El runrún interior

El runrún interior: un dietario (19)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre el apagón de Facebook, la tauromaquia o el bono cultural aprobado por el Gobierno.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior: un dietario (18)

Martes, 5/10/2021. Tomás Sánchez Santiago: «Como un bañista cobarde, me he quedado en todas las orillas de mi vida».

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Me he enterado de que falleció mi profesora de latín del instituto. Rosa. Una mujer sabia y bondadosa de la que me encantaban las clases, que al ser pocos en Humanidades hacíamos en un pequeño seminario muy acogedor, lleno de libros. Qué cosa tan maravillosa son los buenos maestros.

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Cuánto daño hizo en esta izquierda nuestra el discurso del asalto a los cielos. Hoy nos vemos atrapados en un sándwich de insufribles entre los que se empeñan en encontrar el asalto a los cielos donde no lo hay («No hace falta vender cada concesión obtenida, por meritoria que sea, como la toma del Palacio de Invierno. A menos que de lo que se trate sea de infantilizar a tus votantes», comenta Jorge Tamames) y los que berrean que todo que no sea el asalto a los cielos es execrable.

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Leo en un reportaje sobre la plataforma que está armando Yolanda Díaz esto que es para grabar en piedra: «Que algunos se piensen si prefieren perder con su trinchera estrambótica y cada vez más pequeñita o ganar callando de vez en cuando».

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Leo que en El Debate, un nuevo diario ultraconservador —¿no tiene límites este nicho de mercado?— cuyo director es Bieito Rubido y su columnista estrella Alfonso Ussía, lo que ya da una medida de los niveles de caspa que manejamos, se pregunta a los trabajadores si están casados y qué concepto tienen de la familia.

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New York Times sobre el apagón de Facebook: «Facebook ha enviado un equipo a uno de sus data centers de California para intentar reiniciar manualmente sus servidores». Cuenta Benjamin en alguna parte, y lo recuerdo al leer esto, que, en 1927, visitó en Moscú una fábrica modelo que producía bramante y bandas elásticas, pero donde se topó que, a la vera de las máquinas apagadas, las trabajadoras trenzaban las hebras a mano igual que un siglo atrás. Moriche —qué bien escribe este hombre— tuitea esto: «Pese a su aparatosidad, el #InternetShutDown de ayer quedará en mera anécdota. Pero añade una vibración más, por ahora no dramática pero sí estruendosa, a esa suerte de gran mosaico de signos de fragilidad e incertidumbre que compone el constante ruido de fondo de nuestro tiempo».


Miércoles, 6/10/2021. El gran parteaguas de nuestra era va a ser la invasión de Taiwán por China. Se espera, leo, para 2025.

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Escribe Jon Baldwin sobre la aparición de un partido independentista en el norte de Inglaterra. «Puede parecer algo anecdótico», escribe, pero «es el síntoma de una región olvidada y profundamente empobrecida». ¿No recuerda, salvando distancias, el último siglo británico al XIX español? Pérdida del Imperio, decadencia, ensimismamiento, independentismos, espejismos de recuperación (política de prestigio de O’Donnell, Rif…/guerra de las Malvinas)…

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En Francia, entre 1950 y 2020, más de 3000 curas abusaron de 216.000 menores —acaba de admitir la propia Iglesia francesa—. 216.000 menores: se dice pronto. Casi un Gijón entero de menores. Y más de setenta por cura. Existe el Infierno, pero está en este mundo.

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La polémica de la semana concierne a las ayudas al alquiler y el bono cultural aprobados por el Gobierno. ¿Qué opino yo? Lo de los alquileres: trasvasar dinero por igual, y que al Estado no le importe, a un fondo buitre y una viuda venerable que ahorró toda su vida para comprarse un pisito. Lo del bono cultural: trasvasar más dinero a Planeta o una discográfica multinacional que a editoriales independientes o teatros amateur. Y nada de regular el mercado del alquiler y expulsar de él a Alí Babá y los cuarenta ladrones o financiar bibliotecas públicas u orquestas sinfónicas. Economía friedmanita pura y dura: repartito de cheques y que el rico se haga más rico y el pobre no salga de ídem. El dinero público está para corregir la desigualdad. Para robustecer las infraestructuras públicas que garantizan el acceso de todos a la cultura y para subvencionar la calidad desfinanciada de la pequeña empresa cultural, no para cebar las arcas de las grandes compañías, con muchísimo más músculo publicitario para atraer la parte del león de la marea consumista hacia sus productos. Ayudas al ya próspero en lugar de al humilde, por más que su calidad sea igual o superior. Igualdad de oportunidades sobre el papel, perpetuar y hasta ahondar la desigualdad en la práctica.

Moriche está tan furioso como yo con el tema. «La casi totalidad de óperas estrenadas en España en el último medio siglo está sin grabar o descatalogada y vamos a esparcir dinero público aleatoriamente para que Borja, joven heredero de 16 propiedades en alquiler, pague entradas a Taburete y los toros. A la mierda ya, hostias», tuitea.


Jueves, 7/10/2021. Es interesante cómo lo del bono cultural está obligándonos a pararse a pensar en dónde está la linde de eso tan difuso que llamamos La Cultura. ¿Es cultura un casete de chistes de gangosos de Arévalo o el Fortnite (no digo que no lo sean) y no lo son un cocido o las mantas de lana de Val de San Lorenzo? ¿Podemos —bromeo— gastarnos el bono cultural en una pila cuchu (palabra que viene del latín CULTUM) pa les freses y en un casete de chistes en el que salga el de «pruébalas con nata»?

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Todo bono de cultura es también un bono de barbarie.

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Iberdrola va a montar en Madrid un tinglao llamado Global Smart Grids Innovation Hub. El nombre de la puntocom de Homer Simpson, CompuGlobalHyperMegaNet, era menos ridículo. Yo creo que meten varias palabrejas fetén en inglés en un saquito, sacan varias al azar y con eso hacen el chachinombre cosmopaleto.

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Una añagaza propagandística curiosa del nacionalismo español contemporáneo es volver del revés las cosas, invertirlas. Pedro Insua sostiene que la marcha de los judíos expulsos sorprendió a los Reyes Católicos, que esperaban su conversión, y que los fanáticos eran ellos, que porfiaron en no entender que España bien valía una misa; Marcelo Gullo convierte a los conquistadores en libertadores…

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Una historia preciosa: Niebla, el perro de Heidi, se llamó así solo en español. En el guion original, se llamaba José, pero la poeta Angelina Gatell, que daba voz a la tía de Heidi, consideró poco oportuno en España ese nombre para un perro. Le dieron permiso para bautizar al can como quisiera y Gatell se acordó del perro que Pablo Neruda encontró una noche de niebla en Madrid cuando iba a casa de Rafael Alberti; al que llamaron justamente así, Niebla, y que pasó con ellos toda la guerra civil, hasta que se perdió en la desbandada de Castellón. Gatell escogió ese nombre y coló de ese modo un discreto homenaje a la República y al exilio en una serie emitida durante el franquismo.

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Llego a Madrid, donde estaré cuatro días, para participar en la Uni de Otoño de Podemos, donde me han invitado a charlar en una mesa sobre «Izquierda y tradición». Comienzo la visita por el Thyssen, donde quiero ver la exposición de Magritte. Me gusta esta ciudad. Contra lo que es habitual, me gusta más que Barcelona. Ambas tienen todo lo bueno y lo malo de las megaúrbes, de las grandes capitales, y así como me hubiera gustado vivir en cualquiera de las dos en otros tiempos de mi vida, hoy que me he vuelto neorrural visito ambas con placer, pero no habitaría ninguna ni amarrado. La cuestión es que hay algo en Barcelona, donde he estado cuatro veces, que nunca ha terminado de agradarme, y hay hay algo en Madrid, donde he estado mucho más, que nunca ha terminado de disgustarme. Me resulta una megaúrbe más confortable y también más inteligible. No hay esas hordas masivas de turistas llenándolo todo, no hay caravana de cruceros en el puerto que no tiene y la ciudad ha conseguido preservar un alma castiza que me divierte y que veo más ausente de Barcelona.


Viernes, 8/10/2021. Escribe Jorge Dioni, a quien entrevistaré mañana, que «el programa de Ayuso no era libertad, sino normalidad. Y eso era algo que tenía una fuerte demanda tras 14 meses de pandemia. Por eso mismo, es excepcional y difícilmente replicable». ¿Tendrá razón? Ojalá la tenga.


Sábado, 9/10/2021. Siempre me ha fascinado la prosa teológica automática de los curas; esta cosa de encadenar una fraseología críptica que ni ellos entienden porque no hay nada que entender, pero en la que se vuelven expertos improvisadores. Bien: detecto eso mismo en cierta izquierda.

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Tuiteo un hot take de esos. La tauromaquia sí es cultura, y es incluso arte. Pero que algo sea cultura o arte no necesariamente lo dignifica, lo vuelve excelso o debe blindarlo. La cultura —dice Eduardo Maura— «no es un círculo mágico de belleza y bondad». Hay arte siniestro y cultura perversa y es legítimo —es necesario— que el demos los prohíba. Debe serlo la tauromaquia.

Me dicen que algo que implica sufrimiento nunca puede ser arte. Respondo que yo he ido a manis antitaurinas y he gritado que la tortura no es arte ni cultura, porque una mani no es un lugar para hilar fino, ni una pancarta un paper, pero no comparto esa visión simplista de la tauromaquia. No se trata simplemente de torturar al toro: hay una escenografía, una estética, una tradición, un significado profundo que remite a la pugna entre el hombre y la naturaleza y el misterio de la existencia… Los cronistas repipis tienen alguna razón cuando dicen que el torero escribe poesía con la muleta. ¿No puede haber sufrimiento en el arte? Elizabeth Siddal contrajo una neumonía severa después de posar sumergida en agua fría durante horas para que Millais pintase Ofelia, y eso no hace que el cuadro no sea una obra maestra de la historia del arte. Una que, con ese making-off, jamás debería haberse pintado, como tampoco deberían haberse rodado las asombrosas y nazis películas de Leni Riefenstahl.

Deberíamos acostumbrarnos a pensar que el arte es maravilloso, pero ninguna de sus obras es imprescindible, y, como dice siempre Á., el propio arte no lo es más que otras cosas. Una empresa cultural no es menos, pero tampoco más excelsa que una piscifactoría o una fábrica de tornillos; un artista o un literato no es menos, pero tampoco más necesario que un pescador o un obrero fabril; una librería o un museo no son menos, pero tampoco más importantes que una pescadería o una ferretería: sostienen nuestra vida de maneras distintas pero complementarias. Necesitamos alimento para el cuerpo, alimento para el alma y tornillos que sostengan los techos que nos protegen. E igual que promulgamos leyes sobre cómo deben pescarse los peces o fabricarse los tornillos (para no esquilmar los caladeros, para no contaminar el medio ambiente, para que el trabajo se desenvuelva en condiciones dignas para el trabajador…), debe haberlas sobre el arte.

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He escrito alguna vez que una conversión política se aprecia primero en las irritaciones que en los entusiasmos. A veces me perturba darme cuenta de que tengo espontáneamente las irritaciones propias de algo en lo que espero no convertirme.

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La fraseología es la esclerosis del discurso político.

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Recién leído a un hombre sabio: «Estamos en una especie de convergencia catastrófica entre anormales e hijos de puta de una tracción arrolladora».


Domingo, 10/10/2021. El asalto fascista de hoy a una sede sindical italiana, la invasión del Capitolio estadounidense… Imágenes que algún día recordaremos, si vivimos para contarlo, como estampas elocuentes de nuestro parsimonioso pero implacable descenso a los infiernos.

Interesante, por cierto, cómo el asalto italiano tuvo lugar en el marco de una manifestación contra las vacunas. Hay una historia de la alianza entre extremos disidentes de la misma ortodoxia. En el siglo XIX, hubo por ejemplo momentos de algo más que compadreo entre carlistas y republicanos. Hoy los hay entre los nazis y la vertiente lunática de la izquierda libertaria.

Interesante, también, que el partido de los asaltantes se llame Forza Nuova. Otro colectivo fascista italiano, el acaudillado por Diego Fusaro, se llama Vox. Lo de Zemmour en Francia pinta a que se acabe llamando Vox Populi. España, referente europea de la onomástica nazi.

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Jónatham F. Moriche: «Pluralidad de la izquierda es, por ejemplo, preferir la administración estatal a la administración cooperativa de los medios de producción o viceversa. Compadrear con fascistas, sin embargo, no es pluralidad de la izquierda, es compadrear con fascistas».

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Me cruzo por Madrid con un señor mayor que lleva gorra de la Guardia Civil, mascarilla de la Guardia Civil y mochila de la Guardia Civil. La Guardia Civil como tribu urbana.

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Llevaba tiempo postergando, no sé muy bien por qué, y sabiendo que me fascinaría, la asignatura pendiente de leer a Chirbes. Por fin me he puesto: acabo de terminar La buena letra en el tren que me lleva de vuelta a León desde Madrid. Y qué maravilla. Qué manera de tomarle el pulso al último siglo de este país.


Lunes, 11/10/2021. No me gusta nada el eufemismo trabajadoras sexuales. Con el noble propósito de dignificar a las prostitutas, lo que hace es dignificar su esclavitud. Y no se le hace ningún favor a un esclavo suavizando la dureza espantosa de su condición. Kunta Kinte no era un trabajador del algodón.

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Casado quiere montar un Museo de Historia Nacional de España. Me puedo imaginar ese museo: el más antediluviano anticuarismo. El orinal de Cortés y el rascardor de espalda del Cid. Nada parecido, no ya a un discurso crítico, sino a un discurso. Puras y duras reliquias para idiotas impresionables. Un Hard Rock Café de la Hispanidad.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea y CTXT; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

2 comments on “El runrún interior: un dietario (19)

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  2. Pedro Medario

    Sobre cultura y bondad. Una cita de «La cultura de la queja» de Robert Hughes

    “Nunca nadie ha negado que Segismondo da Malatesta, el señor de Rímini, tuviera un gusto excelente. Contrató al arquitecto más refinado del quattrocento, Leon Battista Alberti, para diseñar un templo en memoria de su esposa; y después buscó al escultor Agostino di Duccio para que lo decorara; y empleó a Piero della Francesca para que lo pintara. Sin embargo, Segismondo era un hombre tan terrible y rapaz, que se le conocía con el apodo de Il Lupo (El Lobo), y fue tan execrado después de su muerte, que la Iglesia católica le consideró (durante un tiempo) como el único hombre, aparte de Judas Iscariote, que estaba oficialmente en el infierno, distinción que consiguió atando con su propio manto a un emisario papal, el obispo de Fano, de quince años de edad, y sodomizándolo públicamente en la plaza mayor de Rímini, en medio del aplauso de sus tropas.

    Éste no es el comportamiento que se espera de los directivos de las instituciones culturales americanas. Sabemos, en el fondo de nuestros corazones, que la idea de que la gente se ennoblece moralmente por el contacto con las obras de arte es una mentira piadosa. Algunos coleccionistas son nobles, filantrópicos y educados; otros son unos ceporros que tomarían a Parmigianino por un queso si no fuera porque los muchachos de Christie’s les sacan del error. Los museos han sido sostenidos por algunas de las mejores y más desinteresadas personas de los Estados Unidos, como Duncan Phillips o Paul Mellon; y por algunas de las peores, como el difunto Armand Hammer. No se puede generalizar sobre los efectos morales del arte, porque no parece que los tenga. De lo contrario, la gente que está siempre en contacto con el arte, incluidos todos los conservadores y críticos, serían unos santos. Y no lo somos.”

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