Poéticas

‘Jaima’, de Alberto Wagner

Abrir el primer poemario de Alberto Wagner es adentrarse en el desierto más inhóspito y alejado, que nos es a la vez cotidiano y familiar. En el desierto los gritos son mudos; en él nos responde el eterno silencio. Una reseña de Miguel Antón.

Alberto Wagner: Jaima

/una reseña de Miguel Antón/

Abrir Jaima es adentrarse en el desierto más inhóspito y alejado, que nos es a la vez cotidiano y familiar. En el desierto los gritos son mudos; en él nos responde el eterno silencio. El calor, la anatomía, el color ocre y la arena infinita son el leitmotiv del primer poemario de Alberto Wagner Moll, una de las últimas apuestas de Ars Poetica, en su colección Ars Nova. El prólogo de Ilia Galán y un preámbulo del propio autor nos dibujan el entorno en el que se funda la obra, demostrando que Wagner también se defiende en prosa. Las citas iniciales de Pavese, Jorge Riechmann, Gerardo Diego y Blas de Otero nos dejan claro cuáles han sido los influjos que han acompañado al autor en este viaje poético. Alberto Wagner también es devoto de autores tan nuestros como Gamoneda y de la lírica alemana a través de Rilke o Hölderlin. Todo esto sin duda se nota en Jaima, un poemario lleno de esa fuerza y esa pasión que solamente da la juventud, pero también de firmeza y sobriedad, de forma que no se incurre en tristes sentimentalismos ni en insípidos ejercicios racionales. Jorge Riechmann también puede intuirse entre los versos de Wagner; y es que ese desierto del que nos habla es la visión de un mundo en ruinas, castigado por la extraña anomalía que es el ser humano.

Si Jesús G. Maestro llevara razón, y la poesía fuera filosofía en verso, entonces Jaima dejaría bien claro cuál es la suya. El ansia de infinitud y la constante búsqueda de sentido, sin embargo, no dejan cabida a mundos trascendentes. De ahí la sed como dolencia incurable en el desierto seco que es la vida. En el poema Oasis de barro podemos ver cómo el agua, la cura, se transforma dolorosamente en una masa espesa en la mano cóncava de un joven tuareg, dejándolo postrado ante el paisaje lacustre y la imagen de un agua cristalina de la que no puede beber. La mano, que tanta importancia tiene en la poesía de Alberto Wagner. Como ya hicieran Hernández («Dos especies de manos se enfrentan en la vida»), Lorca («Yo no quiero más que una mano; una mano herida, si es posible») o Salinas («Hoy son las manos la memoria»), este mallorquín dedica un poema al órgano del tacto por excelencia, tan central en su poesía. Mano comienza así:

Tú, mano, que envuelta en piel y llagas,
recorres los objetos de la vista, que los palpas,
como volutas de luz dispuestas por el telar del universo.

La mano que necesita constatar la apariencia nos conduce indefectiblemente hasta la cueva de Montesinos. Y es que cuando Don Quijote se despierta allí, el sentido que elige para demostrarse real es el tacto: «Con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo mismo el que allí estaba o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora». La lectura de Cervantes y su interpretación materialista es decisiva en esta obra de Alberto Wagner y en ese naciente movimiento que se ha empezado a llamar poesía de la inmanencia, en el que además podríamos situar a otros jóvenes poetas como Pedro Lecanda. La importancia del tacto frente a otros sentidos nos recuerda también que Descartes en sus Meditaciones metafísicas consideraba como el más endeble la vista, de lo que pone el ejemplo de la vara que parece quebrada cuando es introducida en el agua; mientras que el órgano del que primero tendría que prescindir (por su solidez) para no percibir el mundo engañoso del genio maligno sería la mano: «Me consideraré a mí mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, sin sangre, sin sentido alguno […]».

Con todo, debemos señalar que en Jaima encontramos algún poema descarrilado, como añadido para sumar grosor, que destaca por intempestivo. Aunque no son los más, por su culpa notamos cierto desequilibrio si los comparamos con los más sólidos. Este es el caso de Puta, que no habría sido una gran pérdida en caso de haber desaparecido en la última revisión y que, comparado con Roca, Oasis de Barro o Mística, ocupa un puesto lejano en la cola. El notable manejo del ritmo y la capacidad de síntesis de Wagner se deja ver en poemas como Piedras, en el que reluce esa fuerza intensa para la que no hacen falta más que cinco versos:

Las piedras son tiempo contenido.
De la insondable gruta
brotan
             milenios
de dolor líquido.


Selección de poemas

Mística

La indiferencia cae en un rumor desequilibrado
sobre el cemento y las breves hierbas de la esperanza
se endurecen, pintando el suelo y los cadáveres.

Mortecina es la luz, como el tiempo que vara en mi paladar,
y la infinitud del sol es palpable en sus hilos rutinarios.

Intenté escapar del hastío a través de la repetición de cuerpos,
pero la carne solo entiende el estímulo bañado en novedad.

He venido a todos los espacios con el único objetivo
de dejarme caer en el poso de las edades.
Seré el silencio y la contemplación.

Roca

Tu ausencia es una roca,
presente y escarpada, resaltando
en el arcén, repeliendo la luz
con las palmas impenetrables.

Tu nombre sabe a mineral escuálido,
a piedra deforme, nocturno
desprendimiento. Caes sobre la madrugada
con la gravedad de las pérdidas,
y rompes mis dedos
con la violencia del granito.

Tu ausencia es una roca como una
montaña, y una montaña
como una cordillera,
y una cordillera como un cuerpo
de orgasmos geológicos.

Tu ausencia es una roca
que me ato al cuello
cada anochecer.

Planeta

Han aparecido frente a mi puerta
los acuíferos apagados de un planeta en erosión,
tirándome sus faldas consumidas,
tapándome con la tela de su geografía exhausta.

Así, soy la consecuencia del petróleo,
quebrado mundo más de lo plausible,
cayendo como hojas diurnas por el tragaluz de mi garganta.

Me hice tan hombre que llegué a tierra ácida,
a huerto de miserias futuras, a alimento desesperanzado.

Epílogo árido

Rostros que existan en mi condición ingrávida,
entre mis certezas más endebles.
Cuerpos que golpeen al viento y se rompan
en infinitos granos de arena luminosa.

Nos mate el tiempo de vidrio y tu boca beba
del espeso manantial desbordado que se esconde
en lo más recóndito del hígado.

Hacemos desaparecer las ciudades, los
bosques, las playas y todas las formas
posibles de la vida para vernos rodeados de vacío,
para nacer en el desierto que guarda el corazón común de todos los tuareg.

Unas pocas dunas de autoconocimiento.


Jaime
Alberto Wagner Moll
Ars Poética, 2018
124 páginas
12€


Miguel Antón Moreno (Madrid, 1995) es estudiante del doble grado en filosofía e historia, ciencias de la música y tecnología musical en la Universidad Autónoma de Madrid, escritor y músico.

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