Narrativa

Tomás Sánchez Santiago: ‘El murmullo del mundo’

Carlos Alcorta reseña un libro en que encontramos, «los avatares de la vida de un hombre que se enfrenta a sus propias contradicciones; por una parte somos testigos de su deseo de mantenerse alejado del tráfago cotidiano —con las renuncias personales y las servidumbres de carácter social que conlleva— y, por otra está la necesidad de implicarse en esa sociedad para paliar, o al menos, para denunciar la mediocridad rampante, el desamparo de los humildes, la injusticia creciente, el bandolerismo general».

El murmullo del mundo, de Tomás Sánchez Santiago

/por Carlos Alcorta/

Tomás Sánchez Santiago

Confieso que, hasta hace unos meses, conocía a Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) solo en su faceta de poeta y crítico. En las estanterías de mi biblioteca descansan algunos de sus libros de poemas: Vida de topo (1992), El que desordena (2006), Pérdida del ahí (2016), la antología bilingüe editada en Lisboa detrás de los lápices/por detrás dos lápiz (2001) y la plaquette publicada por los cuadernos poéticos La Borrachería titulada El sigilo que, además, está dedicada por el autor. Junto a ellos, un libro de ensayo, un estudio sobre la obra de Carlos Barral y José Ángel Valente, Dos poetas de la generación de los 50. Carlos Barral y José Ángel Valente (1990), escrito al alimón con José Manuel Diego. La lectura de Años de mayor cuantía (novela sui géneris, ya que participa de géneros como el diario, la poesía, el ensayo o la propia narración, a la postre no tan distinta de los textos de El murmullo del mundo como, dado su particular género híbrido, podíamos suponer), libro publicado en 2018 y galardonado con el Premio de la Crítica de Castilla y León en 2019, cambió mi percepción sobre el autor y me puso en la pista de otros de sus libros escritos en prosa, como la novela Calle Feria (2006), Premio de novela Ciudad de Salamanca, y de los libros Para qué sirven los charcos (1999), Los pormenores (2007) y La vida mitigada (2014), que han dado origen a El murmullo del mundo (2019) que ahora comentamos. El propio Tomás Sánchez Santiago explica el contenido de este su último libro: «En realidad, este libro [El murmullo del mundo] es la reunión de tres anteriores, levemente modificados con añadiduras o supresiones, a los que he sumado otro buen puñado de apuntes bajo el título Muda de siglo, arrancados de un cuaderno que regalé a mi hijo Diego allá por 2001».

Sin embargo, aferrarnos a esta somera explicación implicaría renunciar a las múltiples lecturas que ofrece no solo su conjunto, sino cada una de las partes, porque dentro de cada una de ellas encontramos, si se me permite decirlo, los avatares de la vida de un hombre que se enfrenta a sus propias contradicciones; por una parte somos testigos de su deseo de mantenerse alejado del tráfago cotidiano —con las renuncias personales y las servidumbres de carácter social que conlleva— y, por otra está la necesidad de implicarse en esa sociedad para paliar, o al menos, para denunciar la mediocridad rampante, el desamparo de los humildes, la injusticia creciente, el bandolerismo general. Para Tomás Sánchez Santiago, como para todo escritor verdadero, la escritura es una forma de conciliar ambas posturas. Por un lado consigue, gracias a ella, dar cuenta de las vacilaciones más íntimas de su conciencia y, por el otro, no desatiende ese compromiso existencial con la sociedad en la que vive, dejando constancia de los aciertos y logros que la hacen mejor, pero sin dejar de denunciar las miserias, corruptelas y desigualdades que la pervierten. «Esta es la historia de un ajetreo habitual —escribe Sánchez Santiago—: ir en busca del cuaderno —a veces uno, a veces más— o la libreta que están siempre abiertos como una habitación sin llave; volver a mi lugar de trabajo, ponerlos ante mí, la mano indecisa sobre el bolígrafo, las palabras aún sin vuelo, con las velas recogidas; de qué hablar; qué consignar; la mancha de los días haciéndose ya sombra sobre una página…».

Cada uno de los títulos integrados en El murmullo del mundo contiene en sí mismo varios libros. Por ejemplo, en el primero de ellos, Para qué sirven los charcos, escrito entre 1984 y 1995, tiene tres secciones, las dos primeras —«Diario del excedente» y «Literario diario»— están escritas en Burgo de Osma y la tercera —«Marcas»— ya en León, aunque no estén ordenadas con criterio ni cronológico ni geográfico, puesto que este último está entre los dos más arriba citados, como si fuera un paréntesis. Pero no es la fractura geográfica la que origina las diferencias formales de los textos. Cada entrada de las dos primeras secciones citadas lleva un pequeño epígrafe que orienta al lector sobre el contenido. Se recogen dichos locales, conversaciones con los vecinos, impresiones paisajísticas desde una ventana, haikus, un encuentro con Carlos Barral en el Senado («Movía las manos larguísimas y nervudas, escoltadas por unas uñas que no parecían corresponderles»), que no tiene desperdicio, a propósito del estudio que sobre el poeta se traía entonces entre manos Sánchez Santiago o un viaje a Marruecos. En «Marcas» está muy presente la muerte del padre, tratado con exquisito respeto y no menos exquisita delicadeza («Hoy he vuelto a soñar con él: se levantaba de algún lado y venía hacia nosotros, sus hijos»). Tomás Sánchez Santiago sabe trasladar el lenguaje de las cosas con humildad y paciencia. Sus impresiones, sus descripciones carecen de ornamentación porque sus palabras van en busca del detalle básico, y los detalles de la existencia, dada su naturalidad, suelen pasar desapercibidos para quienes corren en busca del brillo efímero y artificial de los grandes gestos.

El diario de un escritor no puede eludir incorporar reflexiones sobre el proceso de la escritura y sobre la escritura misma. Estas menudean a lo largo del volumen, pero en la sección «Literario diario», la literatura, y sus aledaños, es predominante. Desde 1984 hasta 1990 va registrando opiniones, contratiempos editoriales, ideas para proyectos futuros, querencias y pérdidas (mueren en estos años Vicente Aleixandre, Carlos Barral, Gil de Biedma, Robert Graves, Juan Rulfo, Borges o Juan Manuel Rozas), reflexiones sobre la poesía («los poemas no están hechos de intenciones sino de resultados (y resultados verbales») y, consecuentemente, que la premeditación con que uno perpetra el poema está sujeta luego a un proceso azaroso que acaba por anularla, fundiéndola con el magma pastoso que el olvido va hilando con otros acontecimientos que así culminan en esas mismas aguas incógnitas»).

Muda de siglo lleva un subtítulo suficientemente explícito: «Un paseo por el malestar» que el autor explica sin tapujos: «percibo que me ha salido un tono general gruñón que achaco a la incomodidad de saltar de un siglo a otro con demasiadas cuentas pendientes. Hay recriminaciones, reproches por doquier, una mirada turbia y ascética sobre las cosas que deseaba resaltar, un cierto sabor general a tumba, que diría Cortázar». Lo cierto es que, como dice el dicho popular, no está el horno para bollos y en esos años de fin de siglo las profecías catastrofistas no ayudaban precisamente a serenar los ánimos. Sin embargo, leyendo estos textos a luz de la actualidad, uno no puede dejar de sentir cierta aprensión por su candidez, visto hacia donde han derivado las cosas. Cuando Sánchez Santiago escribió «El mundo de este fin de siglo va siendo un gran parque infantil donde nada está prohibido salvo poner en cuestión la falta de seriedad, la falta de reflexión y la falta de silencio», seguramente no imaginaba que lo peor estaba por venir. ¿Cuántas faltas más podemos añadir ahora? Lo dejo a su elección. El autor escribía entonces sobre vivir la vida como un presente continuo, sin mirar al futuro, pero hoy en día, ese futuro se está acortando de una manera peligrosísima, hasta el punto de que comienza a ser una entelequia, casi una utopía para las generaciones venideras que están dejando de creer que algún día existió. En fin, si la labor de un diario es dejar constancia de lo acontecido en el día a día, ese tránsito diario, leído con unos años de distancia, produce una terrible desazón. No alcanzar a ver, ni siquiera a predecir, lo que estaba por venir, es más, pensar que todo podía mejorar, a la luz de los acontecimientos que estamos sufriendo y la deriva totalitaria, entre otras iniquidades de no menor rango, a las que asistimos acongojados, se ve como un ejercicio de laxa ingenuidad. Salvo el terrorismo nacional (ahora sufrimos otro, si cabe, más sanguinario aún), afortunadamente ausente ya de nuestras vidas, el resto de los problemas se están agravando en proporción casi geométrica. Véase, si no, el drama de los refugiados o el del cambio climático.

De «escritura repentina, sin gula, ni demasiado disciplinada en el vuelo, que cae como aguacero de verano y que se va archivando sin más criterio que los revolcones sorprendentes de lo instantáneo», califica Tomás Sánchez Santiago el contenido de Los pormenores, libro dividido a su vez en dos secciones. Política, sociología, literatura, recuerdos, cotidianidad, melancolía, retales de una vida que van dejando su impronta en la memoria personal y, gracias a la página, en la memoria del lector.

Del último libro, La vida mitigada, su autor escribe: «Estos textos que siguen provienen de un acarreo y no pertenecen al mundo de la estridencia ni al de las gesticulaciones excesivas. Proceden del lenguaje tranquilo o, todo lo más, de la necesidad de dejar congregado en pequeñas porciones lo que no acabó pudriéndose en una escritura de contrabando». El libro está divido en cuatro secciones, «Visto y oído», «Cuaderno sin norma», «Historias naturales» y «En manos de los días», esta última tal vez sea la que se atiene más al diario propiamente dicho, pues las entradas correspondientes al año 2007 —cuyo título, «Días de hospital», no necesita mayores explicaciones— están fechadas y anotadas casi al minuto, acaso por seguir de cerca, sin posibilidad de distracciones, el curso de los acontecimientos, como si el estar así pendiente del todo, fuera algo imprescindible para que nada malo pueda ocurrir. Otros temas de carácter político, económico y social ocupan las páginas de «Notas frías (invierno de 2012)». El libro concluye con un revoltijo de frutos secos, una miscelánea que no sigue un orden cronológico sino, más bien, temático: la escritura, la poesía, el poeta. No tienen desperdicio, pero por cuestiones de espacio, solo voy a transcribir una de ellas, no muy extensa, para dar cuenta del tono entre didáctico y meditativo que las envuelve: «No es que la mirada del poeta vea las cosas por primera vez; más bien las ve como fuera de sitio. Su canto es de extrañeza, no de asombro. No se pregunta qué es esto sino qué hace esto aquí». Nosotros, los lectores, sabemos muy bien qué hacemos cuando leemos las páginas de El murmullo del mundo, vernos como en un espejo, asentir, discrepar, razonar, indignarse, todo un compendio de emociones que solo la palabra paciente, «esa que traba por su cuenta», es capaz de mostrar.

Posdata: trasteando por mi biblioteca, en la sección de narrativa he encontrado el libro El descendiente, novela corta o cuento largo editado por la colección La centena en 1992, lo cual desmiente la aseveración con la que comenzaba este comentario, sí, ya había leído prosa de Tomás Sánchez Santiago, pero el tiempo hace estragos en la memoria, y no lo recordaba.


Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas(2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

3 comments on “Tomás Sánchez Santiago: ‘El murmullo del mundo’

  1. Pingback: TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO. EL MURMULLO DEL MUNDO* | carlosalcorta

  2. Gran reseña de Carlos Alcorta de un libro muy interesante. Gracias.

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  3. Pingback: El sistema métrico del alma: lo fantástico en el teatro de lo cotidiano – El Cuaderno

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