan en el tiempo hasta el 2014 más o menos, con una constancia de análisis de la forma, el espacio, caminando hasta lo que sería la serie Enso que ahonda más en el concepto de meditación (el cual no deja de estar latente permanentemente)». Esta meditación aparece en el juego cómplice de la materia y su sombra.

En la Sala 2 comienza el proceso de MA: desapareciendo de mí: obras en grabado calcográfico, bidimensionales, en donde se reproducen imágenes de Silencio y monotipos sobre papel de arroz, cuya suavidad sirve de soporte a contundentes gestos planimétricos.

En la misma sala, presidiéndola, todavía una pieza de Silencio, como en un tránsito de lo que viene después, como una puesta en escena de la necesidad de salir de sí, como diría David Le Breton. En efecto, en su obra Desaparecer de sí: una tentación contemporánea, fascinante indagación en la subjetividad contemporánea, tan saturada de estímulos, de subjetividades virtuales, apariencias, convencionalismos, etcétera, arropados por la velocidad, Le Breton aboga por la blancura: «Es un estado de ausencia de sí más o menos pronunciado, un cierto despedirse del propio yo, provocado por la dificultad de ser uno mismo» en una sociedad marcada por apariencias, velocidad, convencionalismos, postureo…

El potente peso del negro del carbón se conjuga con su delicada sombra hasta desaparecer en un blanco velado por la transparencia del hilo de sedal. Aparece la diseminación entre el etéreo blanco con huella de grises y el matérico negro, convertido aquí en huella grisácea de grafito, preludio de lo que viene a continuación en el trayecto expositivo.

Accedemos a la Sala 3, en donde culmina el hilo conductor de esta exposición. La paulatina necesidad de desaparecer de sí. Son evidentes los ecos de Paul Auster, Walser o Pessoa, en cuyas obras se pude rastrear esta necesidad de vaciado, de renovación personal.

El carbón y la tinta calcográfica dejan paso al grafito, al polvo de grafito, y Antonio Navarro va dejando con sus manos la huella del mismo sobre el papel de arroz hasta convertirla en imperceptible. Es la culminación del proceso. Es también símbolo de nuestra profunda fragilidad.

Paulatinamente se ha ido produciendo una degradación del color negro, que, pasando por la escala de grises, desemboca en la degradación de los mismos, hasta llegar a un sutil blanco con una ligera huella. Es el proceso que ha ido siguiendo el artista para mostrar lo que indica el título de esta exposición: MA: desapareciendo de mí.

La exposición de Antonio Navarro es una muestra minimalista en apariencia, pues sus códigos léxicos, sígnicos y lo que les subyace tienen una gran intensidad en la que el espectador ha de adentrarse y hacer propio ese hilo conductor que arranca de la materia, de la tridimensionalidad, del silencio, representado por la dialéctica del carbón y de la transparencia de ese hilo de sedal del que pende, para ir procesualmente disolviéndose en la bidimensionalidad, en la delicada planitud que proporciona el papel de arroz como soporte combinando el color blanco y negro hasta llegar a la sutil huella del grafito que deja paso al blanco puro y muestra la desnudez de un individuo que queda «tam quam tabula rasa» al decir de Hobbes, en la que ya nada hay escrito, estando a la espera de una nueva reescritura ineludiblemente personal.


Conversación con Antonio Navarro

Hablar con el artista, además de ser un privilegio, es clarificador. En una breve pero intensa charla con él, presidida por mi curiosidad, le hice unas preguntas motivadas por el decurso de su trayectoria, su conexión con Oriente, sus autores de cabecera…

—Me gustan especialmente François Cheng , Fabienne Verdier, Leonard Koren, Barrico, Pablo d’Ors, James Hillman, David Le Breton… Aunque nunca hay nada definitivo.

—Tu conexión con Oriente, ¿cuándo empezó?

—Pues posiblemente desde la lectura, la concepción del paisaje desde una observación en torno a la luz.

—¿Cuándo empezaste a trabajar con el grafito, el carbón, el blanco y negro?

—El uso del negro sobre papel blanco nace en el 2003 o antes, pero ahí mediante el aprendizaje de la técnica del grabado al carborundo se materializa de una manera mucho más concreta. Las posibilidades atmosféricas que proporciona el carborundo son únicas en el grabado, acompañado de la gestualidad implícita en mi trabajo previo. De este modo aparece la serie Los abismos del alma.

—Decididamente, tus trabajos están muy vinculados al arte oriental, ¿no?

—Sí. Se alargan en el tiempo hasta el 2014 más o menos, con una constancia de análisis de la forma, el espacio, caminando hasta lo que sería la serie Enso, ahondando más en el concepto de meditación (el cual no deja de estar latente permanentemente). Enredado entre sedales, plomos y carbones, entre silencios y palpitaciones, habitar los espacios, ruidos y olor a madera quemada, pigmento negro de humo que se adhiere a la piel y me tizna, tal vez como llegó a teñir las manos de mis ancestros en las cuevas de Tito Bustillo, Altamira o Lascaux hasta preñar las paredes de figuras con vida propia tras el tintineo de pequeñas lucernas que iluminaban el espacio más alejado de la cueva y donde sus sombras daban mayor énfasis al misterio de la creación. En mi caso son sombras que se generan proyectadas por focos que, desde la observación, van dando forma a una pieza que se construye en sintonía con un Todo, un MA 間, un Silencio. De la serie Enso, que toma forma en una beca que me conceden en Litografía Viña, investigo durante un mes, estampo, vuelvo a analizar, a estampar y a fragmentar siempre en grabado al carborundo en busca de esas claves que me mueven o conmueven.

—Creas desde el sentimiento y la emoción, desde el corazón buscando lo primigenio, el origen; pero ¿encuentras un punto de inflexión entre tu trabajo de sesgo oriental y esa referencia a las cuevas prehistóricas que de alguna manera forman parte de tu historia?

—Diferentes autores se cruzan en mi camino, algunos de manera intencionada, otros por azar, y van confabulando hasta conseguir que todo esté en Oriente o en un arte que a su vez encuentras, como te he dicho, en las cuevas de Tito Bustillo o similares, donde nuestros primeros ancestros trazan con carbón sobre la superficie de la pared, a su vez tratada con pigmentos para darle uniformidad, lo cual no deja de ser la preparación de un soporte para impregnar la paredes de trazos, que a su vez son livianos en su contexto, como en el arte oriental, donde no se supera el 30% de la superficie del papel.

—A partir de la serie Enso, ¿cómo has llegado a MA: desaparecer de mí?

—Del proceso de la serie Enso surgen otros proyectos como Landscape: simples líneas sobre las matrices a modo de trazos sobre el papel. Dejo el círculo para llegar a Occidente: creo que nuestra visión es lineal, no circular, y con ello trabajo hasta un punto en el que observo que las piezas necesitan otra dimensión, y por lo tanto el material primigenio en la tinta calcográfica es el pigmento negro de humo. De este modo me voy al carbón para crear esas piezas tridimensionales, que permiten ser circundadas y vistas desde diferentes ángulos. Y a la vez el espacio se convierte en soporte, trascendiendo el papel hacia dimensiones completamente nuevas para mí, entrando en el campo de la gráfica expandida. Esto ocurre en 2015, más o menos. Durante este tiempo El silencio (carbón) ha estado en diferentes salas: Rectoría de la UMU, MACE Elche, Sala La Barbera La Vila Joiosa (Alicante), Galería Santamaca, Ayuntamiento de Santa Marta de Tormes, Capilla dos Póvoa en Guarda y Museo de Évora en Portugal. El proyecto MA se presenta por primera vez en la Calcografía, donde se conjugan carborundo, papel, carbón y la primera pieza de Desaparecer de mí. Eso fue en 2017. En 2018 MA viaja a Caldas de Rainha, en Portugal, y se configura un nuevo proyecto en base al concepto del todo y la nada. El blanco/negro. Por último, el grafito reapareció el año pasado en mi trabajo con muestras de habitar mi espacio. Me interesa el grafito en polvo, acuarelable; el lápiz blando con el que jugar sobre el papel de arroz.

Tras esta breve pero apasionante charla, es difícil plasmar en unas líneas el proceso interior que Antonio Navarro designa como MA: desapareciendo de mí, punto final en ese círculo semiabierto del gesto del artista. Pero es toda una invitación a soltar lastre; a simplificar nuestro espacio vital en unos tiempos en los que prima el artificio.


María Jesús Soler es una artista multidisciplinar consolidada con un amplio historial de exposiciones de pintura y grabado en España y en el extranjero. Licenciada en bellas artes en la especialidad de escultura por la Facultad de Bellas Artes de San Carlos de la Universidad Politécnica de Valencia, es asimismo doctora en filosofía y ciencias de la educación por la Universidad Literaria de Valencia, catedrática de filosofía y licenciada en filología hispánica. Recibió formación en grabado calcográfico en la Escuela de Artesanos de  Valencia y en la Facultad de Bellas Artes de Urbino (Italia), así como cursos especializados de fotograbado solar no tóxico en PMP Grafix, de grabado en color al carborundo y de grabado sobre pulpa de papel impartidos por José Fuentes Esteve. Ha participado en talleres sobre libros de artista y encuadernación con Albertina Tafolla. Ha estado presente en importantes ferias de arte, como las de Shanghái o Estampa. Ha realizado proyectos escultóricos como El Hilo del Tiempo, ubicado en la plaza Julio M.ª Orozco, en Elche. En el ámbito literario ha publicado las obras Meninas: mito, invención y realidad (2004), Rigoberto Soler de cerca (2011) y Sanzsoto: de roca y espumas (2013). Ilustra con sus grabados la obra Els camins i la mirada, del poeta valenciano Marc Granell.

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