Creación

Dos mil euros

«Llegué a la plaza central cinco minutos antes de la hora acordada. Allí de pie, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, el cuello encogido y la barbilla escondida en el pecho, miraba a uno y otro lado, tratando de adivinar entre la multitud de expresiones serias y rostros pálidos quién era la persona a la que esperaba». Un relato de Fernando Prado Eirin.

/ un relato de Fernando Prado Eirin /

Llegué a la plaza central cinco minutos antes de la hora acordada. Allí de pie, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, el cuello encogido y la barbilla escondida en el pecho, miraba a uno y otro lado, tratando de adivinar entre la multitud de expresiones serias y rostros pálidos quién era la persona a la que esperaba. Transcurridos quince minutos, cuando ya estaba a punto de irme, una mujer envuelta en un abrigo que casi llegaba al suelo se detuvo delante de mí. Se presentó sin mirarme a los ojos y me sugirió que entráramos en algún lugar a tomarnos algo caliente. Me pareció buena idea, pues el frío hiriente de la ciudad gris comenzaba a alojarse en mi cuerpo. Apenas intercambiamos unas frases hasta que entramos en una cafetería que olía a canela, o eso me pareció. Ella eligió una mesa al lado del ventanal que daba al río. Me quité la chaqueta y la colgué de la silla, ella hizo lo mismo con su abrigo. Nos sentamos y, mientras yo me frotaba las manos con insistencia tratando de recuperar la temperatura, ella hacía un recorrido visual por el espacio, deteniéndose en todas y cada una de las personas que ocupaban las mesas. Enseguida entró en materia y me explicó los principios fundamentales que debía conocer para comenzar una nueva vida en el país. Hizo algunas recomendaciones a tener en cuenta para encontrar trabajo y sugirió que aceptara cualquier cosa, literalmente.

Tras el breve pero conciso monólogo miró a todas partes para asegurarse de que nadie podía escuchar y, apoyando los codos en la mesa, tapándose la boca con una mano disimuladamente y la mirada inquieta de animal acechado, me dijo que conocía a un hombre que me haría un contrato de trabajo para que pudiera conseguir el permiso que me permitiría permanecer legalmente en el país. Por dos mil euros podía comprar mi derecho de entrada al paraíso. El paraíso, parecía decir, estaba a la vuelta de la esquina, pero yo me pregunté si la tierra prometida de la que ella me hablaba merecía el desembolso de ese dinero; me contesté en una milésima de segundo y lo que se generó a continuación fue un impulso que tuve que reprimir para no levantarme indignado y dejar a la mujer sola en la mesa de la cafetería. A partir de ese momento, ella debió notar mi desinterés y desaprobación. Yo improvisé una excusa cualquiera para irme de prisa, ella la aceptó cortésmente y se ofreció a ayudarme si lo necesitaba. Se lo agradecí sinceramente con una sonrisa forzada y me levanté. Me puse la chaqueta y ella se puso el abrigo con cierta dificultad debido a su sobrepeso; fui a la barra, pagué la cuenta y salimos de la cafetería. Nos despedimos bajo el cielo plomizo que empezaba a escupir grandes copos de nieve que caían con parsimonia sobre un gentío indiferente al espectáculo invernal. Caminé a paso ligero a contracorriente, todo el mundo se dirigía al centro, quizás porque era el único lugar de la ciudad en el que había algo que podía identificarse, teniendo cierta imaginación, como efervescencia.

Cuando llegué a la parada de autobuses había oscurecido. Solo, bajo la luz amarilla de una raquítica farola de diseño, me dediqué a mirar el tránsito de los coches y las bicicletas; me llamó la atención el contraste entre las personas que se desplazaban cómodamente dentro de un vehículo automotor y las que lo hacían en bicicleta en posturas rígidas y con el cuerpo encogido sobre el cuadro de metal a temperaturas bajo cero. Esperar se había convertido en algo rutinario y puede que, sin sentido, pues en realidad no sabía exactamente el motivo o motivos por los que me obligaba a hacerlo. Mi vida estaba sometida a la dictadura del tiempo, como todas, sí, y a mis pésimas habilidades administrativas, pues el dinero era escaso y, en consecuencia, debía encontrar una fuente de ingresos lo más pronto posible.

Estaba empezando a tiritar y apareció el autobús número 17. Subí y me senté lejos de las puertas. El conductor conducía con suavidad, evitando frenadas bruscas y volantazos innecesarios. Las luces del alumbrado navideño se reflejaban en el negro asfalto mojado, las calles se iban vaciando a medida que nos alejábamos del centro. Pulsé el botón de parada y el conductor redujo la velocidad hasta detenerse delante de la marquesina; abrió las puertas, busqué su mirada en el retrovisor interior, me despedí de él con un gesto y me bajé.

Eran las 19:23 de una noche de sábado. Mis compañeros de piso se habían ido, dejando un reguero de latas de cerveza vacías sobre la mesa; inmediatamente abrí las ventanas para que se ventilara la estancia y desapareciera el intenso olor a marihuana. Puse agua a hervir, cogí la única taza limpia que quedaba y una bolsita de té verde. Saqué el teléfono del bolsillo del pantalón, pero se había apagado al agotarse la batería; lo dejé cargando en la cocina, cerré las ventanas y me senté en el incómodo y sucio sofá a tomarme el té. Me sentí cansado, más bien exhausto. Ese instante de soledad y silencio tenía un valor incalculable, así que me dispuse a disfrutarlo. Alguien se había olvidado un paquete de cigarrillos y un encendedor amarillo. Me estiré y robé uno, lo encendí automáticamente y aspiré el humo hasta lo más profundo de mis pulmones. Ese impulso irreprimible me sorprendió porque mis episodios de fumador siempre fueron esporádicos y breves. A través de la ventana se veían los copos cayendo, era como estar viendo el ruido blanco en un televisor sin sintonizar. Me fumé el cigarro hasta el filtro, quemándome la punta de los dedos y los labios y entrecerrando los ojos anegados de lágrimas causadas por el humo caliente que ascendía por mi rostro. Dejé la colilla en el cenicero y me quedé sentado de cualquier manera en el sofá de cojines abultados. El ruido de la calle llegaba ligeramente amortiguado por los gruesos cristales de las ventanas; me sentí como si estuviera en un submarino averiado, sumergido en algún lugar del océano y sin poder regresar a la superficie.

Desperté. Una débil franja de luz se colaba por debajo de la puerta de la habitación. Me lo pensé seriamente antes de quitarme el grueso edredón de encima; salté de la cama y me vestí de prisa. Levanté la persiana y casi nada había cambiado. Nevaba. Allá abajo, los coches circulaban despacio, escupiendo un humo blanquecino de los escapes que acababa desapareciendo en el paisaje de tonos grises, azulados y violáceos. Formas humanas envueltas en ropa se movían torpemente, dando pasos inseguros sobre la nieve que crujía bajo sus pies. Ese sonido, el que se producía cuando se pisaba la nieve, me exasperaba. Sentí el sabor de la ceniza en mi boca y fui al baño a lavarme los dientes. Todos dormían en sus habitaciones perfumadas con las exhalaciones del alcohol y la marihuana. Me cepillé delante del espejo salpicado mientras intentaba ordenar mis cabellos revueltos con una mano. Después de enjuagarme, me senté en la taza del wáter; durante la espera, recordé la conversación que había mantenido el día anterior con la pequeña y redonda mujer. Defequé con cierta dificultad; el desprendimiento me provocó una extraña sensación de ligereza. 2000 euros, dije en un susurro que rebotó en las paredes del baño. Volví a la habitación, metí mis pertenencias en la mochila y salí del apartamento.

El número 21 brillaba a lo lejos en medio del tráfico, así que apuré el paso para llegar a tiempo a la parada. Me subí en el autobús lleno de gente vestida con prendas oscuras, zapatos mojados y rostros serios y atribulados. Evitaba las miradas heladas, como de hienas al acecho que saben descubrir en medio de la multitud al animal débil o herido. Me bajé cerca de la ciudad vieja y entré en un café; era un local pequeño en el que hacía un calor agradable y reconfortante y la camarera siempre sonreía; por eso iba allí, porque había calidez y luz. Además, Francesco hacía un café delicioso; lo preparaba siguiendo estrictamente los pasos de su método personal, del que estaba orgulloso, como si se tratara de un ritual, sin prisas, y el resultado era un brebaje milagroso que me provocaba euforia y optimismo. Lo que ocurría en ese local, lo que hacía Francesco y compartía con sus clientes era una revolución silenciosa, un movimiento de resistencia contra la resignación, la sobriedad, la amargura y el abatimiento de aquella sociedad insípida, una masa de individuos que conformaban un lodazal en el que me iba hundiendo lentamente y de la que, ahora lo tenía claro, debía escapar.    

Estuve un buen rato en el pequeño y entrañable local -se me hace extraño decirlo, pero era francamente entrañable pues en él aún había vestigios de humanidad- de luz ambarina y atmósfera cálida. Me tomé el café de un solo trago y engullí la diminuta tableta de chocolate negro 82 por ciento y envoltorio de diseño minimalista. El resto del tiempo lo pasé observando a través de la cristalera el movimiento de la ciudad sombría, cientos de transeúntes que desfilaban delante de mis ojos en un monótono ir y venir, igual que lo hicieron ayer, igual que lo harán mañana. El mismo divagar errante en todas partes, la obstinación del ser humano por querer vencer la insignificancia con acciones cotidianas, rutinas, horarios; la necesidad de llenar el vacío a través de la obtención de cosas, acumulación, consumo, ansiedad. Consulté la hora en el móvil y acto seguido me levanté, me puse la chaqueta, me colgué la mochila de los hombros y me acerqué a la barra para pagar. Guardé las sucias monedas que me devolvió la camarera de sonrisa encendida y salí del café rumbo a la estación de tren caminando a tropezones por la calle empedrada mientras la aguanieve se precipitaba del cielo de plomo.

La vibración del teléfono dentro del bolsillo me hizo regresar de la bruma del sueño inducido por el movimiento del tren que me acunaba. La mujer pequeña y redonda con quien me había encontrado en la plaza central me escribió preguntándome si ya me lo había pensado y si quería que concertara una cita con el hombre que vendía las llaves que me abrirían las puertas del paraíso. Por un momento me sentí tentado a contestarle y explicarle cuál era mi punto de vista, pero finalmente me pareció despreciable cuestionar la manera en que cada uno sobrevivía en un lugar extraño; además, mi respuesta no habría sido agradable, así que opté por el silencio, borré el mensaje y eliminé el contacto de mi teléfono.

Después de mostrar mi documentación a la chica del mostrador de la puerta 37A avancé despacio por el suelo del pasillo flotante que conducía al avión como si lo hiciera por el corredor de la muerte. Dos azafatas sonrientes con un pañuelo anticuado cubriéndoles el cuello me dieron los buenos días. Busqué mi asiento y me dejé caer en él mientras suspiraba. La tripulación intentaba agilizar el embarque sin mucho éxito, pues no contaban con la colaboración de los viajeros que ocupaban sus asientos asignados lenta y ruidosamente. Me sentí cansado, tanto que cualquier cosa me exasperaba con facilidad. Necesitaba llegar a mi casa cuanto antes e intentar unir una vida hecha jirones, retomar la rutina que me ayudaba a mantener cierto orden y, por encima de todas las cosas, lo que más necesitaba era desintoxicarme. La conversación con la mujer volvió a resonar en mi bóveda craneal; cerré los ojos y la oscuridad se llenó de las imágenes que proyectó mi memoria de manera inconexa, sin orden lógico. Algo me golpeó el hombro izquierdo e inmediatamente abandoné el trance; un joven encapuchado de cuya espalda colgaba una mochila enorme me pidió disculpas, la música se escapaba de sus auriculares de diseño conectados a un smartphone de última generación. Me acomodé en el asiento. Unos minutos después finalizó el embarque.

El avión avanzó despacio hasta entrar en la pista de despegue y tras una breve pausa comenzó a acelerar. Desde mi ventanilla veía la terminal, un pesado edificio de hormigón y cristal cuyo diseño encajaba a la perfección en aquella ciudad aplastante. Recordé que una de las pocas veces que viajé con mis padres, cuando el aparato iniciaba la maniobra de despegue, me sugirieron que me despidiera de las personas que estaban en la terraza de la terminal; inocentemente, agité mi pequeña mano. Treinta años después de aquel adiós inútil e invisible a un montón de figuras irreconocibles sentadas bajo toldos blancos me asaltó la idea de la manipulación emocional. Mi cuerpo estaba ahora pegado al asiento; el rugido estruendoso de los motores y la vibración de la aeronave mientras recorría la pista sobre sus diminutas ruedas a toda velocidad estuvo a punto de hacerme colapsar. Perdí la paciencia y para tranquilizarme imaginé que estábamos a punto de emprender un viaje en el tiempo que nos conduciría inmediatamente a nuestro destino; cerca de tres mil kilómetros recorridos en un abrir y cerrar de ojos. Y entonces, el vacío, los oídos tapados, los tragos de saliva, las turbulencias al atravesar la densa capa de nubes que flota eternamente sobre la ciudad.

Una cálida luz entró de pronto por las ventanillas del avión que flotaba ahora sobre un mar gaseoso. El horizonte era de un azul intenso, deslumbrante e infinito. Se apagó la señal y me desabroché el cinturón. Sentí que me deslizaba por el asiento, como si me estuviera desinflando. Comencé a respirar.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela) pero afincado en Barcelona, es escritor, músico e ilustrador. Colabora con la web de ilustración Boreal y ha participado en varios experimentos musicales.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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