Diarios de cuarentena

Avelino Fierro desde su celda (4, 5 y 6)

Nuevas páginas del diario de cuarentena del escritor leonés, que aprovecha el encierro para ver series de televisión y leer a Camus, a Daniel Defoe y los diarios de Samuel Pepys.

Desde mi celda /4, 5 y 6

/por Avelino Fierro/

Lunes, día 16. Toño, mira tú por dónde voy a empezar a ser un diarista como Dios manda: he consignado el día en que te escribo. Sabes bien que dicen los preceptistas que la base de un diario es la fecha. El fijar la escritura a un tiempo y a un espacio es esencial —siguen diciendo— a la forma diarística, hasta el punto de que sin una estructuración temporal, no podemos hablar propiamente de diario. Este último párrafo está en el libro de una profesora de la Universidad de Barcelona, editado en 2015. Yo no estoy incluido entre los autores de los que habla. Quiero pensar que si ella hubiera conocido mi primer volumen de diarios —lo que no es posible porque se editó al año siguiente—, al menos se referiría a mí como ejemplo de lo que no debe hacerse: un diarista que escribe las noches que le viene en gana y de cronología sumamente incierta. Que escribe un diario poco íntimo o en el que la veracidad no está garantizada. Vamos —como dice de Andrés por un párrafo que deja escrito en El gato encerrado sobre las mentiras del escritor—, que lo que hago es desvirtuar el específico alcance moral o cultural de este género literario.

La autora se refiere a continuación a los aspectos en común de diarios y cartas, y saca a relucir las «formidables cartas» de Juan Valera. Esto me ha hecho levantarme e ir a los estantes a buscarlas. ¡No las encuentro, leche! He vuelto a la mesa desde la que te escribo con tres tomitos encuadernados en piel, ediciones similares a las que recuerdo de aquel libro. Son un tomo editado por Afrodisio Aguado, de las obras completas de Unamuno (su Autobiografía y recuerdos personales); otro más de Wenceslao Fernández Flórez (veo que vienen aquí sus «Historias del tranvía») y otro —¡agárrate!— de Giménez Caballero, Genio de España, de Ediciones Jerarquía, 1939, Año de la Victoria, que tiene en su página tres impreso este zurriagazo: «SALUDO A FRANCO: ¡VIVA ESPAÑA!». Y eso no es todo: está impreso en Talleres Gráficos Rex, José Antonio Primo de Rivera, 719, Teléfono 50501, Barcelona. Ya ves, unas cosas llevan a otras, te hacen tirar del hilo de las afinidades o asociaciones tontorronas y es un no parar.

Por eso no sé por qué te molestó tanto que en mi primera carta hiciera referencia (además, al final y en la posdata) a Camus. Sólo comentaba que los periódicos dicen lo que al parecer está leyendo estos días la gente.

En mi descargo te diré que servidor llevaba ya un par de meses pensando en el autor francés. Una amiga fotógrafa quiere hacer un reportaje sobre el escritor (hemos hablado incluso de viajar a Argelia), y yo andaba arrejuntando en mi biblioteca las obras de él y sus amigos y conocidos: René Char, Sartre, Jean Daniel, Malraux… También tendría que buscar en las biografías y obras de todos esos que salen juntos en la famosa foto del Brassaï —aunque en esa imagen faltan varios de los invitados a la fiesta—, retratados en el estudio de Picasso, tras el estreno teatral de la obra del pintor El deseo atrapado por la cola: Camus, Sartre, Reverdy, Simone de Beauvoir, Valentine Hugo —que llevaba un broche que perteneció a la mujer de Victor Hugo—, Zanie de Campan (esposa del editor Aubier), Michel Leiris, el doctor Lacan, Cécile Éluard, la hija de Gala.

Ya ves, Toño, a lo que la mención de un nombre, un autor del que queremos saber un poco más, nos puede llevar. Cerezas que se enganchan unas a otras en un cesto.

Te voy a copiar un párrafo bonito que viene en los Carnets de Camus, en mi edición zarrapastrosa de Losada:

Enero del 36.

De ese jardín, del otro lado de la ventana, no veo más que los muros y esos pocos follajes por donde se desliza la luz. Más arriba, más follajes aún. Más arriba, el cielo. Y de todo ese júbilo del aire que se siente afuera, de toda esa dicha esparcida sobre el mundo, no percibo más que las sombras de los follajes que juegan sobre las cortinas blancas. Cinco rayos de sol también, que derraman pacientemente en la habitación un perfume de hierbas secas. Una brisa, y las sombras se animan sobre la cortina. Que una nube cubra, luego descubra al sol, y he aquí que de la sombra surge el amarillo resplandor de ese florero de mimosas. Basta ese solo resplandor naciente y heme aquí inundado de una dicha confusa que me aturde.

Prisionero de la caverna, heme aquí solo frente a la sombra del mundo. Tarde de enero, pero el frío permanece en el fondo del aire.

«Prisionero de la caverna…» como yo me siento ahora en esta habitación, en esta celda, en esta reclusión forzosa. Ayer domingo a eso de las siete de la tarde, la megafonía en la calle, conminándonos a que permaneciéramos en las casas bajo pena de multa. Esa alocución, esa voz de Gran Hermano, tan administrativamente autoritaria, me dejó consternado. Además, al rato, los cielos se oscurecieron y un viento fuerte comenzó a agitar los árboles del parque.

Mañana quiero contarte más cosas.

Un abrazo.

A.

 

Martes, día 17. Antonio, aquí me tienes, pensando en ti. Eso es lo que tiene el escribir cartas: uno piensa en las personas a quien las dirige; como dicen los teóricos, es la interpersonalidad imaginada, la imaginación del tú por parte del yo que escribe. Uno se las representa, bien de forma muy concreta —en estos casos aparece sobremanera su rostro— o vaporosa y genérica. Ahora no voy muy allá: te imagino durmiendo, no sé si con un pie fuera de la cama. Eso hago yo a veces: siento demasiado calor (¿la andropausia?) y saco un pie para regular la temperatura corporal.

Hoy me he despertado pronto, a las seis de la mañana. Sentí un zumbido y vi cómo varias legiones de virus venían en mi busca para llevarme al Valhalla o a algún otro limbo ignorado. Esto del Valhalla puede deberse a que Mar vio ayer que la serie Vikingos estaba disponible en la tele y yo le insinué que quizá podríamos echarle un vistazo a alguna temporada (se me ocurre ahora que esto de ver producciones cinematográficas por temporadas no habría sido entendido por los lectores de hace bien pocos años; una más de las expresiones que, casi sin darnos cuenta, ha pasado a formar parte de nuestro vocabulario). Ya ves los daños colaterales del encierro: ponerse a perder el tiempo viendo la televisión, cuando resulta que uno estaba orgulloso de haber visto únicamente cosas como Yo Claudio, algunos capítulos de Los Soprano —que nos pasaba grabados Toñín Fortes—, otros de The Wire, en sus cedés originales traídos desde el cineclub por Eduardo, y los cinco o seis capítulos de Treme.

No quiero perder el hilo: el sueño no llegó a ser una pesadilla. El batallón de bichos parecía disciplinado y con órdenes de no hacer sangre; mi persona era algo importante y tenían que transportarme sano y salvo. El Gran Virus me reclamaba a su lado para narrarle cuentos o historias, estando como estaba ya aburrido en su trono, harto de ver tanta calamidad, muerte y destrucción. Ahora, ya despierto, pienso que igual el muy hijoputa se entretendría con estas cartas, pero no tengo su dirección de correo electrónico.

Al levantar la persiana de esta habitación alta desde la que escribo, también otro suceso me sobresaltó. No vi la luz de mi amigo el solitario, que luce siempre en uno de los edificios altos del barrio de Nocedo. Pero al rato, acostumbrada mi vista a la oscuridad, observé una luz más tenue, un pequeño recuadro de esperanza entre la masa negruzca: había madrugado tanto como siempre, pero tenía casi baja la persiana. Me alegré sobremanera y recordé un chiste que ayer le habían mandado a Mar al teléfono: «La aplicación que me cuenta los pasos me acaba de preguntar si me he muerto». Ahora ya veo su recuadro de luz, vigilante él de aquella zona de casas como yo de la mía.

Lo cierto es que no pensaba relatarte estas historias más bien tontas, pero al quinto día de encierro —relativo en mi caso, ya que estoy de guardia y ayer pude disfrutar de un paseo hasta la oficina—, empiezan ya a producirse cambios en el metabolismo y micro infartos cerebrales. Todo esto azuza la melancolía, las aprensiones y flaquezas del espíritu.

Cuenta Daniel Defoe cómo algo así sucedía en el Londres de los años de la peste, cuando los recelos de la gente fueron estimulados por el error de una época durante la cual el pueblo se mostró más adicto a las profecías, conjuros astrológicos, sueños y cuentos de comadres de lo que se había mostrado nunca antes o después.

Contribuían a ello los brujos y bellacos, dice, y las viejas y los hipocondríacos flemáticos del sexo opuesto. Los frentes de las casas y las esquinas de las calles estaban pegoteados con afiches de doctores y anuncios de charlatanes ignorantes que se metían a médicos e invitaban a acudir a ellos. «Píldoras antipeste», «Cordial Soberano contra la corrupción del aire», «La única verdadera agua de peste». Y títulos más espaciosos. Reseña varios, dice que podría ofrecer dos o tres docenas de parecido tenor. «Eminente médico holandés…», «Dama italiana recién llegada de Nápoles…».

Te copio uno que me hace gracia: «Anciana dama que ejerció con gran éxito en la última plaga de esta ciudad, año 1636, da su consejo exclusivamente al sexo femenino. Dirigirse a…».

Acabo. Ayer, de vuelta de la oficina, cerca de las tres de la tarde, acudí a ver a mi Dama. Mar me había encargado la compra de un colirio —tanto serial en la tele no puede ser bueno— y entré en la farmacia. A esas horas suele atender una hija de la farmacéutica. La puerta estaba abierta de par en par. Unas cintas de «Peligro, Obras» rodeaban a distancia el mostrador. La joven apareció desde detrás de unas estanterías laterales. «¿Es urgente?». «No, no, necesito un colirio». «Dame diez minutos. Acaba de entrar un paciente con coronavirus y estoy desinfectando».

Creo que salí dando un salto hacia atrás, como teletransportado. Sin poner los pies en el suelo. Sin embargo, lavé la suela de los zapatos al entrar en casa, a la que llegué sin haber respirado. Y no sé si eso de fregar las suelas es una medida preventiva acertada: si los pisamos, digo yo, que los despachurramos (a los virus). Y eso del ibuprofeno… que no sé si lo dice Boris Johnson. Por cierto, ¿te has fijado en que todos los tontos tienen el pelo un poco de aquella manera: el americano, ese otro catalán huido…? De eso del ibuprofeno, al menos, estoy a salvo por mi delicado estómago que no tolera antiinflamatorios.

Te dejo, sin contarte nada de lo que pensaba. A ver si mañana…

Besos a Puri y al niño. Y tú, sigue con salud.

A.

 

Miércoles, día 18. Antonio, de esta no pasa. Te contaré lo que pretendía ya en la primera carta. El sábado pasado comentaba en casa el artículo de Julio LL. en El País sobre el Decamerón, esas diez personas que, huyendo de la peste, se refugian durante dos semanas en una villa a las afueras de Florencia y cuentan historias sobre el amor, la inteligencia, la fortuna. Estaban presentes mi mujer y mi hija. Las dos, al toque —como se oye ahora en la tribu— dijeron: «A nosotras nos encantaron los Diarios de Samuel Pepys». Yo no he visto este libro citado estos días, y viene muy a cuento.

Estos diarios son una delicia. No hay en ellos pretensiones literarias ni un plan narrativo o temático. Pero las anotaciones de este personaje sobre la vida, emociones, pesares y milagros del Londres de aquellos años, la inclusión de su «inigualable yo», su sinceridad, alegrías y miedos, su comportamiento, convierten estas páginas en una lectura palpitante.

«Fui a tocar la viola a casa de Georges Vines», «he corregido [a su hermano] su discurso en griego», «he leído toda la mañana mi Historia de Roma en español», «Día de la Coronación… provisto de paciencia, permanecí desde las cuatro hasta las once, esperando el paso del Rey», «fui a beber al León Rojo, a King Street», «con mi esposa , cené picadillo de pollo, satisfecho de que mi situación nos permita un plato como éste», «asistimos al teatro del Rey, donde daban Sueño de una Noche de Verano… es la pieza más insípida y ridícula que existe».

Por sus páginas van pasando los personajes de la Corte, los vecinos, feligreses, marineros y comerciantes; noticias sobre descubrimientos científicos y reuniones de ilustrados; sus deslices con las mujeres (que anota en francés: «hice tout ce que je voudrais avec elle») y sus problemas de estreñimiento; el paso de un cometa («no sé si estará gastado o qué, pero aparece sin cola»); la guerra naval contra los holandeses; el estreno de una chaqueta y casaca a juego con cinto y espada de puño plateado…

También deja testimonio del incendio de Londres o la epidemia de peste. En la anotación del 19 de octubre de 1664, más extensa de lo habitual (es despertado por una gran tormenta, narra la muerte de un conocido, le cuentan que la Reina está enferma , que «ha estado tan mal que le han rapado la cabeza y le aplicaron palomas en los pies», va al café Cornhill con Sir W. Batten donde se habla mucho de las agitaciones de los turcos…), ahí, decíamos, aparece la primera mención a la epidemia: «Se dice también que la peste causa estragos en Amsterdam, adonde fue llevada desde Argel por un navío».

Pepys fue un alto cargo del Almirantazgo, presidió la Royal Society y donó una notable biblioteca a la Universidad de Cambridge. Viajó por España entre diciembre de 1683 y febrero de 1684. Ah, hay otro suceso que anota un 2 de septiembre de 1666. El fuego ha devorado esa noche más de trescientas casas y se acerca al puente de Londres. «Las gentes trataban de salvar sus bienes, los arrojaban sobre los muelles o los amontonaban sobre los botes». Añade: «Observé que en uno de cada tres barcos, por lo menos, se distinguía una espineta entre el mobiliario». Vamos, más o menos como ahora: si tuviéramos que evacuar la ciudad hacia Picos de Europa huyendo de esta puta epidemia, una de cada tres familias llevaría el piano en la baca del coche. Sigue Pepys narrando aquella noche, sintiéndose casi quemado por la lluvia de chispas.

He visto algunas referencias a otros autores sobre estos asuntos: Emily St. John Mandel, Dean Koontz, Stephen King (este me suena)…

Te dejo. Me ha llamado T. para darme una mala noticia y meterme la preocupación en el cuerpo: nuestros amigos M. y C. están ingresados. No sé si tiene sentido seguir escribiendo. ¡Putos días de mierda!


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016)Contra tiempo (2017-2018) todos ellos publicados por la editorial Eolas.

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