Laberinto con vistas

Las vías del dolor

Antonio Monterrubio escribe sobre la censura, las cárceles de las tiranías y la imposibilidad de doblegar a los espíritus libres, y cómo nuestras democracias no dejan de perseguir ciertos delitos de opinión y de perpetrar injusticias judiciales.

/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio Prada /

Encarcelado por ser leal a su pueblo y a la legitimidad republicana, por oponerse al fascismo devastador, Miguel Hernández recibe una carta. Su mujer, Josefina Manresa, le confiesa que solo cuenta con pan y cebollas para ella y su bebé de meses. Escribe entonces una de sus piezas más conmovedoras, las Nanas de la cebolla. «Hambre y cebolla/ hielo negro y escarcha/ grande y redonda./ En la cuna del hambre/ mi niño estaba/ con sangre de cebolla/ se amamantaba». Como tantos miles, el poeta de Orihuela vivió un calvario peregrinando de prisión en prisión tras el triunfo de las huestes del Pequeño Sauron. Las penosas condiciones carcelarias acumulan enfermedades sobre su cuerpo cada vez más debilitado: bronquitis, tifus, tuberculosis. Finalmente sucumbe, en el penal de Alicante, a los treinta y un años. En 2020 el alcalde de Madrid, en su papel de monaguillo y limpiabotas del fascismo, ordena demoler una placa con versos suyos, junto a las que conmemoraban a miles de fusilados en la tapia del cementerio. No acabaron con él en 1940. Llevan ocho décadas asesinándolo. Porque a despecho de lo que algún ilustre pensante sugiere, no es que el monstruo haya regresado. Es que siempre ha estado ahí.

Bajo regímenes totalitarios o autoritarios, un puñado de frases pueden conducirte a la cárcel, o incluso a la tumba. «Vivimos sin sentir el país a nuestros pies/ Nuestras palabras no se escuchan a diez pasos/ La más breve de las pláticas/ gravita, quejosa, al montañés del Kremlin». Estas líneas contra Stalin le costaron a Ósip Mandelshtam una condena a tres años de privación de libertad, sin duda endulzada por su enorme prestigio literario. A quienes hoy gozamos de una democracia plena, nos parece inverosímil que haya sitios y épocas en que se llegue a dar con los huesos en una celda por unos poemas o unas canciones. Menos mal que los tiempos han cambiado que es una barbaridad. Pocos años después de terminar de cumplir la pena, Mandelshtam volvió a ser detenido. Esta vez se le destinó a Kolimá, la isla más negra del Archipiélago Gulag. Murió en un campo de tránsito, cerca de Vladivostok, en el extremo oriental de Siberia. Como dijo otra luminaria de la poesía rusa, su amiga Marina Tsvietáieva, existen circunstancias en las que «la vida es un lugar donde no se puede vivir».

El final de la guerra de España llenó las cárceles a rebosar. Pese a los continuos fusilamientos y las muertes por hambre y enfermedad, el régimen no sabía cómo gestionar su ingente masa de cautivos. Algún tuerto, de esos que en el país de los ciegos son reyes, tuvo una brillante idea: utilizarlos en trabajos forzados. Miles fueron enviados a realizar tareas de interés nacional: obras públicas, construcción de edificios, extracción de minerales y esa pirámide de Keops con boina, el Valle de los Caídos. Gentes que se enternecían con las penalidades de los hebreos fabricando adobes de sol a sol para el Faraón en Los diez mandamientos no prestaban atención a lo que sucedía a pocos kilómetros. Pues estamos hablando de trabajo esclavo, por más que se pretenda disimularlo. Pero por lo visto, nadie estaba enterado de nada, como con los Lager. Otros contingentes se asignaron al servicio de la iniciativa privada. Fueron explotados y exprimidos por ávidos empresarios bien relacionados con el régimen a cuya génesis habían contribuido y hacia el que manifestaban adhesión inquebrantable. Las fuerzas vivas ligadas a ese portento de la Física que fue el Movimiento inmóvil, incluida la Iglesia, aprovecharon a fondo tan generosa oferta de sudor y sufrimiento ajenos. Ya se sabe: «¡algo habrán hecho!». Sí, seguramente. Como las cuatro mil mujeres que entre 1937 y 1945 disfrutaron de la hospitalidad del Caserón de la Goleta, en Málaga, penal de funesto recuerdo. En más de un tercio de los expedientes, en el apartado donde debería figurar el motivo de su encarcelamiento está escrito: «No consta». Multitud de ellas acabaron allí en su calidad de esposas, novias, hijas, madres, hermanas o cuñadas de perseguidos políticos. Era una forma de coaccionar a estos, que a la vez mostraba a las claras el desprecio a las mujeres que caracterizaba a los dueños del país. La miseria moral no conoce límites.

Los eufemísticamente llamados errores judiciales constituyen un grueso capítulo de los anales universales de la infamia. Algunos adquieren tal notoriedad que su eco resuena en la memoria popular. «Esta es la historia de Hurricane/ pero no estará del todo terminada/ hasta que limpien su nombre/ y le devuelvan el tiempo perdido». Así concluía el tema de Bob Dylan que daba título a su álbum de 1975. Robin Huracán Carter era un notable boxeador de pesos medios. Acusado junto a otro hombre de un triple asesinato, fue condenado en 1967. Las pruebas eran contradictorias, los testigos poco fiables y el jurado escandalosamente racista. En 1985, tras la aparición de nuevas evidencias, ambos fueron absueltos y liberados por un tribunal de apelación. Dieciocho años entre rejas, una brillante carrera deportiva y una vida tiradas a la basura porque es más fácil navegar a favor de la corriente de los prejuicios que remontar el río en busca de la verdad.

El problema con los errores policiales y judiciales es que a menudo distan de ser tales. En efecto, aciertan de lleno en el centro de la diana que se marcan. La Justicia se levanta la venda y con ambos ojos escruta muy bien a quién condena y a quién absuelve. Hay banqueros que dan su nombre a oscuras doctrinas jurídicas exculpatorias, y testas coronadas por un aura de inmunidad que se convierte en impunidad. En pleno 2021, decir «el judío es el culpable» en un acto público perfectamente cubierto por numerosos medios que brillan por su ausencia en otros eventos, al parecer, es libertad de expresión. Rapear que los Borbones son unos ladrones, con la que está cayendo, es delito de lesa majestad, digo de ofensas a la Corona. Incluso no aplaudir al rey lo es, según muchos de nuestros vociferantes reaccionarios.

Pero la cárcel, como otros dolores psíquicos y emocionales, no es capaz de doblegar a los espíritus libres. Si pueden aprisionarse los cuerpos, rodearlos de rejas y cerrojos, la mente vuela, huye hacia cielos y paisajes más puros. El mundo sigue ahí con sus alegrías y tristezas, su vida indomable, al otro lado de los muros. Y el preso de conciencia es parte de ello. Afirmar eso de sus carceleros físicos e intelectuales es otro cantar. «Sucede/ que estamos en la cárcel./ Sucede/ que nos acercamos/ a los cincuenta años/ y que faltan dieciocho más/ para ver abrirse las puertas de hierro./ Sin embargo, hemos de seguir viviendo con los de fuera, con los hombres, los animales, los conflictos y los vientos,/ es decir, con todo el mundo exterior que se halla/ tras el muro de nuestros sufrimientos;/ es decir: estemos donde estemos/ hemos de vivir/ como si nunca hubiésemos de morir./ […]/ tanto ha de amarse el mundo en todo instante,/ se le ha de amar tan conscientemente/ que se pueda decir: HE VIVIDO» (Nazim Hikmet: Acerca del vivir).


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza.

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