Diarios de cuarentena

Pandémica, terrestre, infernal (4)

Cuarta entrega de la antología de poesía de EL CUADERNO, que reúne diferentes formas de mirar al mal, al miedo, al desasosiego y a la incertidumbre generadas por la epidemia de 2020.

EL CUADERNO ha reunido los textos de un grupo de autores que desde sus cárceles de la cuarentena ha descendido a los infiernos de la pandemia para atisbar la tragedia, pero también la luz, de i nostri tramonti. Durante los próximos días se publicarán una selección de poemas que nos interrogan sobre los distintos rostros de la condición humana y sus fatalidades. Las tres primeras compilaciones recogían textos de José Luis García Martín, Fernando Menéndez, Antonio Manilla, José Luis Gómez Toré, Rosario Neira, Pelayo Puente Márquez, Emilio Amor, Avelino Fierro, Ángeles Carbajal, Carlos Alcorta, José Luis Zerón Huguet, Candela de las Heras, Lourdes Álvarez, Antonio Rivero Taravillo, Sergio Fernández Salvador, Yasmina Álvarez y Héctor Pérez Iglesias. La nueva y cuarta entrega de Pandémica, terrestre, infernal convoca a Álvaro Valverde, José Luis Argüelles, Ada Soriano, Luis Muñiz, Marta Mori y Fernando Menéndez.

Álvaro VALVERDE (Plasencia, 1959)

Una carta

Para Salvador Retana, que la escribe

Solo, como quien dice a la intemperie, me he encerrado en la casa de Gredos nueve días. Ha sido como aislarme en un confinamiento que está dentro de otro. He visto el aislamiento desde fuera. Una experiencia, bien lo sé, de las que justifican el sentido final de toda vida. Fue duro soportar esa clausura que elegí libremente. En medio de tormentas de esas que en la sierra parecen presagiar el fin del mundo. Cayeron granizadas y agua a mares y un viento impetuoso que ululaba con un sonido propiamente humano. Padecí noches sin luz y tampoco tenía cobertura para comunicarme con los míos. Comí poco por alargar mi estancia.

Cuando escampaba, atendía a los quehaceres pendientes. He dejado plantada la huerta. Realicé otras labores de urgencia. Hay hierba en todas partes, también en el tejado.

He leído y pintado a diario. Un sólo tema: la montaña que tengo justo enfrente del estudio. Ella, mi Sainte-Victoire; yo, su Cézanne. Como un pequeño Fuji en Gredos. Un libro de acuarelas, como un mantra, como una larga serie de secuencias —fijas, meditativas— en las que veo aparecer y desaparecer el monte entre la niebla. Matices interiores, personales, de mi estado de ánimo.

Conmigo, eso sí, mis dos mastines. Otra experiencia. Llevaban ya solos una quincena y con poca comida. Cada día, a mi modo, conversaba con ellos. Recordaba el diálogo de Cipión y Berganza. La humildad, que es la madre de todas las virtudes. Y nosotros, los hombres, nuestra altiva soberbia. Cuando hay tormenta, los animales tienen miedo. No se separan de casa y de mí. Al final de esos días, para ellos felices, se quedaron muy tristes.

Ya de vuelta, estoy impresionado por esta situación en que vivimos. Mirarnos a distancia, ver el mundo, la turbia realidad de cada uno. Por momentos, yo también he sentido tristeza. Lo que tú no percibes cuando estás dentro de ella. Allí, en esa soledad y ese silencio que no rompen siquiera la presencia y el canto de los pájaros. No sabía cómo volver. Vivir con uno mismo es complicado, igual o más que hacerlo con los otros. Nos conocemos poco y mal. Se acumula en la vida de cualquiera demasiado tiempo muerto. Se ve que andamos por el mal camino. Nos hemos olvidado del origen. De las cosas menudas. De la naturaleza. He meditado mucho en ello. En el fondo, hemos perdido el norte. El ritmo, la armonía, la serenidad.

Carta 2, de Salvador Retana

José Luis ARGÜELLES (Mieres del Camín, 1960)

Días de 2020

1.

                                               (Poética)

¿De qué sirve un poema
si no habla de lo que nos une?

¿Para qué la reunión de las palabras,
                 esa música,
si no es consuelo frente al daño y las heridas?

Contra la muerte,
                              sus heraldos turbios,
tantas devastaciones cotidianas,
escribir los pronombres del afecto.

¿De qué sirve la voz
si no es para afirmar la vida?

2.

                                               (Un gesto)

Son días de extrañeza.
Algo se ha roto para siempre
en nuestras manos,
porcelana de un tiempo herido
en las pantallas y los hospitales.

Más frágiles que nunca,
sostenemos fragmentos del nosotros
con las lúcidas lágrimas
del niño.
                El dolor es siempre así:
sombrío abecedario de las horas.

Pero amamos, también,
la claridad de algunos gestos,
la búsqueda del hilo
                                  de la razón en marcha,
como la primavera ahora recompone
el dañado jardín de los últimos fríos,
sus árboles,
                    el canto
que tan sólo los pájaros conocen.

Un gesto basta a veces
para ceñir de nuevo la esperanza.

3.

                                               (El aprendizaje)

En los días mellados,
se aviva el sentimiento
de cada hora. Una nítida
verdad frente a su miedo.

Aprendo, así, de ti.
Y regresa, en silencio,
el claro amor sin dudas
que no corrompe el tiempo.

En los días del daño
indescifrable, ciertos
junto al dolor del mundo,
buscándonos de nuevo.

Afecto, de Patrick Allan-Fraser (1890)

Ada SORIANO (Orihuela, 1963)

Convalecencia

A Rosa Navarro y Alfonso Marco

Nadie me llama.
Nadie me abraza.
Por eso me nombro
con ojos y labios,
mi alma en el espejo.
Por eso me llamo en voz baja,
y me abrazo
y beso en silencio
mi muñeca izquierda,
mi mano izquierda,
el anillo
de mi dedo meñique.
Y a la tercera parca le digo:
cuando haya de ser,
¿cortarás bien el hilo?
Cuando haya de ser,
¿pronunciarás mi nombre?
A la tercera parca le digo:
desde mi terraza,
una siembra de estrellas
prolonga la quietud
que nadie ama.

Interior en Arnao, de Federico Granell (2015)

Luis MUÑIZ (Caborana-Ayer, 1964)

Año cero próspero

No había dirección;
ni que tomar ni, menos aún, que nos fuera apuntada:
los hechos determinaban nuestra actitud
pero en una forma que éramos incapaces de predecir
(pese al runrún del único estímulo);
y salvo que ese día llegara a su fin sin nuevas bajas
no había razones para creer que se hubiera recorrido
un nuevo trecho del camino.
      (Pues las cosas
—y esto era lo que más aniquilaba nuestro ánimo—
se negaban a reflejar con una alteración de sus íntimas
o más visibles propiedades
el tremendo vuelco experimentado.)

Era como si todo estuviera esperando aún
una señal para ponerse en movimiento;
una, que se quedaba siempre a un paso de insuflar al mundo
el soplo inaugural de una prosperidad mutada.
Así, casi sin darnos cuenta,
percibíamos un entorno que se movía a nuestro alrededor
con gracia sin sentido, como animado por un espíritu vago,
y burlón, que dictara entre bambalinas las ocurrencias
de una mascarada: siempre a punto de proferir
algún improperio, y producir una catástrofe en las proximidades.

Flood dissaster, de Thomas Hart Benton (1951)

Marta MORI (Gijón-Xixón, 1965)

Salida

«Nun la hai fuera del laberintu, nun la hai tampoco dientro» (Xuan Bello)

Busques
la salida del llaberintu,
el nome
precisu y axeitáu del instante.
La vida, pienses,
ta siempre más allá de les palabres,
ye algo
que les palabres traen
y escuenden.
Ye la hora del baille nos balcones.
Dende’l cuartu,
reconoces a quien bailla a la ventana,
déxeste ser
nos otros.
Apenes concebida,
la palabra afuxe
en cata d’un espaciu más anchu.
Dientro,
la música
amatagada
d’una fiesta cercana
a la que güei nun quixisti dir.
La cai ye un banzáu que miramos
dende la oriella,
agua represao que nos llama
y espeya común la soledá.
Dende’l balcón,
cantes
como alguien que nun fuisti
nunca
y nun mientes.
La música
enciende les palabres, tiembla
como un faru na mar.
Nun hai salida fuera del llaberintu,
pienses,
(tampoco nun la hai dientro):
el llaberintu
ye’l cuartu onde te busques
sola
mientres la música,
fuera,
florez sin descansu nel balcón.

Salida

«No la hay fuera del laberinto, no la hay tampoco dentro» (Xuan Bello)

Buscas
la salida del laberinto,
el nombre
preciso y ajustado del instante.
La vida, piensas,
está siempre más allá de las palabras,
es algo
que las palabras traen
y esconden.
Es la hora del baile en los balcones.
Desde el cuarto,
reconoces a quien baila en la ventana,
te dejas ser
en los otros.
Apenas concebida,
la palabra huye
en busca de un espacio más ancho.
Dentro,
la música
ahogada
de una fiesta cercana
a la que hoy no has querido ir.
La calle es un embalse que miramos
desde la orilla,
agua represada que nos llama
y refleja común la soledad.
Desde el balcón,
cantas
como alguien que nunca
has sido
y no mientes.
La música
enciende las palabras, tiembla
como un faro en la mar.
No hay salida fuera del laberinto,
piensas,
(tampoco la hay dentro):
el laberinto
es el cuarto donde te buscas
sola
mientras la música,
afuera,
florece sin descanso en el balcón.

(Traducción de la autora)

El laberinto, de William Kurelek (1953)

Fernando MENÉNDEZ (Oviedo-Uviéu, 1966)

El nombre más recto

Son las seis y ocho de la tarde.
Mi madre se ha puesto a cantar una canción de Luis Mariano.
Luis Mariano era un cantante de opereta que triunfó en los años cincuenta y sesenta.
En Francia fue un ídolo.
Para la España viril y franquista era demasiado.
Terenci Moix recordaba que si en un cine de barrio salía Luis Mariano cantando en el NODO, siempre había alguna voz que gritaba: «¡Cállate, maricón!»
Yo lo escuché desde bien crío.
A mis padres les trae buenos recuerdos.
Algo que la música puede hacer.
Crecí con las canciones del cantante de Irún.
Podría citar otras músicas que escuchaban mis padres.
Músicas, por ejemplo, que forman parte de lo esperado: los Beatles, Adamo, el Dúo Dinámico.
Pero citar esas músicas sería como decir confinamiento en lugar de encierro.
Soy incapaz de superar el estupor.
De madurar el hecho de que las cifras diarias corresponden a personas fallecidas.
Que nadie se inquiete, llegaré a madurarlo.
A destiempo pero lo haré.
Ya es destiempo de casi todo.
Violetas imperiales, México, Dos cruces, C’est magnifique.
Luis Mariano, vuelve a descansar en paz.
Procuraré, de ahora en adelante, llamar a las cosas por su nombre más recto.

Portada de un disco de Luis Mariano

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