Crónica

En busca de Sefarad en los Andes colombianos

A raíz de la aprobación de la ley 12 de 2015 que otorgaba la nacionalidad española a descendientes de sefardíes expulsados o forzados a la conversión a partir de los reales decretos de 1492, el colombiano Federico Vélez se embarcó en la búsqueda de su propio pasado sefardí, que relata acá entre reflexiones sobre la articulación del pasado, el exilio, las tradiciones y el mestizaje cultural que configuran la esencia de la herencia hispánica.

/ por Federico Vélez /

Artículo originalmente publicado en Crítica.cl el 3 de febrero de 2021

I.

Había crecido en una sociedad centrada en un presente que se lo consumía todo en su violencia. Nunca, que recuerde, hubo en Colombia mucho tiempo para el futuro y menos para el pasado, pues vivíamos agobiados en la violencia de lo cotidiano que se lo devoraba todo. En el verano de 2019 todo parecía haber cambiado. Había una obsesión por el pasado, por desenterrarlo, entenderlo y aceptarlo, para finalmente poder narrar la historia y seguir adelante. El Centro de Memoria Histórica creado por la ley en el marco del proceso de paz firmado en 2016 entre el Estado colombiano y el grupo guerrillero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) recogía los testimonios de miles de víctimas de más de medio siglo de muchos y muy diferentes conflictos a lo largo del país. Familiares buscaban a sus desaparecidos desde jueces de la república hasta campesinos, ochenta mil personas desaparecidas en total, tres veces más de los que dejó la dictadura argentina en los años ochenta.1 Asimismo, se creaban archivos históricos en los municipios más apartados, se abrían expedientes, y se escribía la/las historia/s desde diferentes perspectivas: las entidades oficiales del estado, la exguerrilla, los grupos sociales.2 Todos tenían su propia versión de los hechos, su propia narrativa de lo que había pasado en el último de los múltiples ciclos de violencia vividos en el siglo XX en el país. Víctimas y victimarios eran llamados a una Jurisdicción Especial para la Paz, donde el recuerdo, la confesión, la contrición y el propósito de enmienda, si bien no borraban la historia, perdonaban los crímenes más atroces y minimizaban las penas.

Medio país aplaudía esta original forma de reconciliación, la otra mitad la consideraba una afrenta al dolor y la memoria colectiva de las víctimas.3 Se estaban conmemorando, además, doscientos años de independencia y vida republicana. La efeméride había sido presentada por el gobierno nacional como una oportunidad para revisitar la historia oficial y reexaminar el rol de la mujer, los indígenas, los afrodescendientes y todos los demás excluidos de la narrativa construida por los criollos blancos que rompieron las cadenas con la metrópoli española, pero asegurándose que el orden social colonial no sufriera mayores resquebrajamientos en el proceso.4

Paralela a estas búsquedas colectivas, habia una busqueda mas personal: más de veinticinco mil colombianos reconstruían su propia historia corriendo contra el tiempo para cumplir con los requisitos de la ley 12 de 2015 que otorga la nacionalidad española a los descendientes de los judíos expulsados de España, antes de que la ley expirara el primero de octubre de 2019. La ley reparaba una tragedia de siglos, cuyo hito principal habían sido los edictos de la Alhambra dictados por Fernando I de Aragón e Isabel de Castilla en marzo de 1492, ordenando la expulsión total y definitiva de sus reinos de todos los judíos y judías en un plazo de seis meses. Miles optaron por la única tabla de salvación conocida, la conversión al cristianismo, una opción practicada ya de forma masiva durante todo un siglo de persecuciones.5 Otros tantos pasaron a Portugal y allí se hicieron cristianos para poder regresar a sus casas como cristianos nuevos, mientras que muchos prefirieron esperar refugiados en el país vecino, en Navarra, o en Marruecos a la espera de que quizás con el tiempo amainara la tormenta, se levantaran los edictos de expulsión y se les permitiera regresar a sus vidas de antes. Sefarad, España en hebreo, era la única casa que conocían. Para los que no volvieron, convertidos o no al cristianismo, los caminos se bifurcaron, llevando a unos a ciudades del norte de Europa, especialmente a Ámsterdam, donde posteriormente fueron instrumentales en crear un entramado comercial entre el puerto holandés, el Caribe, y el norte de Brasil.6 Otros continuaron una migración que se desplazó por el mediterráneo y el oriente europeo siendo acogidos en puertos, pueblos, y ciudades del imperio Otomano y en la corte misma del sultán de Estambul, necesitado de su experiencia administrativa. El descubrimiento de América, meses después de los edictos de expulsión, abrió otra puerta de escape para aquellos atrapados en España con el valor y la urgencia de aventurarse más allá del océano.

La intolerancia religiosa en España continuó durante el siglo XVI ampliando su foco ya no solo a los poquísimos reductos judíos que hubieran eventualmente podido preservar su fe, y su vida, sino también en contra de todos los Anousim y sus descendientes, conversos frente al temor del exilio o la muerte, conocidos en la península por el apelativo de criptojudíos o marranos. Con el propósito contradictorio de exponer y castigar la conversión a la que habían sido forzados, el tribunal de la Inquisición creado desde 1480 por los Reyes Católicos desplegó una férrea persecución a ambos lados del océano. La sola comprobación de la existencia de un ascendente judío tipificaba prima facie un delito de pureza de sangre, condenando por igual a nuevos conversos como a aquellos que llevaran generaciones enteras viviendo en la fe cristiana.7

Para todo aquel que por su origen necesitara ocultarse, la gobernación de Antioquia (la gobernación continua como un departamento en la Colombia moderna), creada bajo cédula real de agosto de 1560, era una tierra promisoria en medio del virreinato primero del Perú y posteriormente, con las reformas borbónicas, de la Nueva Granada. Sus caseríos estaban a semanas en mula del alcance del entramado colonial en Cartagena de Indias y Santafé de Bogotá. La región había experimentado una conquista tan cruenta como rica en desengaños. Si bien había oro, la ilusión de El Dorado se había hecho polvo rápidamente, la población indígena había pasado de medio millón de personas a su casi aniquilamiento total y se encontraba encomendada en la semiesclavitud a un puñado de familias españolas para 1580. No había grandes valles ni mesetas fértiles, sino laderas camino a ningún lado cerradas por la cordillera de los Andes, partida en dos ramales imposibilitando una comunicación fluida con el mundo exterior.8

Aunque tenían explícitamente prohibido emigrar a las Indias por decreto real de 1523, judíos y anousim habían llegado ya con los primeros conquistadores y siguieron llegando procedentes de toda la península. Entre 1580 y 1642 se presenta el grueso de la migración sefardita al Nuevo Mundo.9 Si bien es cierto que en la Nueva Granada el Tribunal de la Inquisición les encuentra mayoritariamente en Cartagena de Indias, muchos parten tierra adentro para asentarse en Antioquia, donde estarán más a salvo. Al tratarse de una migración ilegal, no se dejó evidencia material, y a través de matrimonios endogámicos se escondió entre primos el secreto de los abuelos. Solo quedaba la tradición oral, que hablaba de un particular origen y era transmitida en clave católica. Los Gómez de Marinilla, un pueblo en el oriente antioqueño, por ejemplo, han contado por generaciones a sus niños que son parientes de la Virgen María, y en los pueblos de la región eran populares las coplas que invocaban con el «Santa María, Madre de Jesús y pariente mía», un origen común que iba más allá de la fe. Asimismo, el folclore nacional construyó también una personalidad colectiva de los antioqueños a partir de la tradición oral del origen judío. En el IX Congreso de Americanistas en Huelva en 1892, Soledad Acosta de Samper, disertando sobre «el origen hebreo del pueblo antioqueño» concluye, con una nota de claro tono antisemita, que las coincidencias en el comportamiento personal de los antioqueños resaltan el origen judío de la población. «Lo cierto es que los pobladores de Antioquia son diferentes en mucho de los habitantes del resto de Colombia», afirmaba Samper, añadiendo que, «es esa una raza trabajadora, activísima, frugal, inteligente, muy dada a economizar, amantísima de la propiedad hasta sacrificar vida y comodidades para conseguir riquezas, de las cuales no disfruta jamás, pues con poquísimas excepciones, el antioqueño rico vive casi como el pobre, y nunca deja de trabajar en los negocios más penosos y fuertes para ganar un duro más».10

En la España moderna el legado sefardí se fue olvidando con el paso del tiempo hasta que, a finales del siglo XIX, en un viaje por la cuenca del Mediterráneo otomano, el senador Ángel Pulido descubrió la existencia de comunidades judías originarias de la península y comenzó a abogar por rescatarlas del olvido y reincorporarlas a la nación española. Pulido lideró desde entonces una campaña para proteger estas comunidades desperdigadas en otros suelos, como un paliativo romántico ante el derrumbe final del imperio en América y en Asia después de la guerra de Cuba de 1898. Años después, un decreto real de la dictadura de Primo de Rivera en 1924 hacía eco de las palabras de Pulido y concedía la nacionalidad española a «antiguos protegidos españoles» o «descendientes de estos» residentes en las naciones de oriente y en algunas del continente americano. Si bien es cierto que el decreto no tuvo mucha acogida, la protección otorgada a las comunidades sefardíes sirvió durante la segunda guerra mundial como excusa para que unos cuantos diplomáticos españoles otorgaran cartas de protección a cientos de personas perseguidas a causa de su origen durante la guerra.

Tras la posguerra, algunos sefardíes regresaron a cuentagotas. A medida que el conflicto árabe-israelita se intensificó, comenzaron a llegar a España, principalmente de Marruecos, familias judías que no escogían a Israel como lugar preferente de emigración. Les acogía una España que se encontraba a punto de una apertura social y política sin precedentes y que finalmente anuló en 1968 los edictos de expulsión, coincidiendo con la apertura de la primera sinagoga abierta en Madrid después de seiscientos años. Quedaba la tarea pendiente de la restitución de la nacionalidad plena a descendientes de judíos y anousim de origen sefardita, una labor que impulsó la Federación de las Comunidades Judías de España a partir de la segunda década de este siglo y terminó con la aprobación de la ley 12 de 2015 con el apoyo de todos los grupos parlamentarios. Acogerse a la ley era hacer parte de un acto de reparación ante el despojo, la persecución y la muerte, así como un reconocimiento a la España plural y democrática de hoy.

II

Tres tragedias me llevan a Sefarad de la mano de hombres llegados a América en el siglo XVI. Doce generaciones me conectan con Cristóbal Gómez de Castro, y otras seis hacia atrás, a las juderías de Toledo. Una orden de captura de 1652 contra su hijo Cristóbal Gómez de Castro y un tal Rodrigo Núñez expedida por el mismo tribunal desde Cartagena de Indias le daba certeza a mi búsqueda. Para establecer la cadena de linaje que llevándome a Cristóbal me permitiera probar mi origen sefardí, tenía a mi disposición un árbol genealógico herencia de mi tío, que nadie en mi familia había mirado nunca con mayor interés; las genealogías en Internet que inicialmente construyeron grupos de mormones, quienes años atrás habían explorado los archivos eclesiásticos en busca de almas que no habían alcanzado a conocer el evangelio de los Santos de los Últimos Días y podían todavía salvarse a través de un bautizo en diferido —hasta que la Curia Apostólica Católica se dio cuenta de sus intenciones y puso fin a sus pesquisas—; los libros digitalizados de genealogía escritos por un par de quijotes antioqueños interesados en el tema, y el apoyo del Instituto de Estudios Sefarditas y Anousim de Netanya en Israel, cuyos historiadores confirmaban el entramado de descendencia sefardí en los matrimonios endógamos que conforman mi familia.

Es en los despachos parroquiales de la Iglesia católica donde está la historia escrita de los anousim antioqueños. Los ritos católicos a los que se acogieron quedaron asentados en libros que se salvaron de las guerras que duraron pocas horas, hasta de aquellas que duraron mil días. Conservadores o liberales, hacendados y sus esclavos, profesionales liberales o pobres artesanos: todos habían sido bautizados, casados y enterrados de acuerdo con las disposiciones de la Iglesia Católica Apostólica y Romana. Allí estaba la historia que ahora reconstruyo y que será desde ahora parte integral de mi nueva identidad: Cristóbal Gómez de Castro, el Mozo, hijo de Cristóbal Gómez de Castro, el Viejo, y sus hijos mayores, bautizados por un obispo, que viajaba desde la ciudad de Popayán en misión evangelizadora, en la iglesia de San Juan la Tasajera de Copacabana. Su hijo, Bernardo Gómez de Castro, casado en el caserío de Medellín en 1690, según disponía el Santo Concilio. Su nieto Pedro Joseph, ya sólo apellidado Gómez y su bisnieto Bicente, bautizado con oleo y crisma en su pecho en 1735 en Marinilla, en el oriente antioqueño. Todos ellos ajenos a las reformas borbónicas y a la creación del nuevo virreinato de la Nueva Granada. Así como ajena estaría Josefa Soluaga, hija de Bicente, a la confirmación del decreto de expulsión de los judíos por parte de la Real Cédula del rey Carlos IV en 1802. Las partidas eclesiásticas contaban pedazos de su historia. Gabriela Acevedo, una madre soltera registrando la vergüenza de un pecado cometido a los quince años en el bautizo de su hija. Alberta Meza, su hija, borrando treinta años después en la misma acta la carga de un pecado que habían cometido y borrado sus padres posteriormente casados. Su hija Caridad Pérez, mi bisabuela, muriendo al dar a luz a su sexto hijo a los treinta y seis años en Bolívar, un pueblo lejano al que había ido a vivir acompañando a su esposo en la épica antioqueña de la colonización de las últimas montañas baldías que quedaban a finales del siglo XIX. Allí en la catedral donde mi abuelo donó un altar a San Antonio para la prosperidad de los negocios, está el osario familiar y la falsa seguridad de haber sido de este pueblo de toda la vida.

Tras la búsqueda y el encuentro con una parte de mi pasado, terminé el verano accediendo al bautizo de mi hija nacida en Abu Dabi, al que me llevaba oponiendo por más de una década. ¿Quién era yo para imponer mi agnosticismo sobre los rituales que, aunque un día impuestos y asumidos con terror, eran ahora parte integral de nuestra cultura, y la futura historia de los hijos de mi hija?

Nos une a España la fuerza de su historia, sus ritos, su intransigencia. Antes y después de esta ley ya éramos hijos de Cervantes y Quevedo, hermanos de Lorca y Miguel Hernández. España, toda, corre por lo que hoy somos en tantos y muy variados niveles de mestizaje. Somos de su entraña en parte por llevar en nosotros la historia de los expulsados, pero también por llevar la de quienes les expulsaron.

Termino mi búsqueda en el Carmen de Viboral, un pueblo del oriente antioqueño con una parroquia que servía en tiempos de la colonia a un puñado de familias. Queda un mes para que se venza la fecha para presentar la documentación en España, pero los archivos parroquiales no conocen de afanes. A las once y cincuenta y nueve las dependientes me invitan a salir con una sonrisa de cortesía, es la hora del almuerzo. Debo esperar a que abran de nuevo en dos horas, pues el párroco ha estado toda la mañana por fuera dando comunión a los enfermos y no ha venido a firmar en la mañana los registros que necesito. Entro en la iglesia municipal para pasar el tiempo, es martes, pero está concurrida. Un grupo de operarios de una empresa de interconexión eléctrica rezan con sus cascos bajo el brazo frente a un Cristo lacerado sostenido por sus rodillas y codos a punto de derrumbarse. A mí también me mira con su cara ensangrentada. Otro grupo de mujeres jóvenes uniformadas con unas faldas negras y camisas rosadas se une a un grupo de mujeres mayores en el rezo de un rosario que ya ha empezado. Una pareja lee y comenta pasajes de la Biblia en la parte de atrás sin interrumpir a nadie. Camino como invisible entre ellos y la fe que les da tanta certeza. Ya en la plaza, donde espero que pase la siesta el señor cura, hay un grupo de parejas jóvenes sentadas en un banco a la sombra de un árbol. Están haciéndose bromas entre ellos mientras mecen a sus niños en sus coches. Por su acento noto de inmediato que son extranjeros. Se ríen, pero siento que en cualquier momento también pueden echarse a llorar ante la desolación de haberlo dejado todo atrás. Su Sefarad es Venezuela, y son cuatro millones deambulando por el mundo. Los miro mientras pienso que alguna vez posiblemente estuve también bajo este mismo árbol sintiendo su ansiedad, incertidumbre, y desarraigo.


Notas

1 Congreso de Colombia, Ley 1448 de 2011 Por la cual se dictan medidas de atención, asistencia y reparación itegral a las víctimas del conflicto armado interno y se dictan otras disposiciones. Art 147 y siguientes.

2 Comando General de las Fuerzas Armadas de Colombia, Memoria Histórica y Contexto en <https://www.cgfm.mil.co/es/memoria-historica-y-contexto>. Ver asimismo: Centro de Memoria Histórica.

3 Sobre el texto de la Jurisdicción Especial para la Paz, véase https://www.jep.gov.co/JEP/Paginas/Jurisdiccion-Especial-para-la-Paz.aspx; Erica Rodríguez Pinzón. «Colombia: el desafío de implementar una paz imperfecta».

4 Gobierno de Colombia, Bicentenario.

5 Para 1942 había ya entre doscientos cincuenta mil y seiscientos mil judíos conversos en España.

6 Klooster Wim: «Communities of port Jews and their contacts in the Dutch Atlantic world», Jewish History, 20, núm. 2 (2006), pp. 129-145.

7 Jerome Friedman: «Jewish conversion, the Spanish Pure Blood Laws and Reformation: a revisionist view of racial and religious antisemitism», The Sixteenth Century Journal, vol. 18, núm. 1 (primavera, 1987), p. 18.

8 Jorge Orlando Melo: «La conquista de Antioquia, 1500-1580».


Federico Vélez es profesor asociado en el departamento de Comunicaciones y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Kuwait.

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