Entrevistas

Entrevista a Fernando Parra

«En un momento en que las características tradicionales de la novela se están desdibujando para dar lugar a un género híbrido, yo reivindico la novela de toda la vida, con su narratividad y sus conflictos argumentales», comenta el autor de 'El antropoide' en esta entrevista de José Luis Zerón Huguet.

Fernando Parra: «En un momento en que las características tradicionales de la novela se están desdibujando para dar lugar a un género híbrido, yo reivindico la novela de toda la vida, con su narratividad y sus conflictos argumentales»

/ una entrevista de José Luis Zerón Huguet /

Fernando Parra (Tarragona 1978) es profesor de Lengua y Literatura y escribe desde 2010 una columna semanal de crítica y reflexión en el Diari de Tarragona, titulada «El cura y el barbero». También mantiene un blog con el sanjuaniano rótulo Cesó todo y dejéme. Algunos de sus artículos han sido finalistas de prestigiosos premios de periodismo literario. Su debut como narrador llegó en 2019 con la exitosa novela Persianas (editorial Funambulista), finalista del Premio Azorín. El antropoide es su segunda novela, editada por Candaya con el esmero habitual que caracteriza a la publicaciones de esta editorial. Se trata de un relato hipnótico muy bien estructurado en secciones breves numeradas y con títulos realmente sugerentes e ingeniosos cuyo hilo conductor es el tema de la identidad y los límites del yo y en el que se mezcla la expresión áspera, brutal y pesimista con un lenguaje elevado, exquisito y ágil.

Fernando fusiona con éxito distintos registros como el poético, el coloquial o el culto en una lección de técnica literaria que oscila entre el humor negro y la ironía finísima, la chanza y la reflexión compleja, el horror y la esperanza

El antropoide puede parecer una novela erótica, pero avisados quedan los que crean que van encontrar en esta cruda y bella reflexión sobre el amor, el deseo, el sexo, la culpa y el tedio del hombre occidental contemporáneo algún parecido, siquiera remoto, con éxitos de ventas como Cincuenta sombras de Grey o las narraciones nacidas del premio La sonrisa vertical. La erótica es solo una faceta de esta narración que también podría encasillarse como un thriller, una novela de ideas y un relato de iniciación.

Eduardo, el joven protagonista, es un tipo inmaduro, filólogo y esteta con ínfulas de escritor, hijo de don Gonzalo Zúñiga, dueño de una prestigiosa editorial. Eduardo trabaja para su padre como asesor literario mostrando criterio y agudeza crítica en sus recomendaciones basadas exclusivamente en la calidad literaria; pero su opinión es ninguneada en aras de la rentabilidad económica, y aquí surge el primer conflicto de nuestro personaje, quien se niega a plegarse a las concesiones comerciales de la editorial. Finalmente es despedido del trabajo por un doble asunto erótico, primero con sus prima Merceditas y después con su hermanastra, a la que deja embarazada. Su tío Julián Zúñiga Atienza (que añade una de entre sus dos apellidos para aparentar rango aristocrático), director de El Pliego Volandero, un periódico de provincias en una ciudad costera innominada, lo acoge proporcionándole un insignificante empleo como corrector de pruebas y encargado de la sección de anuncios por palabras. Allí se encuentra Eduardo con una panda de personajes grises y competitivos que lo consideran un privilegiado debido al parentesco con el director, salvo el entrañable Paulino Camacho, con quien trabará una buena amistad.

La obsesión de Eduardo por el sexo, su frustración como profesional y sus fracasos amorosos, así como el exceso de ocio, le empujarán a una vida de crápula en la que entra en juego su propia identidad. De esta manera experimentará una catábasis terrible y tratará se salvarse del hundimiento definitivo a través de la amistad con Paulino y del amor que siente por Cloe, la secretaria de El Pliego Volandero. En la lucha de Eduardo por conservar la dignidad y evitar el proceso de degeneración, asoman sus sueños más elevados y los sórdidos lodazales de su incontenible concupiscencia. Trata de reprimir en todo momento al antropoide que habita en su interior, pero este termina aflorando inevitablemente. Todo esto no está contado en primera persona, como cabría esperar, sino a través de una voz omnisciente que muestra cierta complicidad con el personaje principal y juega cervantinamente con el lector utilizando un estilo culto, que a la vez cuestiona lo culto sin escatimar recursos literarios como parodias, metáforas, greguerías, antífrasis, elipsis y quiebres narrativos. A todo ello hay que sumar el empleo justo de los diálogos —muy afortunados—, la abundancia de descripciones meticulosas y el sorpresivo, catártico y bello final en el que se recurre al tópico del manuscrito hallado. Las páginas finales resolverán de manera admirable la trama compleja de la novela.

Por último, quiero destacar la polifonía cultural de El antropoide. Es admirable la impresionante cultura de Fernando Parra, mostrada sin relamidas exhibiciones, pero sí con una calculada estetización como acertado contrapeso al empleo de un lenguaje vulgar, soez y escatológico, y en no pocas ocasiones, como decía, con ingeniosa capacidad lúdica. En esta novela destacan referentes literarios y filosóficos explícitos (Platón, Dante, Cervantes, Tirso de Molina, Sade, Dostoyevski, Stevenson, Huysmans, Valle-Inclán, Freud, Thomas Mann, Kafka, Francisco Umbral), y otros más difusos (los principales trágicos griegos, El cantar de los cantares, Shakespeare, Poe, Baudelaire, Rimbaud, Maupassant, Nietzsche, Pío Baroja, Gabriel Miró, Hesse, Boris Vian, Virginia Woolf, Cortázar, Cernuda, Ionesco, Philip Roth, Umberto Eco, Maurice Blanchot, Houellebecq). También hay referencias musicales (Liszt, Palito Ortega), cinematográficas (François Truffaut y El hombre que amaba a las mujeres, Paul Verhoeven y Showgirls, Steve MacQueen y Shame y Stanley Kubrick y Eyes wide shut) y pictóricas: no en balde, el autor elige un detalle del cuadro Hilas y las ninfas, del prerrafaelita tardío John Williams Waterhouse, para ilustrar la cubierta del libro.

En definitiva, El antropoide es una novela excelente elaborada con una riqueza verbal apabullante y una intensidad lirica cautivadora. Sin temor a exagerar, considero que es un acontecimiento destacable en el género de la narrativa en lengua española y le auguro un largo recorrido.

Tu segunda novela pone en evidencia con absoluta naturalidad, sin moralismos tonantes, el lado oscuro de la sexualidad, las relaciones sociales no deseadas y la violencia asociada al mercadeo de la carne. Nada que ver con el contenido de Persianas, tu ópera prima.

Sí, es cierto. Si Persianas era una novela nostálgica y evocadora, de un lirismo blanco, tierno e inocente, El antropoide bucea por algunas simas incómodas de nuestra animalidad agazapada. Me interesaba especialmente vincular el tema del sexo con el de la culpabilidad. Eduardo, el protagonista, se siente culpable en todos y cada uno de sus accesos eróticos porque ve reducida su integridad humana a la mera condición de carne y esa denigración trabaja en menoscabo de nuestra supuesta naturaleza trascedente, que queda desdibujada en medio de todo ese aquelarre fisiológico. En realidad es una novela con tintes metafísicos. Respecto al mercadeo de la carne que mencionas, creo que la novela lo trata tangencialmente, aunque sí hay algún capítulo en que se pone de manifiesto cómo el consumo regular de pornografía puede naturalizar en la vida real determinadas conductas del todo deleznables. De todos modos, Eduardo tiene un sentido de la moral muy férreo y sus actos solamente le hacen daño a sí mismo.

Eduardo, el protagonista de El antropoide, pierde su puesto en la editorial de su padre cuando deja embarazada a su hermanastra Julieta. El padre lo aleja de su vida y Eduardo encuentra cobijo como corrector de pruebas y escritor de anuncios clasificados en El Pliego Volandero, el periódico de provincias de su tío. Encuentro resonancias kafkianas en la novela. El protagonista es rechazado por el padre, tal como sucede en el relato La condena, se va transformando en un monstruo, como en La metamorfosis, y monta un escándalo familiar de índole sexual, al igual que el adolescente Karl Rossmann en el relato América, forzado a ir a Nueva York por sus padres porque había dejado embarazada a la criada.

Somos un constructo de nuestras lecturas y es natural que muchas de ellas afloren inconscientemente en lo que escribimos. Es un maravilloso hallazgo de intertextualidad este que acabas de mencionar y muy a propósito para algunos temas de la novela, entre ellos el de la animalidad. Eduardo va perdiendo paulatinamente su carácter humano para convertirse cada vez más en una alegoría del instinto. Toda su conciencia cívica e higiénica del hombre ciudadano y social se va metamorfoseando hasta dar lugar al antropoide que da título al libro. Hay un capítulo titulado «Pececillos de plata» donde Eduardo cree emparentar con ese insecto. Así que sí: si Kafka tenía a su Gregor-cucaracha, yo tengo a mi Eduardo-pececillo de plata. Y es cierta también la relación conflictiva con el padre, a quien Eduardo detesta por haber engañado a su madre.

Eduardo es un hombre refinado y culto. También es un fetichista inmaduro y promiscuo que yace lo mismo con hombres que con mujeres, pero en el fondo es un romántico idealista. De ello da fe su amor quijotesco por Cloe (su dulcinea), la secretaria de El Pliego Volandero. Por ella trata de dominar la parte más oscura de su yo, el antropoide que lo va poseyendo como el Horla de Maupassant, al mismo tiempo que lo aboca al fracaso social e incluso al delito. Aunque Eduardo se resiste y se mueve entre la clarividencia y el delirio, vive en dos planos: el de la presencia y el de la transfiguración: de ahí las referencias a la dualidad del ser en la novela de Stevenson El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde y la presencia continua de una figura literaria que siempre me ha fascinado e inquietado a partes iguales: el doppelgänger, vocablo alemán que se refiere al doble fantasmagórico, al sosias malvado que puede caminar junto a su gemelo o habitar en su interior y que aparece de forma común en la literatura occidental

El tema de la identidad es piedra angular en el libro. Toda la novela es una pugna denodada del personaje por imponerse a su Hyde. En realidad, la novela nos coloca delante de nuestro propio espejo. Hay una dualidad en conflicto que nos constituye. Si hemos anestesiado nuestra parte animal solo se debe a la herencia de siglos y siglos de domesticación, por decirlo con palabras de Francisco Umbral, lo que no significa que esa otra parte oscura no exista y que en algún momento no pueda enseñorearse de nosotros. Eduardo busca en la idealización del amor romántico el antídoto contra sus pulsiones físicas. Por eso, ni yo mismo sé si Eduardo está enamorado de Cloe o si ella es una construcción idealizada sobre la que Eduardo proyecta su salvación y sus maltrechas aspiraciones de trascendencia.

También veo emparentada tu novela con la escritura de Dostoyevski, sobre todo por el sentimiento de culpa que embarga a Eduardo. El protagonista no encuentra asideros en su vertiginosa caída y se deja llevar por las pulsiones sexuales, la degradación y la enfermedad, pero no es un desalmado, y sufre con sus tribulaciones. Encarna el conflicto entre el vicio contra la virtud. Un ejemplo de lo que digo podemos hallarlo en los diálogos que mantiene con su hermana Virginia.

Crimen y castigo es uno de mis libros de cabecera y, por supuesto, ha influido decisivamente en el tratamiento del tema de la culpa en mi novela, como también influyó El inocente, de Mario Lacruz. La caída de Eduardo tiene mucho que ver con su descreimiento del mundo y con su crisis de fe en el ser humano, que lo convierten casi en un misántropo. En ese estado mental de descreimiento de todo, la carne se erige como la gran certeza, insoslayable y palmaria, y a esa verdad se aferra, aunque ello suponga constatar la gran tragedia ontológica que nos limita a pura fisiología, enfermedad y podredumbre.

El sentimiento de culpa tiene que ver también con la educación de Eduardo, fruto del sedimento que ha ido dejando a lo largo de los siglos la moral judeo-cristiana. Es el llamado mal de Portnoy, con el que Philip Roth tituló una de sus novelas: el conflicto entre la educación moral y las pulsiones sexuales. Virginia, su hermana, es en cambio una mujer desinhibida que vive su sexualidad con libertad y sin prejuicios ni ataduras morales. Y por eso es también más feliz.

Creo que Paulino Camacho es uno de los personajes más entrañables de tu novela y al mismo tiempo uno de los más importantes. Como Eduardo, vive al margen de la sociedad y padece la opresión y las burlas en la redacción del periódico. En cierto modo, ambos son perdedores ante los ojos de la sociedad. Sin embargo, conservan la dignidad aun en las situaciones más degradantes y manejan con soltura la ironía y el sarcasmo. Paulino, con la ayuda inestimable de la cuidadora, dedica un trato amoroso a su ancianísimo padre y se muestra abierto y compasivo con su amigo Eduardo. Este, a pesar de su progresivo deterioro emocional, trata de redimirse de su extravío ayudando a Paulino en el cuidado de su padre enfermo y a través de su amor caballeresco por Cloe. Los veo como dos hombres nada convencionales, dos antihéroes heridos que tratan de escapar, cada uno a su manera, de los sórdidos laberintos de la vida cotidiana para fugarse a un mundo tallado a la medida de sus deseos. De manera que a mí no me generan rechazo. No sé si los lectores estarán de acuerdo conmigo.

El afecto de los lectores para con Eduardo suele pasar del rechazo inicial a la empatía conforme se van descubriendo las aristas de su personalidad compleja, sus contradicciones y su enorme desamparo y vulnerabilidad; su humanidad, en definitiva. Y sí, la relación con Paulino, que es un personaje al que le tengo mucho cariño, es importante en el libro porque Eduardo halla también en el cuidado de los demás (en este caso en el cuidado del padre enfermo de Paulino) otra vía de redención. Me encanta la definición que haces de ambos y estoy muy de acuerdo con esa condición de desamparada marginalidad que apuntas. Además, los capítulos donde aparece Paulino son los más tiernos y divertidos del libro, y ese humorismo y ternura sirven a la novela de contrapunto para generar determinados anticlímax estructurales que permitan descansar al lector en el crescendo de la tragedia.

Pese a la insensibilidad, codicia, ramplonería y grisura de la mayoría de los personajes que aparecen en la novela, especialmente los compañeros de trabajo del protagonista (véase como ejemplo máximo la antipática Rosario Peñafría) y el pesimismo que destilan algunos de los capítulos, también hay lugar para el buen humor, la esperanza y la compasión.

Rosario, como muchos otros personajes que desfilan por la novela, representa el arribismo profesional y la medra sin escrúpulos. Eduardo, con todos su defectos, tiene más categoría moral que ella. Hay también una crítica a la hipocresía social, que censura determinados comportamientos y pensamientos pero que luego probablemente los perpetúa en la intimidad. La propia Rosario es una hipócrita de manual. Contra toda esa hipocresía aparece la ironía, el humor y los buenos sentimientos que son parapetos de defensa contra toda esa falsedad.

Admiro tu capacidad para fusionar con éxito una prosa bella, culta, luminosa con otra oscura, bronca e incluso soez. Esto que digo ya se percibe nada más leer el primer capítulo del libro.

El primer capítulo del libro se titula «Ni coribantes frigios ni hostias». Es un título del todo premeditado y una declaración de intenciones ya desde la primera página. En una misma frase convive la referencia culta a los sacerdotes de la diosa Cibeles y el exabrupto, y es trasunto de la dualidad en pugna del propio personaje. El lenguaje es un protagonista más de la novela y también es otro parapeto contra la mediocridad y fealdad circundantes que percibe Eduardo. Hay capítulos en los que se ensucia para intensificar algunos procesos de degradación del protagonista, pero he intentado siempre ser muy elegante y apostar por un uso estetizante del idioma. Ambos, lenguaje y Eduardo, son simbiontes necesarios el uno del otro.

Me llama la atención tu pericia para los pequeños detalles y la precisión descriptiva, cualidades que para nada espesan el discurso narrativo.

El uso del lenguaje ha dividido a los lectores de la novela. Hay a quien le aleja del libro y prefiere un lenguaje más llano, asequible y cómodo, lo cual es del todo legítimo. En cambio, hay muchos otros lectores que disfrutan con el divertimento lingüístico, el paladeo, las contorsiones del lenguaje y las posibilidades expresivas de este. Es algo a lo que no voy a renunciar. Para mí la precisión casi quirúrgica del idioma, la exploración de sus capacidades expresivas y su dimensión estetizante son requisitos irrenunciables. Lo exijo como lector y, claro, lo aplico como escritor. No se trata, eso sí, de la mera autocomplacencia en el lenguaje o la búsqueda del lucimiento personal. El lenguaje, por muy trabajado que esté, si no está al servicio de algo más grande, acaba siendo solamente un ejercicio retórico que puede caer en la pedantería. Se ha hablado del barroquismo de mi libro. Es algo que me sigue sorprendiendo. Para alguien como yo, que ha leído a Caballero Bonald, a Juan Benet, a Alejo Carpentier y a tantos otros, mi novela se me antoja un sucedáneo de eso que la gente llama despectivamente barroquismo.

La novela resulta descarnada y profundamente expresiva, pero en sus páginas destaca igualmente el arte de la alusión y la sugerencia, es decir, el deseo de no contarlo todo. Vas dejando algunos vacíos que el lector avezado ha de llenar con un trabajo de observación e imaginación.

Sí, es una estrategia estructural para mantener abiertos diferentes frentes que al lector le quedan velados transitoriamente para estimular su curiosidad y mantenerlo a la expectativa. Luego, todos esos frentes se van cerrando. Muchos lectores me dicen que han disfrutado aún más en la relectura del libro, una vez que conocían ya la trama y los juegos que les propongo.

También observo una visión desmitificadora del prostíbulo (tan ensalzado en la literatura del siglo XIX y por los vanguardista del siglo XX) y una crítica a la hipocresía de algunas convenciones sociales, como el compromiso matrimonial. Por ejemplo, el caricaturesco redactor jefe de El Pliego Volandero es engañado por su esposa, Claudia, una mujer promiscua que mantiene relaciones sexuales con el abogado Jorge, novio de Cloe.

Sí, he tratado de asociar al prostíbulo un ambiente de sordidez, alejado de la literatura galante. Con esos espacios acentuaba aún más la degradación de mi personaje. Respecto a Claudia y Cruceiro, son un matrimonio desprejuiciado que se erige por encima de la moralina de otros personajes, aunque en el caso de Claudia, reconozco que está rodeada de un halo de cierta perversidad. Es casi el envés de Eduardo pero sin el sentimiento de culpa que lacera a éste.

Considero que El antropoide es una novela en estado puro y evita ese terreno fronterizo que transitan muchos narradores actuales. Sin embargo, la reciedumbre constructiva y la fluidez narrativa no impiden que algunos capítulos puedan leerse como pequeños ensayos, mientras que otros, por su alto voltaje lírico, podrían emparentarse con la prosa poética.

En un momento en que las características tradicionales de la novela se están desdibujando para dar lugar a un género híbrido, yo reivindico la novela de toda la vida, con su narratividad y sus conflictos argumentales. Y esa apuesta no creo que vaya en menoscabo de una aspiración ensayística. A mí Crimen y castigo o La montaña mágica y hasta el mismo Quijote me parecen perfectos ensayos. Si algo tiene la novela es que en ella cabe todo, sin necesidad de renunciar a nada.

En la novela flota una amenaza en forma de enfermedad de transmisión sexual llamada «la innombrable». Se alude a ella en varias ocasiones de manera velada, y solo al asistir al estremecedor desenlace de la novela comprenderemos la importancia de esta amenaza. ¿Tiene que ver esta misteriosa enfermedad con la pandemia que todavía estamos sufriendo?

La novela está ambientada en un futuro no muy lejano en la que ha nacido una nueva enfermedad venérea (no quiero ser agorero). Cuando ideé esta enfermedad, todavía no había llegado la pandemia del coronavirus, de manera que, al corregir las pruebas de imprenta, tuve que actualizar algunos pasajes en los que se enumeraban virus letales del pasado, como el sida, y tuve que incluir también el covid. No estaba, pues, preparado. El covid llegó mucho después de haber terminado yo la novela.

Me sorprende, entre otras audacias de la novela, el capítulo 19 titulado «Tres uves dobles», dedicado con gran pericia a la industria de la pornografía y sus consumidores. Eres capaz de anotar de seguido todas las ofertas temáticas que se ofrecen en la lista de una página web de pornografía. El resultado es una letanía oscura, siniestra, absolutamente perturbadora.

Tuve muchas dudas con ese pasaje porque, como dices, es una lista extensa (unas dos páginas creo recordar) ordenadas alfabéticamente de las temáticas de las páginas pornográficas. Pero decidí mantenerlo en el libro porque, como apuntas, la acumulación de cada uno de los tags, a cada cual más perturbador, acaba convirtiendo el pasaje en una angustiosa constatación de las filias sexuales ocultas de los internautas. Al acabar la lectura de esa enumeración, uno acaba abrumado. Y no deja de ser espeluznante.

El antropoide empieza con una cita de Mortal y rosa de Francisco Umbral y acaba con un poema de Eloy Sánchez Rosillo, dos autores muy distintos, yo diría que contrapuestos. Aunque creo que las dos citas son acertadas, me choca ese contraste tan acentuado, aunque bien visto, ambos autores son maestros de la precisión.

La cita inicial de Umbral tiene el objetivo de justificar el título de la novela. Umbral usa la palabra antropoide para constatar nuestra naturaleza primitiva y su domesticación. La mano que escribe un soneto es la misma mano que se afana en una masturbación, llega a decir. El poema de Rosillo, en cambio, es una coda que habla de la redención. Con ese poema quise perdonar a mi personaje, darle una oportunidad.

Hay resonancias intertextuales literarias, bíblicas y mitológicas, así como numerosas referencias pictóricas y musicales sin incurrir en el pastiche. Como he dicho antes, hay también humor paródico e ironía a raudales para rebajar el ambiente trágico, pero yo destaco igualmente el peso onírico que siente el lector en algunos capítulos, sobre todo cuando Eduardo se mueve en ambientes nocturnos.

Quizás el pasaje más onírico de la novela sea el dedicado a Guadalupe Hincapié, esa vagabunda que recoge conchas en la playa y que Eduardo se topa, ya amaneciendo, tras una de sus correrías nocturnas. Pero sí, también son oníricos, en el sentido pesadillesco, los lances de Eduardo fagocitado por la noche en su bajada a los infiernos. Respecto a las resonancias intertextuales, el libro es también un homenaje velado a mis autores más queridos, así que es normal que alguien avezado como tú haya descubierto sus huellas.

El protagonista de tu novela no es un entusiasta de las nuevas tecnologías, no tiene Internet en casa y ha de usarlo en el trabajo o en locutorios, ¿qué tal te llevas tú con el mundo digital en esta era de tecnooptimismo?

Reconozco la utilidad de las tecnologías si se realiza un uso adecuado. Pero no transijo con su tiranía en el sistema educativo. Lo he dicho en otro sitio: no hay mayor revolución pedagógica que la palabra esenciada.

Por último, cuéntanos cómo es tu proceso de escritura. ¿Escribes con horario o eres un escritor indisciplinado?

Cuando tu principal fuente de ingresos es tu trabajo ordinario, tienes que sacar las horas de donde sea para mantener una regularidad y un contacto con la escritura. No siempre es fácil porque uno acaba cansado de su jornada laboral y cuesta encontrar la lucidez suficiente en medio de la fatiga física y mental. Pero no hay otra. Así que, respondiendo a tu pregunta, rapiño de la jornada lo que puedo. Generalmente, en momentos de gran efervescencia creativa, dedico tres horas cada tarde. Y los fines de semana, trabajo mañana y tarde. Pero no es un horario matemático.


José Luis Zerón Huguet, nacido en Orihuela el 28 de octubre de 1965, fue cofundador y codirector de la revista de creación Empireuma y desarrolla una actividad cultural diversa. Su producción poética editada consta de dos plaquetas (Anúteba, conjunto de poemas suyos y de Ada Soriano [Empireuma, 1987], y Alimentando lluvias [Pliegos de Poesía del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1997]) y los libros Solumbre (Empireuma, Orihuela 1993) , Frondas (Ayuntamiento de Piedrabuena y Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, Ciudad Real, 1999), El vuelo en la jaula (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2004), Ante el umbral (Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, Alicante 2009), Las llamas de los suburbios (Fundación Cultural Miguel Hernández, Orihuela 2010), Sin lugar seguro (Germanía, Alzira, 2013), De exilio y moradas (Polibea, Madrid, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, Oviedo, 2017) y Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018). Ha sido incluido en varias antologías y colabora con ensayos, artículos, cuentos y poemas en numerosas revistas nacionales e internacionales. Ha obtenido varios galardones literarios. El vuelo en la jaula fue seleccionado para el Premio Nacional de la Crítica del año 2004 por los miembros de la Asociación Española de Críticos Literarios y los componentes del jurado. En mayo de 2006 viajó a Rumanía invitado por el Ministerio de Cultura español y el instituto Cervantes de Bucarest, donde participó, como director de la revista Empireuma, en un encuentro de revistas literarias españolas y rumanas en el Centro Cultural de Bucarest y en la Universidad Esteban el Grande de Suceava.

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