Creación

Cobardica

Un nuevo cuentín triste de... ¿Juana Mari San Millán?

Cuentinos tristes

Cobardica

/por Juana Mari San Millán/

La autoría de esta ristra de Cuentinos tristes —ralos ellos— se ocultaba detrás de un nombre falso, se parapetaba tras el seudónimo de Juana Mari San Millán. Era una cobardica la presunta autora. Tal vez pretendía presentarse a algún certamen literario o emular a escritoras de renombre embustero como Agatha Christie, Gabriela Mistral, Colette, Juana de Ibarburu, Anne Rice, Mary Shelley, Ada Miller o la mismísima Elena Ferrante. Nadie conocía las razones de tal ocultamiento, por lo que no quedaba otra que achacar la tapadera, el escondrijo, a un genio timorato. O a lo mejor resultaba ser una rúbrica diletante sin más que gustaba distraerse en insignificantes juegos florales. Pues no. No iban por ahí los tiros. No era caso de apocamiento o de flagrante cobardía, como más tarde se verá.

En ocasiones, la verosimilitud de las narraciones se disfraza de embelecos, se tiñe de estrambotes moriscos. Cervantes, sin ir más lejos, recurrió a Cide Hamete Benengeli, historiador supuesto, con el fin de conceder a su libro de caballerías por excelencia mayor autenticidad. Un socorrido y nada ingenioso trampantojo más de la creación literaria. Al margen de cualquier interpretación a voleo, por muy de academia que se revistiera, acerca de la autoría de estos relatos breves, la aparente verdad pura y dura parecía transitar por otros derroteros. Juana Mari San Millán era monjita de clausura que se hacía llamar sor Engracia de Dios. Otra falsedad identificatoria con sesgo religioso esta vez. Murió el día de la Virgen de Begoña del año 2018 infestada de sida y extenuada por un ataque de asma feroz en medio del fragor provocado por una pira de fuegos de artificio espectaculares. En vida, se asomaba por las noches a la ventana de su ordenador donde pasaba horas deleitándose con estos Cuentinos tristes que le llegaban cada diez días. De esa forma atemperaba la soledad de la celda, mitigaba los dolores de un cuerpo doblemente enfermizo, olvidaba los rigores rituales del cilicio y se sumergía, gozosa a su manera, en mundos imaginados más próximos a su paraíso particular. Nadie conocía los datos de su documento de identidad. Nadie excepto la víbora de la priora, que se encargó de borrar todo rastro de la penitente monja sidosa y asmática para no dar pábulo al qué dirán, decía, que pudiera enturbiar la fama del convento. Sepultó el cadáver a escondidas bajo paladas de tierra, tosca y ripio. Todo lo borró. Todo menos el archivo en PDF de los mentados Cuentinos tristes, cada uno de ellos signado con el nombre inalterable, imborrable de Juana Mari San Millán, seudónimo que la taimada priora se atribuyó a sí misma por su cara bonita, por el morro.

La directora de la editorial eclesiástica, que conocía la mala calaña de la abadesa impostora, se proponía desmontar la burda mentira antes de autorizar la publicación de estos, a su parecer, espléndidos microrrelatos. Pretendía dar a sor Engracia de Dios lo que era de Juana Mari San Millán y a Juana Mari San Millán lo que pertenecía a sor Engracia de Dios. Y dejar a la inescrupulosa y pérfida abadesa con un palmo de narices. Tras muchos ratos de indagación, quedó pasmada con el descubrimiento. Resultó que Juana Mari San Millán no era el seudónimo de sor Engracia de Dios; que la monjita engañaba a la abadesa; que la abadesa trataba de colársela a la editora; y que esta se vio envuelta en un enredo que solo desenmarañó cuando comprobó fehacientemente y demostró irrefutablemente —gracias a la irrupción estelar de Acilina, la viva voz de la madre muerta del autor— que las siglas JMSM aparecidas en alguno de los cuentos pertenecían en realidad a un antiguo novio de la monjita que firmaba los Cuentinos tristes con el seudónimo de Juana Mari San Millán (el nombre real de su exnovia la monjita), tras el que se ocultaba el auténtico cobardica: un tipo mediocre a quien se conocía apenas por escribir epístolas a un perro y haber publicado un par de libros o tres de escasa enjundia. A pesar de todo, la editora, entusiasmada con el hallazgo, se empeñó en imprimir y divulgar los relatos a los cuatro vientos bajo el título ampliado de Cuentinos tristes de Juana Mari San Millán sin encomendarse ni a Dios ni al diablo ni al autor revelado.

(Estrambote final: La posteridad ha de saber que la fanática editora divulgó como le vino en gana todos los cuentinos hallados de aquella manera en el ordenador de la monjita. Todos excepto un microrrelato de corte pornográfico, que censuró por sus santos ovarios, intitulado Club de lectura. JMSM).

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