Mirar al retrovisor

Patriarcado y matriarcado: certezas y dudas

Un artículo de Joan Santacana sobre algunas informaciones sorprendentes sobre el papel de la mujer en las sociedades prehistóricas que aparecen de cuando en cuando en los medios.

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De vez en cuando aparecen en los medios informaciones sorprendentes sobre el papel de la mujer en las sociedades prehistóricas. En general se suele defender en algunas de estas informaciones que las sociedades patriarcales no eran las únicas que existían y que el papel de la mujer en las sociedades de bandas era mucho más relevante de lo que se suele creer y afirmar.

Puede que sea útil revisar qué es lo que sabemos realmente al respecto. Quizás lo indiscutible es que las llamadas sociedades patriarcales surgieron con fuerza a partir de la emergencia de economías agropecuarias, cosa que ocurrió de forma clara a partir del Neolítico. Cuando la ciencia quiere penetrar en la organización social anterior al Neolítico —grosso modo, hace unos 10.000 años—, en función de en qué latitud de la Tierra ubiquemos el fenómeno, empezamos a ver el panorama muy borroso. Cierto que nos esforzamos en deducir conclusiones de los materiales líticos, restos óseos y algunos garabatos pintados o grabados en abrigos y cuevas. Pero siempre será más fácil reconstruir un hábitat que descubrir las ideas que había detrás. Del Paleolítico podemos tener algunas flautas confeccionadas sobre huesos, pero difícilmente sabremos qué tocaban, ni cómo sonaban, ni con qué finalidad las soplaban. Mucho menos sabremos qué pensaban. Por ello, intentar deducir patrones de comportamiento es interesante siempre que se tenga presente que se trata tan solo de hipótesis siempre revisables.

Algunos colegas investigadores han intentado resolver el problema recurriendo al estudio del funcionamiento de las sociedades cazadoras y recolectoras que han subsistido hasta hace pocas décadas. Sin embargo, no deberíamos perder de vista que estos grupos humanos son residuos marginales de las grandes culturas de cazadores de la prehistoria. Habitan en lugares hoy inhóspitos, como desiertos o pluvisilvas de difícil penetración. Además, estos grupos son también sociedades históricas, que, al igual que nosotros, han evolucionado. Dicho de otra forma: son sociedades en trance de extinción, empujadas por nuestros modelos industriales hacia zonas cada vez más reducidas y en los confines de los continentes. Querer aplicarles modelos transferibles a los cazadores y recolectores de hace miles de años, que habitaban el centro de los continentes y las vegas de los grandes ríos de la zona templada, puede ser muy problemático.

Sin embargo, lo que sí sabemos con cierta seguridad es lo que ocurrió a partir del Neolítico en algunas partes del mundo. Sabemos que estos grupos del primer Neolítico se desarrollaron y se formaron como resultado de violentas luchas tribales, testimoniadas por horribles masacres de campesinos, hombres, mujeres y niños que aparecen de vez en cuando, horriblemente mutilados, en las fosas comunes de Centroeuropa, como las de Thalheim, Koszyce, Schöneck-Kianstädten o Bergheim, entre otras muchas. La idea de pacíficas sociedades de pastores y agricultores conviviendo unos junto a otros, sin competir por los recursos, no es hoy admisible. Por el contrario, sabemos que ciertamente eran sociedades excedentarias y jerarquizadas que utilizaron su poder para atacar a sus vecinos, expansionarse y especializarse. Entre ellos, las armas fueron a menudo anteriores a las herramientas. Podemos conocer cómo se expansionaban, cómo daban lugar a imperios a veces efímeros y otras veces más duraderos.

Cuando analizamos en qué se basaban estos grupos tribales a partir del Neolítico, hay muchas explicaciones posibles, pero una cosa era segura: su poder se basaba en la fuerza bruta y en la violencia; en la capacidad de producir nuevas armas, cada vez más mortíferas. De la piedra al cobre y bronce, para después continuar con el hierro. Como explica el amigo antropólogo Llorenç Prats, la fuerza es el factor clave para la supervivencia de las sociedades neolíticas y se utilizaba en las épocas de las grandes catástrofes climáticas, como sequías persistentes y sobre todo la guerra. No podemos olvidar la guerra, que es la más extrema forma de violencia utilizada por las sociedades humanas, y no solo las del Neolítico. Y la guerra, como los brutales esfuerzos que comportaba a veces el trabajo físico, requería de mucha energía de sangre. Por esta razón, la guerra en la mayoría de estos grupos estaba en manos de los segmentos masculinos de la tribu o del grupo. Fue en estas violentas sociedades neolíticas en donde surgieron caudillajes y jefaturas dotados de poder coercitivo, capaces de drenar excedentes y someter a la gente a tributos y prestaciones personales. Y esto fue el patriarcado, el gobierno de la fuerza bruta. Hoy, las series televisivas nos pueden mostrar a las belicosas amazonas vikingas luchando a brazo partido con o contra los hombres, pero si alguna vez se dieron estas situaciones y surgieron matriarcados, pronto fueron borrados de la faz de la tierra. Y es que, entre estos grupos, la fuerza de los machos era imprescindible para mantener el poder y la capacidad de coerción y control. Tan solo las sociedades industriales y, hoy, la sociedad digital empiezan a librar a la humanidad de la tiranía de la fuerza bruta. Para conducir las grandes máquinas que perforan túneles en el subsuelo de las ciudades, hoy ya no se requiere fuerza física, como tampoco se requiere ser muy musculoso para controlar un caza de combate, ni para gestionar una potente computadora. Es decir, hoy si que estamos en condiciones de eliminar o mediatizar la sociedad patriarcal. Cuando hoy una mujer acepta o se somete a la acción violenta, quizás es porque no siempre es fácil quitarnos de encima un lastre de miles de años de violencia y barbarie. Pero lo de las sociedades matriarcales en el Paleolítico, yo sigo teniendo mis dudas.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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