Arte

Una melancólica reflexión sobre la prosperidad que nos arrolla

Arturo Caballero hace una recensión crítica de 'Ciudad y progreso', una exposición de fotografías de Alejandro S. Garrido en el Museo Patio Herreriano de Valladolid que reflexiona sobre el urbanismo bajo «la asfixiante presión del sistema económico imperante», esto es, el capitalismo.

/ por Arturo Caballero /

Aproveché la reapertura del Patio Herreriano para dar una vuelta por la presentación expositiva de los fondos de la colección que se nos enseñan bajo el título 2120: La colección después del acontecimiento (que rompe —valientemente— la sobriedad cromática que ha sido seña de identidad de la mayoría de las exposiciones) y la muestra de Eva Lootz El reverso de los monumentos y la agonía de las lenguas, a cuya conferencia inaugural, de una delicadeza que por sí misma alcanzaba idéntica categoría a la de sus obras expuestas, tuve la fortuna de asistir justo diez días antes del confinamiento. Sin embargo, la finalidad era detenerme en la propuesta de Alejandro S. Garrido (Madrid, 1986): Ciudad y progreso, que podrá verse hasta el 13 de septiembre en las salas 1 y 2.

Siempre me pareció buena idea integrar en el Patio Herreriano las exposiciones fotográficas que se desarrollaban en la Sala de San Benito y completar de esta forma una propuesta contemporánea que quedaba un poco escasa por la propia dimensión de los fondos del museo. Vaya por delante, también, que no seré yo quien entre a debatir, ni siquiera para salir de pasada en su defensa, la validez artística de la fotografía. Dicho lo cual, eso no implica que no podamos reflexionar sobre éste y cualquier otro medio artístico tanto por sus formas como por la finalidad que subyace en sus propuestas.

Garrido, que vive ahora en Londres, propone imágenes de tres series: Corea (2016-2017); City of London (2019) y The Platform (2019-2020), para realizar una «reflexión en torno a la creación, el crecimiento y la organización de las ciudades desde dos perspectivas diferentes, una de carácter histórico y otra que nace a partir de un análisis detenido de nuestro presente»; un presente condicionado por «la asfixiante presión del sistema económico imperante». Ese sistema se llama capitalismo, amigos. Es posible que haya otro: lo desconocemos. Sí que recordamos —por lo menos algunos— a lo que condujo la alternativa: imágenes semejantes a las propuestas ubicadas, esta vez, en los países del este de Europa.

No es descubrir nada nuevo que con el capitalismo actual «el espacio público se está convirtiendo en una realidad menguante, bajo la amenaza institucionalizada y perenne de los grandes poderes privados y con la connivencia, muchas veces, de los estamentos oficiales» ¿Acaso no ha sido así siempre? ¿Qué ocurrió en el París de Haussmann? Sabemos, algunos lo vivimos, lo que pasó durante el desarrollismo español, de cuyo proceso podrían ser un antecedente los edificios de la serie Corea, que «versa sobre las barriadas construidas en los años cincuenta en los márgenes de un número de ciudades medias españolas como León, Toledo, A Coruña, Palencia, Huesca o Palma de Mallorca», y que estaban vinculadas a los Pactos de Madrid de 1953 y a la guerra de Corea (1950-53).

Las fotografías de Garrido resultan impecables desde el punto de vista técnico. Y hasta emotivas cuando reflexionamos sobre cómo se ha destruido la memoria de unos pueblos a los que se metió con calzador en la modernidad, hasta que hemos visto que ese mundo nuevo no era sino un telón prendido por alfileres que al primer encontronazo se desprende y deja al aire la decrépita tramoya en la que se sustenta. Desde este punto de vista la exposición es emocionante. Y triste. Muy triste. Y más para quienes tenemos memoria de ello.

Otra cosa es cómo la apreciemos desde la perspectiva documental. Y no porque considere que el artista deba actuar como un notario o un periodista de los de antes. Un artista no tiene por qué ser neutral, ni falta que hace. Es más: desde el momento histórico en el que nos encontramos, lo exigible es tomar partido, proponer una versión de las cosas, pero asumiendo responsabilidades, porque, como decía García Alix, «donde hay intención ya hay dolo, ya hay delito». Es verdad que ahí, precisamente, descansa el carácter artístico de muchos registros fotográficos. Aunque el arte pueda servir para documentar, la historia (no quiero renegar de mi formación) exige una metodología que no puede quedarse en lo visual. ¿Realmente somos conscientes de las condiciones de habitabilidad de las viviendas rurales en nuestro país en los años cincuenta? En mi pueblo, cuando me fui, en 1965, no había agua corriente. Reflexionad respecto a todo lo que se deriva de ello. Documentarse también sería indagar sobre si las condiciones de vida de las nuevas barriadas suponían algún tipo de mejora higiénica, social, cultural o no. Cuando vemos las propuestas obreras de los arquitectos funcionalistas de los años veinte y treinta, hoy nos llevamos las manos a la cabeza. Pero es que hemos perdido perspectiva. Me expulsaron una vez de un curso de urbanismo cuando manifesté mi crítica a la defensa a ultranza, por parte del ponente, de la arquitectura vernácula gloria incluida. Como si tan siquiera el suelo radiante pudiese compararse con lo que era la gloria, especialmente en las zonas que esta calentaba.

No solo en el tema: también en la técnica llevamos la penitencia. El fotógrafo (y no sólo Garrido) siempre se ha mostrado más cómodo con la escala de grises (o el blanco y negro, que tampoco es necesario ponernos exquisitos) que con el color. El blanco y negro no deja de ser una estilización de la realidad, a la que despoja del tono, que es un atributo propio del color, además de la saturación y la luminosidad. Reconozco que el color estorba, distrae, y es más sencillo dejar todo reducido a la luminosidad que acerca la representación al dibujo. En definitiva a la esencia. También reconozco el hecho de que el blanco y negro se ha conservado, fotográficamente, mejor que el color. Pero para un documentalista, el color local es imprescindible. Por lo general, y salvo en el paisaje (y no siempre) o en la fotografía de moda, el color no cuenta para los fotógrafos, Ni para los cineastas, que en contadas excepciones (y estoy pensando en Almodóvar, sí, y no precisamente en Kieslowski) apenas lo usan con su infinita gama de posibilidades: psicológica, dramática, vital…

Podría ocurrirnos, como a algunos nos ocurre, que —por ausencia del color, porque cada época posee los suyos— no encontraríamos diferencias sustanciales entre una construcción de los cincuenta, una campaña publicitaria del PP con Juan Vicente Herrera como candidato y las barbaridades que se están cometiendo en Londres con la cada vez más escasa arquitectura decimonónica, que tenía una identidad coherente desde el punto de vista social y poderosa desde el artístico, tanto en la City como en los barrios más allá del río. Tal vez la pervivencia de esas políticas en todo tiempo y lugar es lo que pretende Garrido. Si es así, lo ha logrado con creces.

Cuando criticamos un proyecto constructivo, lo hacemos generalmente por su resultado. La historia, desde la entelequia de la cabaña primitiva a la otra entelequia del Guggenheim, ha ido creando espacios para la vida en toda su amplitud de posibilidades, e incluso para la muerte. Cada época posee su arquitectura realizada sobre las ruinas, naturales o artificiales, de otra arquitectura. París, Viena o Barcelona quedaron bien porque se hicieron con más dinero y por mejores arquitectos. Los barrios de Valladolid, sean en su versión nostálgica del pasado rural (Girón) o los realizados (Rondilla, Pajarillos) en los sesenta deprisa y corriendo para recibir a la población desplazada de los pueblos son, formalmente, una desgracia urbana. Casi un delito. O sin casi. De si se trata, o no, de un dolor debieran dar razón los que viven en ellos y que pertenecen, en no pocos casos, a segundas e incluso terceras generaciones de los habitantes originarios.

Lo que nos aterra, muchas veces, es el proceso inacabado o interrumpido abruptamente. La torre de viviendas en plena nada. Las paredes medianeras al descubierto porque no fue posible continuar con la idea original, o porque cambió sobre la marcha la legislación. Y en el caso de Londres, la prepotencia financiera y tecnológica de lo nuevo. Eso era lo que criticaba el príncipe Carlos en su defensa de la arquitectura autóctona inglesa (asumiendo que eso pudiese existir). También la pretenciosidad derivada, en muchos casos, de la inadecuación de las propuestas constructivas porque siempre hay un entorno que debiéramos respetar y una relación entre el paisaje y el paisanaje que sería deseable tener en cuenta, y que despreció Le Corbusier, por poner un ejemplo. Es verdad, Garrido lo muestra de forma convincente, que la mayoría de esos principios han sido arbitrariamente sacrificados anteponiendo el beneficio. Pero, aunque por esencia conviene siempre sospechar del poder (es la base del sistema democrático, porque en caso contrario seguiríamos bajo el despotismo, y no siempre ilustrado), hay que actuar con precaución: cuando Nerón permitió el incendio de una parte de Roma lo hizo buscando un cambio que él pensaba beneficioso para la población. Cuando en los territorios coloniales del norte de África se hicieron calles a la europea, se pretendía lo mismo. El resultado entonces (lo cuentan los propios historiadores romanos) y ahora (no hace falta nada más que pasear por las ciudades de Marruecos o Túnez) es un desastre. La ignorancia es muy peligrosa.

También hay otros aspectos que generalmente obviamos y sobre los que, de pasada, incidí en una brevísima polémica de Twitter. Realmente es difícil determinar cuánta de la arquitectura que se realiza tiene una voluntad de estilo: no creo que llegue al diez por ciento. ¿Somos conscientes de quiénes hicieron los planos de tanta insensatez? Consideramos que un proyecto de estos «es reflejo claro de las necesidades más o menos perversas del poder». Y es cierto. Pero ¿solo del poder? O, formulado de otra manera: ¿a quién o qué consideramos poder? ¿A las élites económicas y políticas? ¿No se benefician empleados públicos y profesionales de todo tipo del funcionamiento de este mecanismo? ¿En qué medida ocurre? ¿Cuál es su cuota de responsabilidad?

En nuestra época nadie puede presumir de ignorancia. Y siempre está la alternativa del no.

Entre la pretensión lejanamente moderna, la barbaridad constructiva, la customización de propuestas ajenas al entorno geográfico, os propongo tres elegidas de mis paseos por nuestros pueblos y ciudades como provocación y ampliación del debate.


Arturo Caballero Bastardo (Villanueva de los Caballeros, Valladolid, 1955) es profesor, historiador y crítico de arte, facetas que ha compatibilizado con otras actividades relacionadas con la organización escolar. Autor de diversos artículos científicos (Un itinerario místico por el Cosmos, 1988), estudios sobre pueblos palentinos (especialmente Dueñas, 1987 y 1992), sobre la pintura del siglo XIX en esa provincia, organizador de exposiciones (Eugenio Oliva, 1985; Casado del Alisal y los pintores palentinos del siglo XIX, 1986; Asterio Mañanós, 1988; Ecos de un reinado. Isabel la Católica, los Acuña y la villa de Dueñas, 2004), ha publicado manuales escolares para las editoriales Edelvives y Epígono. Por encima de todo, se ha interesado por las más diversas perspectivas del arte contemporáneo: organizador de ciclos y conferenciante (Fundación Díaz Caneja de Palencia, Museo Patio Herreriano de Valladolid), cursos de formación y actualización didáctica para profesores, comisario de exposiciones de jóvenes artistas. Como culminación de toda esta actividad, en 2007 se publica profusamente ilustrado Arte contemporáneo. Castilla y León, manual que se distribuyó a todos los centros educativos de dicha comunidad y que es posible visitar en versión web en el portal educativo de la Junta de Castilla y León. En la actualidad, y en colaboración con la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, coordina un proyecto de la misma Junta: el Bachillerato de Investigación/excelencia en Artes del IES Delicias de Valladolid. Próximamente la editorial Trea publicará Arte y perversión: apuntes para una poética de la sociedad satisfecha en el que realiza un análisis irónico, crítico y apasionado sobre los últimos cuarenta años del arte más actual.

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