Crónica

Diocleciano y la tetrarquía

Israel Llano Arnaldo dedica una de sus crónicas históricas a la tetrarquía dioclecianea, un período crucial de la historia del Imperio romano.

Diocleciano y la tetrarquía

/por Israel Llano Arnaldo/

Corría el año 945 ad urbe condita —es decir, tras la fundación de Roma, que era la forma en la que los romanos contabilizaban el paso de los años—, el 192 de nuestra era, cuando Cómodo fue asesinado tras una conspiración palaciega por sus extravagancias y excesos. Este magnicidio marcó el final de las grandes dinastías de emperadores que, desde Octavio Augusto en 31 a. C., primer emperador, habían gozado del esplendor del poder de Roma y su gran imperio. Desde ese momento, se agudizará la crisis económica y política, que traerá una decadencia de la que jamás se recuperaría hasta su definitiva caída más de dos siglos después.

La sucesión de emperadores irrelevantes que fueron ahondando en dicha decadencia con su incompetencia, unidos a guerras civiles, invasiones bárbaras, la inflación, la pobreza o el abandono de la red urbana y las ciudades comerciales como modelo sobre el que pivotaba la economía sustituida por una actividad eminentemente agrícola fueron, entre otros, los principales factores negativos que caracterizaron el siglo III en Europa. Instituciones como el antaño poderoso Senado eran irrelevantes y los legionarios habían crecido tanto en poder que era su voluntad la que ponía y quitaba emperadores, casi siempre asesinando a capricho a su emperador cuando éste pretendía hacer cumplir alguna orden que no fuese de su agrado, periodo conocido como la anarquía militar. Tan sólo Aureliano (270-275) había logrado cierta estabilidad, pero a finales de esa centuria, el fin del Imperio era prácticamente una realidad. Poco después, un general de origen ilirio, en la costa balcánica, tomó la púrpura imperial. Se llamaba Diocles, pero pasó a la historia con el nombre de Diocleciano.

Roma sin Roma

Diocles llegó al poder imperial en 285, como ya era costumbre, aupado por sus propias tropas. Había nacido de familia pobre y, tras hacerse soldado, que en ese momento era prácticamente la única forma de escapar de la miseria, había ido escalando hasta llegar a general. Tras ser nombrado emperador, tomó el nombre de Cayo Aurelio Valerio Diocleciano y la enorme tarea de dar estabilidad a un inabarcable imperio que se rompía a pedazos. Instalado en la ciudad de Nicomedia (actual Izmit, Turquía), la convirtió de facto en la capital. Roma no era ya la ciudad predominante de la política imperial —ni siquiera lo eran las provincias de Italia— y el emperador ni se había tomado la molestia de buscar la formalidad del nombramiento de su cargo por parte del Senado, algo impensable en el apogeo del Imperio. De hecho, Diocleciano sólo fue en una ocasión a Roma y tan sólo permanecería un mes en la ciudad: ambos se aborrecían.

Su primera tarea fue intentar salir de la crisis de autoridad en que se encontraba la figura del emperador y para ello comenzó dejando atrás la figura del princeps para introducir la del dominus. Los romanos siempre habían odiado la figura del rey, recordando los episodios nefastos del último monarca de la ciudad, allá por los tiempos inmediatamente posteriores a la fundación de la ciudad, antes de convertirse en una República oligárquica. Octavio Augusto, inteligentemente, jamás dejó que se asociara su figura a la de un rey: tan sólo aceptó que el Senado le otorgase el título de princeps, que significaba el primero de los ciudadanos, y así siguió siendo durante tres siglos. Pero la Roma de Diocleciano nada tenía que ver con la de Octavio Augusto y aquél comenzó a legitimar protocolos propios de las vecinas monarquías orientales, que habían sido introducidos tímidamente por Aureliano. Estas consistían en, por ejemplo, sólo poder acercarse al emperador cuando éste lo requería y siempre haciendo las profundas reverencias (proskynesis) que tan frecuentes habían sido con los faraones egipcios. También se minimizaban las apariciones públicas del emperador y se adoptaban medidas para que su figura inspirase un profundo temor que alcanzase incluso a los legionarios, para que olvidaran sus pulsiones magnicidas. De esta forma, el emperador se convirtió en dominus, es decir, señor.

Tetrarquía: la otra versión del «divide y vencerás»

Diocleciano puso fin así a la costumbre de que un emperador fuese pasado por la espada de sus propias tropas, algo de lo que se beneficiarían los emperadores posteriores. El Imperio comenzó a levantarse —aunque jamás volvería a ser lo que fue, ni de lejos— aupado por una serie de reformas. La primera tuvo como objetivo afrontar la caótica situación económica, ya que durante la anarquía militar la moneda como ley de intercambio había prácticamente desaparecido. Se decretó que la recaudación de impuestos y el pago a funcionarios y ejército se hiciera en especie y además se impidió que artesanos y comerciantes pudieran cambiar de profesión con el objetivo de intentar revitalizar estos sectores que estaban completamente en la ruina. También se intentó una reforma monetaria, procediendo a la revalorización de la moneda, pero la inflación no pudo detenerse a pesar de los intentos de intervencionismo de Diocleciano con su famoso Edictum Maximum, que decretaba precios máximos y salarios mínimos. Pero ni con él ni con ningún otro sucesor el Imperio pudo jamás levantarse de la crisis económica.

A pesar de tan graves dificultades, Diocleciano pronto se dio cuenta de que la tarea de gobernar un inmenso Imperio en galopante crisis económica y hostigado por alamanes, francos o godos por el norte y persas por el Oriente, además de continuos levantamientos en las provincias, era prácticamente imposible para una sola persona y un solo poder central. En 286, sólo un año después de llegar al poder, asoció al título de emperador a su colega militar Maximiano, que tomó el nombre de Marco Aurelio Valerio Maximiano y a quien se le concedió la parte occidental del Imperio, incluida la propia Roma, con el objetivo de ocuparse de las rebeliones campesinas en las Galias o en Britania, así como de las invasiones germanas. En aquel momento, esa parte era la más decadente. Maximiano había tenido una carrera similar a la de Diocleciano, ascendiendo desde soldado raso, pero no era tan inteligente ni decidido como éste, que se reservó la parte más rica, además de asegurarse la supremacía del poder en última instancia, a pesar de que ambos ostentaban el título de Augusto. Por otro lado, la ciudad de Roma había alcanzado tal descrédito que Maximiano se instaló en Mediolanum (hoy, Milán), despreciando de esta manera la que aún era capital nominal.

Pero Diocleciano pensó que dos augustos no eran suficientes para enfrentarse a la gran cantidad de problemas que seguían sucediéndose y decidió conceder la potestad imperial a dos nuevos gobernantes, que quedarían subordinados a los augustos, con el título de césares. Diocleciano y Maximiano adoptarían cada uno a un hombre joven y decidido que les ayudara en las tareas de gobierno, a la vez que los casaban con sus hijas para hacer más fuerte la unión y que les sucederían cuando estos murieran.

Por un lado, Diocleciano eligió como césar a Galerio, destacado militar, al que se le concedió el gobierno de las asoladas por los bárbaros provincias situadas al sur del Danubio, mientras que el augusto se reservaba las más tranquilas y ricas provincias de Asia y Egipto. Por otro lado, Maximiano se decantó por Flavio Valerio Constantino, conocido como Constancio Cloro, mote que derivaba de su palidez. Le fueron otorgadas las levantiscas Galia y Britania además de Hispania, mientras que Maximiano se quedaba con las provincias de la Península Itálica y de África. Se formaba así la denominada tetrarquía.

La división fue un éxito, las rebeliones internas fueron sofocadas y las invasiones extranjeras detenidas por lo que por primera vez en mucho tiempo se alcanzó cierta estabilidad y las fronteras se mantuvieron intactas.

Según la nueva ordenación territorial, el Imperio quedaba ahora dividido en cuatro prefecturas gobernadas por cada uno de los cuatro coemperadores, aunque Diocleciano siempre tuvo ascendencia sobre los otros tres, que acudían a él en caso de necesidad. A su vez, las prefecturas se fraccionaban en diócesis —palabra que significa «gobierno de la casa»— que tenían al frente un vicario, y estas en pequeñas provincias que superaban el centenar, de manera que un administrador podía ejercer el control en estas de forma eficaz. Diocleciano, en última instancia, estaba en la cúspide del entramado, que estaba respaldado por un férreo y novedoso sistema de control burocrático que impedía la corrupción sistemática.

La reforma militar siguió los pasos de la territorial y cada provincia poseía una guarnición bajo mando de un dux (líder), mientras que los generales recibían el nombre de comes (que significa compañero, en este caso del emperador). Los términos duque y conde se heredarían en periodo medieval y aún llegan a nuestros días, procedentes de esta reforma de Diocleciano que sería un antecedente territorial que aún hoy observamos en muchos aspectos de nuestra moderna configuración del territorio europeo.

Por otro lado, Diocleciano siempre ha tenido muy mala fama debido a que fue el último emperador que ordenó una gran persecución contra el cristianismo, que ya se estimaba en un diez por cierto de la población del Imperio. En medio de la descomposición del Estado, Diocleciano y los tetrarcas buscaron la unidad religiosa manteniendo el culto a los tradicionales dioses romanos y promulgaron leyes que impedían el de dos religiones: el propio cristianismo y el maniqueísmo, a pesar de que tanto la madre como la esposa del propio Diocleciano eran cristianas. El problema tenía su origen en que las creencias de los cristianos se enfrentaban a tres facciones romanas tradicionales muy importantes: la intelectualidad, la clase militar (por el pacifismo cristiano) y los administradores religiosos romanos. Las persecuciones consistieron en prohibir culto, vetar a los cristianos de los cargos públicos y encarcelamiento para los que no reconocieran la supremacía de los dioses romanos.

Palacio de Diocleciano, en Split

El fin de Diocleciano y la reunificación del Imperio

En 305, Diocleciano decide abdicar, siendo el primer emperador en hacerlo, obligando a Maximiano a hacer lo propio. Era un momento donde la paz, la estabilidad y las reformas ya estaban implantadas, propicio para que los dos césares accediesen al cargo de augustos. Este sistema de tetrarquía debería haberse establecido como una institución que perdurase en el tiempo y se instaurase como la propia del Imperio.

Se esperaba que Constancio Cloro nombrase césar a su hijo, Constantino, y Galerio hiciera lo mismo con el suyo, Majencio. Pero el sistema establecía que debían ser las aptitudes y el interés personal del augusto lo que permitiera el acceso al rango de césar y no el parentesco. Galerio, que había sucedido a Diocleciano, se creyó también heredero de la preeminencia de este y designó los césares de ambos augustos: Maximino Daia para sí mismo y Severo para Constancio, sin ni siquiera consultar con este último la elección.

Pero Constantino no lo recibió con agrado y tampoco su padre, que poco antes de morir recomendó a sus tropas que nombrasen a Constantino emperador. Éste se atrincheró en Britania. Por otro lado, Majencio tampoco estaba de acuerdo con su exclusión y se hizo proclamar emperador en Roma.

La situación volvía a ser caótica hasta el punto de llegar a tener siete emperadores autoproclamados: la tetrarquía había saltado por los aires. Constantino y Majencio fueron ganando batallas y eliminando rivales hasta que, finalmente, se enfrentaron en la batalla del Puente Milvio, en 312, en la propia Roma, donde venció Constantino. Su hagiografía nos presenta un emperador que vence la vital batalla gracias a que en un sueño se le aparece la cruz con la leyenda «bajo este símbolo, vencerás», hecho representado decenas de veces en el arte a lo largo de los siglos. Después se asoció con el único emperador autoproclamado que quedaba, Licinio, repartiéndose ambos el imperio, hasta que en 326 Constantino también lo vence y logra la reunificación definitiva. Este emperador fue el que hizo del cristianismo la religión oficial del Estado, en un movimiento político crucial, ya que la influencia de los cristianos era ya imparable, aunque él tan sólo se convertiría a esta fe en su lecho de muerte.

Para cuando Constantino se proclamaba emperador único, Diocleciano llevaba varios años muerto. Tras su abdicación, se había retirado a Salona, muy cerca de la pequeña aldea donde había nacido, y en sus inmediaciones hizo construir construyó un gran palacio. Este sería el origen de la ciudad de Split, ya que los supervivientes de las invasiones bárbaras posteriores que habían arrasado Salona, se instalaron en sus restos y a su alrededor fue creciendo hasta llegar a nuestros días.

Y allí, en 313, ya retirado, viejo, enfermo y, dicen, feliz por primera vez en su vida, le alcanzó la muerte. Sus mayores logros habían sido devolver, tras muchas décadas, una cierta estabilidad al Imperio así como morir de viejo y no asesinado, que en ese momento era mucho decir. Su legado fue aprovechado por Constantino, que supo aprovechar con inteligencia las reformas dioclecianeas, por lo que ambos están considerados los últimos grandes emperadores del Imperio romano, cuando Roma ya no era ni la sombra del poder que había llegado a ser y su fin se encontraba ya muy cercano.


Israel Llano Arnaldo (Oviedo, 1979) estudió la diplomatura de relaciones laborales en la Universidad de Oviedo y ha desarrollado su carrera profesional vinculado casi siempre a la logística comercial. Su gran pasión son sin embargo la geografía y la historia, disciplinas de las que está a punto de graduarse por la UNED. En relación con este campo, ha escrito varios estudios y artículos de divulgación histórica para diversas publicaciones digitales. Es autor de un blog titulado Esto no es una chapa, donde intenta hacer llegar de forma amena al gran público los grandes acontecimientos de la historia del hombre.

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