Narrativa

Moby Dick

Alberto Wagner Moll hace un análisis de la gran novela de Herman Melville.

Moby Dick

/por Alberto Wagner Moll/

En 1854 Herman Melville publicaba la que sería su opera magna, Moby Dick. En apariencia, este libro narraba las aventuras del capitán Ahab a la búsqueda de la ballena blanca que da nombre a la obra, la cual es singular por su tamaño y su comportamiento hostil contra los balleneros. Sin embargo, bajo este recubrimiento sencillo, encontramos una investigación sesuda acerca del hacer ballenero y, tras este, unas complejas reflexiones sobre la condición humana. Podríamos afirmar, con las evidentes reticencias, que Moby Dick es la primera obra netamente capitalista o, mejor dicho, que nace y se construye en un mundo ya instaurado en este modelo económico. No es baladí que la narración ocurra en un barco ballenero, que es un modelo a escala microscópica de la sociedad occidental de su época. El trabajo une a los hombres: su condición material depende de la venta de mercancías, y también su destino espiritual. El padre Mapple enseña el camino de la salvación: cazad ballenas, volved y repartid su aceite por el globo. Así, las leyes que gobiernan la pesca rigen también al ser humano:

¿No es un proverbio en boca de todos que la posesión es la mita del derecho: esto es, sin tener en cuenta cómo se ha llegado de la cosa? ¿Qué son los músculos y las almas de los siervos rusos y de los esclavos republicanos sino Peces Sujetos, cuya posesión es la totalidad del derecho? […] ¿Qué era América en 1492 sino un Pez Suelto, en que Coló clavó el estandarte español poniéndole el arpón de marcado para sus reales señor y señora? […] ¿Qué son todas las ideas y opiniones de los hombres sino Peces Sueltos? […] ¿Y qué eres tú, lector, sino un Pez Suelto y también un Pez Sujeto? (pp. 549-550).

Sin embargo, aunque el mundo sea eminentemente capitalista, el pasado continúa fecundamente sosteniendo los problemas universales de los hombres: el amor, la amistad, las fuerzas sobrehumanas que encogen y dominan el corazón… El mundo, para Melville, aunque las personas se asocien de un modo capitalista, sigue moviéndose bajo las mismas pautas que ya trazaron los trágicos griegos. Y la fuerza rectora principal de este mundo es el Destino, la Moira, una tejedora que realiza su labor indistintamente de las emociones y los desvaríos humanos. El Destino se manifiesta a los personajes de Moby Dick a través de adivinos como Elías, que describe la fatal conclusión de la aventura del Pequod a Ismael y Quiqueg, o el indio que acompaña a Ahab, el cual afirma que solo podrá morir después de ver pasar su coche fúnebre. El propio Ismael explica su noción del destino, estableciendo un paralelismo con la fabricación de un esterero, afirmando que

Mientras pasaba y repasaba el relleno o trama de merlín entre los largos hilos de la urdimbre, usando mi propia mano como lanzadera, y mientras Quiqueg, puesto de medio lado, de vez en cuando deslizaba su pesado sable de encina entre los hilos, y apartando la mirada ociosamente hacia el agua, descuidado y sin pensar, llevaba a su sitio cada hilo […] parecía que aquello fuera el Telar del Tiempo, y yo mismo fuera la lanzadera tejiendo y tejiendo los Hados. […] Esta urdimbre parecía la Necesidad; y aquí, pensaba yo, con mi propia mano paso mi lanzadera y tejo mi destino entre estos hilos inalterables. Mientras tanto, el indiferente e impulsivo sable de Quiqueg, […] debe ser el Azar: sí, el azar, el libre albedrío, y la necesidad; de ningún modo incompatibles, sino trabajando juntos y entretejidos. La recta trama de la necesidad, que no se ha de desviar de su curso definitivo; pues cada una de sus vibraciones alternantes, en efecto, solo tiende a esto: el libre albedrío, todavía libre para pasar la lanzadera entre los hilos; y el azar, aunque sujeto en su juego a las líneas rectas de la necesidad, y dirigido lateralmente en sus movimientos por la libre voluntad, aun así prescrito por ambos, los va dirigiendo alternativamente, y da a los acontecimientos el último golpe configurador (pp. 322-323).

Las ocasiones son numerosas, y todas ellas nos hacen pensar en la tensión patente que presenta Melville al lector: por un lado, un mundo cada vez mejor dominado, más científico, y que puede ser descrito con la mayor exactitud por nuestro narrador (la pesca de la ballena es extensa y profundamente descrita en la novela), por el otro, fuerzas místicas frente a las que el hombre solo puede doblegarse. A primera vista, podría parecer que la historia y las descripciones de la vida ballenera habitan terrenos polarmente distintos, pero esto sería un grave fallo, un fallo gravísimo, porque implicaría que la novela de Melville carecería de coherencia interna, pudiendo llegar a pensar que la historia de Ismael no es más que una excusa para describir la interesante (para quien le interese) vida de los balleneros. Y, sin embargo, no creo que sea así. El objetivo de Melville, uno de ellos, es, sin duda, mostrar un retrato completo de la vida de estos cazadores de bestias acuáticas. Por ello mismo, el autor no podría quedarse en la mera descripción de las vicisitudes técnicas de la caza y extracción de la valiosa grasa de las ballenas, sino que debe enfocarse, además de en estos hechos, en los sentimientos que palpitan por el alma de los pescadores. Sin la divagación taciturna que envuelve a Ismael cuando esté yace en el palo de cofa, sin la tensión de perseguir a un cetáceo a bordo de una lancha unida a la bestia por lanzas que se tensan vertiginosamente, sin los cantos frente a un mar mudo, no podríamos entender la vida de la tripulación del Pequod, que es la tripulación de todos los barcos balleneros, que es la tripulación de todos los lugares donde los hombres coexistan.

Valiéndonos de un ejemplo particular para exponer este punto, fijémonos en el herrero del barco: en primer lugar, Melville nos describe su habilidad para manipular metales, el lugar en que ejerce esta tarea, y sus rasgos físicos, para, armada su circunstancia, pasar a narrarnos su vida, el motivo por el que golpea el hierro impenitente. Y así con gran parte de la tripulación: Quiqueg, Tasthtego, Stubb, Starbuck… Y sobre todo Ahab.

Entendiendo la simbiosis que subyace a la aparente oposición, podemos entender claramente el papel que juega el Destino en la novela: es la fuerza que se sobrepone al análisis minucioso de las circunstancias, el límite radical del dominio humano. Supera al realismo, y declara firmemente que la descripción objetiva, positivista, de la realidad, es algo que simplemente escapa a la capacidad humana. El realismo, tanto literario como antropológico, es únicamente la afirmación de un límite momentáneo, unos muros que los hombres construyen para sentirse a salvo de los furores divinos. Por ello Melville lleva al extremo las descripciones de la pesca ballenera; es necesario plasmar en su punto paradigmático una cosmovisión para refutarla. ¿Qué sentido tendría si no, que en un mundo perfectamente medido, un lunático se hiciera con el poder del Jeroboam y fuera capaz de predecir la muerte de aquellos que se le opusieran? ¿O de que Steelkit pueda cumplir profecías de venganza por medio de Moby Dick?

La obra de Melville supone, por esto, el salto de la novela moderna a la contemporánea: se recuperan los elementos fantásticos para reafirmar los poderes eternos que subyacen a las ideologías de las épocas: es un autor de la sospecha. Adivinos, hechiceros, ballenas humanas… No son afirmaciones categóricas de algo que existe: no creo que Melville pensara que alguien es capaz de predecir el futuro, o de ordenar a una ballena que ataque a sus enemigos, pero tampoco cree en el dominio cientificista del mundo.

Hay algo más: en Moby Dick hay algo subterráneo; cuando atrancan una ballena al costado del barco porque es de noche y la extracción de la grasa se hace imposible sin luz, y desde los camarotes se oye a los tiburones devorando la carne ya muerta, un ruido atemorizante se escucha desde el interior del pecho de todas las personas. Son los monstruos que nos superan, la ballena blanca a la que nunca podremos vencer, y que será nuestra enemiga en tanto que la intentemos dominar y destruir, como se intentan dominar y destruir los hombres entre sí en el sistema ballenero del planeta Tierra.


Alberto Wagner Moll es estudiante de filosofía en la Universidad Pontificia de Comillas. Publicó el poemario titulado Jaima en la editorial Ars Poética en el año 2018 y fue segundo premiado en el certamen Florencio Segura del mismo año.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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