Crónica

Las efigies del poder

Mary Beard aborda en ‘Doce césares’, reseñado acá por Andrés Montes, el influjo de las imágenes de los emperadores romanos en la forma de retratar a las élites en siglos posteriores.

/ por Andrés Montes /

En lo alto de la colina Capitolina, en Roma, la réplica de la estatua de Marco Aurelio a caballo es un símbolo de grandeza antigua de enorme potencia evocadora. El visitante se encuentra ante un emperador sereno y dominante, al que el aura clásica borra la cara tenebrosa de su historia, la del horror de sus conquistas. Ese lado oscuro quedó amputado el día en que la escultura perdió el caudillo bárbaro que, según relatos medievales, a los pies de la montura reclamaba piedad. La desaparición contribuye a engrandecer la imagen de ejemplarizante excepción en un tiempo inhumano del último de los emperadores buenos —aquellos de los que Gibbon dijo que, en el siglo II, dominaron «la porción más civilizada de la humanidad»—, un estoico al que la incomodidad con la condición de césar no impidió cumplir con su papel. Son estas contradicciones las que llevan a la clasicista Mary Beard a afirmar que pocas lecciones podemos extraer de la antigüedad que nos sirvan para encarar el presente. Esa historia no es maestra de nada, pero sí un potente recurso para la amplificación de lo humano y una fuente para su conocimiento. En Doce césares, su libro más reciente, combina el estudio del influjo que los rostros del poder de ese pasado proyectan sobre tiempos muy posteriores y la reflexión que suscita esa voluntad de dominio, una constante, ésta última, en su obra.

Mary Beard se autodefine como «clasicista, historiadora, profesora, escéptica y, en ocasiones, aguafiestas». Con ella la historia de Roma encoge por la depuración de falsedades arraigadas, interpretaciones interesadas y errores historiográficos que reducen las aparentes certidumbres sobre ese pasado. SPQR, uno de sus libros más difundidos, lleva como apostilla al título Una historia de la antigua Roma, lo que marca la distancia entre el saber de la investigadora y el establecimiento de certezas, que pueden sucumbir con facilidad en un ámbito sujeto a la reinterpretación continua, a la novedad del hallazgo. En la premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales de 2016 concurren conocimiento profundo, afán de rigor, ironía y popularidad televisiva, una cercanía con públicos amplios que se acrecienta al no eludir ninguna batalla contemporánea en las redes. Recién jubilada como catedrática de Clásicas en el Newham College de Cambridge, sus cuarenta años del estudio de Roma han generado un vínculo casi personal con esos personajes antiguos, con sus palabras e incluso con su físico, a través de las imágenes que nos llegan en objetos de la época y a las que dedica su último libro.

Esta serie de emperadores fue una de sus ocupaciones, sin exclusividad, de los últimos diez años. El punto de partida es un clásico, Vida de los doce césares, de Gayo Suetonio Tranquilo, quien en el siglo II biografió a quienes personificaron el poder en el primer siglo y medio del Imperio romano. Comienza con César, el único de ellos que nunca fue coronado emperador, pero que marca una inflexión en una república cercada por las nuevas élites. César abre un tiempo que culminará con lo que Ronald Syme denominó «la revolución romana», la instauración por Augusto de un régimen autocrático sujeto a las tensiones internas que generaba la ausencia de leyes claras de sucesión, otra de las paradojas de un mundo romano cuyo legado en materia de derecho todavía conservamos hoy. Esa falta de un mecanismo claro de sustitución del emperador dice mucho de la naturaleza de ese poder, al que la mayoría accede con sangre y violencia, como revela el hecho de que sólo uno de esos doce, Vespasiano, falleció de muerte natural. Para Beard, «el modo en que murieron los emperadores resultó ser un diagnóstico revelador del régimen en su conjunto». Sin acometer un juicio anacrónico de la época, la clasicista apunta a lo que tendemos a olvidar cuando nos quedamos en la idealización de ese mundo clásico.

Julio César introdujo un «uso totalmente nuevo de las imágenes» al convertirse en «el primer romano cuyo retrato se acuñó sistemáticamente en las monedas», leemos en Doce césares. «Nunca antes se habían utilizado los retratos de manera tan coordinada para promover la visibilidad, la omnipresencia y poder de una sola persona, en cantidad y ubicación estratégica☼ y lo que comenzó como innovación quedó como modelo a seguir por los que vinieron detrás. Con ello se generó un registro numismático que, en conjunción de los relatos de Suetonio, sus descripciones físicas y hechos vitales de los césares, trasladó aquellos rostros antiguos hasta «el paisaje cultural del Renacimiento». En lo visual, esas figuras eran una representación del dominio acumulado en un solo hombre, pero los relatos de Suetonio —ampliamente difundidos y conocidos hasta figurar «entre los libros más populares de historia en la Europa renacentista»— arruinaban esa omnipotencia al desvelar la humanidad ruinosa y depravada que se ocultaba tras muchos de ellas.

Pese a ese trasfondo, fraguó una convención, que se prolongó hasta el siglo XIX, de «representar a las personas vivas bajo la apariencia de emperadores romanos» y «las imágenes de los césares ejercieron una enorme influencia en el desarrollo del lenguaje visual de la retratística moderna». Beard analiza ese legado de los emperadores en series decorativas en todos los formatos —desde el busto escultórico hasta piezas de ajuar doméstico o papel pintado— y elementos coleccionables. Rechaza tratar como «fósiles iconográficos» unas imágenes que «han sido a la vez objeto de polémicas y anodinos símbolos de estatus. Lejos de ser un vínculo inofensivo con el pasado clásico, apuntan también a temas incómodos acerca de la política y la autocracia, la cultura y la moralidad, y, por supuesto, la conspiración y el asesinato». Por eso el estudio de esas efigies del poder es inseparable del análisis de la naturaleza de ese poder.


Doce césares
Mary Beard
Crítica, 2021
456 páginas
28,90 €

Andrés Montes Fernández (Aramil, Siero, 1960) es periodista. Licenciado en Filosofía, fue redactor jefe de La Nueva España y responsable de su suplemento de cultura.

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