Estudios literarios

Moby Dick: el mar como espacio metafísico

Ramón García hace un relato personal de la intrahistoria y el significado de la gran novela de Melville, un hombre incomprendido en su tiempo que escribía para la audiencia de un tiempo posterior.

Moby Dick: el mar como espacio metafísico

/por Ramón García/

Eran las seis y cuarto de una mañana en mitad del verano: tras cinco horas de autobús, y ni diez minutos de sueño, el café frente a la estación del ALSA, en Gijón, abría sus puertas como se abren las puertas de una redención, tras una larga e inclemente navegación. No era el único que necesitaba desesperadamente un café. Me hice un sitio a la barra entre los mochileros que habían viajado en el autocar nocturno con destino al descenso del Sella, la chica que se reencontraba con su novio inglés. Mientras esperaba el desayuno abrí el Welt am Sonntag que me perseguía desde el domingo anterior. Como varias otras publicaciones a lo largo de esos días, contenía en páginas interiores un prolijo artículo sobre el bicentenario de Moby Dick. Quizá la penumbra de la hora, secreta y confidencial como un cuadro de Edward Hopper, o el atrio de una capilla de pescadores, antes de hacerse a la mar, me hizo detenerme en él. Era la mañana del día en que se cumplían exactamente doscientos años desde la publicación de la novela. The Economist la había interpretado como la primera oda a la globalización, Savater había glosado la travesía de toda una vida junto al libro. Suplementos culturales habían recordado y glosado por extenso la figura y la obra de Herman Melville. Por alguna razón me vino a la cabeza la escena inicial de El amor menos pensado, una reciente comedia argentina, en la que Ricardo Darín libra una diáfana y conmovedora lectura del párrafo inicial de Moby Dick:

Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda…

Cuando el ballenero Acushnet entró en el puerto de Paita (Perú) tras un intento de motín a bordo, el joven marinero Herman Melville encontró un traductor en una vieja señora que vivía en una casa deslabrada a las afueras de la ciudad portuaria: llevaba una humilde tabaquería y ayudaba en la interpretación y el correo a las marinos de los barcos balleneros que hacían escala en el puerto. Se llamaba Manuela Sáenz, había sido la amante de Simón Bolívar en Quito y despertó tal extraña ternura en el joven marino Herman Melville que cabe preguntarse si no fue allí, en el ventoso puerto de Paita, frente a los mil kilómetros de arenosa costa peruana, donde la idea de una ballena blanca le rondó la cabeza, como la ballena blanca que acechaba en el pasado de Manuelita. Si no fue allí, fue sólo unos pocos días después.

Me había asombrado la historia en una biografía de Manuela Sáenz leída hace varios años, y no había vuelto a pensar demasiado en Melville desde entonces.

Manuela Sáenz (1795-1856)

Pero de pronto la voz de Darín leyendo a Melville, el recuerdo de la ajada viuda de Bolívar despidiendo a un marinero del Acushnet con destino al Pacífico Sur, desembocaron en la extrañeza: la perplejidad de que Moby Dick, fulminada por la crítica de la época, y olvidada después durante décadas, hubiera llegado a alcanzar esa estatura mítica doscientos años después. Melville llegó a Moby Dick cuando Mardi, Redburn y Chaqueta Blanca no habían conseguido sino hacerle perder paulatinamente el crédito que le habían granjeado sus dos libros iniciales: los dos libros míticos de juventud en los Mares del Sur, Taipi y Omoo. Había conseguido instalar en ellos la felicidad. En Taipee mediante un artificio sorprendente: un joven marinero naufragado en Las Marquesas no tiene más remedio que acceder al valle de Taipee para encontrar la salvación. Ha oído que está poblado por una tribu de caníbales. La obsesión con el canibalismo emerge febril en las páginas iniciales: lo que encuentra, para su sorpresa, es una especie de idílico paraíso poblado por seres que irradian el arquetipo mismo de la felicidad del buen salvaje. Y Melville la comparte: encuentra paz, una maravillosa armonía con el entorno y una extraordinaria historia de amor. Todo ello en páginas bordadas como ambrosía: Melville se convertía en el primer Kerouac, la primera gran huida norteamericana de la civilización en busca de un paraíso original.

La barra de la cafetería matinal se convirtió en perfecto escenario para reencontrar el sabor que había dejado Taipi en una lectura de comienzos de los ochenta: el mismo sabor paradisíaco que Eugene O’Neill había querido conjurar, refiriéndose a los dos primeros libros de Melville, en uno de los diálogos de Largo viaje hacia la noche.

Contrariamente a todo eso, el artículo del Welt am Sonntag era más bien tedioso (al autor parecía haberle decepcionado el encuentro personal con los austeros escenarios donde se había desarrollado la vida del propio Melville: la finca Arrowhead no lejos de Nueva York, donde se refugiaba para escribir, los muelles de Nantucket), pero a esa hora, y en ese entorno, ayudaba a dibujar una geografía de la experiencia personal con Melville.

La prosa bíblica y discursiva de sus libros posteriores, en un inglés oscuro, gramaticalmente cuestionable, y declamativo en grado sumo, laminarían su reputación. Ni Mardi, ni Redburn, ni Chaqueta Blanca cosecharon, por decirlo suavemente, ni el favor del público ni el de la crítica; algo que podía entender porque Redburn había marcado también, hacia mediados de los ochenta, mi despedida de Melville durante mucho tiempo. Prácticamente, hasta esa mañana de verano: esa mañana en que recordaba para mí que, cuando emprende Moby Dick, Melville está sin un centavo, pero ha trabado una fértil amistad con Nathaniel Hawthorne. Moby Dick no contribuiría a recuperar su reputación. Al contrario: las críticas fueron aún más demoledoras que las recibidas por sus tres libros anteriores. Después de Moby Dick, es como si a al mismo Melville le hubiera golpeado una ballena y necesitase un rescate como escritor. Y ese era el momento de hacer balance. Y de recordar con placer que tenía en casa la edición de Bruguera, traducción de José María Valverde, editada en 1980. Es decir, unos ciento cincuenta años después de que Melville utilizase las experiencias de su tercera salida al mar a bordo del ballenero Acushnet para contar, en la voz de un marinero llamado Ismael a bordo del ballenero Pequod, la historia de un erráticamente excéntrico capitán, Ahab, que persigue con furia compulsiva y monomaníaca a una infame y monstruosa ballena blanca.

Herman Melville (1891-1891)

Poe había explorado en Arthur Gordon Pym el horror de un color blanco limítrofe con las nociones de divinidad y de abismo, y Melville no tiene miedo a ese abismo. Hay algo de don Quijote, de Unamuno y de Nietzsche en Ahab: su pata de palo demuestra que ha tenido un encuentro horrible anterior con Moby Dick y que la venganza está justificada. Y en la empresa le acompaña una miscelánea tripulación que comparte su propósito: un harponero de las islas Marquesas tatuado de los pies a la cabeza, Queegeg; un coloso de raza negra, Dagun; el misterioso y sutil Tashtego; el rígido contramaestre calvinista, Stub. El barco no sigue una simple derrota comercial: va en busca de Moby Dick, para matarla. En 135 capítulos, Melville despliega una erudición asombrosa para la elipsis y los hipérbatos narrativas: no teme detener la narración para contar al lector todo lo que es posible contar sobre los cetáceos, incluida la representación gráfica de los mismos a lo largo de la historia. Crea un crescendo majestuoso para el encuentro final con Moby Dick. De algún modo, Melville consigue que el lector tenga la sensación de haber acompañado al Pequod, y a los tripulantes del Pequod, por toda la extensión del mar, todos los mares en un solo mar: el mar como un vasto espacio metafísico.

Cerca ya de la conclusión, el Pequod se encuentra con otro ballenero, el Rachel. El capitán del Rachel le pide a Ahab que le ayude en la búsqueda y el rescate de la tripulación de un ballenero que se perdió el día anterior. Ahab comprende que Moby Dick no está lejos. Desestima la petición de ayuda para ir al encuentro de Moby Dick. El encuentro es brutal, y fatal. El barco es destruido, Ahab engullido entre las fauces de Moby Dick. Sólo Ismael sobrevive, utilizando el ataúd de Queegueg como dispositivo de flotación. Nos recordará que solo él sobrevivió para contarlo.

Pedí la cuenta. Amanecía. Me alegró agavillar ahí todos esos recuerdos de Moby Dick, leída en el otoño de 1983, en Gijón, en un noviembre húmedo y lluvioso. Hacia ese año, o quizá en 1984, había aparecido en las excavaciones del poblado celtorromano de la Campa de Torres la imponente carcasa de una ballena pescada por los primeros habitantes hacía más de mil años. Aún se expone en el museo arqueológico de Torres. Durante más de mil años, Gijón, como Nantucket, había tenido un trato importante con las ballenas, había sido un importante puerto ballenero. Los recuerdos están ahí: de haberse desviado hacia el mar, hubiera sido posible encontrar aún el Tránsito de las Ballenas, la vía que sube hoy hacia Cimadevilla y donde durante siglos se extendieron y trocearon y se extrajo el aceite de las ballenas; hubiera sido posible caminar rodeado de algunos recuerdos de lo que hasta el siglo XVII había sido la floreciente industria ballenera asturiana, en algún lugar la Casa de las Ballenas y en el recuerdo, las dos estructuras de barcos balleneros que por entonces encaraban el Atlántico, desde las cercanías del cabo Peñas. Además, en casa había una edición de Moby Dick, y sentía el deseo de poner mis manos sobre ella, como si ese simple hecho sellase el paso del tiempo.

Remontando la calle Magnus Blikstad, hice balance, hasta donde podía, de cuáles habían sido los jalones del rescate de Melville, un autor que había sido prácticamente enterrado en vida. La necrológica del New York Times, el día de su muerte, se limitó a consignar: «Fue un famoso escritor, en otro tiempo». Melville es una de las figuras que uno entrevé, fantasmalmente, en el borroso amanecer de la literatura norteamericana, proyectada contra una imagen en blanco y negro de los muelles del primer Nueva York, atrapada entre sus calles. Solo en 1920, Carl Van Doren, en La novela norteamericana lo rescata para la ilustre compañía de Poe, Hawthorne, Emily Dickinson, Henry James. Le dedica las primeras palabras elogiosas, y cuidadosamente justas, cuando Melville llevaba ya cuarenta años en la tumba. Eran los años en que Scott Fitzgerald escribía la primera gran novela sobre el nuevo capitalismo, narrando subrepticiamente en El gran Gatsby qué fuerzas, y qué tipo de personas se habían adueñado de la Reserva Federal. Desde el frente italiano, Hemingway había reunido el material para Adiós a las armas; Sherwood Anderson libraba Winesburg Ohio; Faulkner luchaba por las noches con el manuscrito de su primera novela, La paga de los soldados, en el lenguaje oscuro y con la gramática tortuosa que H. L. Mencken, otro crítico que también cooperaría en el rescate de Melville, caracterizaría en su ensayo clásico como The American language; un lenguaje hecho para recoger la totalidad de una experiencia. En esos violentos años veinte, después de la primera guerra mundial, Raymond Waverley acomete la primera biografía de Melville, y en el transcurso de su investigación, la nieta rescata para él de entre viejos manuscritos el original de Billy Budd. Era el momento perfecto para rescatar un inédito de Melville. Era como si desde la tumba Melville recordase: «estoy aquí».

Carl van Vechten y Stanley Thomas Williams continuarían el rescate. Una formulación crítica, el romanticismo oscuro, englobaba ya sin el menor género de duda a Melville con Hawthorne, Poe o Whitman. Dos europeos escriben libros luminosos y esclarecedores sobre la literatura norteamericana en los años treinta: D. H. Lawrence y Cesare Pavese. Los dos reivindican la figura de Melville, y en particular Moby Dick. Pavese es el primero en hacerlo desde el ámbito no anglosajón. Lo hace en pleno apogeo del fascismo en Italia. Consagra tres años de su vida, en las difíciles circunstancias del exilio, privado de diccionarios y materiales adecuados, a la traducción de Moby Dick para Einaudi. Más tarde sintetizaría en Los Mares del Sur uno de los poemas de Trabajar cansa, la impresión que en él había dejado Melville. Jean Giono termina la traducción al francés de Moby Dick: impactaría tanto en un joven llamado a ser un gran director de cine, Jean Pierre Grumbach, que decidiría cambiar su nombre por el de Jean Pierre Melville, y sus grandes películas posteriores, El silencio de un hombre y El ejército de las sombras, quedarían ligadas de algún modo al propio Melville; un pacto de sangre entre narradores. Hacia 1944, Borges concluye su memorable versión de Bartleby: más que una traducción, una recreación que, discutible o no, insufla vida a Melville en cada palabra.

Escena de El ejército de las sombras, de Jean Pierre Melville (1969)

El 1999, el destacado historiador marítimo Nathaniel Philbrick había recogido fielmente en su libro En el corazón del mar, editado en España por Seix Barral, la experiencia de los marineros del Essex después de que su barco hubiera sido atacado y hundido por una ballena. Uno de los marineros sobrevivientes del Essex, Owen Chase, había narrado la historia en un relato autobiográfico: El naufragio del Essex. La historia ha sido llevada recientemente al cine por Ron Howard: En el corazón del mar, una película de 2015 que complementa la versión cinematográfica de Moby Dick por John Huston con guion de Ray Bradbury y sus imágenes ya legendaria, como la de Orson Welles predicando desde un púlpito hecho con osamenta de ballena, en una ominosa iglesia de una localidad pesquera.

Veinte años después del naufragio del Essex, el ballenero Acushnet abandonaba el puerto de Paita, en Perú. Desde la cubierta, el marinero Herman Melville, de veintiún años, se despidió tal vez de aquella anciana que le había despertado tanta ternura: Manuelita Sáenz, la viuda de Simón Bolivar. Volvería a ese lugar, mentalmente, en el séptimo relato de Las Encantadas, una de las novelas cortas que, junto a Bartleby, componen su espléndido libro de relatos: The Piazza tales. En Moby Dick dejaría además una misteriosa descripción de Lima y de la costa arenosa y desolada que rodea la ciudad: un entorno sugerente para una historia en torno a algo innombrable. El barco inició su derrota hacia el Pacífico Sur, zona en la que abundaba la ballena. La presencia de balleneros norteamericanos denota probablemente intereses incipientes en el control del Pacífico. En alta mar, el Acushnet se encontró con otro ballenero, el Lima. Las tripulaciones se saludaron, pasaron algún tiempo en mutua compañía. Fue allí donde Herman Melville escuchó, de boca del hijo de Owen Chase, embarcado en el Lima, lo que le había ocurrido al Essex veinte años antes.

Charles Olson inicia Call me Ishmael con su propio relato de lo ocurrido. Y de pronto, en plena calle, sentí la necesidad de recuperar ese relato. Buenos días, Gijón. Las tiendas —las fruterías, las pescaderías— se abrían con una especie de ritmo acompasado en Magnus Blikstad, al compás de la luz del sol que se elevaba sobre Pumarín. En casa esperaba aquella edición de Bruguera, con traducción de José María Valverde, que había leído en 1983, pero lo importante ahora era saber si ya habría abierto sus puertas un cibercafé de la zona. Sin duda en Internet alguien habría publicado un extracto. La mañana anunciaba un día soleado, pero en ese momento acechaba una de esas tardes lluviosas del alma, los noviembres húmedos y lluviosos en los que uno querría salir a recorrer la parte acuática del mundo. La chapa del cibercafé se alzaba justo en el momento en que pasaba junto a él. Qué temprano. Necesito hacer una consulta.

La consulta deparó que el libro de Charles Olson puede leerse íntegramente en abierto. Pero es demasiado extenso, y este artículo no podría quedar cerrado sin una reseña de lo ocurrido al ballenero Essex, en los orígenes de Moby Dick. Para ello otra web deparó la síntesis adecuada: la del Smithsonian Institute. Conjuga lo esencial del relato de Owen Chase, filtrado por Charles Olson y más tarde por Philbrick. Tomé asiento para una traducción sobre la marcha:

*

En julio de 1852, un novelista de treinta y dos años, Herman Melville, albergaba grandes esperanzas en su nueva novela, Moby Dick, o La Ballena, a pesar de las críticas no demasiado entusiastas y las escasas ventas que estaba teniendo el libro. Ese mes navegó por primera vez al puerto de Nantucket: su primera visita a la isla de Massachusetts y puerto de origen del mítico protagonista de su novela, el capitán Ahab, y su barco, el Pequod. Melville se reunió con dignatarios locales, cenó y contempló las vistas del lugar al atardecer, que hasta entonces solo había imaginado.

El último día de su estancia en Nantucket se encontró con el hombre que treinta y dos años antes había capitaneado al Essex: un buque atacado y hundido por un cachalote. El incidente había dado pábulo a la leyenda, hacia 1820. Agobiado por la edad a los sesenta, el capitán George Pollard tenía sólo veintinueve años cuando el Essex había sucumbido. Sobrevivió y regresó a Nantucket para capitanear un segundo barco ballenero, el Two Brothers. Su segundo barco naufragó en un arrecife de coral, dos años después, y el capitán quedó estigmatizado como un gafado, un Jonás, y ningún patrón volvería a confiarle jamás un barco. Pollard vivió sus años restantes en tierra, empleado como vigía nocturno en Nantucket.

Melville había hecho una breve alusión a Pollard en Moby Dick, solo en relación con la ballena que había hundido su barco. Consignaría más tarde que se limitaron a «intercambiar algunas palabras». Pero Melville sabía que la terrible experiencia de Pollard en el mar no había concluido con el hundimiento del Essex, y no es posible saber si el capitán le libró los horribles recuerdos que llevaba consigo. «Para los lugareños era un don nadie», escribió Melville; «para mí, el hombre más impresionante, y nada pretencioso, incluso humilde, que jamás haya encontrado».

Pollard había referido su historia a otros capitanes poco después del rescate, y también a un misionero llamado George Bennet. Para Bennet, la historia había sido casi como una confesión. Ciertamente, era sombría: noventa y dos días inclementes con noventa y dos noches de insomnio en alta mar, en un bote salvavidas, sin agua y sin comida. En ese bote, los tripulantes que habían sobrevivido al ataque de la ballena enloquecieron bajo el sol implacable, tuvieron que recurrir al canibalismo para sobrevivir y por ese desgarrador destino de víctimas pasaron dos adolescentes, uno de ellos el primo hermano de Pollard, Owen Coffin. «Pero no puedo decir nada más: mi cabeza estalla cada vez que lo recuerdo», declaró Pollard al misionero.

Los problemas para el Essex, como Melville sabía bien, habían comenzado el 14 de agosto de 1819, sólo dos días después de haber abandonado Nantucket, para una travesía ballenera que en principio habría de durar dos años y medio. El barco, de 87 pies de eslora, había afrontado una galera que se había cobrado su vela mayor, y casi le había hundido. Aún así, Pollard continuó, llegando al Cabo de Hornos cinco semanas después. Dada la escasa pesca disponible, decidieron navegar hacia zonas balleneras distantes, en el Pacífico Sur, lejos de la costa.

Para abastecerse, el Essex ancló en Galápagos, donde la tripulación recogió sesenta tortugas de 100 libras. Antes de zarpar, como si fuera una broma, uno de los tripulantes prendió un fuego, del que al final todos los marineros tuvieron que escapar como pudieron. Era la estación seca, las llamas se extendieron rápidamente. Desde el mar, vieron durante días el humo de la isla en llamas. Pollard estaba furioso, juró vengarse de quien había prendido el fuego. Muchos años más tarde, la isla Charles, en Galápagos, todavía era un páramo ennegrecido, y se creía que el incendio había causado la extinción de una especie de tortuga y una especie de ruiseñor.

En noviembre de 1820, a miles de millas de la tierra más cercana, los botes balleneros del Essex habían arponeado ballenas que los habían arrastrado hacia el horizonte, lo que la tripulación denominaba paseos en trineo Nantucket. Fue en una de esas ocasiones cuando Owen Chase, grumete de veintitrés años, que se había quedado a bordo del Essex para hacer reparaciones, avistó una ballena enorme, de 85 pies de largo, parada silenciosamente en la distancia, con la cabeza tornada hacia el barco. Luego, tras expeler tres columnas de agua con su respiración, el gigante se dirigió directamente hacia el Essex, «viniendo hacia nosotros con gran celeridad, más de tres nudos», recordaría Chase. La ballena se estrelló de frente contra la proa del barco, con «un estrépito tan espantoso y terrible, que casi nos arrojó a todos por la borda».

La ballena pasó por debajo del barco y comenzó a revolverse en el agua, zarandeándolo («la vi golpear con saña, juntando las mandíbulas», recordó Chase). A continuación desapareció. Los tripulantes se dirigían hacia el agujero en el barco para tapiarlo, poniendo en funcionamiento las bombas, cuando un hombre gritó: «¡Aquí está, viene a por nosotros otra vez!». Chase vio a la ballena, media cabeza fuera del agua, deslizándose a gran velocidad (esta vez seis nudos, pensó Chase). Golpeó directamente bajo el arco de estribor, y desapareció.

El agua entró rápidamente y a raudales. La tripulación apenas tuvo tiempo para arriar los botes e intentar llenarlos con instrumentos de navegación, pan, agua y provisiones antes de que el Essex se hundiera.

Regresó el bote de los que habían salido a pescar, y los hombres se sentaron en silencio, su capitán aún pálido. Observó Chase: «Algunos no tenían ni idea del alcance de su deplorable situación».

Pollard intentó trazar un plan. En total, había tres botes y veinte hombres. Calcularon que la tierra más cercana eran las islas Marquesas y Pollard quiso poner rumbo hacia ellas, pero en un juego irónico del destino, Chase y la tripulación lo convencieron de que las islas estaban pobladas de caníbales y de que lo mejor era navegar hacia el sur. La distancia hasta tierra sería mucho mayor, pero podrían encontrar vientos alisios o ser avistados por algún otro barco ballenero. Sólo Pollard parecía entender las implicaciones de alejarse de las islas.

La tragedia de los supervivientes comenzó pronto. El agua salada hizo incomestible el pan, los hombres comenzaron a deshidratarse. El bote de Pollard fue atacado por una orca. Dos semanas después avistaron la isla Henderson, pero resultó ser árida, y la mayoría decidió proseguir la navegación excepto tres, que optaron por permanecer en la Isla y a base de marisco y huevos de aves, lograron sobrevivir, hasta ser rescatados por un buque australiano, cuatro meses después.

Tras varias semanas en el mar, las raciones miserables comenzaron a pasar factura. En el bote de Owen Chase, un hombre se volvió loco: puesto en pie, exigió a gritos una servilleta y agua, antes de caer en medio de “las convulsiones más horribles y espantosas”. Murió a la mañana siguiente. “La humanidad debe estremecerse ante la confesión del terrible incidente que siguió a continuación” escribe Chase. La tripulación “separó las extremidades de su cuerpo, y cortó toda la carne de los huesos; después de lo cual, abrimos el cuerpo en canal, extrajimos el corazón y luego lo volvimos a cerrar, lo cosimos tan decentemente como pudimos y lo arrojamos al mar ”. A continuación los órganos del hombre fueron asados en una piedra plana sobre una superficie arenosa en un extremo del bote y los comieron.

Tres hombres más murieron en días sucesivos. Corrieron el mismo destino.

El 6 de febrero de 1821, Charles Ramsdell, apenas un adolescente, sugirió que la próxima víctima fuera elegida por sorteo. Era la costumbre del mar, y se remontaba a la primera mitad del siglo XVII. Los hombres en el bote de Pollard aceptaron la propuesta de Ramsdell, y del sorteo salió elegido Owen Coffin, primo hermano del capitán. Pollard había prometido a la madre del chico que lo cuidaría. Intentó hacer todo lo posible por salvar la vida del muchacho, pero el destino se entendía ineluctable: Coffin apoyó la cabeza contra una esquina del bote y Ramsdell apretó el gatillo.

En días posteriores los botes se separaron. En el momento del rescate, sólo quedaban entre los dos botes seis supervivientes. El primero de los botes rescatados fue el de Owen Chase. Casi una semana después, un tripulante de un barco norteamericano, el Dauphin, avistó el bote de Pollard. «Los marineros del Dauphin subieron a bordo a un hombre que deliraba, aturdido, aferrado a los huesos de sus hombres, de los que no quería separarse». El tercero de los botes apareció en la isla Dulcie, con tres esqueletos a bordo. Pero los supervivientes de los otros dos botes se reunieron en Valparaíso, antes del retorno a Nantucket. Al cabo de unos días, más recuperado, fue en una de esas noches de Valparaíso cuando el capitán Pollard contó la historia por primera vez. Uno de los capitanes que le acompañó anotó en su diario, refiriéndose al relato: «Es lo más angustioso que he escuchado nunca».

El espantoso relato del grumete Owen Chase fue publicado originalmente en 1821, sólo meses después del retorno a Nantucket. Veinte años después del naufragio del Essex, William Chase, hijo de Owen, servía en el ballenero Lima, cuando este se encontró con otro ballenero, el Acushnet. Los tripulantes pasaron algún tiempo juntos, y Chase contó lo que le había ocurrido a su padre a un joven de veintiún años llamado Herman Meville, al que dejó también una copia del libro. La historia capturó la imaginación de Melville, que anotó: «Leer esta historia, en las cercanías de la latitud donde se produjo el naufragio, me produjo un efecto inexplicable». Melville publicaría Moby Dick diez años después.

El libro se vendió poco. Varias tentativas literarias más resultaron también infructuosas, y Melville terminó haciéndose a una vida solitaria. Durante diecinueve años, trabajó como inspector de aduanas en la ciudad de Nueva York. Bebió y sufrió la muerte de sus dos hijos. Abrumado por su fracaso como narrador, en los últimos años se concentró en la poesía. Pero el destino de George Pollard nunca consiguió apartarlo de su mente.

*

Es preciso conocer el destino del capitán George Pollard, la suerte que corrieron los marineros del Essex y la imagen que debió de formarse en la mente de Melville para entender la febril obsesión con la que Ahab persigue a Moby Dick. El mar como una vasta e inmóvil desolación metafísica bajo un cielo implacable, seis hombres deshidratándose poco a poco y devorándose entre sí para poder sobrevivir. Lo que Ahab persigue es la redención espiritual por la carne de sus hombres devorados. Ésta es, al menos, una de las claves de lectura que persigue Olson. Melville renunció al éxito comercial después de Moby Dick. Descubrió otro aspecto de la literatura. Se refugió en la escritura como en un templo interior. Encerrado en su casa de Arrowhead, de ahí salió una obra copiosa: varias novelas más, dos libros de poesía, John Marr y otros marinos y la exigente epopeya en verso Clarel. Escribía para la audiencia de un tiempo posterior.

Llegué a casa. En uno de los estantes estaba la vieja edición de Moby Dick (editorial Bruguera, 1980, traducción de José María Valverde). Valverde no había desmerecido en absoluto con respecto a Cesare Pavese ni a otros ilustres traductores de la novela. Cercano espiritualmente a Melville, excelente poeta él mismo, dotó a su traducción de una fluidez que juega con el texto como la espuma con las olas. Fue levantar el libro al sol de la mañana y de pronto se dibujaron en la mente los últimos versos de Pavese en Los Mares del Sur:

Sólo un sueño le ha quedado en la sangre.
Se cruzó una vez, viajando como maquinista
de un pesquero holandés, con el cetáceo,
y ha visto volar los pesados arpones al sol,
ha visto huir las ballenas entre espumarajos de sangre
y la persecución, y las colas alzadas y la lucha en la lanza.
Me lo recuerda a veces.

En italiano la repetición verbal tiene una intensidad que traía al oído un ritmo similar. Y ese ritmo llegaba de aquel tiempo, de aquel año en que había leído la novela. Llegaba desde la voz de un replicante que en ese año 1982 hablaba de un futuro que hoy ya es presente. Hablaba con lapidaria tristeza: «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C arder en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir».

Es posible que Rutger Hauer, que preparaba por entonces su papel en La leyenda del santo bebedor, de Ermano Olmi, hubiese leído ya a Pavese y los versos de un poema inspirado en Melville le hubiesen inspirado cuando Ridley Scott le pidió que escribiese las palabras finales de su replicante.

Cuando terminé la novela, una tarde de domingo de aquel noviembre de 1983, encendí un momento la televisión: era la televisión que Pilar Miró había convertido en un sorprendente cineclub, donde siempre era posible rescatar alguna película incunable, y aquella tarde la película era El desierto rojo, de Antonioni.

Recuerdos de todo ello se conjugaron como si fueran cifras de un tiempo exorcizado. Un tiempo para entrever algo único que también se perdería, como lágrimas en la lluvia.


Ramón García es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Oviedo. Empezó a traducir muy joven a Camus, Poe o Dylan Thomas, entre otros y alternó una tesina sobre Carmen Laforet con la traducción de la primera novela de Lawrence Durrell. Entre 1989 y 1990 fungió como traductor de la Comisión Europea y seguidamente cursó un máster de guion cinematográfico bajo la dirección de José Luis Borau en la Universidad Autonóma en 1993, antes de unirse como traductor al Ministerio del Interior en 1994. A partir de esa fecha cursó también periodismo y en los albores del milenio siguió un master en edición por la Universidad Brookes, con sede en Madrid. A partir de 2001, ha publicado traducciones con regularidad, en especial para la editorial Turner, en la que contribuyó a poner en marcha los primeros volúmenes de la colección Noema. Ha colaborado como corresponsal cultural para los diarios O Expresso de Lisboa y The European, además de participar en la creación de dos revistas literarias a finales de los noventa: Calviva y Terra Incógnita. Entre sus autores traducidos figuran Jonathan Coe, John Luckacs, Alexander Nehamas, James McClure y Jacques Berndorf; y ha escrito sobre autores como James Crumley, William McIlvanney o Van de Wetering. Desde 2004 trabaja para el Centro de Traducción de la Unión Europea e intenta compaginar su interés por las lenguas y por la traducción con toda la actividad cultural que puede absorber.

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