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Alabanza del chaleco: tribulaciones de un devoto del traje de tres piezas en el imperio del ‘casual’

Un artículo de Michel Suárez contra la negativa a «los placeres del arte de vestirse» y en defensa de una prenda desactualizadora pero espectacularizante, capaz de conducir a quien se atreva a vestirla a las más altas cimas del refinamiento.

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I

Hay quien se imagina que solo la abundancia de dinero proporciona acceso al gusto indumentario y a una elegancia, digamos, clásica. Basta un examen sereno sobre el asunto para deshacerse de este prejuicio; pero a veces la reflexión no es suficiente. Aunque también yo compartí un día esta creencia, no fue un examen sereno, sino la experiencia lo que me convenció de su falsedad. En una época en que estaba sin blanca llegué a la conclusión de que en aquellas circunstancias no había nada más urgente que hacerme un traje de tres piezas. Desde que fue cobrando forma en mi cabeza, aquella idea descabellada se adueñó de mi voluntad y llegó un momento en que dejé de prestar oídos a la sensatez. Naturalmente, podía haber empleado mis magros e inciertos recursos en cosas más útiles: en comer, sin ir más lejos. Sin embargo, como los espíritus prácticos siempre me han parecido abominables, preferí, siguiendo mi costumbre, pecar de necio antes que de pragmático.

Tomada la decisión, y convencido de que un hombre de condición precaria no puede permitirse productos baratos ni pacotilla industrial de ninguna clase, excluí de inmediato los trajes de confección: «¡Nada de trajes en serie!», repetía, orgulloso, para mis adentros. En consecuencia, me impuse la tarea de dar con un sastre que tradujese mis fantasías sartoriales, al precio que fuese.

En la vida de toda persona hay un momento feliz que lo cambia todo. En mi caso, ese momento se hizo esperar. Por aquel entonces vivía en Río de Janeiro, y como el trópico invita antes a quitarse la ropa que a vestirse, me vi en los mayores apuros para encontrar un sastre. Durante un tiempo, no hice más que perseguir sombras: cada vez que conseguía las señas de alguno, invariablemente acababa de jubilarse. Después de un sinfín de jubilaciones, con la moral por los suelos, alguien deslizó en mi bolsillo un papel con el teléfono del señor Miguel. Volé a la primera cabina que encontré y marqué con una gran emoción aquellos números. Atendió una señora muy amable y me dijo que con quien deseaba hablar era su marido; acto seguido, el señor Miguel se puso al aparato y, tras una cordial introducción, nos citamos para que pudiera exponerle mi encargo con pelos y señales. Al día siguiente me presenté ante aquel artista de las formas con una foto de Edward G. Robinson en la impresionante Hampa dorada, de Mervyn LeRoy (1931). Le dije: «Mire usted, desearía que me hiciese un traje como este». El maestro observó la imagen con cierto estupor; luego sonrió y me preguntó si hablaba en serio. Cuando le convencí de que no bromeaba, respondió al fin:

—Verá, esto ya no se lleva.

—¡Estupendo! —repliqué yo—. Eso es precisamente lo que quiero: no parecerme a nadie. Ah, por cierto… Aunque voy a llevarla desabotonada, me gustaría dejar el escote de la chaqueta despejado a fin de dar visibilidad al chaleco y realzar una corbata vibrante. Y en cuanto a las solapas, mejor en lanza para proyectar la silueta.

—¿Y para qué lo va a usar? —me interpeló, sin salir de su asombro.

—Oh, para nada en particular. Para mi exclusivo placer.

—Perdone la pregunta. ¿Por casualidad no será usted abogado?

—¿Abogado? No, no, en absoluto; en realidad, carezco de profesión reconocida. Soy objetor laboral.

—Ah, entiendo —contestó, sin entender nada.

Desde aquel día el señor Miguel se convirtió en mi sastre. Me hizo tres trajes más, y con el tiempo forjamos una buena amistad. Entrado en años, de constitución frágil, parsimonioso, delicado, buen conversador, hizo realidad todos los caprichos de mi imaginación, sin dejar de prevenirme contra cierta inclinación al barroquismo. Con él aprendí la importancia de esos detalles imperceptibles para el ojo profano (un tiro bajo, un chaleco holgado, una sisa estrecha) capaces de arruinar el ajuste y sumir a un elegante en la más profunda melancolía.

Edward G. Robinson en Hampa dorada

Cuando me entregó el traje, ¡tres pruebas y cuatro meses después!, sentí una extraña sensación de plenitud. De repente, me envolvió un estado de ánimo que vuelve serio lo aparentemente intrascendente. En aquel momento experimenté todo el poder de convicción de un traje bien cortado, esa mezcla de gravedad y ligereza que solo puede brotar de las manos de un artesano. No tuve más remedio que darle la razón a Louis Huart: a medida que un hombre se pone los pantalones siente renacer su dignidad; al llegar al chaleco, comienza a levantar la cabeza.

Han pasado quince años y aquel traje, un Príncipe de Gales azul con unas tenues líneas granates que perfilan un cuadro ventana, sigue colgado en mi armario. Desde entonces, con el recuerdo de los primorosos hombres de los años treinta siempre presente, he permanecido muy a gusto al margen de modas y tendencias. Cuando me preguntan por qué no me visto de forma más normal, me vienen al pensamiento las palabras de De Quincey: «Esto es lo que afirmo: cuando comencé a tomar opio todos los días, no podía hacer otra cosa». Ahora, decidme, amigos, ¿qué otra cosa podía hacer yo desde que me enfundé mi primer chaleco sino ponerme uno cada mañana? ¿Qué puede la voluntad de un hombre poseído por el demonio de las formas contra el arrebatador encanto de una solapa cruzada insinuándose bajo una chaqueta?


II

No hay traje más espectacular que un tres piezas con chaleco cruzado; tampoco más exigente. Culmen de la elegancia, esa combinación te desactualiza de inmediato. A cada paso, todas las miradas te recuerdan que vas demasiado vestido, demasiado fuera de lugar. Así pues, es imposible portarlo sin una gran convicción. Pero, además, también es una permanente fuente de confusiones. Un conocido con el que me tropiezo de vez en cuando no deja pasar la ocasión para espetarme, con supuesto afán halagador y sin importar la situación o la compañía:

—¡Qué elegancia! ¡Eres igual que don Jaime!

—¿Don Jaime?

—Sí, don Jaime de Mora y Aragón.

Como es hombre de buena fe, sonrío y callo, aunque llego a casa consternado y con ganas de meterme en la cama. Hay casos peores. Recuerdo una semana trágica en la que en el plazo de cinco días una muchacha me solicitó la llave del baño en una estación de tren, una señora me pidió consejo en una librería sobre no sé qué poeta y un caballero me preguntó en una villa costera por los horarios de los autobuses pensado que era … ¡conductor del Imserso! ¡Ay, mi madre! ¡Y yo que me creía el Gran Gatsby! Sí, amigos: de estos equívocos se recupera uno como puede, pero nunca del todo.

Además de bajarme los humos, aquello me hizo cavilar sobre una curiosa paradoja: aunque ni ferroviarios ni libreros ni conductores usan traje, al verme con un tres piezas aquellas personas simplemente pensaron que portaba un uniforme, es decir, que estaba trabajando. Esta confusión resulta sorprendente, ya que, tanto en el mundo laboral como en la calle, el traje con chaleco no ha opuesto la menor resistencia al gobierno del harapo, y salvo en algunas celebraciones, en las que se usa con gran incompetencia, se ha extinguido casi por completo. En el caso de las bodas, la moda del momento recomienda combinar chaqueta y pantalón oscuros con chalecos llamativos, una tendencia que entraña enormes riesgos para la coherencia del conjunto. Y es que en estos acontecimientos semipúblicos la elección del traje no debe guiarse por la grandilocuencia, sino por una distinción que excluye casi por completo la fantasía. Un chaleco chillón con un traje apagado produce un efecto estridente, impactante, esto es, vulgar. Da igual que la boda se celebre bajo una parra en una aldea o en el salón de un palacio: sin un sentido razonado del balance, es fácil cometer errores cromáticos que neutralizan la osadía de ponerse un traje de tres piezas.

Penúltima ocurrencia de ilustres ignorantes que se hacen pasar por árbitros de la elegancia, una modalidad bastarda de chaleco, un acolchado de nylon y poliéster, causa hoy furor entre patriotas, grandes empleadores, representantes de la soberanía popular y amantes de los privilegios en general. En su incompetencia, ni siquiera han sabido copiar a espíritus originales, como Jules Lecomte, quien solía ponerse chalecos enguatados con soberbias solapas bajo sus levitas. ¡Oh, amigos, seguid mi consejo y absteneos de esta fatal y execrable costumbre! ¡Abominad de esta práctica que no presta ningún servicio a la belleza!

Jules Lecomte

Nos iría mucho mejor si, en lugar de deshonrar esta magnífica prenda recubriéndola de plástico guateado, recuperásemos la vieja certeza de que es en el chaleco donde el hombre cifra su carácter y atempera la sobria economía del traje, contenido y austero por definición.

La mayor virtud del chaleco es, sin duda, la versatilidad. Al ocultar una camisa arrugada, compacta la imagen y permite, en contextos puntuales, desprenderse de la chaqueta. Cruzado o de hilera sencilla, liso o estampado, proporciona fluidez y continuidad, especialmente si es del mismo color y textura que el traje; si se opta por un tono distinto, crea un contrapunto agradable, siempre que la oposición no sea violenta.

Pero más allá de la estética, con tiempo fresco el chaleco de estambre, franela o tweed aporta un calor adicional. Por el contrario, en climas cálidos, el lino o el mohair proporcionan frescura y ligereza. Obviamente, no hay por qué limitarse a estos géneros. Si vuestra audacia lo autoriza, podéis usar sin remordimientos chalecos de terciopelo, los preferidos de Barbey d’Aurevilly y Oscar Wilde. Por cierto: estos chalecos disfrutaron igualmente del favor de Eduardo VII, hasta que se enteró, horrorizado, de que habían sido una de las señas de identidad del sublime irlandés. Un monarca no debe vestirse como un invertido, pensaba el adúltero, ludópata y moroso Bertie, mientras los mandaba de vuelta al armario.

Por si fuera poco, los chalecos son muy prácticos. En otros tiempos, caballeros de toda condición deslizaban en los bolsillos de sus chalecos relojes con hermosas leontinas y poetas como Rilke alojaban en ellos pequeños cuadernos de notas. Al igual que Hercule Poirot, Chesterton los utilizaba para guardar sus quevedos. Los bolsillos suplementarios son otra razón de peso para ponerse un chaleco. A mi admirado Alexandre Jacob, anarquista expropiador, le venían al pelo para esconder ganzúas y demás útiles de trabajo.

Alexandre Jacob

Sobre todo, recordad, y esto es muy importante, que, con independencia de vuestras preferencias, a la hora de haceros con un chaleco lo único imprescindible es contar con la participación de un sastre. Un chaleco es una cosa misteriosa: además de conseguir que aplome, hay que acertar con el escote, calcular bien el cruce, esmerarse en las pinzas y procurar que no sea largo, corto, demasiado holgado o demasiado ceñido. Aquí las cuestiones a vigilar se multiplican. ¿Debemos cortar el pantalón más alto cuando llevamos chaleco? ¿A qué altura debe colocarse el botón de la chaqueta? ¿Qué proporción de chaleco debe dejar al descubierto una chaqueta abotonada? ¿Cuál es el ángulo más favorecedor de las líneas y la forma más agradable de cruce? Cuando meditéis sobre estos enigmáticos asuntos, tened en cuenta que, por muy a medida que sea, no hay, ni habrá jamás, máquinas que igualen la pericia de un artesano.

Pioneros del traje con chaleco y… zapatillas. Los magníficos Ácrato Lluly, de pie a la izquierda, y Sebastià Clarà Sardó, sentado a la derecha, miembros del Comité Peninsular de la Federación Anarquista Ibérica (FAI), posan con traje de tres piezas y zapatillas, ¡con lazada!, ornamento aristocrático muy Ancien Régime. (Barcelona, 1930). Combinación impropia, el traje con calzado informal no es, como se ve, un invento hipster. Eso sí, hay un abismo entre el ajuste de prendas de Ácrato Lluly y el de los jefes de Google o el de los gurúes del traje con mocasines o sin calcetines, combinación aberrante donde las haya

III

En vista del panorama actual, ¿existen motivos para esperar un renacer de la pletórica elegancia de los trajes de tres piezas? ¡Ni por asomo! Fenómeno insólito, en nuestros días los hombres se toman las mayores molestias para pasar por alpinistas o mendigos. Nadie ve en esto una deshonra ni una afrenta a los mendigos. Vestirse de pordiosero sin ser forzado por la necesidad es, dicen, un ejercicio de libertad. La idea es que cada uno es libre de vestirse como le apetece, sin más consideraciones que su antojo. Pero, ¡oh, amigos!, quién de vosotros ignora que las reglas existen y que el verdadero elegante no puede saltárselas a la torera en nombre de su capricho sin hundirse en la más terrible mediocridad.

El hombre de la sociedad nómada deja tras de sí el rastro de una vulgaridad estética insoportable. Acosado por sus prejuicios, lo ignora todo del traje y su historia, y al oír estas amonestaciones pasa de largo. Gran partidario de la comodidad, se niega los placeres del arte de vestirse y prefiere el plato recalentado de la imitación. No obstante, a poco que se aplicase, en vez de rendir culto al chándal, al short, los pantalones cargo, las chaquetas térmicas y las botas de alta montaña, podría disfrutar de los beneficios de una elegancia enraizada en un gusto cultivado que no le debe nada ni a la moda ni a los estilos de vida patrocinados por influencers sin el menor crédito.

Apuestos anarquistas españoles detenidos en Nueva York por el hermoso cargo de conspiración contra el poder en 1919. En la foto, con unos espectaculares trajes de conspiradores de tres piezas

Hace ahora diez años, un grupo de chaps, los elegantes responsables del imprescindible Manifiesto anarco-dandi, se apostaron en Savile Row para protestar contra la irrupción de tiendas de pseudolujo casual en el santuario de la alta sastrería inglesa. Debidamente ataviados para la ocasión, los chaps agitaban unas pancartas en las que se leía: «Dale una oportunidad al tres piezas», una recomendación, desde luego, muy atinada. Sin embargo, pienso que no es el tres piezas quien se merece una oportunidad. De hecho, este fiel compañero de campesinos y obreros primero, y de aristócratas y burgueses después, se ha mantenido sobre sus hombros durante más de ciento treinta años. A quien verdaderamente hay que darle una oportunidad, mis distinguidos amigos, es a nuestra fantasía. Así pues, por mi parte os diría: ¡Daos una oportunidad a vosotros mismos! Usad chalecos de todos los formatos y colores, excepto con chaquetas cruzadas —¿dónde están las chaquetas cruzadas?—, que al solaparlos los tornan redundantes. Haced sobresalir un chaleco de hilera vertical por encima del escote de la chaqueta mostrando el primer botón y dos perfiles geométricos que ascienden, divergentes, hacia el cuello; si amáis los cruzados, decantaos por los de tres o cuatro botones, rectos o en diagonal, con solapas generosas. Haceos con varios, muchos, chalecos que armonicen con vuestro tono de piel y color de cabello, con vuestro talante y disposición de espíritu. Combinad, por ejemplo, un chaleco gris perla con un cielo plomizo y un ánimo melancólico; o uno beis de cachemir con el azul celeste de un firmamento matutino, y no os olvidéis de acompañarlo con unos guantes avellana de cabritilla con cierre de ojal y botón. Las gamuzas en tonos claros también envolverán estupendamente vuestras manos los días luminosos.

Una vez que lleguéis a la conclusión de que vestirse es juego e imaginación, dejad que el chaleco sea portavoz de vuestro humor. Si os rendís a su encanto, el traje de tres piezas os elevará a las más altas cimas de refinamiento. Sólo entonces, sin caer en la trampa del exhibicionismo ni tomaros demasiado en serio, podréis ser llamados verdaderos amigos de la elegancia y sabréis poner buena cara cuando os confundan con un botones, el Cobrador del Frac o algún tunante profesional de la política.


Michel Suárez (Pola de Siero [Asturias], 1971) es licenciado en historia por la Universidad de Oviedo, con estancia en la Faculdade de Letras de Coímbra, y máster y posteriormente doctor en historia contemporánea por la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con estancia en París I, Panthéon-Sorbonne. Además, edita y es redactor de la revista Maldita Máquina: cuadernos de crítica social. Lo fundamental de su pensamiento fue abordado en esta entrevista para EL CUADERNO y está condensado en su ensayo El fondo de la virtud.

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