Mirar al retrovisor

La lección de la plaga

¿Seguiremos escuchando a los estafadores que defienden la medicina privada por encima de la pública? ¿Seguiremos dando apoyos a aquellos que nos desmontan el sistema público de sanidad para prometernos el cielo? ¿Seguiremos propiciando la idea de que invertir en investigación científica es algo superfluo e inútil? Preguntas de Joan Santacana a cuenta del coronavirus.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

Estaba yo estos días analizando a través de las hemerotecas y los libros de historia lo que ocurrió en el mundo —en nuestro mundo— tras la epidemia de gripe española de 1918 cuando me asaltaron algunas preguntas que quisiera transmitirles. He visto que, en estos días, mucho se ha escrito ya sobre aquella infección a cuenta de la actual y yo, obviamente, no quisiera abundar en ello con cosas sabidas y repetidas. Pero sí que es importante darnos cuenta de que, en aquel entonces, las autoridades sanitarias dieron las mismas instrucciones que ahora. Hay bandos y comunicados públicos que, si les cambiamos la fecha y adaptamos su lenguaje al actual, podrían confundirse. Advertían de las mismas cosas que hoy se escuchan en los medios, diciendo que no había tratamientos médicos específicos, y la publicidad en algunos medios periodísticos invitaba a utilizar remedios eficaces que jamás curaron a nadie. Tampoco las cifras de muertos e infectados que se proporcionaron fueron fiables. En mi pueblo, que tenía apenas dos mil habitantes, el numero de fallecidos a los que el cura enterró en los meses de octubre y noviembre fue el doble de los que se contabilizan en años anteriores y posteriores. Sólo comparando los muertos de antes de la crisis sanitaria, durante y después de la epidemia, podemos saber los fallecidos, aunque jamás sabremos los centenares de miles de afectados, ni tan siquiera los que fallecieron de enfermedades coronarias y de otra índole, asociadas a la gripe. Los médicos certificaban la muerte a causa de bronconeumonía, y no siempre consignaban la baja como gripe. Cuando la gripe hubo pasado, hubo rebrotes y se instaló como una enfermedad más, con la que convivieron todos. Hubo entonces voces que clamaron para que se tomaran medidas preventivas para futuras epidemias, pero no sirvió de mucho. Había terminado la primera guerra mundial y la gente quería volver a su vida de antes.

Ahora se repite el cuadro. Incluso, hoy como entonces, hay empresas periodísticas que mienten mediante manipulación grosera con las imágenes de su portada; pero hay una diferencia fundamental: ahora podemos hacer tests diversos para conocer quiénes se han infectado y quienes son más susceptibles a la infección. Sin embargo, esta ventaja que la ciencia moderna nos brinda, al parecer se está ignorando. Las medidas son las mismas que hace un siglo. En este país, ¿nadie sabe que sin tests no avanzamos con pasos firmes? Vivo en Barcelona y tengo entre familiares y amigos a enfermeras, médicos, bomberos y policías. A ninguno de los que conozco se les ha hecho todavía ninguna prueba. Y si no se lo han hecho a ellos, que son el primer frente de lucha, ¿cómo podremos saber la resistencia inmunológica de la población a este virus?

Las preguntas que me acechan ahora son diversas: la primera es si aprenderemos la lección y aprovecharemos para impulsar la economía digital en sectores en los cuales casi no existía. ¿La escuela seguirá siendo igual que antes? ¿El profesorado seguirá confiscando los teléfonos inteligentes a los adolescentes? ¿Los museos seguirán prohibiendo el uso de celulares en sus salas en nombre de no se sabe qué? ¿La Universidad seguirá con su sistema medieval de apuntes? ¿Seguirán siendo los ordenadores los enemigos naturales de los padres con hijos adolescentes? Hace un tiempo, en estas mismas páginas comentábamos lo absurdo de una educación que desprecia los potentes medios que hoy tenemos todos en nuestro bolsillo. En el pequeño aparato de teléfono tenemos la mayor biblioteca del mundo, el mejor y más preciso atlas geográfico, un potente traductor de todos los idiomas, la más impresionante colección de arte jamás vista, etcétera. Y, sin embargo, como en la Edad Media, queremos ponerle puertas al océano y prohibir su uso. ¿Todavía quedan maestros que piensan que hay que prohibir los teléfonos en clase porque distraen a los alumnos? ¿Por qué, en vez de prohibirlos, no enseñan a hacer con estos mismos teléfonos un uso inteligente?

En otro orden de cosas, ¿aprovecharemos esta desconexión del coche contaminante para sustituirlo por sistemas más racionales de movilidad? Y finalmente, ¿seguiremos escuchando a los estafadores que defienden la medicina privada por encima de la pública? ¿Seguiremos dando apoyos a aquellos que nos desmontan el sistema público de sanidad para prometernos el cielo? ¿Seguiremos propiciando la idea de que invertir en investigación científica es algo superfluo e inútil? Éstas y otras cuestiones son las que, dentro de poco tiempo nos dirán si hemos aprendido la lección del coronavirus o si y los dioses nos tendrán que mandar de vez en cuando alguna que otra plaga bíblica para que descubramos los límites de la imbecilidad humana.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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