Mirar al retrovisor

Los manuales de historia y la educación nacional

Joan Santacana escribe sobre cómo en todo el mundo los libros de texto de historia van impregnándose de un nacionalismo rancio y excluyente.

Mirar al retrovisor

Los manuales de historia y la educación nacional

/por Joan Santacana Mestre/

Cuando se quiere saber qué es lo que realmente enseña la escuela, unos de los instrumentos más útiles para realizar esta investigación suelen ser los libros de texto. No todo lo que los libros de texto explican se enseña en las escuelas y no todo lo que se quiere enseñar en las escuelas se aprende. Hay que comprender que una cosa es lo que el maestro o maestra quiere decir y otra, muy distinta es lo que dice; además, también es muy distinto lo que los alumnos entienden y lo que aceptan y retienen. Con los libros de texto ocurre exactamente lo mismo. Lo que quisieron decir los autores y lo que se adquiere en las aulas son cosas distintas. Sin embargo, todo el mundo está de acuerdo que el libro de texto manifiesta la voluntad de los que controlan el organismo ministerial encargado de la educación, es decir, el Gobierno. El hecho de que para los adolescentes de hoy el libro de texto no tenga el valor que tuvo antaño no significa que no sea importante para nuestra finalidad.

Teniendo presente esta premisa, cuando se analizan detenidamente estos manuales o libros de texto de las ciencias sociales y en concreto de la historia se observa un creciente peso de los mitos nacionales de cada Estado o de cada región autónoma. El doctor Antonio Brusa, que fue docente en la Universidad de Bari y es uno de los grandes especialistas en didáctica de la historia, nos comentaba que esta tendencia se ha impuesto especialmente en la mayoría de los países del Este de Europa. Naciones que adquirieron su independencia en fechas relativamente recientes, como consecuencia de la disolución del bloque soviético, han construido unas narraciones históricas que poco tienen que ver con la realidad de su pasado. Historia mítica, inventada conscientemente por historiadores al servicio de sus respectivos gobiernos, es lo que hallamos con más frecuencia en los textos escolares. Y este fenómeno afecta también a muchos países de Europa Occidental.

Cuando desplazamos nuestra lupa hacia la mayoría de los países de la América Latina, también sus libros de texto suelen reflejar la voluntad inequívoca de enaltecer las «glorias nacionales», fomentar el amor patrio y estimular el nacionalismo más rancio. No se trata, por lo tanto, de un fenómeno aislado, de España o de las comunidades históricas de España, tales como Euskadi, Cataluña, Galicia o la Comunidad Valenciana. Se trata de un proceso que tiende a global. El doctor Rafael Valls, catedrático emérito de la Universidad de Valencia, uno de los grandes expertos europeos en libros de texto, nos manifiesta también esta tendencia. En muchos de estos libros aparece incluso mencionada la palabra raza aplicada a los conciudadanos, como si de una estirpe privilegiada se trataran.

La batalla de muchos didactas y educadores de transformar la historia en una herramienta eficaz de análisis de la realidad parece hoy una batalla perdida. En España, Rafael Altamira lo escribió ya a finales del siglo XIX y sus trabajos permanecieron olvidados hasta hace pocos años. Hoy, la historia no se enseña para educar en el pensamiento critico; ya no se trata de enseñar una historia que permita reconocer el valor de la diversidad y que se fundamente en fuentes indiscutibles. Enseñar a pensar históricamente no es el objetivo de la educación histórica hoy en muchas escuelas.

Parece como si muchos dirigentes políticos, profesores y maestros participaran de la idea del autor del texto siguiente:

Con escasas modificaciones, podrá el Estado incorporar a su sistema educacional el plan de la instrucción científica vigente que constituye en realidad el principio y el fin de toda labor educativa del Estado actual. Ante todo, el cerebro juvenil no debe, por lo general, ser sobrecargado de conocimientos que, en una proporción de un 95 por 100, no son aprovechados por él y son, por consiguiente, olvidados.

Tómese, por ejemplo, el tipo normal del empleado público de 35 a 40 años de edad que haya cursado en un Instituto de Enseñanza Media o en otro establecimiento de humanidades; si se examinan los conocimientos que penosamente adquirió en la escuela, se verá ¡cuán poco quedó de todo aquello! […] Es justamente en la enseñanza de la historia en la que se debe proceder a una simplificación de los programas. La utilidad de este estudio consiste en precisar las grandes líneas de la evolución humana, ya que no se aprende historia con la sola finalidad de enterarse de lo que fue, sino para encontrar en ella una fuente de enseñanza necesaria al porvenir y a la conservación de la propia nacionalidad (…). También la ciencia tiene que servir al Estado nacional como un medio hacia el fomento del orgullo patrio. Se debe enseñar desde este punto de vista no sólo la historia universal, sino toda la historia de la cultura humana. Pero, no bastará que un inventor aparezca grande únicamente como inventor, sino que debe aparecer todavía más grande como hijo de su nación. La admiración que inspira todo hecho magno debe transformarse en el orgullo de saber que el promotor del mismo fue un compatriota. Del innumerable conjunto de los grandes hombres que llenan la historia de este país, se impone seleccionar los más eminentes para inculcarlos en la mente de la juventud, de tal modo que esos nombres se conviertan en columnas inconmovibles del sentimiento nacional. Para que este sentimiento nacional sea legítimo desde un comienzo y no consiste en una mera apariencia, justo es que en los cerebros plasmables de la juventud se cimente un férreo principio: Quién ama a su patria prueba ese amor sólo mediante el sacrificio que por ella está dispuesto a hacer. Un patriotismo que no aspira sino al beneficio personal, no es patriotismo. Tampoco es nacionalismo, el nacionalismo que abarca sólo determinadas clases sociales. Los hurras nada prueban y no le dan derecho a llamarse patriota a quien así exclama, si no está imbuido de la noble solicitud de velar por la conservación de su raza. […] Pero este noble orgullo puede sentirlo únicamente aquél que es consciente de la grandeza de su pueblo.

El autor del texto anterior es Adolf Hitler. Seguramente estaría encantado de ver que sus ideas se vayan imponiendo casi un siglo después de su muerte. Sin embargo, con esta semilla, ya saben ustedes lo que ocurrió.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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