Mirar al retrovisor

Los lobos y los corderos: una historia eterna

Un artículo de Joan Santacana sobre la caída de Afganistán que se acuerda del nazismo para constatar que «entre nosotros, siempre hay almas cándidas que creen o dicen creer que los lobos pueden cuidar el rebaño de corderos».

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El 11 de febrero de 1934, el más grande escritor en lengua alemana que había visto el siglo, Thomas Mann, anotaba en su diario que aquel día era el aniversario de su boda, pero recordaba al mismo tiempo que aquel mismo día del año anterior —11 de febrero de 1933— partía de Múnich para pronunciar un ciclo de conferencias sobre Wagner sin tener la más remota idea de lo que le iba a suceder y de que ya jamás volvería a Alemania. Lo que sucedió fue la toma del poder en su país por Hitler, el incendio del Reichstag y la confiscación de sus bienes, obligándolo a un viaje sin retorno.

Así, Thomas Mann, el célebre autor de La montaña mágica, escribía en su diario íntimo el trastorno que representaba «la pérdida de la base habitual de mi existencia», es decir, su casa, su biblioteca, sus recuerdos, sus manuscritos y las cosas que habitualmente lo rodeaban. Un año después de estos trágicos acontecimientos, se consolaba con la idea de que «la recuperación de algunos muebles, de los libros, del gramófono y de la ropa, representó un punto de inflexión» en su vida de exiliado. Aparte de estos objetos, le fueron confiscados todos sus bienes en Alemania. La confiscación de bienes suele ser la respuesta de las tiranías contra sus opositores ideológicos, y el saqueo de los del ilustre escritor fue tan solo un ejemplo de lo que ocurrió en Alemania y en la Europa controlada por los nazis durante el tiempo que pudieron ejercer el poder.

Pero Thomas Mann sabía también que no era esta la única violencia ejercida contra quienes se consideraban enemigos del Reich; él sabía cómo quedaban aquellos que por alguna razón habían podido salir de los primeros campos de concentración en 1934, como, por ejemplo, Carl von Ossietzky (1889-1938). En febrero de 1934 se enteró, conmovido, del

«estado deplorable en que quedan los que salen de los campos de concentración. Mudos, vitrificados, como si tuviesen una callosidad en la córnea de los ojos, incapaces de cualquier tipo de comunicación, disculpándose incesantemente de un modo desvariado. Los que han ido a visitar al pacifista Carl von Ossietzky cuentan que es insensible a cualquier tipo de preguntas, su respuesta consiste en marchar marcando el paso, cuadrarse, saludar y emitir un «¡Sí, señor!». Lo sabe el mundo, pero su embrutecimiento moral y su perplejidad no le permite ningún tipo de indignación. Ante cualquier llamamiento a su conciencia respondería con una fría actitud de rechazo» (Diarios de entreguerras. 1918-1939, Debolsillo, 2020).

El testimonio de Thomas Mann es aleccionador porque nos permite comprender lo que significó para innumerables familias alemanas las confiscaciones de bienes, la incautación de depósitos de dinero, el saqueo de sus obras de arte y el internamiento de sus miembros en campos de concentración. No, Thomas Mann no se engañaba cuando maldecía a los estadistas europeos y a la dócil y crédula prensa sobre lo que estaba ocurriendo en Alemania; nunca creyó en la buena voluntad de los criminales; jamás pensó que los lobos se convirtieran en corderos. Y quienes así lo creyeron lo pagaron muy caro.

Esta historia que les acabo de recordar está sucediendo de nuevo, con distintos protagonistas, pero idéntico argumento. En los lejanos montes del Hindu Kush, en las riberas del Amu Daria y del río Kabul, en las aglomeraciones urbanas de Kabul, Mazār-e Šarīf, Kandahar, Jalalabad, Herat, Gazni… Allí, hombres armados, brutales, a los que se les ha conferido un poder casi omnipotente, abren puertas de casas, registran a sus moradores, confiscan bienes y hacen subir en sus camiones a quienes consideran traidores. Y entre nosotros, siempre hay almas cándidas que creen o dicen creer que los lobos pueden cuidar al rebaño de corderos.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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