Filosofía

Teología moral para agnósticos: el mal, la culpa y el perdón

Un artículo de Francisco Abad sobre la posibilidad de «una mirada teológica agnóstica adaptada a muchas realidades ajenas en principio a cualquier atisbo de trascendencia humana».

Teología moral para agnósticos: el mal, la culpa y el perdón

/por Francisco Abad Alegría/

Dicho así, y sin exorcismo acompañante, parece una broma de Fernando Arrabal, que en una convención de la CNT recomendó, ante la estupefacción de los circunstantes, que encomendasen las cuitas de los liberadores sindicales a la Virgen María, mediante el rezo frecuente del rosario. Algunos pensaron que el literato estaba pasado de copas o de polvos blancos, otros que se estaba mofando simultáneamente de la Virgen María y del auditorio. Muy pocos se tomaron en serio las palabras de un destacado pensador que cuando blasfema lo hace a conciencia y con toda claridad y cuando escribe un ensayo sobre las excelencias de la masturbación, no se deja ni una tilde en el tintero.

Yo me quedo con otra posible interpretación que parece más acorde con la trayectoria del autor de La torre herida por el rayo: en una sociedad activamente empeñada en mezclar lo puramente humano con lo teológico, cualquiera puede apuntarse a echar su cuarto a espadas diciendo una enormidad mixta, que ya debería estar asumida como parte de la barbarie intelectual en que chapotea, mientras quienes dirigen enloquecidamente los destinos de un pueblo que se adhiere a afirmaciones tan peregrinas como que «es ateo, gracias a Dios» o blasfema de una divinidad que reputa inexistente, obtienen como rédito la esclavitud mental y física de los reptantes humanos, homogeneizados en la irreflexión.

De modo que no veo inconveniente en atormentar tímidamente las cogitaciones de los pocos lectores que hayan llegado hasta esta línea y decidan sobrepasarla con ánimo sereno cercano a lo humorístico. Porque, se lo aseguro, es posible una mirada teológica agnóstica adaptada a muchas realidades ajenas en principio a cualquier atisbo de trascendencia humana. Y para eso, el problema del mal hecho a conciencia (sabiéndolo, vamos) tiene su deje moral porque se entromete en las vidas ajenas y simultáneamente perturba la propia, produciendo modificaciones de diversa cuantía sobre el sosiego afectivo del agente, con rasgos difíciles de diferenciar de lo que conocemos como conciencia moral.

El ejercicio del mal se puede medir groseramente con categorías que van de lo leve a lo gravísimo o irreparable y podría definirse como una interferencia voluntaria negativa causada sobre la vida ajena, buscando un daño, beneficioso o no para el agente. En él se unen varios aspectos que no se limitan exclusivamente al terreno moral ligado a la religión, vagamente vivida o abiertamente profesada, sino que mantienen su vigencia en la mente agnóstica o atea con fuerza y consecuencias cercanas a la religiosa, hablando desde el terreno meramente humano. Éstos son: el mal objetiva e intencionadamente hecho, el daño producido en quien lo sufre, la percepción de placer o culpa de quien lo causa y el apaciguamiento de la conciencia mediante la obtención del perdón o la omisión de cualquier vivencia culposa. Para hacer el mal no es preciso ser creyente religioso; para recoger las consecuencias o reaccionar ante su comisión, tampoco. Como en la boutade de Arrabal, estamos tan acostumbrados a mezclar —además en combinaciones variables y también evolutivas— lo estrictamente humano, como especie animal, con lo religioso, que a menudo parece que lo humano escora peligrosamente hacia lo mecanicista o lo angélico, según los casos y el entorno.

Quizá un ejemplo real pueda ilustrar algo de lo dicho. Hace más de quince años, un gato joven se empeñaba en saltar a nuestro pequeño jardín y merodeaba por todos los rincones. A mí no me molestaba su presencia salvo porque acostumbraba a dejar sus deyecciones en una zona por donde luego iban a pasar los perros. Así que decidí espantarlo para que no volviese. Salía haciendo aspavientos y dando voces y entonces el animalito huía trepando por el tronco de una parra, pero cuando ya había pasado un rato, en cuanto me descuidaba y hacía otra cosa, volvía sin hacer ruido y dejaba su pequeño regalo fecal para luego desaparecer. Así que un día tuve la ocurrencia de escarmentarlo de verdad y me escondí en la leñera, provisto de un mango de azada; cuando el gato bajó del tejado, lo sorprendí y le di un par de fuertes golpes en el lomo. El animal quedó en el suelo. Aturdido y arrastrándose sobre las patas delanteras se acercó lentamente, sin dar ni un maullido de dolor ni hacer un gesto amenazante, hacia el tronco de la parra por donde solía trepar para escapar. Y entonces observé que respiraba con dificultad y que era absolutamente incapaz de encaramarse al enramado. Me acerqué y el animalito me miró, con expresión neutra, sin enseñar los dientes ni gritar; estaba claro que no medí la fuerza del golpe y le había partido el espinazo y al mismo tiempo producido una hemorragia pulmonar por los huesos fracturados, de modo que se estaba ahogando y además no podía huir. No sé qué se siente al matar a una persona, pero yo noté que se me rompía el corazón como responsable de la muerte del pobre animal. Me acerqué mucho a él, apoyando la mano sobre su lomo y le pedí perdón muchas veces, mientras se iba apagando, sin hacer ni siquiera un gesto de hostilidad o intentar darme un zarpazo. Luego quedó inmóvil, muerto. La sensación de haber sido injusto hasta la muerte con un animal que tan solo era causante de una suciedad me dejó destrozado y su mirada asombrada, ni agresiva ni dolorosa, me impidió dormir en toda la noche y estuvo presente en mi conciencia durante muchos días; aún hoy me duele recordarlo.

La anécdota es muy simple, pero puede servir para dar pistas sobre lo antes dicho. Es evidente que no había culpa moral por mi acción, aunque sí causa, porque lo pretendido era espantar a un molesto visitante. Además, no siendo un humano, tampoco había ni siquiera indicios de homicidio, aun vicariante. Pero yo le pedí perdón al moribundo. ¿Me entendió? ¿Me perdonó? No lo puedo saber, pero reconocí ante la propia víctima que le había causado un daño irreparable e injustificable. Sin embargo, con o sin culpa, el animalito estaba muerto, irremediablemente muerto. Mi petición de perdón ¿apaciguó mi conciencia? De ningún modo. Dicen que estos actos se llaman preterintencionales, pero el daño irreversible era irreparable, y mi sensación de mal hecho, aunque no tenga consecuencias morales definibles, sigue doliéndome siempre. Y aunque tuviera la certeza telepática de haber obtenido el perdón, el daño hecho seguía siendo irreparable. Otro fracaso para el saco de los errores, uno más.

Esa mirada estupefacta, que llevo grabada («¿Por qué?»sentí que me decía—) se parece a la sensación que me dejó la lectura de La mujer rota de Simone de Beauvoir (1967), la descripción novelada de concausas parcialmente generadas de forma voluntaria, que arruinan la vida anímica y relacional de una persona, en la que ni el más vago atisbo de moral de rasgos espirituales está presente, pero que produce una combinación de dolor, arrepentimiento, hostilidad, malestar, fracaso vital y sobre todo irreversibilidad del camino recorrido y su determinismo inevitable respecto al restante por recorrer. El mal, en todas sus formas, tiene esa cualidad antihumana de la oportunidad quemada para el bien. Que tampoco se define sencillamente como la imagen únicamente antitética del puro mal.

Cuando se habla del mal en el humano, necesariamente nos referimos al voluntariamente causado. Un cáncer es malo, pero no podemos atribuir racionalmente intención de hacer daño a un conjunto de células blásticas, como no se puede atribuir voluntariedad a morir aplastado por una roca espontáneamente desprendida de una loma. Cuatro son los aspectos del mal ocasionado, valorados objetivamente y al margen de cualquier consideración de rasgos religiosos: por parte del agente, la conciencia del mal hecho y la actitud de arrepentimiento o no por lo causado; por parte del paciente, la entrada en el círculo maligno en forma de venganza o la posibilidad del perdón. Breves consideraciones sobre ello pueden ilustrar tales aspectos.

La conciencia del mal hecho tiene grados. En el odio, vengativo o demasiadas veces aprendido, está ausente la vivencia culpable, porque no es antecedente al acto y si existiese, sería meramente consecuente, quizá contaminada por consideraciones externas al propio agente del mal. Ya está, ahí se acabó el problema. Pero no se puede desdeñar el hecho de que el odio se puede inculcar o aprender y si esto se hace masivamente, el imperio del mal minuciosamente programado y planificado es capaz de cambiar la misma esencia de la humanidad.

Pero habitualmente todos hemos aprendido, no necesariamente en el ámbito religioso, que el mal hecho a los demás salpica nuestra propia vida interior. Lo que en religión se llama remordimiento y fuera de ella mala conciencia puede tener diversos grados según el daño producido, las circunstancias y quien lo sufre. No es lo mismo golpear a alguien para robarle una vez anulado que cebarse con una persona débil, desprotegida ante la naturaleza y la ley, y con ensañamiento. Además, el ambiente ético en el que el agente del mal se ha desarrollado y su capacidad intelectual y empática (el caso de los psicópatas o sociópatas) pueden ser determinantes. Por eso el terreno de la culpa es tan vidrioso en su esencia y difícil de valorar.

Admitamos que la vivencia de culpa por el mal hecho existe, en la medida que sea. Algunas veces se podrá producir un arrepentimiento (insisto en que hablamos en términos estrictamente no religiosos) por el daño hecho a un semejante, es decir, una representación más o menos lejana de uno mismo, y también que eso ha ocurrido en el seno de una sociedad que tiene determinados valores, criterios de convivencia aun mínimos que hay que respetar para no llegar a la pura extinción por agresiones recíprocas. Y aquí sí que existen dos diferencias sustanciales en la valoración de la culpa. Por una parte está la conciencia del mal en sí mismo, pero por otra la percepción del posible daño que sobre el individuo agente puede generar el mal hecho. En el primer caso hablaremos de arrepentimiento, del hecho o de su intensidad, y en el segundo de temor a las consecuencias, en cuyo caso nunca se pide perdón —y hay muy diversos modos de hacerlo, aun sin palabras— sino meramente amnistía. Revisar la formación ética y los condicionantes sociales en que se ha desarrollado la persona que ha hecho el mal serán determinantes para valorar el grado de culpabilidad percibida. ¿Es posible algún sentimiento de culpa en quien ha sido educado desde la infancia en la convicción de que un tipo de personas o una determinada raza tiene como destino natural la extinción, por dañina o por ser antítesis de valores consagrados como superiores e inmutables? Y pensar en este caso en racismos, nazismos o cosas semejantes es puro reduccionismo: la historia nos muestra que la panoplia es desgraciadamente mucho más amplia, mucho más antihumana.

En lo que se refiere a quien sufre el mal, una reacción elemental es la legítima defensa, proporcional al daño ejercido y tendente a neutralizarlo en el momento o en un futuro si hay datos que lo hacen previsiblemente reiterable; basta con que las leyes amparen al agredido (en lugar del agresor, como se ve en muchas ocasiones y en diferentes lugares) y que existan los medios y la posibilidad de hacerlo. Y queda otra posibilidad de hacer las cosas, que es la venganza. Es una táctica muy empleada y que se rastrea, en general, con singular claridad en los núcleos pequeños de población, donde la estructura social es relativamente sencilla de conocer y seguir en el tiempo. La venganza tiene dos serios problemas. El primero de ellos es que el agraviado elige el cómo y cuándo de su ejercicio y eso generalmente supone una ventaja que hace que en la mayoría de los casos se transforme en otra forma de agresión, una multiplicación de las formas de hacer el mal; además da al agraviado la cualidad de juez y casi siempre de agente de justicia, lo que rara vez se hace de modo ecuánime. Y queda un segundo aspecto que agrava la penosidad del mal recibido, que es la posible evolución de la percepción del daño sufrido hacia el odio. La diferencia básica entre el rencor y el odio es que en el segundo caso la hostilidad del sufridor se retroalimenta ante la imposibilidad de obtener justicia y reparación o ejercer la venganza; y eso ocurre en un lento proceso acumulativo tan cercano a la órbita obsesiva, que genera no solo sufrimiento en el agraviado sino el deseo de extinción del agraviador, deseo de tal fuerza que además pervive incluso tras la desaparición del agresor o el cumplimiento de la pena que la sociedad le haya podido imponer.

Y este proceso circular es tan extraordinariamente perverso que hace que el mal hecho se multiplique de forma a menudo incontrolable según su cuantía, rasgos personales del agraviado y medio social en que se haya producido. La única posibilidad de limitar los efectos del mal sufrido, en caso de que no sea posible la acción de la justicia o el ejercicio de la autodefensa, es la práctica del perdón. Y el perdón humano es perfectamente posible. Supone la condonación de la deuda contraída por el mal hecho, siempre que ello no comprometa el futuro o la integridad del agraviado.

Cuando se habla de perdón, la mente deriva inmediatamente hacia terrenos religiosos y entonces sí que estamos en un buen lío. Porque, por ejemplo, cuando Jesús dice a la adúltera que iban a lapidar las gentes del pueblo «yo tampoco te condeno; vete y no peques más» (Jn 8, 11), se ha producido un hecho exigido antes por el mismo Señor: los que iban a ser verdugos de la mujer se han retirado de la escena «empezando por los más viejos», renunciando a cumplir la condena legalmente prescrita. Algo parecido ocurre con la parábola del deudor perdonado pero que a su vez se negaba a perdonar sus deudas a sus pequeños deudores (Mt 18, 23-35). En los dos casos, la condición para ejercer el perdón es renunciar incluso a ejercer la justa revancha o prescripción legal por parte de los agraviados. Estos pasajes evangélicos son ejemplo del significado del perdón que podríamos llamar civil, sin connotación religiosa alguna: el ejercicio del perdón es fundamentalmente la liberación interior de la atadura del sentido de justicia o reivindicación, sencillamente porque de otro modo un perdón superficial no es más que un huevo incubado por el calor de la venganza, que antes o después eclosionará, dando nacimiento a un monstruo destructivo tanto para la sociedad como, sobre todo, para quien lo incuba, bajo un barniz de pacifismo o renuncia. El perdón es socialmente productivo pero sobre todo personalmente terapéutico: conjura la aparición de la venganza y el odio.

Sin embargo, un perdón que no presupone una actuación previa justa sobre el mal y sus actores no es humanamente posible. No puedo evitar pensar en la miserable actitud de unos cuantos prelados vascongados que, violentando las más elementales reglas del sentido común, exigían como condición para la pacificación la reconciliación entre agresores y agredidos y además vestían el ridículo muñeco con terciopelos carmesíes de martirio y halos de bienaventuranza. Aún queda vivo alguno de ellos al que (en un episodio que aún me regocija, y recompensa en parte de tanta majadería) un indigente arrebató el anillo episcopal en un amago de besar reverentemente su regordeta y consagrada mano, pero el razonamiento es totalmente estúpido: no se sabe de qué modo pueden reconciliarse varios centenares de asesinados que reposan en paz con sus asesinos vivos, del mismo modo que no logro imaginar a los seis millones de gaseados en las cámaras de gas nazis con sus verdugos de las SS. Y esto viene a cuento de que el mal hecho tiene la cualidad perversa de que jamás puede deshacerse; el pequeño gato que bajaba al jardín no puede volver a la vida, el ejecutado de un tiro en la nuca no recuperará la vida por muy grande que sea el arrepentimiento de su asesino (si lo tuviere), el despojado de sus bienes honradamente conseguidos tras una injusta orden confiscatoria política no podrá rehacer nunca su vida; será posible extraer un clavo incrustado en una madera, pero la huella quedará siempre en donde estuvo alojado. El efecto perverso del mal hecho jamás vuelve atrás, sea grande o pequeño. Y la huella dolorosa en la vida de quien ha sufrido un mal siempre permanece, en mayor o menor medida. Y aún más: la conciencia del mal hecho, si es que no está anulada, también permanece en el agente del mal. Y eso no tiene nada que ver con la conciencia religiosa, con el pecado ni con el más allá: está acá, más que acá, es humanísimamente humano. No hay que recurrir a criterios ajenos a la estricta cualidad social visible para huir de hacer el mal. Además es metafísicamente imposible: entre agredido y agresor no puede haber reconciliación sino, en el mejor de los casos, otorgación de perdón, porque solo los antagonistas activos pueden reconciliarse y además el agredido o perjudicado no está presente para actuar en ningún sentido; pura sindéresis.

La confusión (¿o no es tal?) se remonta a viejos tiempos. Nuestro Séneca, romano universal de cultura, cordobés de nacimiento, no se había despegado en pleno siglo I de la integración ética en que lo difusamente religioso penetra la vida cotidiana humanamente agnóstica en las relaciones sociales. En su De vita beata se extiende en consideraciones que a algunos optimistas parecieron paralelas al pensamiento cristiano paulino, cuando la coincidencia fue meramente temporal y romana. Esta especie de sabio profesaba la religión del respeto a las leyes y del prójimo, y cifraba la ortopraxis en el bien y la benevolencia: «Placida in actu cum humanitate multa et conversantium cura». Y cuando habla de la deidad, no se refiere al mismo concepto que pervive en nuestro tiempo: «In regno nati sumus: deo parere libertas est». Más claro, agua. La mera humanidad implica una ortopraxis respaldada por una ortodoxia puramente civil, sin implicaciones escatológicas o religiosas; el deo de Lucio Anneo Séneca parece veinte siglos después también en trance de desaparición, porque progresivamente no somos nacidos en el regnum, sino en la temible laminación de la dignidad humana. Desterrada la concepción de un mundo regido al menos como aspiración por leyes divinas, la entronizada en París diosa Razón, ha sido también derribada de su altar civil, sustituida por el poder, de naturaleza amoral y crecientemente autoritaria. Y además mezclando términos éticos y morales que se quedan en la superficie de la expresión, sin respeto alguno por la realidad de lo propiamente humano.


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra(con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

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